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COSAS
DEL PATÉ
No
sé muy bien lo que ha pasado por aquí. Pero es casi
seguro que ha pasado algo. No lo tengo claro. Me acabo de
levantar
de la cama, hace solo unos días, pero aún no estoy seguro
si ya estoy muerto o si no soy más que uno cualquiera de los
muchos
que llevamos largo tiempo sin comer. No solo es la
sensación
de estar sin comer. Sino que ya he perdido la cuenta del tiempo
que
llevo sin beber agua. Lo más raro de todo es que casi no
tengo
sed. Solo lo noto porque me resulta como una infracción de
la costumbre. No hace tanto tiempo yo comía y bebía
casi a diario. Y cada vez que me topaba con una fuente
pública
bebía con ansia lujuriosa. Otras veces entraba en
los
bares para pedir agua. Muchas veces no tenía sed, solo lo
hacía por incordiar. Para hacerles sentirse molestos con
mi
presencia. ¿Me puede dar un poco de agua del grifo,
“porfa”?
No sé si les sacaba de quicio la petición de agua, la
alusión
al grifo, o si era el “porfa” mismo lo que los volvía
locos.
Al ver su cara de impotencia, y el gesto de su rabia contenida por la
buena
educación, yo sentía un vicioso placer. Lo
más
agradable era verlos con aquella cara de mala hostia, ver como
cogían
el vaso, se dirigían hasta el grifo para llenarlo y como luego
lo
ponían sobre el mostrador con un gesto de mala gana.
Algunos te miraban directo a la cara, poniendo cara de asco, como si
trataran
de hacerte sentir vergüenza, vano intento. Pero otros
apartaban
la vista, pudorosos, como si les resultara doloroso mirarte. Pero
cada vez encuentro más difícil recordar y alegrarme con
estas
cosas triviales. Es como si me estuviera fallando la
memoria.
El jodido Alhzeimer.
Ahora mismo no puedo recordar cuales eran mis comidas habituales.
Y no es porque tuvieran poco de habituales, pues eran muy
variadas.
Las comidas eran algo así como una sorpresa para cada
día.
Nunca sabías cuando ibas a comer, ni el qué. Un
puro
azar. Esto le daba como más emoción, mucha
más
trascendencia, al acto mismo de comer. Cuando alguien se
miraba
revolviendo en los cubos de la basura, yo sentía un
inmenso
placer, acechando por el rabillo del ojo. Si tenía la
oportunidad
y algún viandante me miraba, yo cogía los restos de un
sándwich
o de un bocata cualquiera y decía con voz fuerte y clara:
"Bendice, Señor, estos alimentos que vamos a comer,
Amén".
Esto le daba a la escena como un guiño cosmológico.
Y me ponía a comer con beatífica
satisfacción.
El caso es que no recuerdo muy bien el contenido de mis últimas
comidas. Solo recuerdo con claridad la última cena.
Era un bocadillo de paté de “fuagrás”. Estaba
exquisito,
pero me puse muy malo al cabo de unas horas. Pasé mucho
tiempo
durmiendo, creo yo. Ahora me levanto y lo veo todo como muy
cambiado.
No sé muy bien donde estoy. Por una parte, tengo la idea
de
que estoy en el mismo sitio de toda la vida. Pero lo que veo no
me
cuadra muy bien con los recuerdos que aun me quedan del pasado.
Ahora
estamos todos, somos muchos, deambulando por un sendero de tierra en el
campo. Unos vienen y otros van. Mayormente en
silencio.
Aunque de repente me viene un pronto y le saludo a alguno:
¡Hola,
Juan! Pero, él me mira con extrañeza y no
responde.
Me da la impresión que ha pasado algo. Yo siempre lo
dije:
Somos demasiados en esta isla. Toda la comida tiene que venir de
fuera. Y, si no viene, nos vamos a morir todos de hambre.
Sin
embargo, aunque sé que debería tener hambre, siento como
si hubiera perdido la costumbre de comer. Uno se hace a
todo.
Pero esto de no comer no debe ser nada sano. No debemos
interferir
con las costumbres naturales y aunque ahora no tenga nada de apetito,
sé
que debería comer alguna cosa, pues creo que hace días
que
no como nada. Al pensar en ello, ya veo que otros se me han adelantado
y andan buscando entre los cubos de la basura. No comprendo como
pueden estar estos cubos aquí en este descampado cuando no
existen
viviendas cerca. Veo que algunos viandantes tienen poca
educación
y dejan las tapas de los cubos tiradas por el suelo. Este
país
tiene una falta de civismo lamentable. Estas escenas no se
verían
nunca en Zurich o en Estocolmo. Aún existen
ciudades
donde un mendigo tiene su dignidad y sus modales de persona
civilizada.
Me gustaría saber a donde va toda esta gente. Y de paso,
al
saberlo, yo mismo me enteraría también a donde voy.
Estos cubos están en verdad esquilmados y solo tienen un
decepcionante
olor neutro. Esto me hace intuir que no debe haber ninguna
sorpresa
digna de ser consumida. Ya decía yo que somos
muchos.
Ya no queda nada ni siquiera en los cubos de la basura. A cierta
distancia veo alguien discretamente hablando con otro. Pero al
acercarme
noto que mueven los labios pero no dicen nada. Es como si se
callaran
al verme cerca. Creo que me miran de reojo.
Me da la impresión que padezco un poco de flojera. Eso
es.
No es más que un poco de flojera. Y toda esa gente, me
parece
que tiene cara de hambre. Deberían comer algo. Un
poco
de carne, tal vez. Proteínas que dicen. Yo mismo, si
comiera un poco de carne, creo que mejoraría mucho en mis
facultades.
Pero ¿dónde voy a encontrar esa carne? Se me ocurre
que algunos de los que pasan por este camino deben estar ya muertos
desde
hace algún tiempo. Muertos recientes que no pueden con la
claustrofobia del ataúd. Debe ser una sensación muy
desagradable. No me extraña nada que anden deambulando de
un lado para otro. Por lo menos les da un poco el sol y eso es
bueno
para mantenerse en forma. Mantiene altos los niveles de
serotonina
y se eso eleva el ánimo. Lo leí en el suplemento
del
periódico dominical.
Encima, todo este sol te sale
gratis.
Nada de gastar la pasta en Prozac ni en drogas. Solo las
puras
radiaciones astrales. Hay que economizar.
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