LA LISTA DE PETROVITCH

El camarada Piotr Petrovitch estaba en su oficina como todos los días, incluyendo los domingos. A mano derecha estaba la bandeja con la correspondencia de entrada. Extendió su brazo y cogió un sobre con parsimonia. Tomó el estilete abrecartas y abrió el sobre. Sacó la hoja y leyó. "Estimado camarada: Por la presente y en respuesta a la suya del 25 de Septiembre, tengo el placer de manifestarle que la lista ha sido aprobada en su totalidad con la salvedad del camarada prisionero Dimitri Efimovitch que ha sido tachado de ella." Terminaba diciendo: "Sin otro particular, te saluda con afecto de camarada," y seguía una firma ilegible.
    A Petrovitch le sobrevino un agudo escalofrío. No podía creerse aquello y repitió en su mente las frases punzantes: "su lista ha sido aprobada”, “con la salvedad de”, “que ha sido tachado de ella”. Petrovitch se quedó helado. Nunca le habían tachado a nadie de una lista.
    Un sudor frío le invadió y sintió como un fuerte dolor en el brazo que le llegaba hasta el pecho. Su cara se fue poniendo tan pálida como la ceniza que queda en el fogón apagado. Por un momento su mente se quedó a oscuras. Todo se volvió negro. Fueron pasando los minutos y todavía seguía sumido en la oscuridad. En ese tiempo fue incapaz de pensar. Luego, poco a poco su consciencia empezó a retornar y se dio cuenta que seguía sentado en la silla.
    Todo estaba oscuro a su alrededor, no veía nada. Por su mente pasaron unas palabras: "Parece que me he quedado ciego". Este era un momento tenso pero consiguió mantener la calma. Toda su vida no había hecho otra cosa que mantener la calma. En ocasiones ya había pasado por momentos de mucho miedo pero siempre supo mantenerlo oculto bajo una superficie imperturbable. Notó que todavía le dolía el brazo y el pecho. Un dolor agudo por el lado izquierdo. Trató de recordar su situación en el mundo real, estaba sentado junto a la mesa de su despacho. Tenía el samovar de plata a un lado sobre su mesa; atrás y a la derecha. A la izquierda estaba la bandeja para poner la correspondencia de salida y a la derecha, cerca, la bandeja con la de entrada, al alcance de la mano. Y extendió la mano derecha para verificarlo.
    Me he quedado ciego, se repitió a sí mismo. Luego trató de mover la mano izquierda para alcanzar la bandeja con el correo de salida, pero sintió un dolor sordo cerca del pecho y tampoco podía mover el brazo, parecía de plomo. Precisó unos minutos para calmarse y olvidar aquel dolor.
    Al cabo de un rato todavía era capaz de razonar, pero seguía ciego. Debía avisar a alguien de su estado. Si se levantaba para salir debía dirigirse a la derecha como tres pasos. Luego girando un poco a la izquierda la puerta del despacho estaba como a cuatro pasos más. Tuvo que apoyarse en su mano derecha y le costó un esfuerzo incomprensible. Se levantó solo un poco como si su cuerpo se negara a una fruslería rutinaria como el acto mismo de levantarse o de sentarse. Empezó a sentir nauseas y se dejó caer sobre la silla lentamente. No solo estaba ciego; ni siquiera era capaz levantarse y andar para pedir ayuda. Luego, empezó a clarear en su mente la imagen de la carta que estaba sobre la mesa.

Entonces regresó la luz del exterior a su mente y volvió a verlo todo con normalidad. Allí estaba sobre la mesa el samovar de plata, por aquí la bandeja con la correspondencia de salida, por allí la de llegada. Miró al frente y vio aquellas paredes desnudas y grises. Hacía años que pedían a gritos una mano de pintura. De pronto se acordó de la carta que acababa de leer y resonaron en su mente las terribles palabras “con la salvedad del camarada prisionero Dimitri Efimovitch que ha sido tachado de ella."
    En este momento vio sobre la pared, enfrente mismo de su mesa, el rostro del camarada Stalin. Parecía tener una cara ceñuda aquella tarde. El caso es que no estaba mirando al cuadro, pues quedaba justamente a su espalda. Pero la imagen misma del camarada, padre de la patria y del partido, la veía claramente con todos sus colores. La veía con la misma naturalidad que si se hubiera vuelto de espaldas. Allí estaba la imagen proyectada en vivos colores sin contaminarse para nada con el gris de la pared.
    Notó que el brazo le causaba un gran dolor y volvió a sentir la opresión del pecho. Tenía deseos de dejarse caer por el suelo. Pero seguía allí, firme como una roca, sostenido por su férrea voluntad, apoyándose en su brazo derecho contra la mesa y sentado en su silla. Esta jugada del destino le había cogido totalmente desprevenido. Siempre ha sido un camarada precavido, atento a todos lo detalles para salvar al proletariado de sus enemigos. Pero con el tiempo se dejó llevar un tanto por la rutina y perdió los reflejos juveniles que le mantenían siempre alerta.
    Cuando llamaba a algún prisionero para interrogarlo, el retrato del camarada Stalin le miraba severo por encima de su propia cabeza, como reforzando su autoridad. Había elegido el camarada Petrovitch un cuadro de Stalin apropiado para amedrentar a los enemigos del pueblo. Era un cuadro que no se suele ver en cualquier sitio. Es como si el camarada estuviera fingiendo que miraba al suelo, cuando de pronto percibes que levanta la vista y te mira con un reojo malevolente; sientes que te coge desprevenido en tus malos pensamientos.
     A Petrovitch le gustaba volverse en su silla de cuando en cuando para disfrutar con la cara del padrecito de la mirada ceñuda. Pero, ahora mismo no se sentía con fuerzas para volverse a verlo. Mirando a la pared gris que tenía en frente lo seguía viendo con la misma claridad que si tuviera el cuadro delante. Era un extraño fenómeno. Ahora se dio cuenta que el padrecito de la patria le miraba con ojos mucho más duros de lo habitual. A pesar de su temible ceño, Petrovitch era capaz de verle una sonrisa en su rostro; muchas veces se daba cuenta que solo era una sonrisa maliciosa. Como el rostro de un padre amoroso, ligeramente achispado, que enciende su pipa y aprueba con un guiño de la ceja izquierda las decisiones que estás tomando, incluso las más duras. Que no te han puesto en este sitio para repartir caramelos a los niños.

Una luz grisácea entraba por la ventana y la bombilla que iluminaba la mesa parecía más miserable que nunca. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y le pareció que la estufa se estaba apagando. ¡Iván! Intentó llamar al camarada sirviente con tono fuerte pero solo le salió un hilillo insignificante de voz. Sin embargo, Iván apareció como por arte de magia y dijo en voz baja: "Ya veo que la estufa se está apagando." Abrió el portillo de la estufa para echar un poco de carbón y luego se puso a soplar. Quedaban todavía suficientes brasas pero había que avivar el fuego.
    Petrovitch que seguía sintiendo un agudo dolor se dirigió a Iván que ya se marchaba y le dijo: Dile al camarada Vasili que venga a verme. Iván se fue sin darse cuenta del mal estado en que se encontraba su camarada-jefe.
    Cuando llegó Vasili se dio cuenta que Petrovitch había tenido un infarto. Le auscultó y vio que estaba muy mal. Que tenía rígido el brazo y que no podía moverlo.
    --Tienes que irte a la enfermería --le dijo--. Ya sabes, un infarto.
    Vasili llamó por teléfono a la enfermería y vinieron con una camilla para llevárselo. Petrovitch se sentía avergonzado de esta repentina debilidad. Lo cogieron entre dos enfermeros y lo tumbaron en la camilla. Se lo llevaron a la enfermería y Vasil mismo le puso una inyección de digital pues tenía el pulso muy débil. Le hubieran puesto oxigeno para ayudarle un poco a salir adelante, pero hacía seis meses que no les quedaba. Aún estaban esperando que llegara.
    Si Petrovitch hubiera estado en condiciones de razonar les hubiera dicho
    --El día menos pensado nos llega el oxígeno. Eso es seguro.
    Vasili y el enfermero hubieran asentido.
    --Las cosas de Moscú llegan despacio.
    --Y todos dirían, ya, ya.
    Luego Petrovitch seguiría rumiando pensamientos. Tal vez lleguen algo tarde pero terminarán por llegar. Al fin y al cabo, allí tienen cosas mucho más importantes en las que pensar como para preocuparse por una mísera estación de trabajo en Kolima. Tienen por allá muchos problemas. Las dificultades que tenemos aquí son solo una gota en el inmenso océano.
    Vasil hizo varias llamadas por teléfono a las enfermerías de otros campos, por si alguno le quedaba una botella de oxígeno. No hubo nada, todos estaban igualmente esperando la llegada de suministros.

Petrovitch seguía en la cama y se iba recuperando. Su cabeza no paraba de darle vueltas a aquella carta; “que la lista ha sido aprobada en su totalidad”. Esto era previsible, afortunadamente. Él sabía hacer bien las cosas. Y seguía la memoria barrenándole el cerebro, “con la salvedad del camarada prisionero Dimitri Efimovitch”. Estas palabras le hicieron sentirse muy mal. Él siempre había estado del lado de la fuerza. Y ahora estaba tan débil que sentía cierta piedad por sí mismo. ¡Tantos sacrificios que había hecho por el partido y por el pueblo soviético! Y todavía estaba allí. Llevaba encerrado en aquel pudridero durante siete años, mientras otros con menos méritos holgazaneaban en Moscú, yendo al cine o al teatro. Recordaba a Markof y a Victor, siempre bromeando, siempre bebiendo y jugando con las bailarinas mientras la gente honesta remaba duro para que la nave siguiera su rumbo triunfante hacia el futuro. Ahora le vinieron a la memoria una de aquellas noches inolvidables en el Bolshoy, en el camerino de Martina Krasimova. Dulces noches de vino y champán, productos nobles traídos de las soleadas tierras de Georgia. Era una camarada preciosa llena de alegría y siempre lista para tomar otra copa de champán. Un verdadero reposo del guerrero revolucionario. Añoraba los desfiles del Primero de Mayo y la Revolución de Octubre. Entonces sentían, no solo la alegría proletaria de pasar un día sin trabajo, sino, el triunfo de la primavera que llegaba con sus temperaturas en ascenso en dirección al verano. Ahora había era gente la que se deleitaba en compañía de las bellas señoritas, relamiéndose en la miel de la vida. ¿Por cuánto tiempo tendría que seguir encerrado en aquellos campos desolados?
    Petrovitch seguía meditando. Los débiles, los desheredados de la fortuna, eran aquellos tristes tipos harapientos que le enviaban a aquellas heladas tierras. Cada semana traían un contingente nuevo. Como si allá lejos, en Moscú… ¡Oh! ¡cuanto añoraba esta ciudad! Es como si allá fueran omniscientes y supieran que había que reponer el equipo humano que se desgastaba tan rápido. ¡Es qué se mueren de nada! Yo creo que les falta la fuerza de voluntad. Han llevado una vida de niños mimados en esta sociedad justa y ahora por un simple resfriado de nada se mueren en una semana. Esto no debería ser una sorpresa para un revolucionario. Lo que les pasa es que están debilitados por su falta de fe. No tienen fe en el futuro.
    Petrovitch pensaba que estas tierras de Kolima, tan lóbregas y heladas, no eran el mejor sitio del mundo para inyectarles a estos descarriados un poco de fe en sus cerebros pequeño burgueses. En ocasiones se avergonzaba al pensar que hasta era una bendición que se fueran muriendo a buen ritmo. Si no fuera así, pronto nos quedaríamos sin comida y sin acomodo para meter a tanta gente. Porque cada semana venían más y más. No sabía cual sería la opinión del partido sobre este punto crucial pues nunca había visto que se debatiera en las reuniones.
     ¡Que débiles y desheredados somos todos en esta lejana base de Kolima!, pensó Petrovitch. Notó que se sentía débil por el infarto. Se daba cuenta que empezaba a sentir piedad. Y no solo la sentía por sí mismo, pudriéndose en aquella planicie helada, sino que le preocupaban también las raciones de los guardianes, tan menguadas. Incluso, en este mismo momento, hasta sentía piedad por los prisioneros. El partido, como todo ser orgánico, era capaz de tener sentimientos contradictorios en este punto. El partido era generoso, sobre esto no tenía dudas. Toda aquella lucha implacable y feroz no tenía otro fin que la generosidad. No tenía otro fin que el amor por el proletariado, ni otra la ilusión que el paraíso que estaban construyendo. Si para construir el paraíso había que manejar el látigo sin piedad pues en eso estaban. Esto no se ponía en duda y formaba parte de la praxis revolucionaria.
    No sé podía negar que en la fase actual del proceso se padecían ciertas deficiencias. Por ejemplo, aquella enfermería que tenía solo cinco camas y se tenían por suficientes. Al fin y al cabo, este campo de trabajo en Kolima no se construyó pensando que aquello fuera un balneario. En este momento, la enfermería tenía ocupada una cama; y en ella estaba el camarada Petrovitch. Nadie pensó nunca que este duro camarada, curtido en mil batallas, pudiera ponerse enfermo algún día.

También es verdad que este amplio cuarto más parecía una nevera que una enfermería, pues la estufa justo acababa de encenderse para atender al camarada jefe y la habitación aún tardaría varios días en calentarse de un modo razonable. El suministro de carbón se retrasaba y tenían que andar con penurias y restricciones. El propio médico había trasladado su mesa despacho a la enfermería y hasta el practicante se había instalado allí. Y no era tanto para atender al camarada prestamente, si ocurriera una recaída. Sino que en parte lo hacían para ahorrar el valioso carbón, pues ya les quedaba muy poco. Así podían aprovechar de un modo razonable el calor escaso de la enfermería. Esta estufa tampoco daba para mucho y sólo conseguía mantener el termómetro sobre los ocho grados, aunque era de esperar que la cosa mejorara. Seguro que subiría un par de grados más en dos o tres días.
    El caso es que no estaba muy avanzada la estación, pero se metieron a soplar aquellos vientos helados de improviso. Tenía la esperanza puesta en un pronto cambio del tiempo. Cualquier día de estos cambiaría el viento y empezaría a soplar del sudoeste y vendrían vientos templados. Tenía más esperanza en el cambio del tiempo que en la llegada de los suministros de carbón que se esperaban. En fin, todo acaba por llegar. Incluso el carbón.
    Era evidente que estaba un tanto decaído. Su mente se iba de aquí para allá sin rumbo. Se iba como un corcel salvaje que no sabes de donde viene, pasta un poco de hierba y sale de pronto disparado a otra parte y ya no le ves.

Pasó algún tiempo. Ahora Petrovitch estaba asomado a la ventana de la enfermería y veía llegar el tren de suministros. Iba el maquinista sonriendo satisfecho, se le veía bronceado como si acabara de llegar de las playas del mar negro y le saludaba amistoso moviendo la mano como diciendo ¡ya estoy aquí! La máquina se iba desplazando lentamente y ahora veía al fogonero, sonriendo feliz. Lucía una perfecta dentadura y unos encantadores mofletes. Iba con los fornidos brazos al aire con una camisa de manga corta y agitaba su brazo derecho en alto en saludo amistoso al camarada jefe.
    Iba pasando lentamente el tren ante sus ojos. Ahora pasaba un vagón cargado de carbón. Que digo cargado; iba colmado; formando una buena panza que sobresalía bien alto. Fue pasando el vagón lentamente por delante de la ventana de la enfermería. Un fornido prisionero iba pala en mano, de pie, encima del carbón. Sintió que esto era como un anuncio, que digo un anuncio, era el heraldo mismo de que llegaban por fin los buenos tiempos.
    Apenas había pasado este vagón cuando apareció otro lentamente por delante de la ventana. Iba colmado de carbón igual que el anterior. También iba allí un prisionero de pie sobre la pila y sonreía enseñando su perfecta dentadura. Iba luciendo su pecho erguido y sus musculosos brazos. Y mientras sostenía la pala con la mano izquierda, hacía corteses saludos con la mano derecha. Petrovitch entusiasmado le devolvió el saludo y la sonrisa. Hizo esfuerzos y trató de ganarle al prisionero en cordialidad, tratando de sonreír con mayor intensidad que él. Al fin y al cabo estaba obligado a superarle también en esto. Habían creado una sociedad sin clases, pero algunos llevaban todavía una carga pesada, más llena de obligaciones que otros.
    Fue pasando otro vagón de carbón. Iba también repleto. El prisionero de pie sobre la pila sonreía feliz y agitaba su mano en señal de saludo afectuoso. Y pasó otro vagón y otro más. Todos repletos de carbón, hasta un total de cinco. Estaba claro. No había necesidad de preocuparse por el combustible hasta la próxima primavera.
    Tras los vagones de carbón fueron llegando otros repletos de comida. Llegaron varios vagones repletos de patatas. Uno, dos, tres, cuatro vagones repletos de patatas. Y llegaron otros cargados de sacos de harina. El empleado del ferrocarril tal vez sabía que Petrovicht estaba preocupado con la escasez de comida y abrió a propósito las puertas para que el camarada jefe viera la llegaba de la abundancia, para que descansara tranquilo y mejorara de su indisposición transitoria.
    Y llegaba otro vagón repleto de cajas con manzanas de las montañas de Armenia. Otro traía naranjas de Georgia. En su entusiasmo, Petrovitch no se percató que no era esta la estación para ver naranjas, pues no entendía nada de agricultura. Todo esto no era nada más que un milagro de la voluntad soviética; abundancia sin límites para todos.
    La ventana estaba abierta totalmente de modo que entraba un insólito sol más propio del verano que otra cosa. Era un día radiante y Petrovitch se deleitaba viendo a los prisioneros diligentes y felices que acarreaban las cajas de fruta y las iban apilando en el oscuro almacén.

Petrovitch llevaba la camisa desabrochada y la brisa del aire le refrescaba un sudor veraniego. Era una sensación agradable más propia de las playas del sur que de aquellas latitudes.
    Los prisioneros estaban formados en líneas rectas y ordenadas. Estaban expectantes e ilusionados. Una sonrisa se dibujaba en sus rostros, mientras mantenían el cuerpo erguido, el pecho levantado y los estómagos recogidos. Parecían como una tropa aguerrida, dispuesta y feliz para lanzarse ciega a la gozosa batalla. Eso parecían y no una pandilla de prisioneros desarrapados y hambrientos. Este indicaba que en verdad que ya estaban próximos a la meta, el paraíso proletario.
    Un guardia fue diciendo en voz alta los nombres de la lista. ¡Presente! Los llamados respondían gozosos, salían de las filas y se ponían en un grupo aparte. Petrovitch se acordaba de Dimitri. Pobre Dimitri Efimovitch. Sabía que su nombre no se iba a ser leído. ¡Pobrecito! Era en verdad algo díscolo y respondón. Pero estaba seguro que tenía un corazón de oro. Unos cuantos años más en aquel campo y quedaría reformado para siempre. Quedaría más suave que un guante de visón.
    El jefe de día iba leyendo los nombres en voz alta. Todos esperaban oír el suyo. Estaban deseosos de volver a Moscú, el paraíso de todos los placeres. La primavera allí llegaba puntual a su hora y se llenan los parques de lirios, como deben ser las cosas. Las muchachas ya van coquetas por las calles, con los labios pintados, inocentes. Sus labios se llenan de sonrisas, y de sus bocas salen ligeras risas agudas. Repiquetean en el aire fresco de la tarde como cascabeles de plata. Las muchachas llenas de ternura van cimbreando las caderas por las calles, mostrando sus amplios glúteos que se mueven al compás del paseo.
    En el aire seguían sonando los nombres. ¡Abramov! ¡Krivinsky! ¡Tchikov! !Kerensky! ¡Tolstoi! Iban saliendo sonrientes de las filas. Al oír sus nombres iban saliendo sonrientes de las filas y formaban un grupo aparte. Parecían felices y hacían señas de alegría a los menos afortunados.
    El calor se estaba volviendo sofocante. Cosa extraordinaria en estas tierras de Kolima. Aunque él, con su peculiar talante espartano, estaba dispuesto a soportar todas las incomodidades climáticas por obediencia al partido. A pesar de llevar la camisa desabrochada, estaba sudando con mucha abundancia. Como si estuviera en una selva tropical.
    De pronto llegó un viento helado de alguna parte y todo ese sudor se le quedó como congelado. Empezó a titiritar de un modo extraño. Todo aquel sol se disolvió de repente. Ahora estaba allí estaba en aquella cama, un tanto desabrigado. Estaba solo. La estufa debía estar quedándose sin carbón. Se tapó el pecho con la manta y se quedó mirando una mancha negra en el techo. Unos hongos negros habían ido colonizando el techo. Habían aprovechado el entusiasmo y la humedad del verano para extenderse por la superficie del techo. La enfermería precisaba otra mano de pintura.
     Le vino a la memoria el nombre de Dimitri. ¡Pobre Dimitri! ¿Por qué se le habían ocurrido aquellas insolencias? ¿Es que no sabe que hay que acatar el principio de autoridad? Ya pasaron los tiempos de la claxis. Los tiempos de los desórdenes, las rebeliones, los insultos a la autoridad, los tiroteos anárquicos. Toda esa etapa ya estaba superada. Del mismo modo que se pasa la rubéola o la misma juventud. Ahora estábamos en la era de la praxis. Estábamos construyendo la sociedad perfecta, al hombre nuevo soviético. Los obreros soviéticos, los burócratas, los funcionarios del partido, todos debíamos seguir ciegamente las consignas. Teníamos que avanzar sin descanso por el sendero luminoso.
    Al menos, si no hubiera sido tan insolente, ahora estaría en la lista. No lo habrían borrado de ella. Eso. No lo habrían tachado de la lista. Era lamentable. Ahora necesitaba dar explicaciones. Debería hacer un informe. ¿Y todo por qué? Esa bravura ácrata de Dimitri no le conducía a ninguna parte. Solo retrasaba los eventos imparables que nos aguardan. El futuro feliz.
    No recordaba muy bien los detalles de la ofensa. Creía que no era la primera vez que lo hacía. Murmuraba, no en voz baja como algunos, sino que lanzaba gritos subversivos con fuerza inesperada. Los guardianes no sabían que hacer. Fue incrementando las bravatas y sus insolencias. Ocurrió poco a poco. Y nunca pasaba nada. Los guardianes se hacían los sordos. De cualquier manera, no estaban seguros de quien era el ofensor.
    ¿Quién ha sido? Preguntaban. Pero todos callaban. No podían castigarlos a todos. No se podían reducir las raciones. Ya estaban bastante menguadas por el retraso de los suministros. Petrovitch no comprendía como podían tener aún deseos de protestar. Como les quedaban energías para emitir gritos de menosprecio contra la sociedad. Es verdad que la sociedad los había castigado. Y los había castigado por faltas relativamente menores, pues estamos construyendo al hombre nuevo. Castigamos las faltas menores, porque las faltas leves nos conducen inexorablemente a las faltas graves. Y estas no las puede tolerar el partido. Se castigan con la muerte. Hay que mantener la disciplina y la moralidad.
    Poco a poco la insolencia fue escalando peldaños. Cierto día entró el guarda de noche en el barracón y existía una peste insoportable.
    --¡Sois unos cerdos! --gritó el guarda.
    Hubo un sordo murmullo.
    --¡Esto apesta!
    --¡Apesta a paraíso proletario! --añadió una voz.
    Los prisioneros le miraron con desafío. El guardia retrocedió lentamente caminando de espaldas y salió al exterior. Hacía un frío insoportable esa noche. El guardia llegó lívido al despacho de Petrovitch. Se le veía asustado. Hubo que armar toda una serie de interrogatorios para averiguar quien era la manzana podrida que había armado aquel motín. Porque estaba claro que estaban a pocos pasos de un motín.
    Tuvieron que interrogar a muchos. La mayoría no sabía nada. Fue entonces cuando se enteró de todo. Fue el tal Dimitri, pero no era el único. Se hizo una lista con los nombres de los cabecillas. Hubo algunas protestas y allí estaba el que lo dirigía todo. No sentía el menor remordimiento por su conducta. Allí mismo en la fila, Petrovitch le pegó un tiro en la cabeza al tal Dimitri. ¿Para qué quería más tramites? Esto era una guerra. No se podía tolerar la insurrección.
    Se envió la lista de los insurrectos para ser fusilados. No puede uno acobardarse ante una subversión de inspiración capitalista.
    Ahora resulta que el tal Dimitri debe tener algún padrino allá en el Politburó. Petrovitch lo puso en la lista por mero trámite. Se sentía perezoso para hacer un informe sobre el caso. Ahora se veía en la situación de tener que informar a posteriori y habría que dar abundantes explicaciones. Algún cabronazo en una oficina de Moscú estaba poniendo clavos en los delicados engranajes de la praxis revolucionaria.

Autor: Leopoldo Perdomo


Puedes enviarme un mensaje personal

Le invito a visitar otras hojas en Geocities

Retorno al ÍNDICE de cuentos


Espero que le hay gustado guste la lectura