CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO

COSAS DEL PATÉ

   No sé muy bien lo que ha pasado por aquí.  Pero es casi seguro que ha pasado algo.  No lo tengo claro.  Me acabo de levantar de la cama, hace solo unos días, pero aún no estoy seguro si ya estoy muerto o si no soy más que uno cualquiera de los muchos que llevamos largo tiempo sin comer.  No solo es la sensación de estar sin comer.  Sino que ya he perdido la cuenta del tiempo que llevo sin beber agua.  Lo más raro de todo es que casi no tengo sed.  Solo lo noto porque me resulta como una infracción de la costumbre.  No hace tanto tiempo yo comía y bebía casi a diario.  Y cada vez que me topaba con una fuente pública bebía con ansia lujuriosa.   Otras veces entraba en los bares para pedir agua.  Muchas veces no tenía sed, solo lo hacía por incordiar.  Para hacerles sentirse molestos con mi presencia.  ¿Me puede dar un poco de agua del grifo, “porfa”?  No sé si les sacaba de quicio la petición de agua, la alusión al grifo, o si era el “porfa” mismo lo que los volvía locos.  Al ver su cara de impotencia, y el gesto de su rabia contenida por la buena educación, yo sentía un vicioso placer.  Lo más agradable era verlos con aquella cara de mala hostia, ver como cogían el vaso, se dirigían hasta el grifo para llenarlo y como luego lo ponían sobre el mostrador con un gesto de mala gana.   Algunos te miraban directo a la cara, poniendo cara de asco, como si trataran de hacerte sentir vergüenza, vano intento.  Pero otros apartaban la vista, pudorosos, como si les resultara doloroso mirarte.  Pero cada vez encuentro más difícil recordar y alegrarme con estas cosas triviales.  Es como si me estuviera fallando la memoria.  El jodido Alhzeimer. 
   Ahora mismo no puedo recordar cuales eran mis comidas habituales.  Y no es porque tuvieran poco de habituales, pues eran muy variadas.  Las comidas eran algo así como una sorpresa para cada día.  Nunca sabías cuando ibas a comer, ni el qué.  Un puro azar.  Esto le daba como más emoción, mucha más trascendencia,  al acto mismo de comer.  Cuando alguien se miraba revolviendo  en los cubos de la basura, yo sentía un inmenso placer, acechando por el rabillo del ojo.  Si tenía la oportunidad y algún viandante me miraba, yo cogía los restos de un sándwich o de un bocata cualquiera y decía con voz fuerte y clara:  "Bendice, Señor, estos alimentos que vamos a comer, Amén".  Esto le daba a la escena como un guiño cosmológico.  Y me ponía a comer con beatífica satisfacción.  El caso es que no recuerdo muy bien el contenido de mis últimas comidas.  Solo recuerdo con claridad la última cena.  Era un bocadillo de paté de “fuagrás”.  Estaba exquisito, pero me puse muy malo al cabo de unas horas.  Pasé mucho tiempo durmiendo, creo yo.  Ahora me levanto y lo veo todo como muy cambiado. 
   No sé muy bien donde estoy.  Por una parte, tengo la idea de que estoy en el mismo sitio de toda la vida.  Pero lo que veo no me cuadra muy bien con los recuerdos que aun me quedan del pasado.  Ahora estamos todos, somos muchos, deambulando por un sendero de tierra en el campo.  Unos vienen y otros van.  Mayormente en silencio.   Aunque de repente me viene un pronto y le saludo a alguno:  ¡Hola, Juan!  Pero, él me mira con extrañeza y no responde.  Me da la impresión que ha pasado algo.  Yo siempre lo dije:  Somos demasiados en esta isla.  Toda la comida tiene que venir de fuera.  Y, si no viene, nos vamos a morir todos de hambre.  Sin embargo, aunque sé que debería tener hambre, siento como si hubiera perdido la costumbre de comer.  Uno se hace a todo.  Pero esto de no comer no debe ser nada sano.  No debemos interferir con las costumbres naturales y aunque ahora no tenga nada de apetito, sé que debería comer alguna cosa, pues creo que hace días que no como nada. Al pensar en ello, ya veo que otros se me han adelantado y andan buscando entre los cubos de la basura.  No comprendo como pueden estar estos cubos aquí en este descampado cuando no existen viviendas cerca.  Veo que algunos viandantes tienen poca educación y dejan las tapas de los cubos tiradas por el suelo.  Este país tiene una falta de civismo lamentable.  Estas escenas no se verían nunca en Zurich o  en Estocolmo.   Aún existen ciudades donde un mendigo tiene su dignidad y sus modales de persona civilizada. 
   Me gustaría saber a donde va toda esta gente.  Y de paso, al saberlo, yo mismo me enteraría también a donde voy.  Estos cubos están en verdad esquilmados y solo tienen un decepcionante olor neutro.  Esto me hace intuir que no debe haber ninguna sorpresa digna de ser consumida.  Ya decía yo que somos muchos.  Ya no queda nada ni siquiera en los cubos de la basura.  A cierta distancia veo alguien discretamente hablando con otro.  Pero al acercarme noto que mueven los labios pero no dicen nada.  Es como si se callaran al verme cerca.  Creo que me miran de reojo. 
   Me da la impresión que padezco un poco de flojera.  Eso es.  No es más que un poco de flojera.  Y toda esa gente, me parece que tiene cara de hambre.  Deberían comer algo.  Un poco de carne, tal vez.  Proteínas que dicen.  Yo mismo, si comiera un poco de carne, creo que mejoraría mucho en mis facultades.  Pero ¿dónde voy a encontrar esa carne?  Se me ocurre que algunos de los que pasan por este camino deben estar ya muertos desde hace algún tiempo.  Muertos recientes que no pueden con la claustrofobia del ataúd.  Debe ser una sensación muy desagradable.  No me extraña nada que anden deambulando de un lado para otro.  Por lo menos les da un poco el sol y eso es bueno para mantenerse en forma.  Mantiene altos los niveles de serotonina y se eso eleva el ánimo.  Lo leí en el suplemento del periódico dominical.
  Encima, todo este sol te sale gratis.  Nada de gastar la pasta en Prozac ni en drogas.   Solo las puras radiaciones astrales.   Hay que economizar.

  


    Autor: Leopoldo Perdomo

 

 

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