Afrodisia

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Sobre los santos burdeles de Corinto

Si Atenas ha sido bendecida y protegida por la diosa Atenea, la vecina ciudad de Corinto, a pocas leguas de distancia, ha sido colmada de riquezas por el pacto de amistad que le une con la diosa Afrodita.
    El templo de Afrodita en Corinto tiene numerosas casas por toda la ciudad. Pero el mayor de estos templos tiene añadidas numerosas estancias de modo que ocupa una gran extensión. Y aunque se habla de un solo templo, existen tantos cubículos y tantas capillas, que el conjunto se conoce con el nombre de los santos burdeles.
    Se dice que hay en ellos más de mil servidoras de la diosa y en verdad que es difícil de creerlo. Aunque, debe ser igual de difícil, verificar la exactitud de la cuenta; pues en ellos hay un continuo trasiego de clientes y de servidoras de la diosa que van y vienen de un sitio para otro.
    De modo que hay servidoras de todas las formas y tamaños. Unas son mujeres recias o gráciles, altas o pequeñas de talla. Algunas son casi niñas y otras muy veteranas. Las hay de piel muy negra y otras de piel muy blanca. Incluso he visto una con la piel de color blanco asalmonado.
    Para aquellos fieles con necesidades especiales, también existen efebos importados de la Tracia, aunque otros son allegados de las regiones hiperbóreas y tienen la piel blanca como la nieve. También existen algunos efebos nubios y otros traídos de Etiopía. Los nubios y los etíopes tienen el miembro muy alargado y hace tiempo dejaron la edad de ser efebos. Pero estos servicios se despachan en una zona apartada del templo para no distraer el fervor de los fieles con gustos sexuales más ortodoxos.
    Pero, a pesar de las continuas labores de las servidoras del santuario, ninguna pierde la virtud de ser doncella. Y esto es así, gracias al poder que les transmite la Áurea Afrodita. Y en verdad que le viene bien a la diosa el título de Áurea porque en este templo entra el oro a raudales. Arriban a Corinto muchos viajeros y peregrinos de toda la Grecia; así como marineros de todos los países. Los marineros se gastan en este lugar toda su paga. Y se dice que algunos armadores y ricos comerciantes, obsesionados por el excelente servicio de este templo, han perdido toda su fortuna en él. Por eso se dice con sorna: "Ocurren más naufragios en el puerto de Corinto que en todos los mares de este mundo". Cuando alguien se arruina, por el amor de una hetera , dicen de él: "Éste naufragó en Corinto". Otros burdeles sagrados de mucho prestigio existen también en Chipre y en otros lugares del mundo; pero ninguno se compara en extensión a los de Corinto. Y aunque soy ateniense, tengo allí algunos hoteles y posadas que acomodan a los peregrinos de Afrodita. Pero, no digas nada de esto en Atenas; podría traerme problemas.

    A Corinto acuden también los fieles que han perdido la fuerza del hímeros y lo tienen decaído. Allí piden a la diosa una curación para su mal. Y es que las bellas y habilidosas servidoras de Afrodita tienen el poder de levantar, hinchar y darle una fuerza renovada al dulce deseo de la entrepierna.

    También acuden a ese templo algunas recién casadas que padecen astringencias virginales. En este templo, las diaconisas consiguen romper las ataduras que dan rigidez a los muslos y los brazos de las doncellas. También desmontan el potente cerrojo que alguna diosa les puso en la ranura del amor. Una vez deshechas esas mágicas ataduras, se va penetrando el cuerpo de las virginales doncellas con el dulce y ardiente deseo. Esta virtud afrodisia las abre totalmente a la fuerza del hímeros, relajando la musculatura virginal que se ablanda totalmente y se lubrica.

Estas ataduras, o astringencias, vienen dadas por la virtud de algunas divinidades frías y cerebrales como Atenea, Artemisa y Hestia que abominan de las copulaciones y los ardores amorosos. Y es que estas diosas son vírgenes recalcitrantes desde hace milenios. En algunas familias, por el temor a los desordenes que genera la pasión del Eros, se invocan con insistencia los poderes de estas diosas virginales. Con esas invocaciones, y una severa fusta, se consigue mantener a las hembras de la familia, encerradas en los gineceos, hilando y tejiendo por toda la eternidad.

Así ocurre a muchos jóvenes en su boda que se encuentran a la novia con la ventana amorosa completamente bloqueada por el mágico cerrojo. Algunos se han atrevido a romperlo, invocando la fuerza de Ares, el joven dios de la guerra. Esta penetración violenta produce un estropicio que es anatema para la dulce Afrodita que abomina de estos abusos. Y no se ha repuesto todavía la virginal doncella de este maltrato, cuando ya viene el novio con nuevas e impacientes penetraciones. Esto genera un resentimiento en la novia que nunca se olvida.
    Aquellos que no puedan ir a Corinto, por falta de plata, pueden remediar su mal aquí en Atenas. Basta con acudir al templo de Afrodita. Este se encuentra en un lugar apartado y lejos de la ciudad; en la ladera norte de la Acrópolis.
    Para aquellos que no sepan el camino, les indico que según salen del barrio cerámico con sus hornos, dejen a la izquierda el templo y teatro de Dionisios. O sea, que sigan por el camino que se dirige al norte. Al poco encontrarán un desvío por la izquierda y una ladera discretamente arbolada. Al final de ese camino verás el templo de la diosa. De modo que no hay manera de perderse.
    Allí te espera la diosa para favorecerte con sus dones. No desprecies esa oportunidad. Ocurre que mucha gente viene, a este lugar discreto, sin decir nada a nadie. Mejor es que vengas en horas muy tempranas o tardías. Con la discreción de la oscuridad. No sea que la gente vaya a pensar que tienes problemas con las erecciones. O si llevas a la esposa, podrían enterarse que ésta ya no tiene interés por las copulaciones y harán chistes a tu costa. Así que algunos se dan un buen rodeo para fingir que van a otra parte y guardarse de las burlas.


Autor: Leopoldo Perdomo




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