Afrodisia

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Los amores de Peleo y la nereida Tetis

En casa de mi amigo Aristóbulo el ánfora de vino ático seguía aún mediada. En parte por acabarla y en parte por discutir sobre si el vino lesbiano era mejor que el ático, decidimos hacer otro simposio a los cuatro días. Para entonces los cuerpos se habrían recuperado de la resaca.
    Estabamos todos impacientes al ver llegar al sabio Herodonte y ya se le veía subiendo calmoso por el retorcido camino hasta la casa de mi amigo Aristóbulo. Ésta estaba situada en lo alto de una loma que se asoma al mar. Era este un lugar muy agradable en los días de verano, cuando echas en falta un poco de brisa. Tan pronto llegó le recibió mi amigo con un abrazo y dejamos que se refrescara los pies en un recipiente grande con agua fría. Luego todos empezamos a saludarle y a intercambiar cortesías y nos dispusimos a beber. Ibamos probando ora el vino lesbiano, ora el vino ático y discutíamos las virtudes de cada vino. Pronto se agotaron los argumentos y le pedimos a Herodonte que nos ilustrara con sus palabras llenas de claridad. Y sin hacerse rogar mucho se arrancó con estas palabras.

No podría terciar en esta disputa del vino que os traéis; pues creo que el vino que mejor nos sabe, suele ser aquel con el que rompemos una cuarentena de abstinencia. Y el vino peor es aquel que se bebe en exceso o con una frecuencia excesiva.
    Todos nos quedamos impresionados con sus agudas palabras y le pedimos entre todos que nos contara alguna bella historia. Se tomó un sorbo pequeño de vino y arrancó diciendo:

Os voy a contar una historia muy poco conocida; las luchas de amor entre Tetis y Peleo.
    Dicen de Tetis, diosa del mar un tanto venida a menos, que su hermosura eclipsaba la belleza de otras divinidades. Y otros dicen que el mismo Zeus quiso hacerla esposa suya. Pero que se echó atrás al oír la profecía de las Parcas. "Cualquier hijo nacido de Tetis será mucho más poderoso que su padre". Esta predicción es tan severa que hasta el mismo dios supremo se piensa con mucha cautela un casorio semejante.
    Habiendo renunciado a la vida marital con la diosa Tetis, Zeus no se avenía a llevar una vida de abstinencia carnal. Pues, todos sabemos que Zeus concentra un temperamento inmensurable en su poderosa entrepierna. Es por eso que, para tener alguna divina satisfacción en sus deseos, se le ocurrió la idea de engendrar en uno de sus fornidos muslos a una deidad femenina, una diosa de su misma carne y hermana por tanto suya, sangre de sí mismo, deidad clónica de sexo transmutado, la divina y dulce Hera.
    Esta concepción insólita dejó pasmadas a numerosas generaciones de teólogos que todavía hoy están discutiendo este evento desde los lejanos tiempos.
    ¿Cómo era la divina matriz? ¿Qué volumen presentaba el fornido muslo? ¿Se provocaba alguna cojera al andar en el príncipe de los dioses? Estas y otras elucubraciones profundas han enriquecido los cerebros más brillantes de Grecia desde antiguo en muchos simposios.

Otros dicen que fue Zeus mismo quien eligió a la nereida Tetis para casarla con Peleo. Y por otra parte, aunque resulta incomprensible en nuestros días que un centauro tenga por hija a una deidad marina, la historia cuenta que Tetis era hija del centauro Quirón. Y que éste, siguiendo los consejos de Zeus, deseaba casarla con Peleo. Temía el padre que su hija, díscola y de fuerte temperamento, rechazara esta boda de compromiso. Pues, Peleo era un simple mortal; autor de grandes hazañas, pero, mortal. Anticipándose a los hechos, Quirón le dio instrucciones detalladas a Peleo sobre la forma mejor de dominar a la díscola nereida.
     Siguiendo las instrucciones, Peleo tuvo que hacerse solo a la mar en una barca de remos y allegarse hasta un islote que se encuentra en las costas de Tesalia. Hubo de esconder con cuidado el bote para no delatar su presencia y apostarse luego a la entrada de una caverna. Allí mismo se escondió tras un tupido mirto cargado de bayas multicolores.
     Se trataba de esperar la llegada de la nereida Tetis que iba casi a diario para dormir la siesta en esa caverna. Llegó la nereida, con su cuerpo precioso, cabalgando sobre las aguas marinas a lomos de un delfín. Este bello animal marino tenía una silla de montar bellamente decorada con cintas rojas y amarillas y campanillas de plata. Dejó a la nereida en la orilla y se vio a la diosa andando sobre las blancas arenas de la playa. Iba esta vestida con un velo muy fino que al estar mojado se adhería a los relieves de sus carnes y le daba mucha transparencia. Avanzó la diosa descalza en dirección a la cueva y movía sus muslos con armoniosa cadencia; y esto provocaba un dulce contoneo de sus opulentas caderas. Peleo no podía creerse que fuera cierta semejante visión y casi delata su presencia movido por la emoción.
     No más hubo entrado la nereida en la caverna al rato se quedó dormida en un sueño profundo. En esas entró Peleo que la agarró con mucha fuerza por las muñecas para no dejarla escapar. Pero, este contacto inicial se transformó en una lucha muy dura. Pues no era la diosa Tetis una mujer cualquiera de esas de "aquí llegué y aquí mismo te cojo". De modo que Tetis se resistió muy bravamente con todas sus artes que eran muchas. De entrada se transformó en una combustión espontánea y empezó a echar inmensas llamaradas en dirección a Peleo dejándolo todo chamuscado. Sintió Peleo un calor horrible y su corazón se llenó de temor ante la tremenda metamorfosis ocurrida. Pero, este bravo guerrero había peleado en mil batallas y sabía dominar el miedo que mordía como una tenaza su corazón. De modo que siguió las instrucciones del centauro Quirón con fidelidad. "No la sueltes ni aunque te mate. Porque si dejas de asirla firmemente con ambas manos se te escapa y se vuelve al mar. Si eso haces, no volverás a verla jamás."
     La diosa, en vista de que no podía librase del intruso por medio del fuego se transformó en una ola que inundó la caverna y trataba de ahogarle de este modo. Pero, Peleo a pesar del ahogo sintió que ya no tenía el ardor del fuego sobre sus carnes. De modo que aguanto la asfixia del agua dispuesto a morir sin soltar a la diosa. De pronto el agua desapareció y Tetis se transformó en un enorme león que dio un terrible rugido; pero, esto no impresionó demasiado a Peleo que estaba preso del temor y ya no podía asustarse más. Así que el león abrió sus fauces inmensas y aplicó toda la fuerza de sus mandíbulas sobre la cabeza de Peleo y le clavó sobre su cráneo los cuatro inmensos colmillos. Luego, agitó a diestra y siniestra la presa de sus mandíbulas para arrancarle la cabeza del cuerpo. Pero Peleo no soltaba sus manos que seguían agarradas a los brazos de la nereida. En vista de las dificultades, la diosa Tetis se transformó en una espantosa serpiente que le escupió un ardiente chorro de veneno sobre sus ojos. Peleo sintió que le ardían los ojos y la cara. Pero, a pesar de hallarse ciego por la ponzoña, seguía sin soltar los brazos de la nereida.
    Esto hizo a la diosa probar con otra estrategia y se transformó en una jibia gigante que le echó un chorro de tinta pringoso y maloliente. Peleo se encontraba muy chamuscado, tenía los pulmones llenos de agua, cuatro colmillos se habían clavado sobre su cabeza, sus ojos estaban ciegos por la ponzoña y estaba cubierto con tinta pegajosa y maloliente. Pero, a pesar de todos estos males no soltaba los brazos de la nereida.
    Entonces, la diosa Tetis, agotados sus principales recursos defensivos, retornó a su forma genuina y natural. Así que se puso en una postura seductora, sus labios carnosos hicieron una mueca de dulce ternura, y sus ojos divinos echaron dulces vibraciones que mecieron el chamuscado cuerpo de Peleo. Éste sintió que se llenaba de una fuerza irresistible y se abalanzó sobre la deidad marina. Ella se recostó sobre el suelo de la caverna y terminaron abrazados. Luego, la diosa dejó que el joven Peleo penetrara por la puerta de sus dulces deseos. Puerta por la que no había entrado nadie previamente, pues Tetis era una nereida muy casta.
    De este modo permitió la deidad que Peleo la llenara plenamente con todo el volumen de su deseo. Y ocurrió que el héroe la inundaba de gozos inefables que se repetían una y otra vez.
     A medida que pasaban las horas con aquellas sensaciones placenteras, Peleo se fue aliviando de los males sufridos en aquella batalla de amor con la diosa. Es por eso que se pasó varios días con sus noches, hora tras hora, curándose de las heridas y las quemaduras y no salía para nada de la caverna.

A eso de los quince días llegaron unos mensajeros del centauro Quirón y encontraron a la pareja enamorada retozando al sol sobre la arena de la playa. Los enamorados recibieron a los mensajeros con alegría y todos se fueron hasta la caverna de su padre al pie del monte Pelión.

Nada más llegar, todos se sintieron felices y empezaron a hacer los planes para la boda. Enviaron mensajeros al Olimpo para invitar a los doce dioses; dieron el recado a las manadas de centauros, y sobre todo no olvidaron de invitar a las Parcas y a las Musas que nunca pueden faltar en estas festividades. También avisaron, eso no podía faltar, a las cincuenta nereidas.

La boda fue muy comentada en sus detalles más insignificantes. Y hablaron della todos los tiempos y en todas las tierras de Grecia; así como en las islas innumerables y remotas de la mar. Asistieron a la ceremonia los dioses olímpicos, que se sentaron en sus doce tronos. Y no faltaba el bello efebo Ganímedes que se afanaba diligente para llenar de ambrosía la copa de los dioses. La diosa Hera se sintió muy ilusionada con esta boda y ella misma portó la antorcha nupcial. Y hasta el mismo Zeus, príncipe del Olimpo, se notaba un tanto celoso. Y sintió un cierto temblor al llevar a la novia cogida del brazo para dejarla al lado de Peleo.

El lugar de la ceremonia estaba cercano a la caverna de Quirón. Había en ese lugar una inmensa llanura arenosa que llegaba hasta la misma playa. El padre de la novia entregó al novio como regalo una lanza. pero no era una lanza cualquiera: Pues fue cortada por el centauro de un fresno en el monte Pelión. Y aunque hoy día no sea más que un monte donde pastan las cabras, fue famoso en otros tiempos por tener un frondoso bosque de fresnos. La misma diosa Atenea se tomó el trabajo de bruñir el hasta de fresno por sus propias manos. El divino Hefestos, el herrero de las manos habilidosas, hizo una hoja de bronce para esa lanza. La cual llegó a convertirse en el símbolo de la fuerza y el poder de Peleo. Los dioses olímpicos le hicieron el regalo de una bellísima armadura, toda ella dorada con el oro más fino. Pero, Posidón quiso distinguirse de los demás dioses y añadió a estos regalos dos caballos inmortales, llamados Balio y Janto, que fueron muy alabados. Estos maravillosos animales fueron engendrados en el cuerpo de la famosa harpía Podarge. Para conseguirlo, esta harpía se pasó toda una noche fría de invierno exponiendo su desnudo y sensible trasero ante el benéfico y fértil Viento del Oeste. Como ven por este ejemplo, no se consigue nada valioso sin sacrificio.

Y volviendo a la boda, llegaron miles de centauros con las cabezas cubiertas de guirnaldas y flores. Y en sus manos agitaban manojos de flechas de abeto, al tiempo que gritaban augurios de buena suerte para los novios y todos los asistentes. Estaban muy alegres los centauros y aceptaban de buena gana todas las copas de vino que los sirvientes de Quirón les ofrecían. De modo que no era nada extraño ver que algunos ya se tambaleaban al bailar sobre sus cuatro patas. Esto causaba grandes risas entre los concurrentes que lo estaban pasando muy bien. Y hasta los mismos dioses se reían a carcajadas con las gracias que hacían los centauros borrachos. Y es que hasta las divinidades estaban un poco descontroladas. Se habían pasado de copas y estaban algo achispados de tanto beber ambrosía.
    Luego, aparecieron las Parcas y las Musas que cantaban dulces melodías. Y los asistentes lloraban por la emoción que les provocaban aquellas viejas canciones de boda. Y llegaron de alguna parte las cincuenta nereidas y venían todas en fila danzando. Y en sus graciosos movimientos fueron trazando una linda curva espiral sobre las blancas arenas que se fue cerrando y quedaron todas reunidas en un círculo perfecto. Luego, se fueron dando un beso las unas a las otras a partir del mismo centro; y las que estaban en el borde del círculo devolvieron los besos recibidos con un gesto de su mano para lanzarlos en dirección de los novios y los invitados.

Esta historia os la cuento porque la diosa Tetis fue la madre del famoso Aquiles. Sí, ese mismo. Aquiles, el hijo de Peleo que inspiró gran valor a los aqueos en la guerra de Troya. El mismo que estuvo a punto de hundir toda esa guerra en el fracaso por una disputa con su jefe, el Rey Agamenón, hijo de Atreo. Al negarse Aquiles a combatir, los aqueos se desanimaron y sintieron ganas de volver con sus mujeres. Pero, esa historia la dejaremos para otro simposio. Pues se está haciendo muy tarde para volver a casa.


Autor: Leopoldo Perdomo




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Espero que haya sido placentera la lectura

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