Afrodisia

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Sobre las vírgenes controladas por Atenea

Bajo la férrea vigilancia del aya, las jóvenes virginales se mantienen aisladas en los gineceos . Allí están, eternamente, hilando la lana y tejiendo en los telares. Y no se dejan ver nunca de los jóvenes lascivos, ni del sol siquiera. Y es que el divino y bello Apolo, al pasar en su carro por el alto cielo, mira hacia abajo para deleitarse en los muslos virginales de las doncellas y en la protuberancia de su monte afrodisio, cubierto de fino vello.

Pero, las ayas saben de la lascivia con que las mira el divino auriga. Y también conocen su debilidad por las doncellas que yacen tendidas al sol en los patios. Y es que, con el calor flamígero que desprende su carro dorado, les funde los hielos de sus entrañas virginales. Y luego, por la penetración incorpórea de su lubricante fuerza divina, las deja empreñadas sin tocarlas. Es por eso que la fusta del aya está siempre alerta. Para evitar que las doncellas se tiendan con los muslos desnudos al sol en el patio recatado.

La pureza de las doncellas corre un gran peligro cuando acuden, acompañadas de las sirvientas, para los ensayos corales de la divina Atenea. Los lúbricos ociosos las miran sin recato, ni circunspección alguna. Y algunos hasta tienen el descaro de proferir comentarios obscenos. Los rudos esclavos, que trabajan en las murallas, emiten silbidos lujuriosos e incontenibles. Y los capataces no consiguen amedrentar sus groseros y bajos instintos ni con el estallido de sus temibles látigos.

Las noches estivales son otra fuente de peligros para la entereza virginal de las doncellas. En esas noches, a causa del agobio estival, se dejan abiertos los portillos y los ventanillos y esto es un gran peligro. Pues por esas aberturas ventanales entran los espíritus lascivos de los sátiros y otros seres lubricantes. Y hasta existen familias tolerantes que permiten a las doncellas dormir al fresco nocturno de los patios. Y en lo mejor de la noche, se dice que ciertos espíritus lascivos se deslizan hasta el patio con los rayos de la luna. Y que merodean por el lugar; olfateando a las doncellas dormidas. Y se acercan y meten su fino hocico, con mucha cautela, en la púdica entrepierna de las castas doncellas; aunque se sabe que éstas solo emiten discretos efluvios.

Sin embargo, las doncellas devotas de la Virgen Atenea no corren peligro alguno; pues están bajo la protección de la diosa. Y por esa virtud divina, sus miembros están rígidos y frígidos, y sus cuerpos no desprenden efluvios, ni olor lascivo alguno. Algunos impíos dicen que sólo huelen a pura estrechez virginal. Otros afirman rotundamente que ese olor no existe y han verificado, por sí mismos, que la entrepierna virginal tiene un dulce olor a yogur fresco. Yo no puedo terciar en esta disputa por mi falta de conocimientos en este asunto. En cualquier caso, está reputado que los espíritus lascivos sienten repelencia por los aromas de la santidad atenea. Amén.


Autor: Leopoldo Perdomo



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Espero que haya sido placentera la lectura

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