Afrodisia

--22--

Del prodigio acaecido a una diaconisa de Afrodita

En mis numerosos viajes, he visitado Éfeso varias veces. Y desde este puerto se puede llegar a cierta población interior, ya en tierras de Lidia, llamada Tirilene. Existe en ese lugar, un templo de la diosa Afrodita, en un valle recogido, y es mucho más grande que el de Atenas. Me agrada visitar este templo porque, en los días de gran afluencia de fieles, se pueden ver toda clase de varones, jóvenes y mayores, que acuden allí por la calidad de las doncellas que, en este lugar sagrado, ofertan sus encantos y sus dones milagrosos. Es una costumbre, sin igual, de la que carecemos en Atenas. Aunque debo reconocer que en Corinto existe un negocio de estos a gran escala que es un gran atractivo para los viajeros y los marinos y una envidia para los atenienses.
     En las tierras de Lidia se tiene en gran aprecio a la diosa del amor. Son muy numerosos sus templos, aunque de tamaño discreto. Allí a la diosa la llaman Ishtar, en unos lugares y Sithar en otros. Pero, no me hagas mucho caso sobre los nombres de las diosas, ya que estos cambian de un lugar para otro y con los años me falla la memoria.
     En una de mis visitas a Éfeso, salí de viaje por los pueblos de Lidia para aprender de sus costumbres. En uno de esos pueblos, cuyo nombre ya no recuerdo, tuve el asombro de contemplar los resultados de un hecho prodigioso que os voy a contar. Pude ver en un templo de Afrodita que oficiaba de sacerdotisa, un hombre bien barbado. Iba la sacerdotisa vestida con la túnica sagrada, colgaban de su cabeza bellos y largos rizos y llevaba gruesos pendientes de oro en sus orejas, varias ajorcas de plata en los pies y diversas pulseras de oro y plata en sus muñecas. Esto contrastaba con su voz grave y varonil; y con su porte de varón fornido, aunque algo entrado en años. Sin embargo, a pesar de su poblada barba negra, adornada de algunas canas, tenía unos chocantes modales femeninos. Quedeme extrañado, con tan rara liturgia, al oír la voz varonil de la sacerdotisa. Al observar mi asombro, el guía me informó de una historia prodigiosa, comenzando desta manera:

A todos los viajeros y turistas les traemos a este modesto templo, porque sabemos del asombro que les causa ver una sacerdotisa barbuda. Pero, más te has de asombrar, si te cuento su historia milagrosa. Y aunque te cueste creerlo, te diré que era una virgen que le había prometido su ranura al servicio exclusivo de la diosa Afrodita. Pues es así como le llamáis los griegos a la diosa del amor.
    En general, como tu bien sabes, las servidoras del templo satisfacen a la diosa. Esto lo llevan a cabo confortando las urgencias de la púdica entrepierna a los devotos habituales de la diosa y a las personas piadosas que arriban desde muy lejos.
    Tú sabes que esto no se hace por vicio. Ya que los fieles deben pagar un estipendio razonable y justo. Deste modo, las jóvenes vírgenes consiguen allegar la dote para casarse y la diosa obtiene un servicio decoroso.
     Todo ocurrió en el templo de la diosa muy lejos de estos parajes. Una doncella se presentó en el templo para ofrecerse. Pero, extrañamente y contra toda costumbre, declaró que no había venido al templo para servir a los devotos de la diosa. Estas palabras resultaban incomprensibles. Nadie entendía al principio sus palabras, pero dejó muy claro que no aceptaría quedarse al servicio del templo como las demás diaconisas. Le explicaron que la diosa no paga el estipendio por los servicios prestados; que sólo los fieles lo pagan.
    La joven juró y perjuró que no amaría a nadie más que a la diosa; y que sólo a ella ofrecería los dones de su cuerpo. Tanta era su piedad que no tuvieron más remedio que aceptarla. Especialmente, considerando que procedía de una familia generosa en sus dones al templo. Así le dieron el cargo de diaconisa especial para el servicio exclusivo de la diosa. Este cargo llevaba vacante desde los tiempos de la reina Iphis, a la que ya nadie recuerda. La joven pasaba infinitas horas ungiendo con su mano amorosa la divina estatua y besando sus lindos brazos de marfil.

Todo iba bien hasta que llegó al lugar un joven lujurioso, llamado Amiclas. Éste hacía honor a su nombre que significa gran copulador. El joven era de rica familia, pero tenía ideas disolutas. Se hizo famoso por sus acoplamientos incansables con toda clase de criaturas. Y le daba lo mismo que fueran inmaduras, humanas o animales. Y no le importaba el sexo que tuvieran.
     Se acercó Amiclas al templo y, viendo a la virginal diaconisa, quedó al instante henchido de lúbricos deseos fornicales. Fue tras ella, pensando que era una servidora ordinaria del templo, y se armó un gran revuelo. Porque la joven virginal comenzó a correr dando grandes chillidos de alarma.
     Todos los coitos quedaron interrumpidos en aquel momento. Piensa que, además, era un día de mucha concurrencia. Intentaron detener inútilmente a aquel joven desesperado; pero no pudieron con la fuerza de todos los esclavos del templo. Tal era el poder sobrehumano que le poseía.
     Entretanto, la doncella huyó de los predios del templo a lomos de un caballo veloz que por allí cerca estaba. Y el libertino la vio escapar al galope.
     Nadie pensó que una virgen pudiera montar a caballo con tanta destreza; cosa en extremo insólita y sorprendente. Pero, el joven fornical consiguió al poco otro caballo para perseguir a la singular doncella por el desierto.
     Corrieron por los caminos polvorientos durante varios días; y él la seguía en la distancia. De modo que la joven, desesperada, trató de esconderse en una cueva que hay cerca de aquí. Allí suplicó a la divina Afrodita que la librara de aquel lujurioso criminal. La diosa compadecida de las angustias de la virgen y halagada por amor exclusivo de la doncella, realizó el milagro de transformarla en ese varón de pelo en pecho y bien fornido que aquí has visto.
     Cuando el libertino llegó a la caverna se encontró con el hombre que ya sabes. El recién llegado preguntó por la doncella y este le respondió que no había visto ninguna en ese lugar. El libertino buscó y rebuscó inútilmente por la cueva, y perdida, de pronto, su fogosidad se fue por el mismo camino que le había traído.
     Estos parajes estaban en la ruta de las caravanas. De modo que la doncella, transmutada por milagro en recio varón, se dedicó a buscarse la vida cazando con la jabalina y poniendo trampas por este valle entonces desierto. Y en agradecimiento a la diosa, fue poco a poco construyendo este templo de piedra que aquí ves.
    Con el paso del tiempo, el lugar empezó a llenarse casas y de gente. Este es el templo de la historia y ese hombre barbudo es la virginal sacerdotisa, transmutada en recio varón por el poder de la diosa.

Al ver el asombro que me causó la historia, el guía fue muy amable y siguió contando más:

Hay una parte de esta historia que no se cuenta a los fieles para no ofenderlas en su inocente sentido del pudor. Así que no la comentes. Yo mismo no sabría decir si esta parte de la historia es cierta; pues aun no se ha puesto por escrito. Pero, a mí me parece digna de crédito.
     Cuando el joven lúbrico llegó a la cueva, no vio nada debido a la terrible oscuridad del sitio. El libertino quedó por un momento ciego y, de pronto, sintió que una fuerza infinita le torcía un brazo. Y de resultas, cayó sobre sus rodillas en el suelo de la cueva. Notó que una mano le quitaban el calzón taparrabo con el cual protegía el trasero y sus partes lúbricas. Llevaba el libertino una clámide, que en estos parajes llaman capa, y notó que le envolvían con ella la cabeza sin dejar de torcerle el brazo. De pronto, notó una presión sobre esa parte que ya saben y que ¡sea por siempre salva! El libertino sintió que algo duro le penetraba con fuerza por ese lugar nefando y que se agitaba con cierto ritmo. Algo después, sintió que un fluído ardiente que le inundaba las entrañas. En su cabeza se vieron unas estrellas y perdió el sentido. Cuando volvió en si, no vio a nadie en el lugar. Pero se sintió escocido en esa parte inmencionable. Luego se marchó por el mismo camino que le había traído.

Ahora se rumorea, aunque son palabras indignas de crédito, que a la sacerdotisa barbuda le ha quedado una cierta predilección por los traseros de los efebos y otras criaturas. Creo que tampoco dudaría en penetrar a cualquiera que se ponga al alcance de sus pasiones. Pero, no comentes estas cosas; pues las paredes tienen oídos y pudieras tener algún problema con las personas piadosas. Esta historia te la cuento a ti porque sé que eres un hombre de mundo y porque siendo un marinero griego no te escandalizas con estos historias pueblerinas.

Yo me quedé asombrado al escuchar estos prodigios. Los lidios siempre me asombran con alguna cosa. A pesar de ser pueblos de tierras montañosas.


Autor: Leopoldo Perdomo




Puedes enviarme un mensaje personal

Retorno al índice Afrodisia

Retorno al índice general

Espero que haya sido placentera la lectura

HOME