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Era un caluroso verano y Ramón leía
tranquilamente un periódico deportivo. Allí, a la sombra
de la higuera, sentado en una silla de respaldo reclinable, disfrutaba
de la brisa que atemperaba el calor. Los moscardones revoloteaban
cantando su canción veraniega. En esas estaba Ramón cuando llegó Adela toda excitada. -¡He visto una casa preciosa! -¿Eh? -Acabo de ver una casa preciosa. Tienes que venir a verla. -Bueno. A la tarde. Ahora hacemos algo de comer, descansamos y después. A la tarde, iremos a verla. -No sabes lo duro que se me hace esperar. -Cualquier cosa se te hace dura. Cortaron unas lonchas de jamón y lo fueron echando en un plato grande. Luego abrieron un frasco de aceitunas, una lata de maíz cocido y otra de espárragos. Cortaron unos tomates y una lechuga; abrieron dos latas de cerveza y ya tenían lista la comida. Luego comieron y descansaron a la sombra de la higuera. Era un día de mucha pereza. Hay momento para cada cosa. Así que al cabo de una hora Adela despertó a su marido. -¡Vamos, Ramón! ¡Despierta que quiero que vayas a ver esa casa que te dije. -¿Eh! -A ver la casa. -¡Ah! Prepárame un poco de café, querida. -Aquí lo tienes, cielo. Adela tenía preparado el café. -No sé que mosca te ha picado con esa casa. Se tomó el café y se dispuso a satisfacer a su mujer que no podía resistir el atractivo de una casa rústica y vieja. Se metieron en el coche con los cristales bajos, para que entrara el aire refrescante. Enfilaron por la carretera en dirección al lugar que indicaba Adela. -Por aquí. Tuerce la próxima a la izquierda. Entraron por esa carretera vecinal asfaltada hasta cierto punto. Pasaron por delante de la ermita románica. -Un día tenemos que venir a ver esta ermita -dijo Ramón. -No sé que mosca te pica a ti con las ermitas. Mientras conducí, Ramón se quedó repitiendo las instrucciones que le dieron hace un par de años. "La llave la tiene Abelardo, vive tres casas más allá. Es esa casa con la puerta pintada de azul". Y recordó las palabras exactas de Abelardo. "Y si no estoy en casa, es que estoy segando en este prado o en el otro. Tenemos que aprovechar este sol y cortar la hierba. "Sí, hay que aprovechar el momento." Le había dicho Ramón. "Si no estoy, Felicitas, mi mujer, te puede enseñar la ermita. "Es usted muy amable." Le respondió. Ramón colvió a la realidad, para fijarse bien en el camino, pues era algo estrecho. Paro la imagen del Abelardo no le dejaba en paz, "Claro que nosotros no cobramos nada por esto. Es decir, que aceptamos..." Y Ramon, dice, "ya lo sé hombre, que aceptan la volundad. Eso está claro." -Sí, claro. -Esto está muy bueno en esta época del año. -Sí, sí. Está muy bueno. -Pero no vea usted lo que se pasa aquí en el invierno. Dejaron atrás la ermita y la casa de Abelardo. Pasado un trecho, el camino dejó de estar asfaltado y ahora solo era de tierra. -Párate en esa casa de ahí, -dijo Adela. Era una casa... algo así como señorial, es un decir. No llegaba a tanto; pero se trataba de una casa con albañilería moderna. Nada de paredes de mampostería. Tenía un jardín delante y unos rosales. Y una puerta con verja de hierro. Adela salió del coche para llamar al hombre, al propietario de la casa, pero ya él los había oído llegar y justo en ese momento abría la puerta de la casa. -Buenas tardes, -dijo el hombre. -Buenas tardes, -respondió Adela. El hombre salió y parecía muy amable. Todos los días no se encuentran unos pardillos de ciudad dispuestos a comprarte una casa vieja de campo. -Si vamos andando, dejan el coche ahí. Si no, puedo ir en el coche con vosotros. Si no es molestia. -Suba, suba. Podemos ir en el coche. El hombre entró en el coche y echaron a rodar por el camino. Este se estrechaba y volvía a ensancharse de un modo caprichoso. Por momentos, Ramón no sabía si el coche podría pasar por algunos tramos sin rozarse con el muro de piedra. -Pasa bien. No tenga miedo. -dijo el hombre en algún momento que Ramón se lo estaba pensando. Un poco más tarde llegaron al lugar. -Aparque por ahí, le dijo el propietario. Aparcaron en un lugar más ancho del camino y se echaron a andar en dirección a la casa. -Esa es la casa -le dijo Adela a Ramón señalando. Era una vieja casa de piedra como todas por allí. Enfrente de la casa había un hórreo viejo. Ramón se fijo que las maderas estaban bastante podridas. Entraron por un camino estrecho. Tan estrecho que a Ramón le pareció justo que las gentes del lugar dijeran "camín" a ese tipo de caminos, tan angostos. -La casa estaba habitada hace pocos años. Eh? -Hace pocos años. Vivían aquí dos mujeres. -¡Ah! Llegaron hasta la puerta de la casa. La madera era de color gris, y estaba quemada por el tiempo. Por el tiempo y por la ignorancia total de la pintura. Pablo se echó hacia atrás y miró al balcón que había sobre por encima de la puerta. La misma calidad de madera. Por su resistencia a la putrefacción, Ramón pensó que estaría hecha de madera incorrupta. Al lado derecho de la puerta, a cosa de medio metro, había un contador de agua y un grifo. -Ahora mismo no tiene agua. La han cortado porque no vive nadie. -¡...! -No voy a estar pagando el mínimo cuando nadie la usa. -Lógico. El hombre abrió la puerta. Una cerradura de esas antiguas. Esas con una llave grande de hierro. La puerta hizo un chirrido al abrirse. Pero no fue un chirrido de esos venerables de película de miedo. Sin embargo fue un chirrido. Discreto, pero chirrido al fin y al cabo. Entraron en la casa. Ramón husmeó de inmediato el aire. Notó las esporas de hongos flotando en el aire, como si fueran espíritus malignos. Notó de inmediato un agobio respiratorio. Algo maligno hacía la respiración difícil. Al adaptarse los ojos a la penumbra quedó a la vista la planta de la casa. Tenía un fogón algo ahumado al fondo a la derecha y una escalera muy escuálida a mano izquierda para subir a la planta de arriba. -Esto es precioso -dijo Adela. -Esa es la cocina, -dijo el hombre señalando con la mano el fogón. -¿Cómo? Preguntó Adela. -Que eso ahí es la cocina. El fogón que se dice. -¿La cocina? ¿El fogón? -Antes se decía "el fogón". El lugar donde se hacía de comer. -¿Dónde está? -Ahí mismo. En ese hueco. -¿Ese hueco? No entiendo. -El fuego se hacía encima de esas piedras. -¿Encima de esas piedras? -Se hacía el fuego con leña y se colgaba el pote de la cadena. -¿Se colgaba el pote, dice? -Déjeme ver. Por aquí debe andar el pote. El hombre su puso a buscar entre papeles de envolver y cajas viejas de cartón. -Aquí está el pote, ¿Lo ve? -¿Esto es el pote? -Sí. Es de hierro, ¿ve? Es lo que se usaba antes. -Entonces eso es el pote. -Lo que pasa es que está muy tiznado. Es normal en estos potes. Solo se lavaban por dentro. -¡Ah! Todas estas palabras distrajeron a Ramón que seguía husmeando en el aire. Sabía que debía evitar estas aspiraciones nocivas porque le sobrevenía el asma. Aparte de las esporas que flotaban en el aire, Ramón sentía como una presencia de algo. Pero, no estaba claro. Al rato sintió un tirón en la pernera del pantalón. Un tirón hacia abajo, cerca del suelo. Miró y no vio nada. Giró la cabeza a su alrededor y no vio nada. -Tiene aquí un asa. Para colgarlo del gancho. ¿Lo ve? El hombre hizo una demostración de como se colgaba el pote de la cadena por medio de un gancho en forma de ese. -Entonces, ¿el pote se cuelga de la cadena? -Exactamente. -¿Para que se cuelga? -Se coloca más o menos alto, dependiendo de la potencia del fuego. Según se está acabando la cocción ya no echas más leña. Solo bajas el porte para acercarlo más al fuego. Ramón trataba de concentrarse en las palabras del hombre. O sea, que "el pote colgaba de un gancho en la cadena". -Y ¿dice que vivía aquí gente? -preguntó Adela. -Dos mujeres, exactamente. Hace tres años que se fueron. -Tres años. -repetía Adela. -Pues en esta planta ya lo han visto todo. Adela se quedó un momento mirando la estancia. Era una sala como de cinco por cinco metros. El piso que estaba compuesto por baldosas naturales de piedra, sin cortes. Baldosas de tamaños irregulares que se ajustaban unas con otras, o rellenando el espacio con piedras menores. Todo estaba cubierto por un polvillo protector que hacía difícil adivinar el color de la piedra. Bueno, la luz tampoco era mucha. Justo la que entraba por la puerta abierta; porque la única ventana de aquella sala estaba cerrada con una tranca. -Ahora, ¿si quieren acompañarme a la planta de arriba? El hombre les invitó a subir al piso de arriba. La escalera era estrecha y la barandilla precaria. El hombre señaló con su brazo extendido invitándolos a subir. Adela empezó a subir muy decidida mientras Ramón se quedaba rezagado. Pero el propietario movió la mano en dirección a la subida. No quedaba muy claro si les invitaba o les conminaba a subir. Ramón se vio obligado a subir por la escalera y el propietario siguió detrás de él. Mientras subía Ramón sentía en el aire una presencia hostil. Debían ser unas partículas que pululaban en el aire y le irritaban las fosas nasales y los bronquios. Al llegar al piso de arriba Ramón se fijo en el hueco de la ventana, justo a mano izquierda. Era tan exiguo el espacio que de repente entendió el sentido de la palabra que usan por esas tierras el "ventanuco". No tenía ninguna duda, aquello debía ser un ejemplo genuino de "ventanuco" al estilo antiguo. Auténtico y genuino como los de antes. Esto lo había oído bastante, "cierra el ventanuco", "abre el ventanuco". Ramón pensó que estas cosas eran molestas por si mismas. Hay gente que se pasa la vida dando ordenes absurdas,"cierra el ventanuco", "abre el ventanuco". Ahora, justo al pasar junto al ventanuco sintió una muestra muy agradable de brisa veraniega que entraba por aquel hueco providencial. ¡Qué alivio! La densidad de espíritus maléficos del aire se atenuó drásticamente. Es como si estos huyeran o, por decirlo de otro modo, tuvieran la tendencia a evitar las corrientes de aire. Volvió a sentir como un tironcito leve en la pernera del pantalón. Miró otra vez y no vio nada. Hacía tanto tiempo que no le ocurrían estas cosas que ya se había olvidado de estas manías suyas. -Déjate de manías, -le decía siempre Adela; pero no había modo. En verdad, las manías no habían desaparecido del todo. Solo ocurrió que dejó de contarlas. Para ser más exactos, esa sensibilidad acusada por las cosas anormales e invisibles no se atenuó de un modo tan paulatino como se dijo. Pero desapareció casi por completo cuando cambiaron de piso. Ramón sabía que Adela se ponía de los nervios cuando decía que notaba algo raro en el ambiente. Y se ponía de un carácter tan insoportable que hasta se volvía reacia a sus caricias y a sus halagos. Vamos que cuando Ramón detectaba alguna presencia extraña no había forma de echarle un polvo. Ahora, ya no decía nada. Pero todavía notaba presencias extrañas por aquí y por allá. Empezaba a oír voces y quejidos. Solo se oían muy levemente como si vinieran de fuera, de algún lugar remoto y se reconstruyeran y reverberaran en aquella casa. Pero Ramón sabía que las voces no venían de fuera. Si vinieran de fuera las hubiera oído por el lado del ventanuco. Adela estaba extasiada con aquella birria de casa toda llena de polvo y miasmas del inframundo. Ramón sentía que la casa estaba toda llena de partículas malsanas, de quejidos, de dolores, de fingimientos. Y de pinzamientos del alma, de pellizcos que un día padecieron los espíritus modestos, espíritus sojuzgados por la gente que nace con el don de la autoridad. Gente esta, al parecer, que solo ha venido a este mundo para sufrir mortificaciones. Pero también están los otros, los espíritus de aquellos que se quedaron solos, sin victimas a las que fastidiar. -Es precioso, -decía Adela contemplando un dormitorio de tres por dos metros. La habitación estaba provista de un ventanuco que, por algún motivo incomprensible, estaba situado muy alto. Tal alto estaba que Ramón se dio cuenta que para abrirlo o cerrarlo había que subirse a una silla. Que no se hizo aquel ventanuco para que tengamos una vida regalada y llena de comodidades, sino para hacernos sufrir. Para que no se nos pasara por la cabeza la peregrina idea de que todo el monte es orégano o florecillas silvestres. Ramón pensó que aquel ventanuco era algo así como "una gracia" del maestro mampostero. Ramón tuvo una visión: El propietario... no era este mismo de ahora, sino su abuelo que había encargado la casa. El abuelo le decía al mampostero: -¡Cago en diez! ¡Hazle a esta casa una jodida ventana! -¡Quéeee! -Una ventana. Parece que odias las ventanas. -Las ventanas no traen otra cosa que corrientes de aire. -¿Eh? -Y las corrientes de aire no traen sino catarros. -¿Cómo? -Y los catarros nos dejan la tisis. -¿Cómo dices? ¡Pon ahí una jodida ventana Manolo! Por mí que no sea. ¡Si se trata de un capricho! Usted paga. Y el albañil se dispuso a regañadientes a dejar el hueco de un ventanuco miserable. -¡Pero, coño! ¡No hagas un ventanuco tan miserable! -¡Eh! ¿Qué te pasa ahora? -Haz una ventana moderna. Como esas que se ven en la casa de Manzanes, el indiano que vino de Cuba. -Vino de Cuba, sí. Pero podrido de plata. Tú no. -Hazme una jodida ventana y calla. -Te vas a arrepentir de esto. De momento hay que buscar un buen pedazo de madera de castaño para el dintel, lo bastante grueso para soportar las piedras que van encima. Y el mampostero hizo aquella ventana allá arriba. Por eso había que subirse a una silla para abrirla y cerrarla. Ramón perdió su visión de la obra cuando Adela dijo: -Es precioso. Pero Ramón volvió a oír voces quejumbrosas. Venían del dormitorio. Ramón se acercó a mirar. A estas alturas no debía haberse molestado en mirar. Hacía tiempo que casi ya no oía voces. Desde que se mudó de piso. -¡Aaaah! -se oía clarito. Era una voz queda, pero se oía perfectamente. -¡Aaaah! -volvió a oírse la voz. Y luego, con más claridad. -El "podenuí", Juana. Tráeme el "podenuí." El propietario pensó que la contemplación de aquella joya arquitectónica se estaba demorando demasiado. La madera del piso era gris claro y por la puerta abierta del balcón entraba la luz del verano. En otros momentos hubiera entrado por allí filtrada por nubes oscuras. Pero la luz de hoy venía en toda su pureza procedente de un cielo azul con leves tules de vapor sobre el cielo. Algunos insectos revoloteaban en el exterior certificando con su dulce ronroneo la llegada del calor. Ramón miraba para el balcón y vio que una de las puertas estaba suelta de su bisagra superior. Esto era un avatar insignificante en el tiempo y el espacio. Dentro de cinco mil años los arqueólogos tendrían dificultades para saber que allí habría habido una puerta. Pero el apilamiento de piedras les diría que allí mismo hubo una casa. -Y aquí tenemos el balcón. Las bisagras necesitan un poco de aceite. -Dijo el propietario. Ramón seguía con la mirada perdida en el balcón. -El balcón es precioso. -Dijo Adela. -Hace falta sustituir algunas tablas, solamente. -Dijo el propietario- Aparte de eso está en buen estado. -¡El podenuí! ¡Juanaaa, tráeme el podenuí! Ramón lo oyó clarito, clarito. Las veces se oían procedentes del dormitorio que tenía la ventana tan alta. Volvió sobre sus pasos y miró en el dormitorio. Sabía que allí no había nada que ver. Pero las voces le parecían tan angustiadas que le tenían acojonado. -¡Qué precioso! Repitió Adela contemplando arrobada el balcón. -Y ahora si quieren bajar les puedo enseñar lo de fuera. O sea que había más. No solo era todo aquello, sino que además quedaba por ver lo de afuera. Adela empezó a bajar la escalera y Ramón se quedó paralizado al oír la voz quejumbrosa. -¡El podenuí! ¡Tráeme el podenuí! La voz le produjo un escalofrío y Ramón se quedó parado allí mismo; quieto sobre aquellas tablas grises. El propietario le dio a Ramón una sacudida en el brazo para sacarle de su ensoñación. Ramón dio un respingo y volvió al mundo exterior. Al mundo de las superficies sensibles. Esas que pertenecen a todo el mundo y que existen desde toda la vida. Empezó a bajar la escalera y el propietario iba detrás. -¡Aaaah! -Se oyó la voz quejumbrosa.- ¡Juanaaa! Ramón sacudió su cabeza como tratando de quitarse las voces de encima. Ya empezaba a sentir sus nervios afectados y no quería que nadie se diera cuenta de sus problemas con aquella casa. Según bajaba, noto que una mano le daba un tirón hacia abajo de los pantalones. Notó la presión sobre el cinturón y se dio cuenta que se le habían bajado un poco en su cintura. Se ajustó el pantalón y noto que unos brazos se agarraban a su pierna izquierda y una mano le acariciaba el muslo. Nada menos que por su cara interna. Se quedó quieto un momento y notó como una mano ascendía cada vez más alto y se deslizaba suavemente por su piel. El propietario le dio un discreto empujoncito para hacerlo seguir. Ramón se sintió molesto de nuevo. No le quedó claro si fue por el empujoncito que le dio el propietario. Ahora sentía que algo invisible le agarraba con sus dedos esa cosa que... bueno, ya saben. Eran unos dedos cálidos que le daban unos tironcitos suaves hacia abajo. Ramón fue bajando como trastornado y hasta se dio un tropezón incompresible que casi le hace caer por la escalera. -¡Tenga cuidado! -dijo el propietario- Los escalones son más altos de lo normal. Cosa de los constructores antiguos. Al llegar a la planta baja, el propietario les invito a salir señalando la puerta con la mano. Salieron fuera y se oían los moscardones ronroneando en el aire. Se sentían los aromas del prado en el verano y, por momentos, la brisa traía aromas de hierba cortada que se secaba al sol en algún prado cercano. El propietario se decidió a enseñarles el hórreo. -Este es el hórreo. Más exactamente esto es la cuadra. -Es precioso -dijo Adela. -Hace mucho tiempo que no se usa. Las mujeres no tenían vacas. -Me gustan las vacas, -dijo Adela. -Realmente, el hórreo es la construcción que hay encima. En este punto de la cuadra Ramón no sintió más voces. Pero oyó un estruendoso ruido de lluvia intensa. Miró al exterior extrañado y vio con alivio que el sol seguían luciendo esplendoroso. Notó la presencia de una muchacha cubierta por encima con una manta empapada por un fuerte chubasco. En el interior de la cuadra casi no se veía nada más que aquella muchacha y una oscuridad notable. Cuando el propietario le dio un codazo, Ramón volvió a sentir la luz leve pero notable que entraba por la puerta de la cuadra y las aberturas de medio metro entre las paredes de la cuadra y el hórreo encima. Salieron fuera y el propietario dijo: -Este camino es un derecho de paso. -¿Un qué? -pregunto Adela. -Un derecho de paso. Los vecinos tienen derecho a pasar por este camino para entrar a sus fincas. Ramón pudo ver que la distancia entra la casa y la cuadra era como de metro y medio. Ramón se imaginó la casa con una cortinas nuevas en el balcón y Adela sacando una mesa a la puerta de la casa para hacerse una merienda campestre. -Ramón, saca un par de sillas, -dijo Adela. Ella coloca su mantelito bordado de flores, recuerdo del viaje a Tailandia. Luego trae una bandeja de platos, una jarra de cristal con zumo de naranja, una bandeja con trocitos cortados de jamón, y trocitos de queso de Cabrales. En otro plato puso unas hojitas cortadas de lechuga y unas olivas amargas. Y justo en medio de esa visión celestial aparece un paisano con una carreta perfumada y cargada con estiércol de vaca. Adela pone los ojos como platos, pues no se imagina lo que va a pasar ahora. -Tiene derecho de paso, Adela. -le dijo Ramón. -¿Y eso que quiere decir? -Que tenemos que meter todo esto en la casa. -Yo no lo meto en la casa. -Entonces tendrás que meterlo en la cuadra. Fue justo este momento cuando la visión se esfumó, al aparecer una paisana que traía un mulo justo por aquel camino. El propietario se hizo a un lado del camino para dejarla pasar. Adela y Ramón se apartaron al otro lado. Adela empezaba a tener unas nociones sobre el derecho de paso. La paisana llevó el mulo hasta un prado que justo lindaba con la casa. Y se quedó allí acariciando al mulo. Era como si tratara de captar alguna onda sobre las conversaciones que se traía el propietario con aquellos forasteros. -¿Y donde está el baño? -Preguntó Adela. -La casa no tiene baño, -respondió el propietario. -¿No tiene baño? ¿Y entonces como...? -No sé como se las arreglaba esta gente. Donde lo echaban. -¡?! -Tal vez lo echarían por aquí y por allá. -El hombre señaló hacia una finca de maíz- Al fin y al cabo no es más que estiércol. -Se podía hacer un pozo negro ahí mismo; donde está el mulo. -Este terreno no es de la casa. Es de la vecina que trajo el mulo. Tiene prioridad de compra. -Entonces se podría hacer en otro lado. -El caso es que la casa no tiene tierra propia colindante. -¡ ? ! -Incluso el frontis de la casa, ya lo vieron, tiene una servidumbre de paso. -¿Servidumbre de qué? -De paso. Es un camino público. Pero la casa la vendo junto con el hórreo y un terrenito. -¿Un terrenito? -Empieza en aquel muro de allí, junto el camino donde está el coche. -En el muro... -Eso es. Y termina por esta parte de aquí. Es un triángulo. -¿Un triángulo? -Preguntó Adela que no se aclaraba mucho con la geometría. -Un triángulo. Tres lados. El más pequeño es aquel de allá, junto al camino vecinal. Son doce metros. Luego las lindes se van estrechando junto al hórreo, el terreno que ve con hierba, y todo se junta en este punto. -¡Oh! -Dijo Adela. -A este lado está el camín y por aquí está el otro lado; limitando con el terreno labrado. -¡Ah! -Dijo Adela que se estaba haciendo un lío con las lindes. -Por aquí mismo debe estar el "fixo" -dijo el propietario. Y dirigiéndose a Ramón que estaba en la inopia le dijo: -Es esta piedra de aquí. ¿La ve? -Y movió la punta del pie señalando la piedra. La piedra se hallaba claramente tres centímetros dentro del terreno labrado y el hombre sintió necesidad de hacer algún comentario. -Ya podía haber labrado en su lado, ¿no? ¿Lo ve? Ramón asintió. -Sí. Está claro. Ramón sintió de repente que era de noche. Todo se veía oscuro. Él estaba en el mismo sitio sobre la hierba. Una fina llovizna caía con constancia. Entre las sombras pudo ver una muchacha con una manta por la cabeza y los hombros que se metía en medio del maizal. Llevaba algo redondo en la mano. -El podenuí, el podenuí. Me está fastidiando bien con el podenuí. -Y ¿cuánto vale la casa? Preguntó Adela. Estas palabras de Adela devolvieron a Ramón de nuevo a un campo veraniego pleno de sol. -Bueno... pues la casa... -¿...? -Adela estaba expectante. -Digamos... un precio justo... cuatro millones. Adela no pestañeó siquiera. Tal vez no era tan tonta como nos creemos. En cualquier caso, creo que ella andaba buscando una ganga, y el propietario necesitaba un par de tontos urbanos. Ramón hizo cuentas rápidamente. Aquella joyita podía tener doscientos cuarenta metros cuadrados divididos por un camino vecinal. A cuatro millones... eso hace como quince o dieciséis mil pesetas el metro cuadrado. ¿Genial! Si Adela compraba aquello les podían dar un certificado de "gilipollas mayores del caserío". Tendrían derecho a tirar cohetes en las fiestas patronales con la obligación honorífica de invitar a sidra a todo el vecindario. En algún momento, la reunión pareció que se terminaba. Fue cuando Adela dijo con una sonrisa enigmática: -¿Cuatro millones? Es cosa de pensarlo. Y volvieron por el camino vecinal. El propietario cerró la puerta de la casa con su gran llave de hierro y se fueron hacia el coche. El coche se puso en marcha y pudo dar la vuelta aprovechando la entrada del camino a la casa. Llevamos al propietario de vuelta y seguimos por aquellos caminos vecinales hasta la carretera local. Aquella noche cenaron algo ligero. Unos yogurt y unos emparedados de jamón cocido. Cuando ya estaban dormidos, Ramón se despertó sudando al oír los gritos de "¡Juanaaa! ¡Tráeme el podenuí! A pesar de estar despierto por los gritos siguió viendo visiones. Una muchacha se revolvía perezosa en la cama y se volvió a oír la llamada del podenuí. La habitación de la muchacha estaba a oscuras pero una especie de clarividencia le permitía a Ramón ver lo que ocurría. La muchacha buscó las cerillas tanteando en una mesita, encendió un vela y se fue tambaleando hasta la habitación de la señora. -¡Llevo media hora llamando! -Se quejó la señora. -Lo siento, -respondió la muchacha. -¡Aparta esa vela de la cara que me deslumbras! La muchacha puso la vela detrás de una caja de cartón para que no le diera a la señora la luz directa en la cara. Luego sacó el orinal que estaba debajo de la cama y lo puso allí mismo a la vista. Ayudó a la señora a levantarse del lecho. Esta se quedó sentada en la cama unos cuantos segundos y luego inició el gesto de levantarse. -¿Y por qué no le llama orinal como todo el mundo? -¡Ay, niña! Que retrasada eres. Ayúdame a sentarme. La muchacha la agarró por las axilas para que la señora bajara lentamente el trasero. Los ruidos escatológicos se oían con fuerza y la señora trató de acallarlos con estas palabras: -Decir orinal es una vulgaridad. -¿Eh? -preguntó la muchacha. -Se dice podenuí que viene del francés "pot de nuit". -¡Ah! -Dijo la muchacha sin entender la diferencia. -Que te voy a decir a ti que no entiendes más que de estiércol. En ese momento Ramón ya no pudo aguantar más estas visiones. Sacudió con fuerza la cabeza, como los perros cuando los mojas con la manguera, y se levantó de la cama. Se fue hacia la botella de güisqui y se echó en el vaso tres deditos bien medidos. Luego se dio unas bofetadas en la cara, por ambos lados, como el hombre ese que anuncia la loción de afeitar. Cogió el vaso y se puso a beber al tiempo que encendía la tele. Le quitó el sonido y se quedó tranquilamente viendo los dibujos animados. Adela roncaba plácidamente. LEOPOLDO PERDOMO |
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