Afrodisia
--24--
Los amores de Peleo y la nereida Tetis
En casa de mi amigo
Aristóbulo el ánfora de vino
ático seguía aún mediada. En parte por acabarla y
en parte por discutir sobre si el vino lesbiano era mejor que el
ático, decidimos hacer otro simposio a los cuatro días.
Para entonces los cuerpos se habrían recuperado de la resaca.
Estabamos todos impacientes al ver llegar al
sabio Herodonte y ya se le veía subiendo calmoso por el
retorcido camino hasta la casa de mi amigo Aristóbulo.
Ésta estaba situada en lo alto de una loma que se asoma al mar.
Era este un lugar muy agradable en los días de verano, cuando
echas en falta un poco de brisa. Tan pronto llegó le
recibió mi amigo con un abrazo y dejamos que se refrescara los
pies en un recipiente grande con agua fría. Luego todos
empezamos a saludarle y a intercambiar cortesías y nos
dispusimos a beber. Ibamos probando ora el vino lesbiano, ora el vino
ático y discutíamos las virtudes de cada vino. Pronto se
agotaron los argumentos y le pedimos a Herodonte que nos ilustrara con
sus palabras llenas de claridad. Y sin hacerse rogar mucho se
arrancó con estas palabras.
No podría
terciar en esta disputa del vino que os
traéis; pues creo que el vino que mejor nos sabe, suele ser
aquel con el que rompemos una cuarentena de abstinencia. Y el vino peor
es aquel que se bebe en exceso o con una frecuencia excesiva.
Todos nos quedamos impresionados con sus agudas
palabras y le pedimos entre todos que nos contara alguna bella
historia. Se tomó un sorbo pequeño de vino y
arrancó diciendo:
Os voy a contar una
historia muy poco conocida; las luchas de
amor entre Tetis y Peleo.
Dicen de Tetis, diosa del mar un tanto venida a
menos, que su hermosura eclipsaba la belleza de otras divinidades. Y
otros dicen que el mismo Zeus quiso hacerla esposa suya. Pero que se
echó atrás al oír la profecía de las
Parcas. "Cualquier hijo nacido de Tetis será mucho más
poderoso que su padre". Esta predicción es tan severa que hasta
el mismo dios supremo se piensa con mucha cautela un casorio semejante.
Habiendo renunciado a la vida marital con la
diosa Tetis, Zeus no se avenía a llevar una vida de abstinencia
carnal. Pues, todos sabemos que Zeus concentra un temperamento
inmensurable en su poderosa entrepierna. Es por eso que, para tener
alguna divina satisfacción en sus deseos, se le ocurrió
la idea de engendrar en uno de sus fornidos muslos a una deidad
femenina, una diosa de su misma carne y hermana por tanto suya, sangre
de sí mismo, deidad clónica de sexo transmutado, la
divina y dulce Hera.
Esta concepción insólita
dejó pasmadas a numerosas generaciones de teólogos que
todavía hoy están discutiendo este evento desde los
lejanos tiempos.
¿Cómo era la divina matriz?
¿Qué volumen presentaba el fornido muslo? ¿Se
provocaba alguna cojera al andar en el príncipe de los dioses?
Estas y otras elucubraciones profundas han enriquecido los cerebros
más brillantes de Grecia desde antiguo en muchos simposios.
Otros dicen que fue Zeus
mismo quien eligió a la
nereida Tetis para casarla con Peleo. Y por otra parte, aunque resulta
incomprensible en nuestros días que un centauro tenga por hija a
una deidad marina, la historia cuenta que Tetis era hija del centauro
Quirón. Y que éste, siguiendo los consejos de Zeus,
deseaba casarla con Peleo. Temía el padre que su hija,
díscola y de fuerte temperamento, rechazara esta boda de
compromiso. Pues, Peleo era un simple mortal; autor de grandes
hazañas, pero, mortal. Anticipándose a los hechos,
Quirón le dio instrucciones detalladas a Peleo sobre la forma
mejor de dominar a la díscola nereida.
Siguiendo las instrucciones, Peleo tuvo que
hacerse solo a la mar en una barca de remos y allegarse hasta un islote
que se encuentra en las costas de Tesalia. Hubo de esconder con cuidado
el bote para no delatar su presencia y apostarse luego a la entrada de
una caverna. Allí mismo se escondió tras un tupido mirto
cargado de bayas multicolores.
Se trataba de esperar la llegada de la nereida
Tetis que iba casi a diario para dormir la siesta en esa caverna.
Llegó la nereida, con su cuerpo precioso, cabalgando sobre las
aguas marinas a lomos de un delfín. Este bello animal marino
tenía una silla de montar bellamente decorada con cintas rojas y
amarillas y campanillas de plata. Dejó a la nereida en la orilla
y se vio a la diosa andando sobre las blancas arenas de la playa. Iba
esta vestida con un velo muy fino que al estar mojado se adhería
a los relieves de sus carnes y le daba mucha transparencia.
Avanzó la diosa descalza en dirección a la cueva y
movía sus muslos con armoniosa cadencia; y esto provocaba un
dulce contoneo de sus opulentas caderas. Peleo no podía creerse
que fuera cierta semejante visión y casi delata su presencia
movido por la emoción.
No más hubo entrado la nereida en la
caverna al rato se quedó dormida en un sueño profundo. En
esas entró Peleo que la agarró con mucha fuerza por las
muñecas para no dejarla escapar. Pero, este contacto inicial se
transformó en una lucha muy dura. Pues no era la diosa Tetis una
mujer cualquiera de esas de "aquí llegué y aquí
mismo te cojo". De modo que Tetis se resistió muy bravamente con
todas sus artes que eran muchas. De entrada se transformó en una
combustión espontánea y empezó a echar inmensas
llamaradas en dirección a Peleo dejándolo todo
chamuscado. Sintió Peleo un calor horrible y su corazón
se llenó de temor ante la tremenda metamorfosis ocurrida. Pero,
este bravo guerrero había peleado en mil batallas y sabía
dominar el miedo que mordía como una tenaza su corazón.
De modo que siguió las instrucciones del centauro Quirón
con fidelidad. "No la sueltes ni aunque te mate. Porque si dejas de
asirla firmemente con ambas manos se te escapa y se vuelve al mar. Si
eso haces, no volverás a verla jamás."
La diosa, en vista de que no podía
librase del intruso por medio del fuego se transformó en una ola
que inundó la caverna y trataba de ahogarle de este modo. Pero,
Peleo a pesar del ahogo sintió que ya no tenía el ardor
del fuego sobre sus carnes. De modo que aguanto la asfixia del agua
dispuesto a morir sin soltar a la diosa. De pronto el agua
desapareció y Tetis se transformó en un enorme
león que dio un terrible rugido; pero, esto no impresionó
demasiado a Peleo que estaba preso del temor y ya no podía
asustarse más. Así que el león abrió sus
fauces inmensas y aplicó toda la fuerza de sus mandíbulas
sobre la cabeza de Peleo y le clavó sobre su cráneo los
cuatro inmensos colmillos. Luego, agitó a diestra y siniestra la
presa de sus mandíbulas para arrancarle la cabeza del cuerpo.
Pero Peleo no soltaba sus manos que seguían agarradas a los
brazos de la nereida. En vista de las dificultades, la diosa Tetis se
transformó en una espantosa serpiente que le escupió un
ardiente chorro de veneno sobre sus ojos. Peleo sintió que le
ardían los ojos y la cara. Pero, a pesar de hallarse ciego por
la ponzoña, seguía sin soltar los brazos de la nereida.
Esto hizo a la diosa probar con otra estrategia
y se transformó en una jibia gigante que le echó un
chorro de tinta pringoso y maloliente. Peleo se encontraba muy
chamuscado, tenía los pulmones llenos de agua, cuatro colmillos
se habían clavado sobre su cabeza, sus ojos estaban ciegos por
la ponzoña y estaba cubierto con tinta pegajosa y maloliente.
Pero, a pesar de todos estos males no soltaba los brazos de la nereida.
Entonces, la diosa Tetis, agotados sus
principales recursos defensivos, retornó a su forma genuina y
natural. Así que se puso en una postura seductora, sus labios
carnosos hicieron una mueca de dulce ternura, y sus ojos divinos
echaron dulces vibraciones que mecieron el chamuscado cuerpo de Peleo.
Éste sintió que se llenaba de una fuerza irresistible y
se abalanzó sobre la deidad marina. Ella se recostó sobre
el suelo de la caverna y terminaron abrazados. Luego, la diosa
dejó que el joven Peleo penetrara por la puerta de sus dulces
deseos. Puerta por la que no había entrado nadie previamente,
pues Tetis era una nereida muy casta.
De este modo permitió la deidad que
Peleo la llenara plenamente con todo el volumen de su deseo. Y
ocurrió que el héroe la inundaba de gozos inefables que
se repetían una y otra vez.
A medida que pasaban las horas con aquellas
sensaciones placenteras, Peleo se fue aliviando de los males sufridos
en aquella batalla de amor con la diosa. Es por eso que se pasó
varios días con sus noches, hora tras hora, curándose de
las heridas y las quemaduras y no salía para nada de la caverna.
A eso de los quince
días llegaron unos mensajeros del
centauro Quirón y encontraron a la pareja enamorada retozando al
sol sobre la arena de la playa. Los enamorados recibieron a los
mensajeros con alegría y todos se fueron hasta la caverna de su
padre al pie del monte Pelión.
Nada más llegar,
todos se sintieron felices y empezaron
a hacer los planes para la boda. Enviaron mensajeros al Olimpo para
invitar a los doce dioses; dieron el recado a las manadas de centauros,
y sobre todo no olvidaron de invitar a las Parcas y a las Musas que
nunca pueden faltar en estas festividades. También avisaron, eso
no podía faltar, a las cincuenta nereidas.
La boda fue muy
comentada en sus detalles más
insignificantes. Y hablaron della todos los tiempos y en todas las
tierras de Grecia; así como en las islas innumerables y remotas
de la mar. Asistieron a la ceremonia los dioses olímpicos, que
se sentaron en sus doce tronos. Y no faltaba el bello efebo
Ganímedes que se afanaba diligente para llenar de
ambrosía la copa de los dioses. La diosa Hera se sintió
muy ilusionada con esta boda y ella misma portó la antorcha
nupcial. Y hasta el mismo Zeus, príncipe del Olimpo, se notaba
un tanto celoso. Y sintió un cierto temblor al llevar a la novia
cogida del brazo para dejarla al lado de Peleo.
El lugar de la ceremonia
estaba cercano a la caverna de
Quirón. Había en ese lugar una inmensa llanura arenosa
que llegaba hasta la misma playa. El padre de la novia entregó
al novio como regalo una lanza. pero no era una lanza cualquiera: Pues
fue cortada por el centauro de un fresno en el monte Pelión. Y
aunque hoy día no sea más que un monte donde pastan las
cabras, fue famoso en otros tiempos por tener un frondoso bosque de
fresnos. La misma diosa Atenea se tomó el trabajo de
bruñir el hasta de fresno por sus propias manos. El divino
Hefestos, el herrero de las manos habilidosas, hizo una hoja de bronce
para esa lanza. La cual llegó a convertirse en el símbolo
de la fuerza y el poder de Peleo. Los dioses olímpicos le
hicieron el regalo de una bellísima armadura, toda ella dorada
con el oro más fino. Pero, Posidón quiso distinguirse de
los demás dioses y añadió a estos regalos dos
caballos inmortales, llamados Balio y Janto, que fueron muy alabados.
Estos maravillosos animales fueron engendrados en el cuerpo de la
famosa harpía Podarge. Para conseguirlo, esta harpía se
pasó toda una noche fría de invierno exponiendo su
desnudo y sensible trasero ante el benéfico y fértil
Viento del Oeste. Como ven por este ejemplo, no se consigue nada
valioso sin sacrificio.
Y volviendo a la boda,
llegaron miles de centauros con las
cabezas cubiertas de guirnaldas y flores. Y en sus manos agitaban
manojos de flechas de abeto, al tiempo que gritaban augurios de buena
suerte para los novios y todos los asistentes. Estaban muy alegres los
centauros y aceptaban de buena gana todas las copas de vino que los
sirvientes de Quirón les ofrecían. De modo que no era
nada extraño ver que algunos ya se tambaleaban al bailar sobre
sus cuatro patas. Esto causaba grandes risas entre los concurrentes que
lo estaban pasando muy bien. Y hasta los mismos dioses se reían
a carcajadas con las gracias que hacían los centauros borrachos.
Y es que hasta las divinidades estaban un poco descontroladas. Se
habían pasado de copas y estaban algo achispados de tanto beber
ambrosía.
Luego, aparecieron las Parcas y las Musas que
cantaban dulces melodías. Y los asistentes lloraban por la
emoción que les provocaban aquellas viejas canciones de boda. Y
llegaron de alguna parte las cincuenta nereidas y venían todas
en fila danzando. Y en sus graciosos movimientos fueron trazando una
linda curva espiral sobre las blancas arenas que se fue cerrando y
quedaron todas reunidas en un círculo perfecto. Luego, se fueron
dando un beso las unas a las otras a partir del mismo centro; y las que
estaban en el borde del círculo devolvieron los besos recibidos
con un gesto de su mano para lanzarlos en dirección de los
novios y los invitados.
Esta historia os la
cuento porque la diosa Tetis fue la madre
del famoso Aquiles. Sí, ese mismo. Aquiles, el hijo de Peleo que
inspiró gran valor a los aqueos en la guerra de Troya. El mismo
que estuvo a punto de hundir toda esa guerra en el fracaso por una
disputa con su jefe, el Rey Agamenón, hijo de Atreo. Al negarse
Aquiles a combatir, los aqueos se desanimaron y sintieron ganas de
volver con sus mujeres. Pero, esa historia la dejaremos para otro
simposio. Pues se está haciendo muy tarde para volver a casa.
Autor: Leopoldo Perdomo
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