|
EL
RESTAURANTE
Laura
se despertó con la neura depresiva. Entraba un tremendo sol por
la ventana del dormitorio y se le hacía imposible seguir
vagueando.
Se despertó desanimada y su marido trataba de alentarla,
según
era su costumbre.
-Hoy vamos a tener un día horrible. -Dijo Laura, sin tomar la
decisión
de levantarse.
-No digas eso, mujer. Mira el sol tan lindo que entra por la
ventana.
Laura no parecía muy convencida.
-Seguro que ocurre algo como ayer. Que se pone todo
nublado.
Ya sabes como se me pone la jaqueca en los días nublados.
Laura se levantó de
mala gana y empezó a
desperezarse.
Aún llevaba puesto su pijama de seda sintética; esa que
te
dispara descargas eléctricas cuando lo tocas. Por la
puerta
entreabierta del dormitorio se adivinaba la luz inmensa del
salón
que se desparramaba por el pasillo. Laura entró en el
baño,
se desperezó un poco y se mojó la cara con agua
fresca.
No sabía aún que hacer y se fue chancleteando hasta el
salón.
Allí, además del sol rasante que entraba por la inmensa
cristalera,
estaba todo un mundo de gente que no reconocía. Una
señora
mayor tricotaba alguna cosa con sus agujas de latón
galvanizado.
Dos señoras más charlaban de sus cosas sentadas en el
sofá.
Un poco más lejos, otra señora de mediana edad
leía
con gran interés un periódico atrasado.
-¡Buenos días tenga la señora!
Esto lo dijo la mujer que
leía el periódico.
Pareció
que usaba un ligero tono de burla. Las demás mujeres del
salón
repitieron el saludo como un eco fiel. Un par de niños
hacían
equitación sobre el respaldo del sofá, mientras otros
correteaban
de un lado para otro. Tres niños más pequeños se
arrastraban
por la moqueta como tortugas. Frente al televisor había
otro
par de niños que habían conseguido sintonizar unos
videojuegos
y estaban masacrando marcianos a duo. La edad feliz.
Laura miró a las mujeres y les espetó:
-Perdonen la pregunta. ¿Ustedes quiénes son?
-¡Ay! ¡Que memoria tiene la señora!
Somos
los de San Juan.
-¿De que San Juan me están hablando?
-San Juan el Intemerato.
Laura se quedó pasmada. No entendía una palabra.
-Y ¿eso que es? -Preguntó Laura.
-¡Ay,
señora! ¡Cómo tiene la cabeza
esta
mañana! ¡Somos los del terremoto!
-¿El terremoto? ¿Qué terremoto?
-La señora esta mañana tiene la cabeza en las
nubes.
¡Qué terremoto va a ser! ¡El de San
Juan!
San Juan el Intemerato.
Estas fueron las palabras de la señora más culta.
La
que leía por las mañanas el periódico
atrasado.
Laura se sentía
fatal con todo aquel sol que entraba a raudales
por la cristalera. Y, luego, todos aquellos niños
correteando
por el salón, gritando y llorando por turnos, la estaban
afectando.
Pero, el griterío era más bien discreto. Las
señales
medidas en el sonómetro solo indicaban ochenta y cinco
decibelios
de nada con discretos picos de noventa y dos. Esto no era nada
para
unos niños acostumbrados a correr y gritar libremente por las
laderas
de una barriada sin asfalto ni cloacas. Pero, Laura tenía
la neura un tanto destemplada. Tenía suerte que aquellos
niños
ya se habían adaptado a vivir en una casa tan fina y gritaban
mucho
menos. Cosa de cinco o siete decibelios menos. Y es que
aquellas
paredes tan macizas y las cristaleras de doble luna reflejaban bastante
bien el sonido. No es de extrañar que por la componente
aguda
de sus propios gritos, los niños notaran molestias de sus
propios gritos en sus sensibles y tiernos tímpanos.
Uno de los niños pequeños venía gateando y se
metió
entre las piernas de Laura. Esta se cayó tontamente.
Hacía ya mucho que no andaba con críos la pobre Laura y
tenía
perdidos los reflejos. Al verse en el suelo, más que
irritada,
se sintió desvalida. En esas llegó su marido Pablo
por el pasillo. Llegaba tan fresco y tan pimpante como
siempre.
Laura, desde el suelo, le miró con irritación. No
comprendía
como aquel hombre podía ser siempre tan feliz.
-¿Quién es toda esta gente? -Preguntó a su
marido.
-Nada, querida. Son los damnificados.
-¿Qué dices?
-Los damnificados del terremoto. Son buena gente. Fueron
escogidos
expresamente por tu amigo Paco, para que no tuvieras problemas.
¿Recuerdas?
-Pero ¿cómo vamos a vivir con tanta gente?
-Ya deberías estar acostumbrada. Llevan en la casa
más
de tres meses. Y seguirán aquí hasta que el
gobierno
les provea de una vivienda digna.
Laura se sentía muy extraña en su casa con tanto
niño
correteando por aquí y por allá. Y, encima, el
irritante
pazguato de su marido ¡lo encontraba todo tan natural y tan
aceptable!
Nunca se enojaba por nada y parecía inmunizado contra todas las
contrariedades. Ella, sin embargo, notaba que le venía a
todo
galope la jaqueca y adivinaba que iba a tener un día fatal.
-¡Querida! ¡Querida! -Dijo Pablo con
cariño-
¡Tienes una cara horrible! ¿Por qué no te das
una ducha y exorcisas la jaqueca?
-¿Una ducha?
-Luego, podemos irnos a comer a un restaurante.
Laura no estaba en condiciones de discutir nada y se sentía
mal.
Pero, la idea de la ducha le pareció buena. Se fue por el
pasillo hasta el cuarto de baño que tenía la puerta
abierta.
Al acercarse le llegó un hedor penetrante y Laura dijo
“fooo”.
“Lo siento -respondió una voz desde el baño-. Estos
días ando mal de vientre.”
Laura huyó de nuevo en dirección al salón ruidoso
y lleno de niños que seguía fuertemente iluminado.
Se dio cuenta que los niños corrían alrededor de los
muebles
del salón. Estos muebles habían sido corridos hacia
el centro por aquellas señoras para que los niños
pudieran
correr a gusto dando vueltas por el salón.
Se les veía tan sanos y tan activos que eran una gloria para la
vista. Pero, Laura se echó las manos a la cabeza tratando
de conjurar con ese gesto la llegada de la jaqueca. Pablo, al
verla
en aquel trance, la cogió tiernamente entre sus brazos. Al
hacerlo oyó como una de las niñas le decía a la
otra:
“Ahora va a besarla. Va a darle un beso en la boca.
Mira.
Mira. Ahora la besa.”
-Te veo mal, Laura -dijo Pablo-. Deja la idea de la ducha y
vamos al restaurante. Y no te preocupes. Con suerte, por el
camino nos cae un buen chubasco y te hace el mismo efecto que la ducha.
Laura se dejó convencer por las palabras siempre razonables de
su
marido. Eran como palabras mágicas. Pablo siempre
conseguía
con sus palabras cualquier capricho que se imaginara.
Salieron de la casa y se fueron bajando por la escalera. Iban
bien
cogidos de la mano.
-Esto está muy oscuro.
-Ya lo sé querida. Pero el ascensor está
averiado.
Todo es culpa del terremoto. Además, caminando haces
ejercicio
y reduces la celulitis. Te vendrá muy bien.
Cuando llegaron a la calle se encontraron con que estaba lloviendo y
hacía
sol al mismo tiempo. "Imposible esperar mejores augurios
-pensó
Pablo-. Lluvia y sol. La luna en la casa de
Júpiter.
Marte saltando la tapia para entrar en el patio de Venus."
Laura casi mete su pie en un pequeño socavón y Pablo lo
evitó
justo en el último par de segundos. Y esto lo hizo a pesar
de tener su cabeza visualizando las posiciones astrales.
-Marte saltando la tapia de Venus. Tal vez, estos planetas
anunciaban
expectativas concupiscentes. ¡Quién sabe lo que se
les
puede ocurrir a los planetas en un día como este!
¡Son
tan proclives al pendoneo! -Esto rondaba por la cabeza de
Pablo.
Iba Laura por la calle con la frente levantada. Marchaba cogida del
brazo
de su marido y aspirando el aire dulce de la mañana. La
jaqueca
parecía haberse evaporado en la nada. Iba ella con su
pijama
de fina seda... bueno, ya saben eso. Era una especie de pijama
pantalón
con amplias perneras. Y éstas se ponían a volar con
la más ligera brisa; eran ingrávidas y
descaradas.
De pronto, empezaron a caer algunas gotas. No era nada.
Unas
gotitas de muy poca cosa.
-Se me va a mojar el pijama, Pablo.
-Míralo por el lado bueno, querida. Así se descarga
un poco toda esa electricidad estática que transportas.
Ahora, empezaron a caer gotas gordas como garbanzos que rebotaban y
cambiaban
de dirección con solo ver el tejido eléctrico. Era
como si las esferas de agua se vieran repelidas por el campo
electrostático.
Pero, poco a poco, el tejido fue perdiendo la carga positiva y se fue
mojando.
Ahora Laura se veía casi desnuda con su pijama mojado pegado a
los
relieves de su cuerpo.
-¡Es una idea horrible! ¿Y donde dices que vamos?
-preguntó
Laura.
-Vamos al restaurante.
-Pero, estas no son horas de almorzar.
-¿Qué importa eso, querida? Si llegamos tarde, no
vamos
a encontrar mesa.
Laura, de pronto, se dio cuenta que había una muchedumbre
dispersa
por la calle. Todos iban en la misma dirección.
-Y esta gente ¿a dónde va?
-Creo que van todos al restaurante. Ya te dije que es un lugar
excelente.
Debemos darnos prisa, no sea que se nos adelanten y no consigamos mesa.
A Laura, todo aquello le parecía absurdo. Pero, las
palabras
de su marido parecían siempre tan lógicas que no
podía
negarse. Así que se vio chancleteando por los charcos de
agua
como una niña pequeña y traviesa. El pijama de seda
estaba empapado por la lluvia. Se sentía entre
incómoda
y desnuda. Miró a la gente que caminaba para ver si la
observaban
con ojos de lascivia. Pero, no vio que nadie se fijara en su
bella
desnudez. Empezó a temer que estuviera perdiendo
facultades.
Ni siquiera su marido, siempre insaciable, se fijaba para nada en su
glorioso
cuerpo pegado al pijama. Todo el mundo parecía concentrado
en la marcha que llevaba. Sintió que su marido le obligaba
a acelerar el paso. Todos iban a lo mismo. Era
decepcionante.
-¿A donde va toda esa gente?
-Ya te lo dije, Laura. Todos van al restaurante.
-Pero, fíjate en mi pijama. ¡Está empapado!
-Solo está húmedo, Laurita.
-Y encima está lloviendo.
-Pero, mira que lindo luce el sol por aquella banda. En un
momento
se secará tu pijama.
-Es que me veo desnuda.
-Estás muy linda desnuda -dijo Pablo golpeándole
discretamente
los glúteos con la palma de la mano.
Ella sintió el efecto agradable del golpe. Notó una
descarga eléctrica por sus centros placenteros y las zonas
adyacentes.
Se sitió muy confortada. Una leve ola de sobrio placer
hizo
vibrar todo su cuerpo. Se sintió mejor y notó que
su
marido le apretaba los hombros con su fuerte brazo. Se
dejó
llevar con paso ligero, a pesar de tener las chancletas
empapadas.
Al llegar a un cruce, vio un arrollo inmenso de agua barrosa que
corría
por toda la anchura de la calle.
-Tenemos que cruzar por aquí -le dijo Pablo.
-¿Por aquí? ¡Que horror! Está
lleno
de agua.
-Esto no es más que un agua de nada, Laura.
-Me voy a mojar las zapatillas.
-Ya las tienes empapadas. No te preocupes. Mira. Todo el
mundo
está cruzando por esta parte.
De nuevo, Laura tuvo que reconocer que su marido tenía
razón
en esto. Todo el mundo estaba cruzando la calle sin importarle el
agua que corría.
A Laura no le gustaba seguir los gustos de la mayoría.
Pero,
estaba claro que ese restaurante debía ser un lugar muy
interesante.
No había otra explicación mejor para el raro
fenómeno
social.
El agua corría rápidamente por la calle y pasaba bastante
mas alta que el tobillo.
-Me estoy mojando -dijo Laura.
-No son otra cosa que baños de pies. Muy sano para
la
circulación.
Laura sentía con cierta irritación que su marido todo lo
encontraba soportable. Ella era más propensa a rebelarse
contra
los elementos, las imposiciones y las modas sociales. Pero, su
marido
siempre la llevaba dulcemente al huerto de su propia mansedumbre.
Todo lo encontraba bien y tenía siempre razones muy
lógicas
para explicar las situaciones más absurdas e intolerables.
Por fin cruzaron la calle convertida en arroyo y se vieron de pronto
ante
un portero vestido con un bello uniforme verde fosforescente.
Estaba
hecho con un grueso tejido de lana y tenía las solapas cosidas a
doble paño. Éstas iban cruzadas con amplitud y
lucían
unos grandes botones dorados que reflejaban la luz del sol.
Éste
surgía en este momento exacto en un claro de las nubes para
anunciarles
de modo milagroso que habían llegado al restaurante. La
luz
reflejada por los botones deslumbraba la vista. Pero, esto no
impidió
que Pablo se fijara con cierta envidia en unas cuerdas muy gruesas de
seda
roja que colgaban de las hombreras del portero. Y para terminar,
su atención se concentró en las gruesas borlas que le
daban
fin y colgaban de los aquellos cordones. Se parecían a
esas
borlas que usaba antaño la aristocracia para tocar la campana y
así llamar al servicio. El portero reflejaba en su cara
una
dignidad insospechada. Mantenía su rostro con la frente
alta,
como mirando al futuro, y mostraba un mentón protuberante y
amplio.
Además, conseguía realzar esa dignidad con una panza de
buenas
dimensiones; ésta se extendía desde la
púdica
entrepierna hasta el mismo cuello.
-Ya ves lo bien alimentado que está el portero -dijo
Pablo-.
Si este restaurante fuera tacaño no sobraría nada para
darle
de comer. Y los empleados se verían famélicos y
demacrados.
Pero, esto me indica que se trata de un restaurante con mucha
abundancia
y mucha calidad.
El portero señalaba con su brazo extendido a una escalera sin
decir
una palabra. Pues, al parecer, debía tener instrucciones
de
la dirección de permanecer en esa postura inmóvil.
Era para no descomponer su imagen solemne. La gente que llegaba
allí
tampoco precisaba de mayores explicaciones. Se entendía
perfectamente
que habían de subir por aquella estrecha escalera de
hormigón.
Era una escalera muy empinada, pero también muy flexible.
Se encontraba libre de obstrucciones materiales por ambos lados y
esto le daba un aire muy esbelto. Imagino que se hizo así
a propósito. Con el fin de que oscilara libremente en el
vacío.
Y según la gente subía por la escalera se generaba un
ligero
y suave balanceo como si fueras en un buque por el mar. Algunos
sentían
que se mareaban. El marido de Laura la empujó tiernamente
para que se decidiera a subir por la escalera. En muchos tramos
no
tenía barandilla protectora y en otros había unas tablas
provisionales de esas que se usan en las obras, de modo que no
inspiraban
mucha confianza. Daba la impresión de que si tocabas esas
tablas con poca delicadeza se podían caer al suelo sobre las
cabezas
de la gente que llegaba.
Pablo y el resto de la gente subían y subían por la
escalera
que parecía interminable. Se veía mucha gente que
subía
por la parte de arriba y otra que llegaba por la parte de abajo.
La escalera se balanceaba como dije. Y era tal la armonía
de este balanceo que estaba considerada como una obra maestra de la
arquitectura.
No sería descabellado que a este lugar tan singular llegaran de
visita los estudiantes de arquitectura de todo el mundo. De ese
modo
podrían admirarse del atrevimiento de la obra y
sacar
fotografías. Imagino que podrían decir con orgullo
justificado: Yo estuve en la escalera oscilante del famoso
restaurante.
-¿Cuánto falta para llegar? -Dijo Laura jadeando.
-No puede faltar mucho.
Las palabras de Pablo confortaron a Laura. Su marido casi siempre
tenía razón. Incluso cuando le atacaba una de
aquellas
horribles jaquecas. Él sabía hacer, con sus
habilidosas
manos, unos certeros masajes que le cambiaban por completo la
desgana
de su cuerpo. En este momento decía que no y en cosa de
pocos
minutos se veía Laura, sin saber como, diciendo que
sí.
Era un brujo. Y se tomaba para ello todo el tiempo que fuera
necesario.
Pero no entraba nunca hasta que ella le rogara y suplicara que lo
hiciera. La jaqueca, con este tratamiento, solía
desaparecer
de un modo milagroso.
Por fin, Laura y Pablo llegaron al final de la escalera.
Terminaba
la escalera con un puente a mano izquierda que conducía a una
entrada
cavernosa. Allí, una mujer muy pequeña y regordeta
hacía gestos de saludo al estilo japonés y decía
algo,
que sonaba como chino mandarín, al tiempo que les hacía
señas
con la mano para que avanzaran por el largo pasillo. Al cabo de
un
rato, el pasillo iba presentando giros y más giros en
ángulo
recto. El pasillo estaba inclinado en rampa de modo que no
hacías otra cosa que bajar y bajar. Pero, todos iban muy
bien
dispuestos y no se preocupaban por la escasa luz del pasillo. Por
fin, después de muchas vueltas, aparecía una pared con un
gran cartel que decía “Entrada al Restaurante”. Y debajo
del
cartel podía verse una puerta. Ésta era cuando
menos
peculiar. Era tan pequeña que escasamente
tenía
un metro de altura. Laura vio los esfuerzos que hacía un
gringo
rubio y alto, de complexión robusta, para pasar por aquella
puerta.
El gringo se agachó, se encogió y se retorció con
tal habilidad que consiguió pasar, aunque la abertura era
bastante
estrecha para su cuerpo. Laura pensó, con razón
que,
si había conseguido pasar por allí aquel corpulento
gringo,
ella no tendría ninguna dificultad para hacerlo, pues era
menuda.
Y se acurrucó de inmediato para pasar. Pablo se
sintió
aliviado al ver que no tenía necesidad de dar instrucciones a su
mujer para pasar por aquella puerta.
Una vez que hubieron pasado se vieron en un gran patio de estilo
español.
Cuando menos, Pablo, aunque no era experto en arquitectura,
creía
saber que aquello era un patio español. No sabría
dar
razones del por qué. Era un instinto, quizá.
Había una enorme palmera tropical plantada en un gran barril,
debía
ser la famosa palmera española del Guadarrama, y el suelo estaba
pavimentado con losetas grandes de basalto. Noble basalto
español,
sin duda. Esto por si solo ya era un detalle que le daba una
gran
categoría al patio. En la pared, una flecha indicaba la
dirección
probable del restaurante. De pronto, llegaron al punto donde
existía
una valla para el control ordenado del acceso al comedor. Este
debía
ser lugar, sin duda.
-¡Que pasen diez más! -Dijo un sujeto con pinta de
camarero.
Éste no tenía la camisa muy limpia y se podía ver
claramente que tenía unas manchas de vino y otras de
aceite.
Además, por la zona de la panza se podía ver toda una
tonalidad
grisácea de origen mal determinado.
El paso estaba cortado por una barrera de control. Esto ya lo
dije.
Pero se trataba de una barrera tan singular que solo te imaginas pueda
existir otra igual en un restaurante tan deseado como
éste.
Era una barrera ecológica. Construida con un seto de
plantas
vivas. Estaba hecha con arbustos de boj bien recortados y
mezclado
todo sabiamente con piracantas y hiedras. Todo quedaba revuelto
con
un arte un tanto ácrata y despendolado. A la
mayoría
de los que llegaban se les veía en sus caras que estaban
impacientes
por entrar al comedor. Los más, siendo de
complexión
atlética, no dudaban en saltar fácilmente por encima de
la
valla protectora que tenía poca altura. Pero, Laura nunca
fue muy buena en deportes y se vio cortada en sus deseos de pasar al
otro
lado saltando. Por fortuna, Pablo estaba al tanto de todo y vio
la
manera de pasar el seto sin necesidad de saltar. Era un hueco
apenas
insignificante. Pero, si te arrastrabas hábilmente por el
suelo podrías pasar fácilmente al interior. Pablo
se
sentía capaz de saltar el seto, pero se quedó al lado de
Laurita por pura solidaridad conyugal. Y de eso modo fue como
entró,
arrastrándose por el suelo después de pasar ella.
Laura
se veía muy feliz. Hacía tanto tiempo que no
hacía
una cosa igual. ¡Que placer, arrastrarse por el suelo!
Ya en el interior del comedor, los esposos se encontraron con una dama
gruesa que les cortaba el paso. Tenía todo el aspecto de
ser
una cocinera o, tal vez, era la ayudante misma de la cocina. Se
la
veía toda pringada de grasa y se cubría la cabeza con un
paño bastante sucio por el aceite de las fritangas.
La señora, al ver que traían las manos vacías, con
tono hosco les pregunto: ¿Dónde están las
viandas?
Ellos se quedaron perplejos, pues eran unos ignorantes en lo que
respecta
al tema este de los restaurantes afamados. De modo que
habían
llegado hasta allí y no habían traído nada.
La señora impaciente les gritó diciendo: “Fuera,
fuera.
Dejen sitio a la clientela.” Pablo, sintió que
tenía
derecho a hacer alguna pregunta.
-¿Que nos aconseja, la señora, que hagamos?
-Vuelvan al punto de partida y traigan algo de comida.
Laura se sintió muy contrariada. Pero, Pablo razonó
con una sonrisa diciendo que toda la culpa era solo suya. Pues no
había tenido la precaución de venir bien provisto para el
viaje. Y abrazó a Laura con su brazo poderoso para
compensarla
de aquella decepción. Ella sintió la fuerza de su
brazo
y se calmó un tanto de su irritación.
-Es natural, Laurita. Este restaurante es muy importante y es
necesario
respetar sus normas. Si no fuera así, el mundo se
hundiría
en la anarquía.
Pablo aceptó la situación con una resignación
inteligente.
En un lugar tan solicitado no va uno a venir con exigencias. Y se
dirigieron de nuevo hacia la barrera ecológica. Pero
ésta
estaba, en estos momentos, ocupada con toda una muchedumbre de
hambrientos
que saltaban alegremente por encima del seto. Y cuando miraron a
la parte baja vieron que todos los huecos posibles estaban ocupados con
la gente menos deportiva que reptaba con gran afán para entrar
en
el comedor.
Decidieron tomarse las cosas con paciencia y se dispusieron a esperar
que
el seto se viera libre de tanto hambriento pugnando por entrar.
Estaba
a la vista que el camarero, el que mantenía el orden cuando
ellos
llegaron, ya se había retirado de su puesto. Es por eso
que
el lugar se había sumergido en un estado de anarquía
lamentable.
Para calmar los nervios de Laura, Pablo le daba discretas palmadas en
las
nalgas con su mano. Ella sentía como se expandían
por
su cuerpo leves oleadas de corrientes placenteras. Por otra
parte,
el pijama de Laura estaba ya totalmente seco y se estaba cargando de
electricidad
estática. Esto hacía que el tejido de seda se
comportara
como una barrera flotante e inmaterial. Gracias a estas
propiedades,
Laura podía sentir sobre los vellos de su piel hipersensible las
más leves corrientes de aire que ascendían por sus
muslos.
Esto la excitaba mucho y le hacía sentirse completamente
desnuda.
Esta sensación se incrementaba mucho en ciertos días
privilegiados;
sin que ella pudiera explicar el por qué de estos
fenómenos
atmosféricos. Sabía Laura que, en cualquier
momento,
uno de aquellos clientes atléticos que saltaban la barrera se
iba
a percatar de la plenitud de sus muslos; tan ocultos a la vista
pero,
al mismo tiempo, tan cercanos al tacto de una mano
intrépida.
Una mano que tuviera el valor de perder la compostura y la decencia; en
un momento de esos que luego resultan totalmente inexplicables.
Ella
sentía que algo iba pasar en cualquier momento.
Hubo un momento en que Laura entrevió un destello de lujuria en
los ojos de un joven que se arrastraba bajo el suelo.
Creyó
ver que la miraba desde el suelo de un modo lascivo y esto
aumentó
su excitación. Pero el joven, al parecer, supo controlar
sus
bajos instintos con firmeza. Y al incorporarse se fue
directamente
hacia la cocinera que cerraba el paso a todos con su inmenso
cuerpo
y sus brazos potentes. El joven le entregó unas chuletas
de
vacuno y unos chorizos parrilleros y se fue raudo a ocupar sitio en una
mesa. Laura se dio cuenta que todos traían algo para la
cocinera.
En lugar de carne vacuna, algunos traían gallinas o
conejos.
También traían botellas de vino. Pero, había
gente generosa que incluso traía botellas de
champán.
La gente más modesta traía su tartera de aluminio con los
ingredientes justos para hacer una tortilla de papas. Los
clientes
llegaban todos bien provistos y se notaba que no habían dejado
nada
al azar de la improvisación.
Pero, Pablo, a pesar de su ingenuidad y de su falta de precauciones,
tenía
una paciencia infinita y estaba dispuesto a esperar todo lo que fuera
necesario.
Estaba dispuesto a rehacer todo el camino hasta su casa.
Entraría
en ella, tomaría todo lo necesario de la despensa y
volvería
a este lugar. Quería disfrutar de las delicias de un
restaurante
tan prestigioso como este. Por nada se perdería esta
experiencia.
Autor:
Leopoldo Perdomo
|