Afrodisia

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Donde se habla de cosas inmencionables

A ti, lector, te advierto que las cosas que se siguen no son recomendables para espíritus delicados y sensibles. Si tienes un gran temor de las cosas sagradas o de las cosas que se estiman inconvenientes, salta de esta parte y vete al punto siguiente.
    Muchos de los prodigios que les ocurren a los hombres se atribuyen a las flechas de Eros, el arquero errático. Pero, esto de lo que voy a hablar es cosa inmencionable y recóndita. De modo que no deje este escrito por ahí al alcance de los niños y ni de las doncellas virginales, pues algunas saben leer y las cosas que se dicen podrían herir su sensibilidad. También existen otras razones; pues los niños todo lo comentan y las mujeres cuchichean las unas con las otras. Y de este modo, no hay manera de mantener, sin mancha, la imagen pública de la decencia.
    Todo el mundo sabe que el arquero errático anda por ahí, con su caja de flechas y su arco, disparando un poco al azar. Tanto es así que algunos artistas lo presentan con los ojos vendados. Esto lo sabe todo el mundo; hasta los niños lo saben y lo saben las virginales doncellas.
    Pero, esta situación tiene algunas consecuencias sobre las que raramente se habla. Se sabe, en los rincones secretos de la memoria, que los esclavos más lascivos y lubricantes se consuelan en el silencio de la noche con los adolescentes de la casa. Y los tienen tan perfectamente controlados que consiguen, con ellos, casi todos los placeres que les puede proporcionar una buena hetaira. Cuando falta en casa un esclavo adolescente, ya están pidiendo que compres uno. Y son en verdad caros estos esclavos juveniles, pero uno los compra para tener la casa en paz y en condiciones adecuadas de productividad. A veces, existen jóvenes que se resisten a estas demandas amorosas, pero esto no hace más que incrementar la emoción de los adultos enamorados. Estos los halagan y los masajean y los besan, y hasta les chupetean en sus partes más pudorosas; deste modo consiguen rendirlos y someterlos a sus propósitos lascivos. Cuando el joven está bastante tierno, le dan con discreción la vuelta y le introducen la flecha erótica en ese orificio que tanto han deseado. Naturalmente, estas son cosas sin importancia porque ocurren entre esclavos de la casa, en el secreto de la noche oscura. Y son cosas que no se saben porque se ignoran. Y no voy a dar más explicaciones porque se ruboriza mi sentido del pudor.
    En la parte de la casa donde habitan las mujeres, las esclavas mayores, que suelen trabajar en los telares, tienen cierta querencia por las doncellas adolescentes. Durante el día se intercambian miradas discretas y suspiros. Y durante la noche, no sabemos las cosas que ocurren, porque nadie puede entrar a esas horas en los gineceos. Ese es un mundo de mujeres y, como tal, le está vedado al hombre.
    Se sabe de los esclavos que guardan las ovejas en los montes desiertos; allí, estos pastores solitarios también son víctimas del arquero ciego. En la estación de celo del ganado, todo el aire se llena de efluvios amorosos y de los cantos de amor de las ovejas en celo. Y los carneros, llevados por la pasión estacional, se golpean a cabezazos los unos con los otros. Y hasta allí llega Eros con su gusto por las bromas. Con sus ojos vendados, lanza una flecha contra el solitario pastor. Y pronto vienen las pulsaciones inflamadas de la erótica flecha a turbar su bucólica existencia. En este momento, puede estar mirando para alguna oveja en celo y se lanza tras ella, sin pensarlo más, y la penetra sin contemplaciones. Puede ocurrir, que el carnero celoso se lance contra él y le dé un tremendo topetazo, echándolo a rodar con su amante lanuda por las laderas del monte. Por eso, los cuentos de la gente rústica hablan de extrañas quimeras, mitad hombre y mitad oveja; o de los centauros mitad hombre y mitad caballo, y otras fantasías imaginativas. En cualquier caso, se sabe que los pastores tienen su oveja predilecta a la que suelen llamar Lucera. Y se dice que la tienen siempre a su vera, y que no dejan que se la monte el carnero; al cual mantienen a distancia con su aguzada vara. De ese modo, a la oveja le dura mucho tiempo el celo; pues no queda preñada por el macho. Estos conocimientos los recibí por boca de los pastores anatolios, en mis viajes por el reino de Lidia. Después, preguntando con discreción entre la gente rústica del Ática, me han confirmado que rigen estas mismas costumbres por los montes griegos.
    Al parecer, nadie se libra de las bromas pesadas de Eros. En los templos, las sacerdotisas virginales tienen vedado el trato sexual con los varones. Esto es de sobra sabido. Pero, lo que no se puede comentar es que estas sacerdotisas sacian sus angustias amorosas, en secreto, con el frote, de sus delicadas pieles desnudas, con el cuerpo de algunas doncellas piadosas que frecuentan el lugar.
    También he oído, en algún discreto simposio, sobre alguna sacerdotisa que ofrecía sus halagos orales en la bellota de un bello efebo; de esos que acuden al templo con pretextos piadosos. Otras historias indiscretas dicen que las vírgenes del templo ofrecen el orificio alternativo en lugar de la ranura virginal. Pero estas cosas no las hacen por dinero, ya que la plata les cuelga abundante de las orejas y llevan collares y pulseras de gran valor.
    Los diáconos también son virginales y no se les conoce ningún lío. Pero, se oye y se comenta, cuando el vino afloja las lenguas, que estos tienen cierto regusto por el orificio discreto de los efebos jóvenes. Pero, en esto no se diferencian gran cosa de los comunes mortales que pasan muchos apuros con la lujuria en los años de su juventud.
     Todo en los templos se lleva con el máximo recato y discreción. De modo, que destas cosas no se sabe nada y más le vale a uno no saber; esta ignorancia es muy saludable, porque la gente que alardea de saber ciertas cosas suele tener misteriosos accidentes de origen divino en algún callejón obscuro. Y suelen aparecer apuñalados y apaleados por los ladrones que le asaltan durante la noche.

Bien es sabido, por todas las personas decentes, que en los templos todo exuda santidad y virginidad. Y el resto, sólo son habladurías blasfemas. Amén.


Autor: Leopoldo Perdomo



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Espero que haya sido placentera la lectura

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