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Estabamos en casa de Aristóbulo que está muy cerca al
puerto
de Pirra. Desde allí se contempla la preciosa bahía
bien guardada de todos los vientos; pues está rodeada de altas
montañas.
Aún después de muerto no podré olvidar esta isla
cariñosa,
Lesbos, ni tampoco la preciosa bahía de Mitilene que me trae tan
dulces recuerdos. Muchas son las locuras con que nos aflige el amor a los mortales. Pero, ni los mismos dioses se libran de estas fiebres malignas y vemos que pierden con cierta frecuencia la divina compostura. Cuan lejos quedan esas aventuras alocadas de la sagrada inmovilidad con que nos miran sus grandes ojos desde lo alto de sus estatuas en el silencio de los templos.
Me viene a la memoria unas palabras de Eos, la diosa de la
aurora.
Y Herodonte se tomo un breve trago y todos quedamos esclavos de sus
dulces
palabras. Todos quedamos poseídos por la fuerza con que hablaba la musa de Herodonte y prestamente ponía en su lengua una palabra tras otra en secuencia dulce y armoniosa. Hizo una pausa, se tomó un leve trago del dulce vino y siguió narrando.
Y todo esto viene a cuento porque quiero contaros unas cosas que se
dicen
de esta diosa. Todos estábamos admirados de la fácil palabra del sabio Herodonte y de cómo sus relatos nos llenan la cabeza de bellos pensamientos. Hubo una breve pausa para llenar de nuevo las copas pues nadie quería perderse una sola palabra. Hasta los esclavos se quedaban parados prisioneros de la magia de las lindas palabras.
Hay otra historia, siguió diciendo, de sobra conocida. Se sabe
que
Afrodita siente gran pasión amorosa por Ares, el imberbe dios de
la guerra. Y esta atracción se ve reforzada por su forma
perversa
de hacer el amor; modalidad que el pudor no aconseja mencionar en
público.
Cierto día, reparó Afrodita en unos musculosos
glúteos
que se agitaban con los vaivenes del frenesí copulativo.
La
diosa reconoció de inmediato ese trasero prodigioso.
Estaba
acostumbrada a verlo en un gran espejo de plata que había sobre
su mismo lecho. Este increíble artilugio fue un regalo de
Hefestos, el herrero divino, en recuerdo de sus mejores noches de
amor.
Digo que Afrodita reconoció de inmediato las prominentes nalgas
de Ares, su amante favorito. Allí estaba su amante ante su
vista en el lecho amoroso de la divina Eos. Esta yacía
sobre
su vientre mientras Ares agitaba con vigor sus prominentes y atractivos
glúteos, pues no se daba cuenta de la presencia de la diosa que
los miraba con ojos llenos de ira. Se dice que la diosa irritada
echó tremenda maldición a Eos por esta faena. “A
partir
de ahora, sentirás un deseo irrefrenable por los jóvenes
mortales. Y este deseo será insaciable y eterno.”
Estas
se cree que fueron las palabras de Afrodita.
Esta sólida teoría explica la querencia de los jóvenes que deambulan de un lado para otro en la oscuridad de la noche hasta que sale el sol. Para entonces ya se habrán ido todos a dormir. Un sostenido murmullo de aprobaciones cerraron el discurso de Herodonte que sonrió satisfecho y pidió otra copa. Luego, insistieron todos para que nos contara otra historia. Este se resistió por cortedad, pero seguimos insistiendo y el sabio se echó un buen trago antes de seguir. . Es un fragmento de Afrodisia Autor:
Leopoldo Perdomo
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Las locuras de amor le ocurrieron también en numerosas ocasiones
al mismo Zeus. Dios poderoso cuyo temperamento es tan imprevisible como
el rayo mismo que sale de sus manos. Debió ocurrir cierto
día, deambulando por las llanuras de Troya, que el dios del
trueno
contempló la belleza desnuda de un joven guerrero de nombre
Ganímedes.
Nombre este que significa “el que disfruta con la virilidad”. Y
no
me hagáis preguntas sobre el significado de este dicho que no
las
voy a responder. Era este joven un hijo del rey Tros. De
quien
se dice que fue el fundador de Troya.
Como el padre del joven se sentía muy afligido por la
pérdida
de su hijo, el poderoso Zeus se sintió afectado por este
dolor.
Así que le envió un mensaje y obsequios por medio de
Ares,
el joven dios de la guerra, que se presta muy bien para el corre ve y
dile.
Para calmar su dolor, el mensajero le entregó una preciosa vid
toda
cargada de pesados racimos y hojas innumerables. Y estaban hechas
las hojas de la vid con láminas de oro; pero, los
sarmientos
y los racimos eran de oro macizo. Era esta vid un trabajo
sumamente
elaborado; que fue hecho por el mismo dios Hefestos a
petición
de Zeus. Pareciole poco al dios del trueno este aurifero regalo y
por ello añadió dos preciosos y altivos caballos que
jamás
se estaban quietos y daban saltos continuamente. Eran estos
animales
del más raro pelaje; pues no tenían la menor tacha
y su pelo era blanco como la nieve.
El divino mensajero informó al rey que su hijo era feliz e inmortal, que era muy admirado por su belleza en el Olimpo y añadió que, en ese sentido, era comparable a las mismas diosas. También le dijo que su hijo tenía en el sacro monte el repetable cargo de copero. Le explicó al rey que su joven hijo escanciaba el vino en las copas de los dioses. Copas que, como ya sabéis, están hechas con el oro más puro y replandeciente que pueda encontrarse en parte alguna. Al terminar estas palabras llenas de conocimiento ya estabamos todos henchidos de sabiduría. Así que entraron las bailarinas y los flautistas y todos nos dispusimos disfrutar de la música.
Es
un fragmento de Afrodisia
Autor:
Leopoldo Perdomo
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