LA LISTA DE PETROVITCH
El camarada Piotr Petrovitch estaba en su oficina como todos
los días, incluyendo los domingos. A mano derecha estaba la
bandeja con la correspondencia de entrada. Extendió su brazo y
cogió un sobre con parsimonia. Tomó el estilete
abrecartas y abrió el sobre. Sacó la hoja y leyó.
"Estimado camarada: Por la presente y en respuesta a la suya del 25 de
Septiembre, tengo el placer de manifestarle que la lista ha sido
aprobada en su totalidad con la salvedad del camarada prisionero
Dimitri Efimovitch que ha sido tachado de ella." Terminaba diciendo:
"Sin otro particular, te saluda con afecto de camarada," y
seguía una firma ilegible.
A Petrovitch le sobrevino un agudo
escalofrío. No podía creerse aquello y repitió en
su mente las frases punzantes: "su lista ha sido aprobada”, “con la
salvedad de”, “que ha sido tachado de ella”. Petrovitch se quedó
helado. Nunca le habían tachado a nadie de una lista.
Un sudor frío le invadió y
sintió como un fuerte dolor en el brazo que le llegaba hasta el
pecho. Su cara se fue poniendo tan pálida como la ceniza que
queda en el fogón apagado. Por un momento su mente se
quedó a oscuras. Todo se volvió negro. Fueron pasando los
minutos y todavía seguía sumido en la oscuridad. En ese
tiempo fue incapaz de pensar. Luego, poco a poco su consciencia
empezó a retornar y se dio cuenta que seguía sentado en
la silla.
Todo estaba oscuro a su alrededor, no
veía nada. Por su mente pasaron unas palabras: "Parece que me he
quedado ciego". Este era un momento tenso pero consiguió
mantener la calma. Toda su vida no había hecho otra cosa que
mantener la calma. En ocasiones ya había pasado por momentos de
mucho miedo pero siempre supo mantenerlo oculto bajo una superficie
imperturbable. Notó que todavía le dolía el brazo
y el pecho. Un dolor agudo por el lado izquierdo. Trató de
recordar su situación en el mundo real, estaba sentado junto a
la mesa de su despacho. Tenía el samovar de plata a un lado
sobre su mesa; atrás y a la derecha. A la izquierda estaba la
bandeja para poner la correspondencia de salida y a la derecha, cerca,
la bandeja con la de entrada, al alcance de la mano. Y extendió
la mano derecha para verificarlo.
Me he quedado ciego, se repitió a
sí mismo. Luego trató de mover la mano izquierda para
alcanzar la bandeja con el correo de salida, pero sintió un
dolor sordo cerca del pecho y tampoco podía mover el brazo,
parecía de plomo. Precisó unos minutos para calmarse y
olvidar aquel dolor.
Al cabo de un rato todavía era capaz de
razonar, pero seguía ciego. Debía avisar a alguien de su
estado. Si se levantaba para salir debía dirigirse a la derecha
como tres pasos. Luego girando un poco a la izquierda la puerta del
despacho estaba como a cuatro pasos más. Tuvo que apoyarse en su
mano derecha y le costó un esfuerzo incomprensible. Se
levantó solo un poco como si su cuerpo se negara a una
fruslería rutinaria como el acto mismo de levantarse o de
sentarse. Empezó a sentir nauseas y se dejó caer sobre la
silla lentamente. No solo estaba ciego; ni siquiera era capaz
levantarse y andar para pedir ayuda. Luego, empezó a clarear en
su mente la imagen de la carta que estaba sobre la mesa.
Entonces regresó la luz del exterior a su mente y
volvió a verlo todo con normalidad. Allí estaba sobre la
mesa el samovar de plata, por aquí la bandeja con la
correspondencia de salida, por allí la de llegada. Miró
al frente y vio aquellas paredes desnudas y grises. Hacía
años que pedían a gritos una mano de pintura. De pronto
se acordó de la carta que acababa de leer y resonaron en su
mente las terribles palabras “con la salvedad del camarada prisionero
Dimitri Efimovitch que ha sido tachado de ella."
En este momento vio sobre la pared, enfrente
mismo de su mesa, el rostro del camarada Stalin. Parecía tener
una cara ceñuda aquella tarde. El caso es que no estaba mirando
al cuadro, pues quedaba justamente a su espalda. Pero la imagen misma
del camarada, padre de la patria y del partido, la veía
claramente con todos sus colores. La veía con la misma
naturalidad que si se hubiera vuelto de espaldas. Allí estaba la
imagen proyectada en vivos colores sin contaminarse para nada con el
gris de la pared.
Notó que el brazo le causaba un gran
dolor y volvió a sentir la opresión del pecho.
Tenía deseos de dejarse caer por el suelo. Pero seguía
allí, firme como una roca, sostenido por su férrea
voluntad, apoyándose en su brazo derecho contra la mesa y
sentado en su silla. Esta jugada del destino le había cogido
totalmente desprevenido. Siempre ha sido un camarada precavido, atento
a todos lo detalles para salvar al proletariado de sus enemigos. Pero
con el tiempo se dejó llevar un tanto por la rutina y
perdió los reflejos juveniles que le mantenían siempre
alerta.
Cuando llamaba a algún prisionero para
interrogarlo, el retrato del camarada Stalin le miraba severo por
encima de su propia cabeza, como reforzando su autoridad. Había
elegido el camarada Petrovitch un cuadro de Stalin apropiado para
amedrentar a los enemigos del pueblo. Era un cuadro que no se suele ver
en cualquier sitio. Es como si el camarada estuviera fingiendo que
miraba al suelo, cuando de pronto percibes que levanta la vista y te
mira con un reojo malevolente; sientes que te coge desprevenido en tus
malos pensamientos.
A Petrovitch le gustaba volverse en su silla
de cuando en cuando para disfrutar con la cara del padrecito de la
mirada ceñuda. Pero, ahora mismo no se sentía con fuerzas
para volverse a verlo. Mirando a la pared gris que tenía en
frente lo seguía viendo con la misma claridad que si tuviera el
cuadro delante. Era un extraño fenómeno. Ahora se dio
cuenta que el padrecito de la patria le miraba con ojos mucho
más duros de lo habitual. A pesar de su temible ceño,
Petrovitch era capaz de verle una sonrisa en su rostro; muchas veces se
daba cuenta que solo era una sonrisa maliciosa. Como el rostro de un
padre amoroso, ligeramente achispado, que enciende su pipa y aprueba
con un guiño de la ceja izquierda las decisiones que
estás tomando, incluso las más duras. Que no te han
puesto en este sitio para repartir caramelos a los niños.
Una luz grisácea entraba por la ventana y la bombilla
que iluminaba la mesa parecía más miserable que nunca. Un
escalofrío recorrió todo su cuerpo y le pareció
que la estufa se estaba apagando. ¡Iván! Intentó
llamar al camarada sirviente con tono fuerte pero solo le salió
un hilillo insignificante de voz. Sin embargo, Iván
apareció como por arte de magia y dijo en voz baja: "Ya veo que
la estufa se está apagando." Abrió el portillo de la
estufa para echar un poco de carbón y luego se puso a soplar.
Quedaban todavía suficientes brasas pero había que avivar
el fuego.
Petrovitch que seguía sintiendo un agudo
dolor se dirigió a Iván que ya se marchaba y le dijo:
Dile al camarada Vasili que venga a verme. Iván se fue sin darse
cuenta del mal estado en que se encontraba su camarada-jefe.
Cuando llegó Vasili se dio cuenta que
Petrovitch había tenido un infarto. Le auscultó y vio que
estaba muy mal. Que tenía rígido el brazo y que no
podía moverlo.
--Tienes que irte a la enfermería --le
dijo--. Ya sabes, un infarto.
Vasili llamó por teléfono a la
enfermería y vinieron con una camilla para llevárselo.
Petrovitch se sentía avergonzado de esta repentina debilidad. Lo
cogieron entre dos enfermeros y lo tumbaron en la camilla. Se lo
llevaron a la enfermería y Vasil mismo le puso una
inyección de digital pues tenía el pulso muy
débil. Le hubieran puesto oxigeno para ayudarle un poco a salir
adelante, pero hacía seis meses que no les quedaba. Aún
estaban esperando que llegara.
Si Petrovitch hubiera estado en condiciones de
razonar les hubiera dicho
--El día menos pensado nos llega el
oxígeno. Eso es seguro.
Vasili y el enfermero hubieran asentido.
--Las cosas de Moscú llegan despacio.
--Y todos dirían, ya, ya.
Luego Petrovitch seguiría rumiando
pensamientos. Tal vez lleguen algo tarde pero terminarán por
llegar. Al fin y al cabo, allí tienen cosas mucho más
importantes en las que pensar como para preocuparse por una
mísera estación de trabajo en Kolima. Tienen por
allá muchos problemas. Las dificultades que tenemos aquí
son solo una gota en el inmenso océano.
Vasil hizo varias llamadas por teléfono
a las enfermerías de otros campos, por si alguno le quedaba una
botella de oxígeno. No hubo nada, todos estaban igualmente
esperando la llegada de suministros.
Petrovitch seguía en la cama y se iba recuperando. Su
cabeza no paraba de darle vueltas a aquella carta; “que la lista ha
sido aprobada en su totalidad”. Esto era previsible, afortunadamente.
Él sabía hacer bien las cosas. Y seguía la memoria
barrenándole el cerebro, “con la salvedad del camarada
prisionero Dimitri Efimovitch”. Estas palabras le hicieron sentirse muy
mal. Él siempre había estado del lado de la fuerza. Y
ahora estaba tan débil que sentía cierta piedad por
sí mismo. ¡Tantos sacrificios que había hecho por
el partido y por el pueblo soviético! Y todavía estaba
allí. Llevaba encerrado en aquel pudridero durante siete
años, mientras otros con menos méritos holgazaneaban en
Moscú, yendo al cine o al teatro. Recordaba a Markof y a Victor,
siempre bromeando, siempre bebiendo y jugando con las bailarinas
mientras la gente honesta remaba duro para que la nave siguiera su
rumbo triunfante hacia el futuro. Ahora le vinieron a la memoria una de
aquellas noches inolvidables en el Bolshoy, en el camerino de Martina
Krasimova. Dulces noches de vino y champán, productos nobles
traídos de las soleadas tierras de Georgia. Era una camarada
preciosa llena de alegría y siempre lista para tomar otra copa
de champán. Un verdadero reposo del guerrero revolucionario.
Añoraba los desfiles del Primero de Mayo y la Revolución
de Octubre. Entonces sentían, no solo la alegría
proletaria de pasar un día sin trabajo, sino, el triunfo de la
primavera que llegaba con sus temperaturas en ascenso en
dirección al verano. Ahora había era gente la que se
deleitaba en compañía de las bellas señoritas,
relamiéndose en la miel de la vida. ¿Por cuánto
tiempo tendría que seguir encerrado en aquellos campos
desolados?
Petrovitch seguía meditando. Los
débiles, los desheredados de la fortuna, eran aquellos tristes
tipos harapientos que le enviaban a aquellas heladas tierras. Cada
semana traían un contingente nuevo. Como si allá lejos,
en Moscú… ¡Oh! ¡cuanto añoraba esta ciudad!
Es como si allá fueran omniscientes y supieran que había
que reponer el equipo humano que se desgastaba tan rápido.
¡Es qué se mueren de nada! Yo creo que les falta la fuerza
de voluntad. Han llevado una vida de niños mimados en esta
sociedad justa y ahora por un simple resfriado de nada se mueren en una
semana. Esto no debería ser una sorpresa para un revolucionario.
Lo que les pasa es que están debilitados por su falta de fe. No
tienen fe en el futuro.
Petrovitch pensaba que estas tierras de Kolima,
tan lóbregas y heladas, no eran el mejor sitio del mundo para
inyectarles a estos descarriados un poco de fe en sus cerebros
pequeño burgueses. En ocasiones se avergonzaba al pensar que
hasta era una bendición que se fueran muriendo a buen ritmo. Si
no fuera así, pronto nos quedaríamos sin comida y sin
acomodo para meter a tanta gente. Porque cada semana venían
más y más. No sabía cual sería la
opinión del partido sobre este punto crucial pues nunca
había visto que se debatiera en las reuniones.
¡Que débiles y desheredados somos
todos en esta lejana base de Kolima!, pensó Petrovitch.
Notó que se sentía débil por el infarto. Se daba
cuenta que empezaba a sentir piedad. Y no solo la sentía por
sí mismo, pudriéndose en aquella planicie helada, sino
que le preocupaban también las raciones de los guardianes, tan
menguadas. Incluso, en este mismo momento, hasta sentía piedad
por los prisioneros. El partido, como todo ser orgánico, era
capaz de tener sentimientos contradictorios en este punto. El partido
era generoso, sobre esto no tenía dudas. Toda aquella lucha
implacable y feroz no tenía otro fin que la generosidad. No
tenía otro fin que el amor por el proletariado, ni otra la
ilusión que el paraíso que estaban construyendo. Si para
construir el paraíso había que manejar el látigo
sin piedad pues en eso estaban. Esto no se ponía en duda y
formaba parte de la praxis revolucionaria.
No sé podía negar que en la fase
actual del proceso se padecían ciertas deficiencias. Por
ejemplo, aquella enfermería que tenía solo cinco camas y
se tenían por suficientes. Al fin y al cabo, este campo de
trabajo en Kolima no se construyó pensando que aquello fuera un
balneario. En este momento, la enfermería tenía ocupada
una cama; y en ella estaba el camarada Petrovitch. Nadie pensó
nunca que este duro camarada, curtido en mil batallas, pudiera ponerse
enfermo algún día.
También es verdad que este amplio cuarto más
parecía una nevera que una enfermería, pues la estufa
justo acababa de encenderse para atender al camarada jefe y la
habitación aún tardaría varios días en
calentarse de un modo razonable. El suministro de carbón se
retrasaba y tenían que andar con penurias y restricciones. El
propio médico había trasladado su mesa despacho a la
enfermería y hasta el practicante se había instalado
allí. Y no era tanto para atender al camarada prestamente, si
ocurriera una recaída. Sino que en parte lo hacían para
ahorrar el valioso carbón, pues ya les quedaba muy poco.
Así podían aprovechar de un modo razonable el calor
escaso de la enfermería. Esta estufa tampoco daba para mucho y
sólo conseguía mantener el termómetro sobre los
ocho grados, aunque era de esperar que la cosa mejorara. Seguro que
subiría un par de grados más en dos o tres días.
El caso es que no estaba muy avanzada la
estación, pero se metieron a soplar aquellos vientos helados de
improviso. Tenía la esperanza puesta en un pronto cambio del
tiempo. Cualquier día de estos cambiaría el viento y
empezaría a soplar del sudoeste y vendrían vientos
templados. Tenía más esperanza en el cambio del tiempo
que en la llegada de los suministros de carbón que se esperaban.
En fin, todo acaba por llegar. Incluso el carbón.
Era evidente que estaba un tanto
decaído. Su mente se iba de aquí para allá sin
rumbo. Se iba como un corcel salvaje que no sabes de donde viene, pasta
un poco de hierba y sale de pronto disparado a otra parte y ya no le
ves.
Pasó algún tiempo. Ahora Petrovitch estaba
asomado a la ventana de la enfermería y veía llegar el
tren de suministros. Iba el maquinista sonriendo satisfecho, se le
veía bronceado como si acabara de llegar de las playas del mar
negro y le saludaba amistoso moviendo la mano como diciendo ¡ya
estoy aquí! La máquina se iba desplazando lentamente y
ahora veía al fogonero, sonriendo feliz. Lucía una
perfecta dentadura y unos encantadores mofletes. Iba con los fornidos
brazos al aire con una camisa de manga corta y agitaba su brazo derecho
en alto en saludo amistoso al camarada jefe.
Iba pasando lentamente el tren ante sus ojos.
Ahora pasaba un vagón cargado de carbón. Que digo
cargado; iba colmado; formando una buena panza que sobresalía
bien alto. Fue pasando el vagón lentamente por delante de la
ventana de la enfermería. Un fornido prisionero iba pala en
mano, de pie, encima del carbón. Sintió que esto era como
un anuncio, que digo un anuncio, era el heraldo mismo de que llegaban
por fin los buenos tiempos.
Apenas había pasado este vagón
cuando apareció otro lentamente por delante de la ventana. Iba
colmado de carbón igual que el anterior. También iba
allí un prisionero de pie sobre la pila y sonreía
enseñando su perfecta dentadura. Iba luciendo su pecho erguido y
sus musculosos brazos. Y mientras sostenía la pala con la mano
izquierda, hacía corteses saludos con la mano derecha.
Petrovitch entusiasmado le devolvió el saludo y la sonrisa. Hizo
esfuerzos y trató de ganarle al prisionero en cordialidad,
tratando de sonreír con mayor intensidad que él. Al fin y
al cabo estaba obligado a superarle también en esto.
Habían creado una sociedad sin clases, pero algunos llevaban
todavía una carga pesada, más llena de obligaciones que
otros.
Fue pasando otro vagón de carbón.
Iba también repleto. El prisionero de pie sobre la pila
sonreía feliz y agitaba su mano en señal de saludo
afectuoso. Y pasó otro vagón y otro más. Todos
repletos de carbón, hasta un total de cinco. Estaba claro. No
había necesidad de preocuparse por el combustible hasta la
próxima primavera.
Tras los vagones de carbón fueron
llegando otros repletos de comida. Llegaron varios vagones repletos de
patatas. Uno, dos, tres, cuatro vagones repletos de patatas. Y llegaron
otros cargados de sacos de harina. El empleado del ferrocarril tal vez
sabía que Petrovicht estaba preocupado con la escasez de comida
y abrió a propósito las puertas para que el camarada jefe
viera la llegaba de la abundancia, para que descansara tranquilo y
mejorara de su indisposición transitoria.
Y llegaba otro vagón repleto de cajas
con manzanas de las montañas de Armenia. Otro traía
naranjas de Georgia. En su entusiasmo, Petrovitch no se percató
que no era esta la estación para ver naranjas, pues no
entendía nada de agricultura. Todo esto no era nada más
que un milagro de la voluntad soviética; abundancia sin
límites para todos.
La ventana estaba abierta totalmente de modo
que entraba un insólito sol más propio del verano que
otra cosa. Era un día radiante y Petrovitch se deleitaba viendo
a los prisioneros diligentes y felices que acarreaban las cajas de
fruta y las iban apilando en el oscuro almacén.
Petrovitch llevaba la camisa desabrochada y la brisa del aire
le refrescaba un sudor veraniego. Era una sensación agradable
más propia de las playas del sur que de aquellas latitudes.
Los prisioneros estaban formados en
líneas rectas y ordenadas. Estaban expectantes e ilusionados.
Una sonrisa se dibujaba en sus rostros, mientras mantenían el
cuerpo erguido, el pecho levantado y los estómagos recogidos.
Parecían como una tropa aguerrida, dispuesta y feliz para
lanzarse ciega a la gozosa batalla. Eso parecían y no una
pandilla de prisioneros desarrapados y hambrientos. Este indicaba que
en verdad que ya estaban próximos a la meta, el paraíso
proletario.
Un guardia fue diciendo en voz alta los nombres
de la lista. ¡Presente! Los llamados respondían gozosos,
salían de las filas y se ponían en un grupo aparte.
Petrovitch se acordaba de Dimitri. Pobre Dimitri Efimovitch.
Sabía que su nombre no se iba a ser leído.
¡Pobrecito! Era en verdad algo díscolo y respondón.
Pero estaba seguro que tenía un corazón de oro. Unos
cuantos años más en aquel campo y quedaría
reformado para siempre. Quedaría más suave que un guante
de visón.
El jefe de día iba leyendo los nombres
en voz alta. Todos esperaban oír el suyo. Estaban deseosos de
volver a Moscú, el paraíso de todos los placeres. La
primavera allí llegaba puntual a su hora y se llenan los parques
de lirios, como deben ser las cosas. Las muchachas ya van coquetas por
las calles, con los labios pintados, inocentes. Sus labios se llenan de
sonrisas, y de sus bocas salen ligeras risas agudas. Repiquetean en el
aire fresco de la tarde como cascabeles de plata. Las muchachas llenas
de ternura van cimbreando las caderas por las calles, mostrando sus
amplios glúteos que se mueven al compás del paseo.
En el aire seguían sonando los nombres.
¡Abramov! ¡Krivinsky! ¡Tchikov! !Kerensky!
¡Tolstoi! Iban saliendo sonrientes de las filas. Al oír
sus nombres iban saliendo sonrientes de las filas y formaban un grupo
aparte. Parecían felices y hacían señas de
alegría a los menos afortunados.
El calor se estaba volviendo sofocante. Cosa
extraordinaria en estas tierras de Kolima. Aunque él, con su
peculiar talante espartano, estaba dispuesto a soportar todas las
incomodidades climáticas por obediencia al partido. A pesar de
llevar la camisa desabrochada, estaba sudando con mucha abundancia.
Como si estuviera en una selva tropical.
De pronto llegó un viento helado de
alguna parte y todo ese sudor se le quedó como congelado.
Empezó a titiritar de un modo extraño. Todo aquel sol se
disolvió de repente. Ahora estaba allí estaba en aquella
cama, un tanto desabrigado. Estaba solo. La estufa debía estar
quedándose sin carbón. Se tapó el pecho con la
manta y se quedó mirando una mancha negra en el techo. Unos
hongos negros habían ido colonizando el techo. Habían
aprovechado el entusiasmo y la humedad del verano para extenderse por
la superficie del techo. La enfermería precisaba otra mano de
pintura.
Le vino a la memoria el nombre de Dimitri.
¡Pobre Dimitri! ¿Por qué se le habían
ocurrido aquellas insolencias? ¿Es que no sabe que hay que
acatar el principio de autoridad? Ya pasaron los tiempos de la claxis.
Los tiempos de los desórdenes, las rebeliones, los insultos a la
autoridad, los tiroteos anárquicos. Toda esa etapa ya estaba
superada. Del mismo modo que se pasa la rubéola o la misma
juventud. Ahora estábamos en la era de la praxis.
Estábamos construyendo la sociedad perfecta, al hombre nuevo
soviético. Los obreros soviéticos, los burócratas,
los funcionarios del partido, todos debíamos seguir ciegamente
las consignas. Teníamos que avanzar sin descanso por el sendero
luminoso.
Al menos, si no hubiera sido tan insolente,
ahora estaría en la lista. No lo habrían borrado de ella.
Eso. No lo habrían tachado de la lista. Era lamentable. Ahora
necesitaba dar explicaciones. Debería hacer un informe.
¿Y todo por qué? Esa bravura ácrata de Dimitri no
le conducía a ninguna parte. Solo retrasaba los eventos
imparables que nos aguardan. El futuro feliz.
No recordaba muy bien los detalles de la
ofensa. Creía que no era la primera vez que lo hacía.
Murmuraba, no en voz baja como algunos, sino que lanzaba gritos
subversivos con fuerza inesperada. Los guardianes no sabían que
hacer. Fue incrementando las bravatas y sus insolencias. Ocurrió
poco a poco. Y nunca pasaba nada. Los guardianes se hacían los
sordos. De cualquier manera, no estaban seguros de quien era el
ofensor.
¿Quién ha sido? Preguntaban. Pero
todos callaban. No podían castigarlos a todos. No se
podían reducir las raciones. Ya estaban bastante menguadas por
el retraso de los suministros. Petrovitch no comprendía como
podían tener aún deseos de protestar. Como les quedaban
energías para emitir gritos de menosprecio contra la sociedad.
Es verdad que la sociedad los había castigado. Y los
había castigado por faltas relativamente menores, pues estamos
construyendo al hombre nuevo. Castigamos las faltas menores, porque las
faltas leves nos conducen inexorablemente a las faltas graves. Y estas
no las puede tolerar el partido. Se castigan con la muerte. Hay que
mantener la disciplina y la moralidad.
Poco a poco la insolencia fue escalando
peldaños. Cierto día entró el guarda de noche en
el barracón y existía una peste insoportable.
--¡Sois unos cerdos! --gritó el
guarda.
Hubo un sordo murmullo.
--¡Esto apesta!
--¡Apesta a paraíso proletario!
--añadió una voz.
Los prisioneros le miraron con desafío.
El guardia retrocedió lentamente caminando de espaldas y
salió al exterior. Hacía un frío insoportable esa
noche. El guardia llegó lívido al despacho de Petrovitch.
Se le veía asustado. Hubo que armar toda una serie de
interrogatorios para averiguar quien era la manzana podrida que
había armado aquel motín. Porque estaba claro que estaban
a pocos pasos de un motín.
Tuvieron que interrogar a muchos. La
mayoría no sabía nada. Fue entonces cuando se
enteró de todo. Fue el tal Dimitri, pero no era el único.
Se hizo una lista con los nombres de los cabecillas. Hubo algunas
protestas y allí estaba el que lo dirigía todo. No
sentía el menor remordimiento por su conducta. Allí mismo
en la fila, Petrovitch le pegó un tiro en la cabeza al tal
Dimitri. ¿Para qué quería más tramites?
Esto era una guerra. No se podía tolerar la insurrección.
Se envió la lista de los insurrectos
para ser fusilados. No puede uno acobardarse ante una subversión
de inspiración capitalista.
Ahora resulta que el tal Dimitri debe tener
algún padrino allá en el Politburó. Petrovitch lo
puso en la lista por mero trámite. Se sentía perezoso
para hacer un informe sobre el caso. Ahora se veía en la
situación de tener que informar a posteriori y habría que
dar abundantes explicaciones. Algún cabronazo en una oficina de
Moscú estaba poniendo clavos en los delicados engranajes de la
praxis revolucionaria.
Autor: Leopoldo Perdomo
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