EL TACADISCOS PORTATIL
Cuando salí de la mili pesaba cuarenta
y dos kilos. Si hubiera
estado allí doce meses más no sé cuanto
habría llegado a pesar. Al estar tan delgado no debería
tener muy buena pinta; por eso decidí buscarme trabajo en el
lugar, pues se decía que en el Aaiún había mucho
trabajo.
Me acerqué a una empresa que se llamaba
Transamérica y se dedicaba al transporte, según me
enteré más tarde.
-Vengo a buscar trabajo.
-¿Qué sabes hacer?
-Soy un factótum.
-¿Un qué?
-Quiere decir que hago de todo. Puedo fregar y
planchar, hacer comidas, entiendo de mecánica, pintura de
coches, instalaciones eléctricas, carteles publicitarios, puedo
escribir a máquina… Puedo hacerle un retrato al óleo o un
paisaje marino. Puedo hacerle un busto de bronce, para plasmar ese
parecido que tiene con Julio Cesar. Puedo hacerle una estatua ecuestre
y esculpirla en mármol o granito, según desee.
Al oírme hablar así, el hombre
esbozó una sonrisa. Luego me enteré que era un coronel
del Ejercito del
Aire, y estoy seguro que le toqué alguna fibra sensible. Aludir
a su parecido con Julio Cesar hubiera halagado al mismísimo
Lenin, digo yo. O tal vez sólo le impresioné porque nunca
había visto antes a un cuentista con tanta jeta. En cualquier
caso, era un cara dura con suficiente inteligencia como para ver en su
cara el parecido con el divino Julio, pobrecito, espero que esté
en la Gloria.
-¿Podrías hacer un cartel cómo ese
que está en la puerta?
Pensó que me tenía cogido por las
pelotas y que todo lo que dije no era sino un cuento chino. Pero no
contaba con que yo era un "vero factotum", capaz de hacer de todo.
Bueno, casi de todo. Que aún no sabía hacer centrales
nucleares, ni bombas atómicas. Pero todo es cuestión de
tiempo y dinero, digo yo. Salí fuera para observar el cartel.
-¿De qué tamaño quiere el
cartel?
-¿Qué?
-El tamaño. ¿Lo quiere de un
metro, dos, tres, cuatro, cien metros?
-Lo quiero del mismo largo que esta mesa.
-¿El largo de esta mesa? ¿Lo
quiere sobre papel, contrachapado o cartón?
-Sobre papel está bien.
-¿Tiene papel aquí o quiere que
vaya a comprarlo?
Sacó un pliego grande de papel de
envolver y lo puso sobre la mesa.
-¿Tiene un lápiz, una goma de
borrar, una regla?
Me trajo todo lo necesario y un modelo del cartel de
medio
metro de largo. Me puso una silla para que me sentara.
Me puse a medir el modelo y le hice una cuadricula. Luego
medí el papel y lo trazando las líneas del mismo modo. Al
rato ya estaba reproduciendo el cartel. Las letras del modelo eran un
tanto raras y tenían un aire oriental. El coronel se fue a dar
una vuelta y me dejó allí dibujando. Cuando volvió
a los veinte minutos me cogió escribiendo la última
letra.
-Quedas contratado, -me dijo.
-Le felicito. Soy una buena adquisición.
Se quedó un poco amoscado, pero
esbozó una sonrisa. No sé de donde saqué tanta
cara, porque soy de ordinario bastante tímido. Debió por
los efectos del hambre. No se sabe lo que uno es capaz de hacer cuando
uno pesa cuarenta y dos kilos y necesita un trabajo para comer.
-Empezarás a trabajar el lunes.
-Me gustaría empezar hoy, si no le
importa.
-¿Qué?
-Tengo un hambre de la hostia y no tengo un
duro. ¿Qué voy a comer de aquí al lunes?
Se debatió internamente durante cinco
segundos. No sabía si enfadarse o sonreír. Ganó la
sonrisa. Al fin y al cabo, un jefe de una empresa de transportes no se
encuentra con un factótum más de una vez en la vida.
-Es que el día está empezado, y
ahora mismo ya sale la gente para ir a comer.
-Hablando de comer, ¿podría
prestarme algún dinero para comer de aquí al lunes?
Me miró seriamente, pero no
encontró el modo de rechazar mi petición.
-Aquí le doy veinte duros. Pero se los
descontaré del sueldo.
-Muchas gracias.
-¿Tienes donde dormir?
-No, señor.
-Te puedes quedar en el barracón donde
duermen los conductores.
Entonces algunos conductores pasaron por
delante de la oficina y me presentó.
-Este es un empleado nuevo.
Luego, dirigiéndose a mí dijo:
Vete con ellos. Conocen un sitio barato para comer.
Y esa fue mi primera comida después de salir de la
mili. Pero aquella comida no me iba a servir para aumentar de peso. Era
un potaje de nada a base de fideos, papas y algunos guisantes. Un
pedazo de pan y un vaso de agua. No creía que pudiera saciarme
con aquello. Después de comer me fui a una tienda y me
compré un paquete de leche en polvo, unos panes, un paquete de
mantequilla y una lata de carne.
A la hora de acostarme me quité la camisa y todos
se
quedaron pasmados con mi delgadez. Se podían contar todas mis
costillas.
-¿Tanta hambre pasabas? -me preguntó uno.
-No, todo lo contrario.
-¿Qué?
-La mili me había quitado el hambre. Si
no tienes hambre no puedes comer lo que te ponen.
Se quedaron un tanto pasmados con mi respuesta.
Durante un tiempo estuve trabajando allí y
hacía
de todo. Los camiones no tenían el nombre de la empresa.
Así que me encargaron de preparar una máscara para
pintarles el nombre con una pistola.
Luego me hicieron escribir el nombre de la empresa en
letras
muy grandes sobre unas planchas de madera contrachapada sujetas a la
valla que rodeaba el terreno de la empresa. Cada vez que había
que hacer alguna cosa el Coronel solo tenía que
decírmelo.
Con el primer sueldo mensual me compré un
tocadiscos
portátil. En aquellos tiempos esto era una novedad reciente, un
tocadiscos a pilas. Me parecía una maletita muy mona y me
compré tres discos pequeños. Uno era de Grieg con unos
fragmentos de Peer Gynt. El otro era de unos fragmentos de Chaikovsky
sobre "El Lago de los cisnes" y el tercero algo de Saint Saëns.
Cada mañana, justo un minuto antes de que sonara
el despertador, yo ponía el fragmento "la mañana" de Peer
Gynt.
Al principio se extrañaron de la música
pues era gente de Fuerteventura. Pero cuando llevaban siete o diez
días oyéndola uno me dijo "parecía que no era nada
esa
música, pero con el tiempo le coges el gusto". Y es que Peer
Gynt parece una musiquilla sin pretensiones pero sencillamente te
conmueve.
Al cabo de dos meses había recuperado
recuperéalgo de fuerza y me sentía con ánimo para
darme un paseo por el desierto. Este tiene algo que nos atrae a los
bichos raros. Es algo rico en elementos contradictorios, puedes sentir
calor o
frío, puedes ver las zonas estériles interrumpidas por
manchones de arbustos y hierbajos. Este desierto de la costa oeste de
Africa no es como los del interior que te acojonan con cientos de
kilómetros de arena sin ver un rastro de vida. En cualquier
caso, el desierto solo te quiere en los días que son frescos,
cuando sopla una dulce brisa que viene del mar. Este esta muy cerca, a
solo unos pocos kilómetros.
Con frecuencia me iba los domingos a vagabundear por el
desierto con una cantimplora grande y un bocadillo de pan con
mortadela. Poco a poco fui cogiendo fui cogiendo confianza y cada vez
me sentía más seguro y pasaba más horas andando.
Para la gente normal el desierto tiene muy mala reputación, pero
yo siempre he sido un bicho un tanto raro. Si no fuera por estos
paseos, las horas del domingo me hubieran parecido eternas, pues no
tenía nada para leer. Debo reconocer que pasear solo durante
hora era para mí toda una experiencia gratificante.
Tal vez no sea todo tan sencillo. Es necesario
tener cierta facilidad para la orientación y para caminar
durante horas. Cumplidos estos requisitos, es necesario ser un poco
solitario para preferir el desierto a la compañía de los
seres humanos en un aburrido domingo.
Al empezar el camino miro la hora en el reloj, observo la
posición del sol y miro al horizonte para definir la
dirección que vas a seguir. Según van pasando las horas
tengo en cuenta que el sol va cambiando de lugar en el cielo. Y para
trazar una línea lo más directa posible debo vigilar
continuamente el horizonte. Memorizo una serie de accidentes del
terreno, como piedras y matorrales, tratando de seguir una línea
recta hasta el horizonte. A medida que aparecen nuevos accidentes los
vas integrando en la línea recta que sigues. No se puede ir
andando tontamente sin saber por donde vas, ni a donde vas. Debes
conducirte como un navío para no perder el rumbo y tener en
cuenta el tiempo que pasa. El tiempo y el ritmo de la marcha definen
cuan lejos estás del punto de partida. Ocurre con esto de la
distancia algo parecido al acto de volar. Cuando más alto vueles
más grave puede ser la caída. No puedes ir tan lejos que
no puedas regresar, ni tampoco deber ir sin saber donde están
las fuentes, pues una cantimplora no da para mucho tiempo. Y el consumo
de agua es muy variable, depende mucho del calor y la humedad ambiente.
Si sudas, debes tomar sal para reponer la que pierdes con el sudor que
es salado. Si no llevas sal, el cuerpo te pedirá agua sin
piedad. Pues el cuerpo por instinto adquiere la sal con el agua que
bebes. Es por eso que la falta de sal te hará beber los dos o
tres litros que llevas en la cantimplora en un par de horas. Mucha
gente puede padecer de este modo una rápida
deshidratación en los días de calor. Este efecto es
más común cuando el agua tiene poca sal, como es el caso
en los países templados, o en las selvas tropicales. Pero el
agua del desierto suele ser salobre, o sea que es más rica en
sal. Tampoco se suda mucho porque el aire es más seco.
Un domingo cualquiera por la mañana eché a
andar y en cosa de una hora perdí de vista los pocos edificios
que hay sobre la llanura de piedra y arena. Porque la ciudad solo se ve
desde el borde mismo del acantilado. Pues está cincuenta metros
más abajo, junto a la orilla del río llamado Saqia el
Hamra. Este nombre significa "río roja" porque su lecho, casi
siempre
seco, está cubierto de arcilla roja. Cuando llueve, no ves
correr el agua. Pero se forman algunos charcos, cerca de unas dunas que
bloquean la salida del río al mar. El suelo se empapa con la
lluvia y se infiltra en el suelo. Esto es una bendición para los
pozos que de otro modo se agotarían.
Realmente, no es que yo sepa caminar por el desierto. Mi
experiencia está relacionada más bien con las
montañas. Aquí es un poco como navegar en el mar. Uno
tiene un sentido de donde están las cosas que dice el mapa.
Donde existe una fuente, a que distancia, en que dirección
caminas y como vas a volver. Este conocimiento es en parte objetivo y
en parte es intuitivo.
Al andar ves como van pasando a cada lado los arbustos, y
las
zonas de arena o de grava. Las vas dejando a cada lado mientras marchas
con un ritmo constante. Cuando te parece que te puedes sentar a
descansar en un pequeño lugar arenoso, con arbustos formando un
círculo en torno tuyo. Es como una pequeña isla de
vegetación. Entras en el círculo y notas que la
percepción del sonido del viento es más suave. Noto una
sensación relajante de soledad. Reconozco que todo esto no tiene
ningún fundamento racional.
Por encima de tu cabeza oyes como suena el viento al
frotarse
con las ramas superiores de los arbustos a tu alrededor. Y, allí
sentado en el suelo, el viento se convierte en una suave brisa. Te
quedas atento leyendo el mensaje del viento. Y si estás un poco
loco, como lo estoy yo, puedes sentir que oyes voces perdidas por el
espacio. Parecen lamentos prolongados y tenues. Pueden ser como gemidos
de dolor o de placer. Y otras veces oigo cantos lánguidos y
tristes.
Has dejado la caja del tocadiscos sobre el suelo y tus
dedos juegan escarbando en la arena, como en una especie de retorno a
la
infancia. Esta arena suele estar en parte seca y en parte
húmeda. Puedes ver al frotar el suelo que hay debajo un color de
arena más oscuro. Allí abajo hay agua. Te imaginas que si
excavaras allí, podrías encontrar agua. Los
árboles beben de esta cuenca arenosa, te dices a ti mismo. Y te
ilusiona pensar que estás en este desierto sentado sobre una
balsa oculta de agua.
Cuando crees que ya has perdido bastante tiempo
allí
sentado decides seguir la marcha.
La marcha se sigue durante una hora o dos.
Entonces piensas que aún debes estar a cierta distancia de la
fuente que viste un día en el mapa. Debe faltar cosa de un par
de kilómetros solo. Pero temo pasarme de largo. No tiene sentido
pasarse de largo. Así que decido cambiar de rumbo,
desviándome al este, para llegar pronto al borde del acantilado
que bordea el río. Al cabo de un rato llego allí.
Contemplo el río, treinta metros más abajo. Se ve
impresionante su color de arcilla roja, que contrasta con el gris
calizo de los acantilados que lo marginan. Veo también el camino
que debo seguir claramente marcado en el suelo. Durante siglos los
caminantes y el ganado han pasado por aquí dejando una marca que
no se borra con el viento ni con la lluvia. La gravilla del suelo se ha
ido enterrando, o tal vez se fue desplazando hacia los bordes por las
pisadas de los hombres y los animales. Sigo mi marcha en
dirección al sur y el camino cada vez es más claro. Veo
que otros senderos se suman a este que sigo. Al cabo de media hora veo
claramente la bajada marcada en una especie de camino escalonado hacia
el lecho del río. Se nota bastante vegetación en esta
parte. No hago otra cosa que seguir el sendero de bajada.
Ya casi estoy abajo cuando veo un bosquecillo de
tarahales.
Según me acerco me llega un olor inesperado pues hay varias
higueras a cierta distancia. Cosa que no me esperaba en este desierto.
Casi puedo decir que estamos es un pequeño oasis. Pude ver un
diminuto arroyo que corría por allí cerca y que se
metía por un pequeño huerto de lechugas y coles. A la
sombra de una higuera pude ver a un moro sentado. Cuando estaba a pocos
metros de él le saludé con voz clara diciendo "saba
hulkhair", buenos días. El me sonrió y me dijo
"marhaban", bienvenido. Yo esperaba "ssalam u alikum" pero me él
me sorprendió con este saludo y le dije "chukran", gracias, con
una sonrisa. Me hizo una señal para sentarme y así lo
hice.
Me preguntó en árabe mi nombre y se lo
dije. Él me dijo que mi nombre le resultaba un poco raro para
sus
oídos. Le pregunté el suyo y me dijo que se llamaba
Karim. Me dijo que hablaba muy bien el árabe. Y yo le dije "solo
sé cuatro palabras". Era cierto. Como factótum me
resultaba insultante estar en un país y no saber, cuando menos,
unas frases de cortesía en lengua nativa. Era una especie de
desafío a mi inteligencia. Cuando me tocaba guardia nocturna en
las oficinas del Estado Mayor y examinaba un gran mapa del territorio.
Hacía notas mentales de las distancias, de los relieves
más singulares y sobre la situación de las fuentes. Antes
de venir a la mili ya me gustaba andar por los montes de Asturias
caminando. Teníamos siempre un mapa cuando íbamos por
sitios poco conocidos. Un día me fijé en un armario con
libros y me puse a husmear para ver que cosa podían leer los
militares si les atacaba esta debilidad. Allí vi un libro
singular "Cours de la Langue Arabe". Era algo que me interesaba. O sea
que mientras el otro soldado pasaba la noche durmiendo en la alfombra
del General, yo aprovechaba para ir copiando, página por
página, todo el libro en unos cuadernos. En otra libreta iba
haciendo los ejercicios de escritura que me proponía el libro.
Aprovechaba también para hacer ejercicios de leer en voz alta.
No terminé de copiar el libro pues que me faltaba una cuarta
parte cuando me licenciaron.
El árabe me despertó de mis
ensoñaciones diciendo algo, que no entendí. Yo le dije en
español, perdón pero solo sé muy poco de
árabe.
El moro se puso a revolver en el puchero.
-Estoy haciendo comida. ¿Quieres comer?
- me dijo en español.
-Muchas gracias.
-Falta muy poco. -Y añadió- -Es
carne hallal. Carne de cabra muy buena con verduras.
El puchero tenía buena pinta y olía tan
bien que
podía resucitar a un muerto. Imaginé que eran las coles
del huerto. Que tal vez este hombre cambiaría sus coles y
lechugas por algún trozo de cabra. Me pareció ver por el
huerto algunas calabazas.
Cogió dos platos de aluminio y se puso a
echar comida. Echó dos cucharadas en el plato que estaba a mi
lado y con un gesto de la mano le indiqué que no echara
más.
-Gracias -le dije- No puedo comer mucho.
Él insistió pero no quería
que sacrificara su comida por ser tan hospitalario. Entonces se puso a
echar comida en su plato y ambos nos pusimos a comer.
Estaba deliciosa la comida y procuré
comer lentamente para no acabar antes que él. Comíamos y
nos mirábamos a la cara de cuando en cuando.
Me sentía muy cercano a aquel hombre del desierto.
Ambos podíamos tener algo en común, qué sé
yo. Tal vez fuera el aprecio de la soledad.
Al terminar la comida sentí el advenimiento de un
eructo. No lo reprimí, pues tenía oído que si la
comida te había saciado y era de tu agrado era de buen gusto
eructar. Me salió un eructo discreto, pero perceptible
claramente. Tampoco estaba seguro de que esto fuera una normal real de
cortesía. Tal vez fuera una simple leyenda que cuentan los
españoles.
La teoría al parecer era cierta, pues el
moro sonrió y me dijo "chukram", que quiere decir gracias. Pero,
ahora que lo pienso, igual ellos tienen también una leyenda
sobre los españoles. Somos tan groseros que cuando nos saciamos
con una buena comida eructamos debido a nuestra natural falta de
modales, tan propia de los infieles. Este punto necesito aclararlo
algún día.
Luego me señaló a la caja del
tocadiscos y me preguntó "¿qué es eso?"
Abro la caja y le muestro el aparato y tres
discos pequeños. Sin mayores explicaciones pongo un disco y el
aparato empieza a producir una música.
-Ya veo -dijo-. Es como una radio.
El hombre se puso a escuchar y me dijo.
-Es una música muy rara. No es como la
que se oye en la radio. Se parece a las que se ponen en las iglesias de
ustedes.
Efectivamente, era un disco de música
clásica y
no se podía parecer a lo que se oye en la radio.
-Esa música no la entiendo.
-Es que es rara -le dije.
El moro dijo lo que dice tanta gente, no la
entiendo. Era igual que nosotros. Estoy pensando que se necesitan
ciertas condiciones especiales para que te guste una música. Si
esas condiciones faltan la música no te engancha.
Antes de que el disco terminara levanté
la aguja y dejé que nos impregnara totalmente el silencio. Nos
quedamos solos frente a frente sin decir una palabra. Solo se
oía el murmullo de una leve brisa muy leve allá arriba.
Al cabo de un bueno rato le dije "sé escribir un poco en
árabe".
-Sabes escribir?
-Sí, -le dije.
Y con el dedo fui trazando sobre la arena la
palabra "Bismillah". Se quedó muy impresionado. Luego
escribí su nombre, Karim. Esto le halagó mucho. Luego
estuvimos un rato más en silencio.
En algún momento me dijo que
quería dormir la siesta. Buena idea, le dije. Él se
echó debajo de una higuera y yo me eché cerca de
allí a la sombra de otro árbol.
Al cabo de una media hora me despertó el olor del
fuego. El moro estaba haciendo el té. Me llamó para tomar
el té. El aroma de la leña quemada se mezclaba con el
olor de la hierbabuena en el vaso de té.
Con un movimiento elegante y preciso el moro
echaba el té desde una cierta altura sobre el vaso. Tenía
una precisión asombrosa. Le agradecí su amabilidad con
torpes palabras. No sabía como decirlo en árabe. Me fui
tomando el té con parsimonia, al estilo moruno. Al terminar la
taza me puso más té. Le di las gracias en árabe.
"Chukran", le dije. Seguí tomando el té a pequeños
sorbos y al acabar le dije "bi khair", muy bueno.
Al terminar el té no sabía si ofrecerle
dinero
por la comida pues tenía miedo de ofender su sentido de la
hospitalidad. No sabía el modo que había de agradecerle
su amabilidad conmigo. Le di las gracias otra vez y que tenía
que seguir mi camino. Me levanté y le dije "Salaam" y el me
respondió "ahlan u sahlan" que es algo así como decir "a
la paz de Dios". Yo le repetí lo mismo.
Cuando había recorrido cierta distancia
me volví, le saludé con la mano y le dije otra vez
"salaam". El agitó la mano en le aire y me devolvió el
saludo.
Eché a andar por la cuesta para subir a la meseta
plana, treinta metros más arriba. Fui andando lentamente pues
los músculos se habían relajado con el descanso.
Llegué arriba algo acalorado y la brisa enseguida me
refrescó y secó todo el sudor. Eché a caminar por
aquel sendero en dirección al sur, desviándome un poco
del acantilado que bordeaba el río. Fui caminando sin pensar
nada. Mi mente solo se fijaba en los elementos del paisaje que pasaba a
los lados según avanzaba. Por momentos escuchaba el murmullo del
viento y lo iba anotando todo en mi memoria.
Al cabo de una hora de camino vi una "haima". Esto es una
tienda del desierto hecha con un tejido fuerte de pelo de camello. La
parte trasera de la tienda, la que protege del viento, estaba orientada
al norte por donde yo venía. A poca distancia de la "jaima"
había un gran vehículo Land Rover. Era evidente que esta
gente no viajaba en camello. Al llegar a la altura de la tienda vi dos
hombres y una niña en la tienda. Levanté la mano y les
dije "ahlan u sahlan" con voz clara. El hombre mayor me
respondió al saludo diciendo "salaam u alicum". Luego me
pareció que me decía "vente a tomar el té" pero no
estoy seguro. Lo que me convenció fue que el hombre mayor me
hacía señas con la mano al hablar y parecía que me
dijera
-Siéntate aquí.
Me acerqué y le dije "Chukra" al tiempo
que me sentaba bajo su tienda.
-Shekamlam arabiya? (Hablas el árabe?)
-me preguntó el hombre mayor.
-Sólo un poco -le respondí.
El más joven iba vestido al modo europeo y me
preguntó que si hablaba el francés. Le dije que
sí, que sabía un poco de francés. El joven
tendría algo más de veinte años. Me
preguntó que si estaba casado y le dije que no. Me
pareció que me miraba con algo de lastima por esta respuesta.
-Yo si estoy casado -me dijo con una sonrisa
satisfecha.
-Ya veo. Esa es tu hija?
-No, es mi mujer.
En este punto que quedé un tanto perplejo dudando
sobre
si había entendido bien lo que decía. ¿Será
eso lo que dice? Me lo preguntaba porque la niña parecía
tener diez años o algo menos.
Puse cara de incredulidad y dije con voz queda
y tímida: No
El me dijo que sí de palabra y haciendo
gestos de afirmación con la cabeza.
-Es ella tu esposa? -le pregunté en
francés, pero lo dije en voz baja. Me sentía muy
inseguro.
-Sí -me dijo.
Empezó a desabrocharse la camisa, y me
enseñó unos arañazos que tenía en el pecho.
La niña al ver que me enseñaba los arañazos
entendió que hablaban de ella y se puso a jugar dando
pequeños saltos y vueltas en el suelo con una gran sonrisa.
Yo seguía un poco aturdido y no estaba
del todo convencido. Debía estar muy orgulloso de su estado
porque se remangó la camisa y me enseñó los brazos
llenos de arañazos. Luego levantó el trasero y se
bajó los pantalones vaqueros para enseñarme los
arañazos que tenía en los muslos.
Con este diluvio de argumentos visuales
empecé a creer en lo que decía y en mi capacidad para
entender su acento francés.
La muchacha seguía agitándose en el suelo y
dando vueltas con una gran sonrisa como si me dijera "es que soy una
esposa muy traviesa".
Mientras nosotros hablábamos, el hombre
mayor se había puesto a hacer el té. Me pareció
que decía en árabe "el té ya está listo".
Sacó unos vasos pequeños y empezó a echar el te
desde medio metro de altura. El chorrito caía con
precisión sobre cada vaso. Este hombre era un artista. Nos
pusimos a tomar el té con toda la parsimonia que requiere el
ritual. No era necesario esforzarse en esto, porque tanto el vaso como
el té estaban de verdad ardiendo. Solo podías tomar un
sorbo insignificante de cada vez para no escaldarte la lengua. El vaso
de verdad te quemaba los dedos, por lo que tenías que dejarlo
sobre la arena.
Cuando había terminado de beber, el hombre mayor
extendió la mano como pidiendo el vaso. Se lo entregué,
lo puso sobre el suelo y volvió a echar con precisión
otro chorro de té hasta llenarlo.
El joven me señaló la caja del tocadiscos y
me
preguntó que era eso. Como respuesta abrí la caja y le la
enseñé. Lo miró con curiosidad y preguntó:
-Eso que es?
Puse un disco en el aparato y se oyó la
música. Era un disco con unos fragmentos de Peer Gynt.
Empezó a sonar la música y todos ponían gran
atención. La atención se fue transformando en perplejidad
porque este tipo de música no debe ser algo que lo tengan
oído. De modo que ponían cara de mucha seriedad. Hasta la
niña estaba poniendo atención. En parte, la razón
podría buscarse en el sentido de la hospitalidad, de respeto por
el huésped, y de otra parte se trataría de una reverencia
que debemos a las cosas que no conocemos. Me imagino que debe ser algo
parecido al respeto que sentimos cuando asistimos a un concierto
musical entre los batusis de Swazilandia.
Hubo un momento que la música pasaba por esa parte
conocida como "en la cueva del rey de la montaña". En esta parte
destaca mucho el sonido de una tuba que marca el ritmo. Fue en este
punto donde todos se relajaron al oír el sonido de la tuba y se
echaron a reír. Era evidente que esta parte tenía sentido
para ellos, porque los bufidos graves de la tuba sonaban a mis
oídos como un aristocrático pedo sinfónico.
Yo les acompañé cordialmente en las risas,
porque entendí claramente su situación. Uno trata trata
de considerar las cosas nuevas estableciendo cierta analogía con
el mundo que conoce, y solo al llegar a esta parte de la tuba tuvieron
un vislumbre de inteligencia de todo este asunto. Habíamos
encontrado un vínculo, un punto de inflexión, una
constatación de que por muy diferentes que fuéramos
siempre se podía encontrar algo que nos une a todos.
Estuvimos un rato riendo hasta que se agotaron los
efectos del
estímulo sonoro y quedamos en silencio. Estuvimos un rato sin
decir una palabra. Entonces puse la aguja otra vez sobre el fragmento
del rey de la montaña, para oír el sonido de la tuba y
nos volvimos a reír durante varios segundos.
Pero no quise repetir la gracia para no abusar.
Quise que les quedara un buen recuerdo de mi visita.
Les avisé que tenía que irme. Me
levanté y me despedí diciendo"ahlan u sahlan". Este
saludo sirve tanto para presentarse como para despedirse. Les
saludé agitando la mano y ellos me devolvieron el saludo "ahlan
u sahlan" y agitaron las manos en señal de despedida.
Ahora tenía que hacer el camino de regreso
caminando
hacia el norte. Muchas veces me acordé de estas escenas del
desierto, tan agradables. Pero nunca se me ocurrió ponerlas por
escrito hasta este día. Cuando faltaba poco para volver al
Aaiún, ya había oscurecido pero las luces de la ciudad
iluminaban la humedad del aire. No había problema alguno de
volver a casa en la oscuridad porque el cielo iluminado se podía
ver desde muy lejos.
Leopoldo Perdomo
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