Afrodisia
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De la princesa Leda y el cisne divino
Cuenta Herodonte que las
únicas dulzuras que se le
conocen a Zeus Poderoso son los momentos en que queda dominado por el
espíritu de Afrodita. Y ahora mismo empiezo con la historia que
es muy poética e instructiva.
Había una princesa muy bella llamada
Leda que gustaba de tumbarse en un prado de fina yerba, escuchando el
canto de las cigarras. Yacía con frecuencia así, con los
muslos desnudos al sol y expuestos a las miradas indiscretas de los
dioses. Una corneja parlanchina, que volaba por aquellos parajes,
empezó a dar escandalosos graznidos al ver a la princesa
semidesnuda. De todos es sabido que las cornejas son muy sensibles a la
belleza desnuda de las princesas. Atraído por esta
algarabía, el divino Zeus, que iba camino de Troya, se
acercó para ver lo que pasaba.
Y al contemplar la belleza sin par de la
princesa quedó prendado de ella en un instante. Pues ya
sabéis que las pasiones de los dioses se desatan en cualquier
momento impredecible. Así que, temiendo asustar a la princesa,
con su figura gloriosa y resplandeciente, tomó la forma de un
cisne de gran tamaño y orgullosos ademanes. Pues los dioses
saben que las princesas siempre se chiflan por las cosas bien medidas.
Y añade la historia que las plumas deste cisne eran blancas como
la nieve.
Con este disfraz, el dios se acercó para
cortejar a la princesa. Ésta a la vista de este bello cisne
levantó su cuerpo y quedó sentada sobre la yerba para ver
mejor el prodigio.
De modo que el cisne divino empezó a
pavonearse, con gran excitación, pasando por delante de la
princesa, una y otra vez. Y de cuando en cuando, agitaba con fuerza sus
alas blancas, provocando con este gesto un huracán de lujuria
concupiscente. En otros momentos, el cisne movía con lascivo
vaivén su dulce y sensible cola enamorada. Y la alzaba y se
giraba para enseñarle su rosácea protuberancia amorosa;
aunque esta solo era una leve muestra de la inmensa promesa de amor que
aún seguía dentro.
Comentan los filósofos que los cisnes
tienen un apéndice de notorias proporciones. Y por eso especulan
sobre las dimensiones que habría de tener un cisne de naturaleza
divina. Todo lo que sabemos sobre este tema está inspirado solo
en la fe.
Y en estas andaba el
cisne cuando, de pronto, estiraba su
largo cuello y hacía sonar la dulce trompeta de su voz
enardecida por los deseos amorosos. Estos pavoneos y este trompeteo
fueron encendiendo una llama de pasión en el corazón loco
de la princesa. Su corazón se aceleraba y Leda sentía
unas punzadas placenteras y un calor sensible en... ese punto
íntimo y casto del que nunca hablamos. La temperatura de la
princesa fue subiendo y una vez que la pasión se puso
incandescente, ya no dudó en echarse sobre la dulce yerba y
separó sus níveos muslos para aceptar sobre su cuerpo al
enorme cisne enamorado. Éste colocó sus palmeadas y
cálidas patas sobre el vientre mullido de la princesa que
notó un gran placer al sentir el peso de aquella divinidad. Y
luego, con pasmosa habilidad, el cisne acercó su parte sensible
a la cálida ranura. Y enseguida el dios encontró, en ese
lugar sagrado, la cosa más dulce que allí se esconde. Y
con su grueso apéndice sonrosado y cálido, le fue
acariciando con insistencia en ese lugar al que algunos llaman "la faba
de Afrodita". El punto se excitó mucho con la divina
cortesía; por lo que se puso rubicundo y acalorado. Por eso
salió de su estuche protector y se puso vibrante y tenso. Y
dicen que se dejó acariciar longamente por el dulce y
cálido apéndice divino. Tenían mucho que decirse y
pasaron mucho tiempo conversando.
Estos intercambios de dulzura pusieron a la
princesa en situación de dar alaridos incontrolados de placer. Y
mientras andaba en estos delirios, el divino cisne la penetró
lentamente con su enorme apéndice rosado y sensible. Ella
notó el volumen penetrante y sintió que el fuego del dios
la invadía, se expandía por todo su cuerpo y le llegaba
hasta el corazón. Así que vivió aquellos momentos
con un gran deleite. Eso le dejo la respiración y todos sus
músculos en constantes agitaciones. Y cuando el ardor y el
placer parecían agotados, de pronto sentía la princesa
que el miembro divino penetraba otra vez en toda su gloria. Y la
llenaba totalmente y le hacía sentirse henchida como si nada
más cupiera dentro de su cuerpo. Y deste modo, las sensaciones
se iban y se venían. Y los fuegos, ora, se incrementaban y
crecían, ora, menguaban para volver a crecer, todo con ritmo
lento. Y esto ocurría una y otra vez. Y se generaba en su cuerpo
un gozo inmenso que la princesa jamás había conocido.
En estas andaba la pareja cuando el cisne
enamorado alongó su cuello buscando la boca de la princesa.
Ésta abrió sus labios para aceptar el pico divino.
Entonces, el cisne enamorado abrió su pico aplanado y
surgió de allí, como en un milagro, una lengua gruesa y
alargada que penetró en la boca de la princesa. Ésta
acogió con amor la lengua del cisne que la penetró
profundamente. Sentía la bella Leda en su boca las
palpitaciones, toda la plenitud y el fuego húmedo del dios. Y
con todas estas sensaciones, la princesa gemía y jadeaba de
placer. Y éste era tan inmenso que su corazón galopaba
como un caballo salvaje.
En algún momento, las emociones se
hicieron tan intensas que se oyeron unos tremendos alaridos de la
princesa y le vinieron unas fuertes agitaciones. Fue en ese instante
cuando la divinidad batió con fuerza sus poderosas alas. Y se
dice el divino cisne lanzó un potente sonido por su cuello
trompetero. Tanta debió ser la fuerza del sonido que vino a
oírse en toda la tierra del Peloponeso.
En respuesta a este orgasmo divino, las nubes
lanzaron un increíble aguacero de lluvia caliente sobre ellos y
enseguida se oyó un trueno que estremeció la tierra. Y
dicen que el aire se llenó de excitantes aromas que invitaban al
amor. Y estos efluvios penetrantes y placenteros se esparcieron por
toda la región durante años.
En esos tiempos todos los guerreros, y hasta
los mismos esclavos, iban con el apéndice carnal siempre erecto.
Y las damas, y las inocentes doncellas, sentían constantemente
un calor en su casta ranura y unas urgencias muy difíciles de
contener.
En esas siguieron los
enamorados, durante días y
días. Y lo hacían ahora y otra vez minutos más
tarde. Estos justificados motivos no les dejaban hacer ni pensar en
otra cosa que tuviera mayor interés.
A los treinta
días, y como consecuencia de estas dulces
copulaciones, la princesa puso un huevo semi-divino de notorias
dimensiones. Y deste huevo sin igual nacieron tres seres maravillosos:
Helena, Castor y Pollux. Estos seres encantadores dieron origen a muy
bellas historias para que pudieran comer con ellas los poetas que
cantan en los banquetes.
Algunos dicen que, como
premio a los dulces servicios, la
princesa Leda fue convertida en diosa. Pero, la divina Hera, esposa y
hermana de Zeus, llevaba muy mal los cuernos. Así que tuvo un
justificado ataque de celos. Hacía cuatro semanas que no
veía a su marido por el lecho nupcial. Enterada de todo lo
ocurrido por una corneja de lengua muy suelta, puso guardias armados a
las puertas de bronce del Olimpo y jamás permitió que la
princesa pisara los predios sagrados del monte.
En consecuencia, Zeus compensó a la
princesa con un espacio vacante en el cielo. Y la colocó como
una nueva estrella, que brilla con amoroso parpadeo, en la
constelación llamada del Cisne.
En las noches de verano nos tumbamos
perezosamente sobre la dulce yerba y miramos las estrellas del cielo.
Al ver el parpadeo de las estrellas del cisne, recordamos la aventura
maravillosa de la princesa Leda y el divino cisne enamorado. Y con
estos dulces pensamientos reforzamos los fundamentos de nuestra fe
sincera.
Autor: Leopoldo Perdomo
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