Afrodisia--21--Sobre el ósculo en la puerta de Afrodita¿Cómo se debe besar la puerta de la diosa? Este es todo un arte desarrollado plenamente por unos pueblos bárbaros, llamados gaulos, o galos; pues en esto de los nombres gentilicios no suele haber acuerdo. Estos gaulos habitan en regiones hiperbóreas. Se llega a esas regiones, tras muchas leguas de viaje, marchando siempre en dirección al artos . Yo salí para este viaje desde el precioso puerto de Massilia; el cual me trae gratos recuerdos de amigos y amigas inolvidables. Los griegos somos un pueblo civilizado, pero con poco refinamiento erótico. Así pude asombrarme de estos bárbaros gaulos o galos que dominan el arte del paladeo y el halago de los rúbeos labios de Afrodita. Dicen estos gaulos que no hay manjar mejor, ni de más dulce paladeo, que los labios de la diosa. Debido a mi juventud, yo no tenía ni idea de que esto pudiera ser una delicia; y no tuve más remedio que probar el dicho paladeo ante la insistencia de los expertos. Y en verdad que es una delicia exquisita. El paladeo atrajo a mi memoria el sabor del yogur; esa delicia láctea que confeccionan los pueblos tátaros. Los cuales habitan, con sus ganados, en los confines montañosos del Cáucaso; más allá del Ponto Euxino. Pero, otros afirman, con
idéntica seguridad, que los
divinos labios saben más bien a deliciosa trufa. Y no pude
terciar en estas discusiones, no tanto, por mi escasa experiencia, sino
por causa de no conocer el sabor de las mentadas trufas. No pude
remediar mi ignorancia; pues las trufas sólo están en
sazón con los primeros fríos del otoño. Se aconseja que no comentes estos misterios refinados con los atenienses. Como todos los misterios sagrados, éstos se deben guardar en secreto. Piensa que los atenienses están bajo el influjo de las ataduras de Atenea, que sea por siempre bendita y alabada. Y que están, por tanto, bajo el imperio de la castidad obligada. Esta castidad les obliga a vivir en la ignorancia de las artes afrodisias. Y lo que no se conoce, por bueno que sea, tampoco hay razones para desearlo. Autor: Leopoldo Perdomo |