Afrodisia
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Del prodigio acaecido a una diaconisa de Afrodita
En mis numerosos viajes,
he visitado Éfeso varias
veces. Y desde este puerto se puede llegar a cierta población
interior, ya en tierras de Lidia, llamada Tirilene. Existe en ese
lugar, un templo de la diosa Afrodita, en un valle recogido, y es mucho
más grande que el de Atenas. Me agrada visitar este templo
porque, en los días de gran afluencia de fieles, se pueden ver
toda clase de varones, jóvenes y mayores, que acuden allí
por la calidad de las doncellas que, en este lugar sagrado, ofertan sus
encantos y sus dones milagrosos. Es una costumbre, sin igual, de la que
carecemos en Atenas. Aunque debo reconocer que en Corinto existe un
negocio de estos a gran escala que es un gran atractivo para los
viajeros y los marinos y una envidia para los atenienses.
En las tierras de Lidia se tiene en gran
aprecio a la diosa del amor. Son muy numerosos sus templos, aunque de
tamaño discreto. Allí a la diosa la llaman Ishtar, en
unos lugares y Sithar en otros. Pero, no me hagas mucho caso sobre los
nombres de las diosas, ya que estos cambian de un lugar para otro y con
los años me falla la memoria.
En una de mis visitas a Éfeso,
salí de viaje por los pueblos de Lidia para aprender de sus
costumbres. En uno de esos pueblos, cuyo nombre ya no recuerdo, tuve el
asombro de contemplar los resultados de un hecho prodigioso que os voy
a contar. Pude ver en un templo de Afrodita que oficiaba de
sacerdotisa, un hombre bien barbado. Iba la sacerdotisa vestida con la
túnica sagrada, colgaban de su cabeza bellos y largos rizos y
llevaba gruesos pendientes de oro en sus orejas, varias ajorcas de
plata en los pies y diversas pulseras de oro y plata en sus
muñecas. Esto contrastaba con su voz grave y varonil; y con su
porte de varón fornido, aunque algo entrado en años. Sin
embargo, a pesar de su poblada barba negra, adornada de algunas canas,
tenía unos chocantes modales femeninos. Quedeme
extrañado, con tan rara liturgia, al oír la voz varonil
de la sacerdotisa. Al observar mi asombro, el guía me
informó de una historia prodigiosa, comenzando desta manera:
A todos los viajeros y
turistas les traemos a este modesto
templo, porque sabemos del asombro que les causa ver una sacerdotisa
barbuda. Pero, más te has de asombrar, si te cuento su historia
milagrosa. Y aunque te cueste creerlo, te diré que era una
virgen que le había prometido su ranura al servicio exclusivo de
la diosa Afrodita. Pues es así como le llamáis los
griegos a la diosa del amor.
En general, como tu bien sabes, las servidoras
del templo satisfacen a la diosa. Esto lo llevan a cabo confortando las
urgencias de la púdica entrepierna a los devotos habituales de
la diosa y a las personas piadosas que arriban desde muy lejos.
Tú sabes que esto no se hace por vicio.
Ya que los fieles deben pagar un estipendio razonable y justo. Deste
modo, las jóvenes vírgenes consiguen allegar la dote para
casarse y la diosa obtiene un servicio decoroso.
Todo ocurrió en el templo de la diosa
muy lejos de estos parajes. Una doncella se presentó en el
templo para ofrecerse. Pero, extrañamente y contra toda
costumbre, declaró que no había venido al templo para
servir a los devotos de la diosa. Estas palabras resultaban
incomprensibles. Nadie entendía al principio sus palabras, pero
dejó muy claro que no aceptaría quedarse al servicio del
templo como las demás diaconisas. Le explicaron que la diosa no
paga el estipendio por los servicios prestados; que sólo los
fieles lo pagan.
La joven juró y perjuró que no
amaría a nadie más que a la diosa; y que sólo a
ella ofrecería los dones de su cuerpo. Tanta era su piedad que
no tuvieron más remedio que aceptarla. Especialmente,
considerando que procedía de una familia generosa en sus dones
al templo. Así le dieron el cargo de diaconisa especial para el
servicio exclusivo de la diosa. Este cargo llevaba vacante desde los
tiempos de la reina Iphis, a la que ya nadie recuerda. La joven pasaba
infinitas horas ungiendo con su mano amorosa la divina estatua y
besando sus lindos brazos de marfil.
Todo iba bien hasta que
llegó al lugar un joven
lujurioso, llamado Amiclas. Éste hacía honor a su nombre
que significa gran copulador. El joven era de rica familia, pero
tenía ideas disolutas. Se hizo famoso por sus acoplamientos
incansables con toda clase de criaturas. Y le daba lo mismo que fueran
inmaduras, humanas o animales. Y no le importaba el sexo que tuvieran.
Se acercó Amiclas al templo y, viendo a
la virginal diaconisa, quedó al instante henchido de
lúbricos deseos fornicales. Fue tras ella, pensando que era una
servidora ordinaria del templo, y se armó un gran revuelo.
Porque la joven virginal comenzó a correr dando grandes
chillidos de alarma.
Todos los coitos quedaron interrumpidos en
aquel momento. Piensa que, además, era un día de mucha
concurrencia. Intentaron detener inútilmente a aquel joven
desesperado; pero no pudieron con la fuerza de todos los esclavos del
templo. Tal era el poder sobrehumano que le poseía.
Entretanto, la doncella huyó de los
predios del templo a lomos de un caballo veloz que por allí
cerca estaba. Y el libertino la vio escapar al galope.
Nadie pensó que una virgen pudiera
montar a caballo con tanta destreza; cosa en extremo insólita y
sorprendente. Pero, el joven fornical consiguió al poco otro
caballo para perseguir a la singular doncella por el desierto.
Corrieron por los caminos polvorientos durante
varios días; y él la seguía en la distancia. De
modo que la joven, desesperada, trató de esconderse en una cueva
que hay cerca de aquí. Allí suplicó a la divina
Afrodita que la librara de aquel lujurioso criminal. La diosa
compadecida de las angustias de la virgen y halagada por amor exclusivo
de la doncella, realizó el milagro de transformarla en ese
varón de pelo en pecho y bien fornido que aquí has visto.
Cuando el libertino llegó a la caverna
se encontró con el hombre que ya sabes. El recién llegado
preguntó por la doncella y este le respondió que no
había visto ninguna en ese lugar. El libertino buscó y
rebuscó inútilmente por la cueva, y perdida, de pronto,
su fogosidad se fue por el mismo camino que le había
traído.
Estos parajes estaban en la ruta de las
caravanas. De modo que la doncella, transmutada por milagro en recio
varón, se dedicó a buscarse la vida cazando con la
jabalina y poniendo trampas por este valle entonces desierto. Y en
agradecimiento a la diosa, fue poco a poco construyendo este templo de
piedra que aquí ves.
Con el paso del tiempo, el lugar empezó
a llenarse casas y de gente. Este es el templo de la historia y ese
hombre barbudo es la virginal sacerdotisa, transmutada en recio
varón por el poder de la diosa.
Al ver el asombro que me
causó la historia, el
guía fue muy amable y siguió contando más:
Hay una parte de esta
historia que no se cuenta a los fieles
para no ofenderlas en su inocente sentido del pudor. Así que no
la comentes. Yo mismo no sabría decir si esta parte de la
historia es cierta; pues aun no se ha puesto por escrito. Pero, a
mí me parece digna de crédito.
Cuando el joven lúbrico llegó a
la cueva, no vio nada debido a la terrible oscuridad del sitio. El
libertino quedó por un momento ciego y, de pronto, sintió
que una fuerza infinita le torcía un brazo. Y de resultas,
cayó sobre sus rodillas en el suelo de la cueva. Notó que
una mano le quitaban el calzón taparrabo con el cual
protegía el trasero y sus partes lúbricas. Llevaba el
libertino una clámide, que en estos parajes llaman capa, y
notó que le envolvían con ella la cabeza sin dejar de
torcerle el brazo. De pronto, notó una presión sobre esa
parte que ya saben y que ¡sea por siempre salva! El libertino
sintió que algo duro le penetraba con fuerza por ese lugar
nefando y que se agitaba con cierto ritmo. Algo después,
sintió que un fluído ardiente que le inundaba las
entrañas. En su cabeza se vieron unas estrellas y perdió
el sentido. Cuando volvió en si, no vio a nadie en el lugar.
Pero se sintió escocido en esa parte inmencionable. Luego se
marchó por el mismo camino que le había traído.
Ahora se rumorea, aunque
son palabras indignas de
crédito, que a la sacerdotisa barbuda le ha quedado una cierta
predilección por los traseros de los efebos y otras criaturas.
Creo que tampoco dudaría en penetrar a cualquiera que se ponga
al alcance de sus pasiones. Pero, no comentes estas cosas; pues las
paredes tienen oídos y pudieras tener algún problema con
las personas piadosas. Esta historia te la cuento a ti porque sé
que eres un hombre de mundo y porque siendo un marinero griego no te
escandalizas con estos historias pueblerinas.
Yo me quedé
asombrado al escuchar estos prodigios. Los
lidios siempre me asombran con alguna cosa. A pesar de ser pueblos de
tierras montañosas.
Autor: Leopoldo Perdomo
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