Afrodisia--3--Donde se trata de las ayas, servidoras de AteneaLas severas y flacas ayas, que controlan la disciplina de la infancia, también suelen ser vírgenes como la diosa. Pero, a veces, al ver su cara constricta y su gesto hosco, diríase que son mártires. Yo, de niño, no sabía muy bien por que sufrían tanto. Cierto día, un rudo esclavo, que trabajaba en las murallas, emitió en voz alta un extraño razonamiento: "Ésta está sufriendo tanto por lo duro que tiene el virgo". Obviamente, las ayas están bajo la protección de la lanza de Atenea. La virtud de la diosa las protege de los lascivos y los libertinos. Pero, incluso, el severo rostro de las ayas lleva la marca de la deidad virginal; y esto, por sí solo, ya las protege. Esa señal es suficiente para alejar a los criminales de su vista. Al ver al aya, los pecadores huyen despavoridos. Como si hubiesen visto a la horripilante Gorgona, la imagen pavorosa que va pintada en la égida, el escudo prodigioso de Atenea. Debo reconocer que las ayas resultan a todos un poco antipáticas. Especialmente, en su papel de guardianas de la castidad y de los buenos modales. Por eso, vigilan para que los tocamientos dactilares no se recreen en los puntos lúbricos ni en el placer. Y en su papel de guardianas de la castidad y las buenas costumbres, estas esclavas tienen el permiso de la santa madre para azotarnos con su alígera fusta. Que no, por ser alígera, escuece menos. Cuando las doncellas de la casa se dirigen a ensayar los piadosos cantos corales, el aya las lleva por la calle con severo rostro. Y con su fusta, siempre vigilante, consigue que vayan en fila una tras de otra, y que recojan graciosamente sus túnicas para que no manchen la pureza inmaculada del lino con el lodo putrefacto de la calle. Y al andar se mueven con un dulce y leve contoneo. Y aunque no despiertan a los espíritus lujuriosos que habitan en la entrepierna, al menos nos dejan con la mirada prisionera de sus túnicas inmaculadas. Las personas educadas en los buenos modales disfrutamos en silencio de una visión tan dulce. Pero a las gentes incultas, a las que no conocen el amor de Afrodita, les da lo mismo penetrar a una oveja en celo que a la novia en la noche del himeneo. Y si hallaran el cerrojo virginal difícil de saltar, no tienen el menor reparo de penetrar a la novia por la algún lugar inmencionable. Y aunque las personas civilizadas manifestamos admiración y respeto al ver pasar a las doncellas, pero las personas ignorantes y los esclavos emiten potentes silbidos y dicen palabras groseras. Autor: Leopoldo Perdomo |