Afrodisia

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Sobre las bromas y prodigios del Eros

El cuerpo de las doncellas y los efebos está controlado por Atenea, la Virgen Fuerte. Pero, el mensajero de Afrodita, el divino Eros, tiene el poder de disparar sus dardos invisibles sobre los efebos y las doncellas. Se dice que el divino arquero anda bastante mal de la vista. Aunque sus dardos aciertan en esos puntos precisos que se ocultan bajo los púdicos velos.
    El punto femenino, donde acierta la alígera flecha, es llamado por algunos el haba de Afrodita. Pero, siendo esta criatura tímida en extremo, pocos son los que pueden presumir de haberla visto. Pero las punzadas del dulce Eros es aquí donde mejor se manifiestan. De modo que producen un exquisito ardor, unas pulsaciones y una cierta hinchazón. Y esto trastorna el decoro de las doncellas. Por lo que se dice que tratan de aliviarse como pueden de las divinas vibraciones. Para esto suele usarse la punta delicada del dedo medio. Es por eso que se llama, desde antiguo, el dedo del corazón. Pero estos alivios no hacen más que incrementar la sensibilidad de ese lobulillo juguetón; el cual, hace ya mucho tiempo, fue divinizado por Afrodita. Esta hinchazón aumenta la turbación de las doncellas; las cuales pierden su aire circunspecto y recatado. Y debido a estos efectos, llegan a tener visiones de cuerpos efébicos desnudos, o de sátiros de carnosa y erecta flecha; los cuales, desde las pilosidades de su impúdica entrepierna, emiten efluvios excitantes que las embriagan y las trastornan.
      Cuando ocurren estas alteraciones físicas, los ágiles dedos se paralizan y se detiene el giro incesante del huso. Con esto el hilo deja de crecer eternamente. Y las lanzaderas de los telares interrumpen su carrera por entre la trama de los hilos innumerables. Entonces, el tiempo se para y deja de oírse el sonido perpetuo de la clepsidra. Y hasta el carro del Sol parece que se detiene por el sofoco estival. Las moscas también dejan de zumbar y el aya se queda adormilada, con la fusta caída junto a sus pies. Estos prodigios se operan en los gineceos por las flechas intoxicantes de Eros, el mensajero afrodisio. Y algunos dicen que dispara sus flechas con los ojos vendados; por causa de las cosas disparatadas que ocurren.

Los jóvenes efebos también sufren con las flechas del afrodito arquero. Pues, están muchas horas al día desnudos en el gimnasio o en la palestra. Aquí, el divino Eros afina mejor su puntería, pues los jóvenes están desnudos en el gimnasio. De modo, que las flechas invisibles aciertan en toda la bellota del valioso apéndice viril. Y el flechazo genera vibraciones y sensaciones insospechadas de placer en el efebo, mientras contempla el trasero desnudo de algún joven luchando en la palestra. Por ese motivo, el efebo, afectado por el Eros, oculta púdicamente la hinchazón indiscreta con sus torpes manos; para no ser blanco de las burlas y las chanzas. En lo sucesivo, estas visiones, de los rotundos traseros, pueden llegar a ser muy turbadoras. De tal modo ocurre a muchos que, con sólo ver un trasero en el gimnasio, sienten un crecimiento indiscreto del testimonio viril.
     Si el joven es modesto, viendo que su apéndice se engruesa de un modo indecoroso, pide licencia al pedotriba para ir a las letrinas. Esto lo hace para apartar de su mente la visión que le conturba. Trata de desviar esas visiones indecentes, recordando los muslos virginales de las doncellas en las santas procesiones de Atenea. Y recuerda como se atisban los torneados muslos tras las finas túnicas veraniegas, al trasluz del indiscreto Apolo.
     En los días de procesión, el sabio entrenador conocía los mejores lugares del camino para situarse con sus efebos a favor del contraluz; y así se contemplaban las torneadas bellezas, furtivamente. Algunas doncellas parecían darse cuenta de la penetración de nuestra vista y sentían un dulce sobresalto en su pecho. Tanta era la potencia que poníamos en la mirada.
    No todos los efebos se ven trastornados por las mismas visiones turbadoras. Algunos han tenido la suerte de palpar el cuerpo desnudo de alguna joven esclava, durante el calor nocturno del verano. Gracias a los favores de la diosa, algunos jóvenes pueden conocer los placeres carnales y el exquisito frote de los cuerpos desnudos en la oscuridad. Es un momento para contener los gemidos que se escapan del pecho y las agitaciones de la respiración. Sólo es gracias a la divina Afrodita que las moscas zumban ruidosamente en las cálidas noches y los durmientes roncan como el trueno. Y así se disimulan los gemidos placenteros que no caben dentro del pecho. Algunos muchachos, maliciosos y precavidos, penetran a las doncellas en el secreto de la noche por esa parte indecorosa que la vergüenza impide confesar. De ese modo, disfrutan durante más tiempo de los placeres prohibidos sin provocar preñeces alarmantes.
    Esas son las cosas que pasan durante las noches locas de la ardiente juventud. Esa es la fuerza que corre por las venas de los secretos impulsos y desafía a las fustas de la disciplina. Por eso, cuanto estás bajo los ardores eróticos, no te importan los rituales penitenciales. No te asusta el silbido de las flexibles varas golpeando en tu trasero, pues esto se hace para obtener el perdón de tus pecados. Es diferente si te pillan penetrando a algún joven esclavo. Cuando ocurren estas cosas, se mira púdicamente en otra dirección; pues nadie quiere ser testigo de estas debilidades juveniles. Y mucho menos desea nadie testificar sobre algo tan vergonzoso como un pecado nefando. Pues, hasta el nombre del testigo quedaría contaminado para siempre. Gracias a esta discreción, no se precisa pasar por los castigos del sacramento penitencial.

Todas estas cosas son verdades pertenecientes a la teosofía de nuestros tiempos. Según Herodonte, la idea del deseo se presenta con nombres diferentes según los tiempos y los lugares. Así pues, de antiguo, el Hímeros es un sentimiento de dulce deseo transmitido por Afrodita a los dioses, los humanos, y los animales. Y en estos tiempos, el deseo amoroso se conoce como el Eros. Y es considerado como un espíritu divino que se apodera de nuestros cuerpos y nos vuelve locos. Hoy día, los poetas consideran al Eros como un mensaje de Afrodita; o como el flechazo intoxicante lanzado por el mensajero afrodisio.

Herodonte dice que estos espíritus son sólo metáforas de las alteraciones que ocurren en nuestra sangre, por causa de las cosas que vemos y olfateamos. Los efluvios que emanan de la entrepierna son muy poderosos, pero también lo son las visiones de los cuerpos desnudos y los hemisferios traseros. Es por eso que, en los pueblos civilizados, los arcontes insisten para que todo el mundo vaya vestido. Para que así se oculten las partes excitantes a la vista y se atenúe la percepción de esos aromas que generan la locura del deseo. Y por eso mismo se encierran a las mujeres en los gineceos. Así se evitan las tentaciones que nos llegan por la vista y por los efluvios de la cálida y tan deseada ranura.


Autor: Leopoldo Perdomo




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