Afrodisia--23--Donde se trata sobre las locuras del amor Estabamos en casa de
Aristóbulo que está muy
cerca al puerto de Pirra. Desde allí se contempla la preciosa
bahía bien guardada de todos los vientos; pues está
rodeada de altas montañas. Ni aún después de
muerto podré olvidar esta cariñosa isla de Lesbos, ni la
linda bahía de Mitilene. Muchas son las locuras con que nos aflige el amor a los mortales. Pero, ni los mismos dioses se libran de estas fiebres que les hacen perder, con cierta frecuencia, la perenne y divina compostura. Cuan lejos quedan esas aventuras alocadas de la sagrada inmovilidad con que nos miran desde la altura de sus estatuas en los templos silenciosos. Me viene a la memoria
unas historias de Eos, la diosa de la
aurora. No más, al término cabal de la noche, se monta la
diosa de los rosados dedos en su dorado carro. Y dando una sacudida
fuerte a las riendas de sus caballos, Lampo y Faetonte, sale rauda por
el espacio del aire y deja flotar por el éter los pliegues de su
túnica. A toda prisa se dirige hasta el Olimpo para despertar
presto a los dioses que aún yacen dormidos en sus lechos. Y esto
causa una gran conmoción entre los aquellos que son proclives al
pendoneo nocturno y las francachelas. Pues la aurora con voz chillona e
insoportable les conmina: ¡Arriba! ¡Arriba!
¡Gandules! ¡Levantaos! ¡Que ya llega pronto mi
hermano Helios, presuroso en su carro de fuego! ¡No queda
más tiempo! ¡Arriba! ¡Arriba! Todos quedamos poseídos por la fuerza con que hablaba la musa de Herodonte y prestamente ponía en su lengua una palabra tras otra en secuencia dulce y armoniosa. Hizo una pausa, se tomó un leve trago del dulce vino y siguió narrando. Y todo esto viene a
cuento porque quiero contaros unas cosas
que se dicen de esta diosa. En la mañana madrugadora, ella nos
muestra sus sonrosados dedos y nos llaman para el trabajo. Es,
quizá, por esta perenne molestia, una diosa un tanto discutida.
De modo, que todo el mundo no acepta su divinidad. Y algunos llegan
incluso a considerarla un simple fenómeno de la física.
Yo he viajado por todo el mundo y jamás he visto un templo
dedicado a la diosa Eos. Tiene la diosa de la aurora fama de raptar en la madrugada a los jóvenes descarriados para llevárselos a su lecho amoroso. Se justifican estas afirmaciones porque algunas veces le ha ocurrido a algún joven noctámbulo que se pierde al salir de alguna taberna y ya nadie sabe jamás de él. También abunda este razonamiento porque los jóvenes plenos de vigor, e incluso muchos adultos, se despiertan al tiempo que llega la aurora con el miembro erecto y lleno de vitalidad. Y se dice que el poder de la aurora está llamando a los seres viriles para que se alleguen al refocile de su lecho amoroso. Es por eso que, al filo del alba, muchos maridos despiertan a sus esposas. Y lo hacen para aprovechar la inspiración divina que nos trae la diosa madrugadora. Todos estábamos admirados de la fácil palabra del sabio Herodonte y de cómo sus relatos nos llenan la cabeza de bellos conocimiento. Hubo una breve pausa para llenar de nuevo las copas pues nadie quería perderse una sola palabra. Hasta los sirvientes se quedaban parados presos de la magia de las lindas palabras. Hay otra historia, siguió diciendo, de sobra conocida. Se sabe que Afrodita siente gran pasión amorosa por Ares, el imberbe dios de la guerra. Y esta atracción se ve reforzada por su forma perversa de hacer el amor; modalidad que el pudor aconseja no mencionar en público, ni ante las damas. Cierto día,
reparó Afrodita en unos musculosos
glúteos que se agitaban con los vaivenes del frenesí
copulativo. La diosa reconoció de inmediato ese trasero
prodigioso. Estaba acostumbrada a verlo en un gran espejo de plata que
había sobre su lecho. Este increíble artilugio fue un
regalo de Hefestos, el herrero divino, en recuerdo de sus mejores
noches. Un sostenido murmullo de aprobaciones cerraron el discurso de Herodonte que sonrió satisfecho y pidió otra copa. Luego, insistieron todos para que nos contara otra historia. Este se resistió por cortedad, seguimos insistiendo y el sabio se echó un buen trago antes de seguir. Otras locuras ocurrieron
también al mismo Zeus, cuyo
temperamento es tan imprevisible como el rayo mismo que sale de sus
manos. Debió ocurrir cierto día, deambulando por las
llanuras de Troya, que el dios del trueno contempló la belleza
desnuda de un joven guerrero de nombre Ganímedes. Nombre este
que significa "el que disfruta con la virilidad". Y no me hagáis
preguntas sobre el significado de este dicho. Era este joven un hijo
del rey Tros. De quien se dice que fue el fundador de Troya. Inflamado
por una repentina pasión, se acercó Zeus al joven,
disfrazándose previamente con plumas de águila para
ocultar con ellas su cuerpo resplandeciente. El joven quedó
pasmado por aquella visión insólita y se quedó
inmóvil y relajado ante la presencia de aquel dios desconocido.
Zeus se acercó a él y lo tomó en sus brazos. Y
viajando por los espacios del éter se lo llevó hasta una
caverna secreta que tenía en el Olimpo. Al llegar a ese lugar,
dejó al joven tendido en el lecho y apareció de pronto
todo esplendoroso con todos sus músculos desnudos. El joven ya
estaba muy reblandecido por el largo viaje y por el ardor que le
provocaba la presencia del dios. Como el padre del joven
se sentía muy afligido por la
pérdida de su hijo, Zeus se sintió afectado por este
dolor. Así que le envió un mensaje por medio de Ares, que
se presta muy bien para el corre ve y dile. De modo que le
presentó como regalo una preciosa vid cargada de racimos y hojas
innumerables. Y estaban hechas las hojas con láminas de oro;
pero, los sarmientos y los racimos eran de oro macizo. Era este un
trabajo sumamente elaborado; hecho por el mismo Hefestos a
petición de Zeus. Pareciole poco al dios del trueno y
añadió dos preciosos y altivos caballos que no se estaban
quietos jamás y daban saltos continuamente; eran estos animales
del más raro pelaje; pues no tenían la menor tacha y eran
blancos como la nieve. Autor: Leopoldo Perdomo |