Afrodisia

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Sobre las torturas de los eremitas

Los eremitas viven en las zonas erémicas o desiertas. En ellas no habitan los seres humanos; solo los insectos, los lagartos y las aves habitan esos lugares. Los eremitas sufren de unas extrañas teorías que les llevan a las tierras desiertas. Así que, según se manifiestan, huyen del ruido, de los malos olores de la ciudad, y hasta de los pecados mismos de la lujuria. Así de extraña es la manía que les llena la cabeza. Dicen que todos los males del mundo están concentrados en los placeres de la vida civilizada. Y existen filósofos que justifican estas teorías, pero estos sabios viven una vida cómoda y tranquila hospedándose, sucesivamente, en las casas de todos los ricos de la ciudad. Y mientras entretienen a los aristócratas, con sus cultos discursos, van comiendo de los mejores manjares y bebiendo de los vinos más finos.
     Los aristócratas gustan de ver, con sus propios ojos, a estos sabios que desprecian los placeres del mundo. Es un placer verlos como se atiborran de viandas asadas y se deleitan con los mejores vinos del Ática. Luego, les traen unas hetairas de fina clase que bailan, tocan la flauta y hacen cabriolas. También ejecutan juegos de mucha procacidad y grosería. Y así vemos a estos filósofos refinados que disfrutan sin recato de los placeres que tanto abominan.

Pero poca gente oye hablar de los eremitas; pues se van de la ciudad. Y se dice que están convencidos que entre todos los placeres mundanos el peor de todos es la fornicación. Así que se van a vivir a una cueva en los montes. Y no comen otra cosa que hierbas y bellotas, y dicen que con eso tienen de sobra. Nadie hila lana para un eremita, ni le hace vestidos para protegerse de los fríos invernales. De modo que vive en esos "eremos " con sólo una piel de cabra para taparse el rabo indómito. En esto son muy pudorosos los eremitas pues alegan: "Todos los males del mundo nos vienen por la lujuria". Esto es algo que la gente no comprende. Pues todo el mundo está insatisfecho con lo poco que copula. Y nadie come, ni bebe, ni fornica lo suficiente para saciarse. Sólo los ricos podrían hacerlo; si no fuera porque la herencia les llega cuando son viejos y el cuerpo ya no les tolera estas licencias.

Así que el eremita huye a las montañas desiertas para tener una vida saludable, con aires sanos y quedar libre de las tentaciones pecadoras. Cuando llega al lugar erémico debe aprender a buscar una fuentecilla para saciar su sed, una caverna para protegerse del frío y un lugar cercano a algún encinar para recoger las bellotas durante el verano.
     Nadie sabría una palabra de la vida, ni de las teorías del eremita, si no fuera porque su guarida suele quedar en el camino hacia alguna parte. Por eso, el caminante, que lo ve por estos desiertos, aprovecha para descansar y charlar un rato con un ser humano. De modo que puede resultar una conversación así:

-La paz sea contigo, eremita.
    -Sea también contigo, caminante.
   -Que Zeus, Hera, Atenea, Hermes y Afrodita, te protejan por estos eremos.
    -Más protección necesitas tu, por esos caminos.
    -Así sea.

Y deste modo, se establece una relación amistosa y charlatana entre el caminante y el eremita. Por estos contactos, nos hemos podido enterar de ciertas cosas.

En cierta época del año, acude el eremita puntual para su cita con la estación de la bellota. Allí llega con su báculo sagrado que nunca le abandona y es fuente de prodigios innumerables. Uno de estos prodigios, y no es el menor, consiste en defender sus derechos al territorio sobre los indómitos jabalíes. Estos animales, llevados de su torpeza natural, no saben que se enfrentan a un hombre santo. Así que el eremita les mete unos puntazos con su santo báculo. Estos argumentos hacen razonar, incluso, a la fiera más torpe que te puedas encontrar. Y ya sentadas las premisas del entendimiento, hace varios viajes de la caverna al encinar y va recogiendo, y metiendo en su zurrón, provisiones para el invierno. Y las fieras, que pasan delante de su guarida, perciben un fuerte olor a santidad que impregna la caverna y se van prestos del sitio. Y es que los animales salvajes tienen el olfato muy fino y no pueden soportar ciertos aromas.

Otro prodigio ocurre al eremita. Y es que, cuanto menos come, menos apetito tiene. Pero, a veces, a pesar de su notario falta de apetito, este santo varón sufre accesos febriles y le asaltan visiones de patos asados, rellenos de manzanas y castañas, o perniles asados a la brasa que le llenan los dedos de grasa escurridiza. Y sufre tanto con estas visiones que siente retortijones en los intestinos y una sudoración fría.

Otras torturas padece también por causa de la lujuria. Cuando empiezan los calores de primavera, le sobrevienen accesos lujuriosos. Porque el eremita, aunque hace mucho que no ve una doncella sufre de horribles pasiones lujuriosas. Así puede ocurrirle que, en un acceso de lujuria, se ponga erecto y muy duro su miembro viril y dese modo se lance desnudo a copular con un arbusto espinoso. Y es que, según Herodonte, las flores de algunos arbustos emiten efluvios eróticos que te pueden llenar la cabeza de visiones fornicales. Todos hemos notado, al oler ciertos aromas florales, como nos viene a la mente el recuerdo de alguna princesa perfumada o, más comúnmente, el recuerdo de alguna hetaira de finos modales que nos invita a su lecho por cuatro dracmas.

Otras veces, con el calor lascivo del verano, el eremita padece visiones copulativas con doncellas desnudas de rollizos muslos; las cuales le excitan sobremanera y le dicen con dulce voz: "Ven a copular conmigo, tío macizo." Y deste modo, no le dejan reposo a su espíritu debilitado por el ayuno y la soledad que sólo desea meditar sobre las castas verdades eternas.

En fin, este desventurado huyó de los males de este mundo hacia las tierras del eremo y ahora, sufre de más angustias fornicales que aquellos que acuden cada día a las casas de lujuria. Allí acude el ciudadano ordinario a contemplar las danzas lúbricas de las rollizas hetairas y sus simulacros copulativos. Y cuando vuelve a su casa, tiene una cópula con su esposa y ya está. Y los que no tienen esposa se van a los burdeles a desfogarse, o se buscan algún efebo complaciente para aliviar sus tensiones reproductivas; y los menos afortunados se masturban. Pero, esta gente no sufre unos delirios de lujuria tan fuertes como los que sufre el eremita.

Según Herodonte, para controlar la lujuria, y que ésta no se vuelva obsesiva, no es bueno irse a los lugares desiertos. Basta con tener una cópula diaria, o mejor dos, para quedar en armonía con el Universo. Y, deste modo prevenido, nadie padece accesos de lujuria.

AQUÍ SE ACABA EL MANUSCRITO


Autor: Leopoldo Perdomo



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Espero que haya sido placentera la lectura

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