Afrodisia
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Donde se tratan los Hechos de la virgen Atenea
Atenea, la Diosa Virgen,
es conocida también por el
nombre de Palas Atenea. Vio las primeras luces esta diosa en las
tierras de Libia; en los verdes prados que bordean el lago Tritonis.
Eso ocurrió en tiempos fabulosos; cuando nacían, por
inspiración del cosmos, los dioses y las diosas.
Se cuenta que paseaban, por la orilla del lago,
las tres ninfas de las estaciones. Éstas iban vestidas con
pieles de cabra y tenían el encargo de controlar las estaciones
del año que tiempos antiguos eran tres, a saber: germinal,
cosechal y frigoral.
Estas ninfas vieron en el lago a la diosa
recién nacida. Algunos autores dicen que estaba chapoteando, y
otros dicen que nadaba, sobre las aguas. Y al verla tan feliz y
sonriente se percataron del poder de la recién nacida. Y por
eso, con prudente sabiduría se dijeron: "Esta criatura tan
poderosa es una divinidad". Y, fortalecidas en su fe por el prodigio
que habían visto, la recogieron con amor y la criaron con mucho
esmero.
Con el cuidado de las ninfas, fue la diosa
creciendo en sabiduría y en vigor. Pues no dejaba un día
sin entrenarse en todos los deportes de competición. Y entre
todos sus esfuerzos vigorosos, su deporte preferido era la lucha noble
y amistosa con la aguda lanza y el escudo potente. En uno de estos
entrenamientos, mató por accidente de la impulsiva lanza a su
amiga Palas; la doncella más amada. Esto la dejó muy
triste, pues Palas era su virgen preferida, y la más dulce,
entre todas las doncellas de su corte. Éstas eran muchas y muy
bellas y tenían a la diosa entretenida en los juegos deleitosos
de un amor inagotable.
He de advertir que estas actividades juguetonas
eran sólo un merecido descanso para la diosa después de
su duro entrenamiento.
Estas cosas ocurrían en los tiempos
mozos de la diosa; cuando un espíritu muy potente, llamado Eros
, agitaba su corazón indómito. En esos tiempos, la diosa
era tan atractiva que todas las doncellas de Libia perdieron, por ella,
la cabeza. Y se dormían pensando en los placeres del lecho de la
diosa. Soñaban que la diosa las abrazaba con sus brazos
poderosos. Y que las sujetaba y enlazaba con el poder de sus piernas
divinas. Tenían un gran gozo al sentir su pecho oprimido por el
peso de la diosa. Esto les desbocaba el corazón que daba saltos
de amor y no les cabía dentro del pecho. Luego, se deleitaban al
sentirse invadidas por la ardiente dulzura y la dureza penetrante de la
diosa que las inundaba de gozo. Y los corazones quedaban sosegados y
satisfechos después de estas fantasías y las doncellas se
dormían sonriendo. Otras se admiraban de la facilidad de la
diosa para dominarlas, una y otra vez, tras su inútil
resistencia. Y se asombraban también al ver que su resistencia
tenaz se transformaba, por la magia divina, en la sumisa entrega de sus
cuerpos; pues aceptaban gustosas y se sometían a los caprichos
más insospechados.
Algunas doncellas eran menos ambiciosas, y
sólo imaginaban que la diosa las tocara levemente con su mano. Y
al imaginar ese toque fugaz, algún punto sensible de su cuerpo
sentía las divinas vibraciones. Luego las asaltaba una
sensación dulce de sobresalto, acompañada de jadeos. Y
con esto ya se dormían felices.
Así que siendo esta diosa tan importante
para la civilización de Atenas, me veo obligado a empezar este
libro cantando sus hazañas y sus virtudes innumerables.
El Eros de la diosa era tan potente que todas
las miradas se fijaban en ella. Las doncellas se sentían
atraídas dulcemente, pero, los efebos y los hombres más
viriles se veían cohibidos ante el resplandor de su belleza. Por
esto, al ver a la diosa, quedaban inmóviles y bajaban
púdicamente los ojos hacia el suelo.
Desde el trágico
accidente con su amiga Palas, la diosa
perdió la sonrisa que a todos deleitaba. Entonces
abandonó su corte de Libia y se marchó a las tierras del
Ática. Allí estableció su nueva corte, en Atenas.
Y llegó con las doncellas que mejor sabían alegrar su
corazón.
En las tierras de Libia se quedaron las otras
doncellas, solas y locas de amor. Éstas lloraron tanto, por la
marcha de la diosa, que murieron de tristeza. Desde entonces, en
ciertas épocas del año, los espíritus de las
doncellas vienen hasta el lago Tritonis. Y allí lloran
copiosamente, durante días, recordando la marcha de Atenea. Y
todos los años, como consecuencia de este llanto prodigioso, el
lago se desborda, inundando las praderas circundantes.
Desde el nefasto accidente, vemos a la diosa
con el ceño fruncido. Así lo atestiguan las antiguas
estatuas. Y dicen que la diosa se llama Palas Atenea en recuerdo de la
doncella bien amada; la que feneció en amistoso combate por la
virtud impulsiva de una lanza.
Sin embargo, otros relatos, de mucho prestigio
y gran certeza, hacen a la diosa nacida de la cabeza de Zeus. Esto lo
explican los glosadores , porque los dioses y las diosas tienen el
privilegio de nacer en varios lugares diferentes; esto está de
acuerdo con su naturaleza caprichosa y sobrenatural.
Cuentan estas historias que el dios del trueno,
Zeus Poderoso, estuvo por un momento absorto. Y por causa de esta
debilidad pasajera, concibió a la diosa Atenea dentro de su
propia cabeza. Así que la cabeza de Zeus, por motivo de la
divina concepción, fue creciendo de un modo monstruoso. Y
crecía más y más a medida que pasaban los meses.
Esto se acuerda con la norma establecida por el Cosmos para las divinas
concepciones. De tal modo creció la cabeza que el dolor se
hacía insoportable. Y, según se expandía al
infinito el dolor divino, los rugidos potentes del dios atronaban por
todo el monte. Esto hacía que se removieran en su lecho las
inmensas rocas de aquellos parajes sagrados. Como consecuencia de tal
estruendo, el resto de los dioses y las diosas se escondían
cautelosos por las zonas boscosas del monte.
A eso de los nueve meses, los potentes alaridos
eran ya tan fuertes que llegaron a oírse en las ruidosas fraguas
del divino Hefestos; el Herrero de las Manos Habilidosas. Éste
llegó presuroso, como siempre, y cojeando de ambos pies.
Venía en ayuda de su padre putativo, Zeus el Potente. Así
que, compadecido del divino sufrimiento, le abrió la cabeza de
un golpe certero con el hacha sagrada. Entonces ocurrió el
prodigio. Salió por la herida divina, Atenea, la Virgen
Guerrera. Y un perfume de rosas se expandió por el aire puro del
Olimpo. Y salió la diosa radiante y muy desarrollada con
excepción de su breve pecho. Y venía ya toda equipada con
su zurrón milagroso en la mano izquierda y su certera y temida
lanza en la derecha.
Otras historias añaden un detalle. Al
salir la diosa de la cabeza de Zeus dio un inmenso salto, divino en su
perfección, y pareció en las tierras de Libia, junto a
las aguas de lago Tritonis. Desde allí viajó la diosa por
barco hasta las tierras del Ática, donde protege a la ciudad de
Atenas.
Y aunque las palabras anteriores son muy
ciertas, no contradicen para nada el hecho de que Atenea siguiera en el
Olimpo según se relata en esta historia. Ambos hechos son
ciertos, porque los dioses y las diosas pueden estar en diversos
lugares del mundo al mismo tiempo.
Pasadas unas horas del parto divino, la cabeza
de Zeus volvió a sus normales dimensiones y desapareció
por completo el augusto dolor. Dejaron de oírse los rugidos de
Zeus y el Olimpo quedó silencioso. Así que, con este
silencio, volvieron a oírse los trinos de las aves y el rumor de
la brisa. Los dioses se fueron acercando cautelosos para visitar a la
diosa recién nacida y felicitaron a Zeus por el fausto
natalicio. El dios del trueno, afectado todavía por el supremo
esfuerzo de este parto cerebral, aceptó con mucha modestia las
felicitaciones y trató de quitarle importancia a un hecho tan
prodigioso.
Poco tiempo
después, Hefestos, que se sentía
padrino de la nueva diosa, le regaló un casco de guerra;
construido con sus manos habilidosas. Este casco tiene la rara virtud
de que, al ponerse sobre la cabeza divina, hace a la diosa invisible a
las miradas. Y le fue muy útil a la diosa en diversas ocasiones.
Pues, con este casco conseguía escaparse de los dioses
lujuriosos que la perseguían. Estos corrían tras ella con
ardor creciente, por todos los rincones del Olimpo. Y venían a
por ella con hinchadas pasiones, lúbricas e inmensas, que
emitían unos efluvios irresistibles. Era tal la potencia de
estas emanaciones incorpóreas que persistieron durante mucho
tiempo en el aire puro y fresco del Olimpo. Y aunque Atenea era inmune
a estos aromas lascivos, las otras diosas quedaban excitadas y confusas
y agitadas. Y se iban de un lado para otro, desorientadas y ofuscadas,
buscando con quien aliviar los intensos ardores que se provocaban por
los efluvios dispersos en el aire.
Herodonte,
paleósofo de fama, dice que el casco de
Atenea es el símbolo de las jaquecas que sufren, con frecuencia,
las esposas. Es decir, se ponen el casco milagroso de la jaqueca cuando
están hartas del furor copulativo de sus lúbricos e
insaciables maridos. Y con ese casco puesto, los maridos no tienen otra
opción que irse a otra parte con su inmensa lujuria
insatisfecha.
Por otra parte, Herodonte comenta que la
égida; que se atribuye con frecuencia a Zeus, es un atributo
primigenio de Atenea. Consiste esta égida en un zurrón
mágico, hecho con la piel fabulosa de la cabra Amaltea. Este
zurrón contiene una serpiente venenosa, según unos. Pero,
otros dicen que sólo contiene una máscara horripilante,
hecha según la imagen de la espantosa Gorgona.
En los tiempos modernos se producen grandes
cambios. Y vemos que, en lugar del zurrón, las estatuas de
Atenea llevan un bruñido escudo de bronce. Y es que hoy
día nos impresiona más el poder de los metales que la
magia de las pieles de cabra. El rostro de la diosa ha perdido su
ceño severo y las estatuas de hoy nos presentan a una diosa de
pechos rotundos y una leve sonrisa. Y esto no se cuadra bien con su
fama de Virgen Guerrera.
Herodonte, cree que
Palas es una palabra libia que significa
"doncella" y que el porte de Atenea, con su túnica, su
égida y su lanza, es igual a la vestimenta usada por las
muchachas libias. Estas van vestidas con una túnica hecha de
pieles de cabra, llevan un zurrón con provisiones, y una vara
aguzada, a modo de lanza, para defenderse de los leones del desierto.
Pero, otros dicen que, dentro del zurrón, las muchachas libias
llevan una apestosa cabeza disecada de varón. Y que la muestran,
colgando de los pelos, para espantar a los extraños. Otros
afirman que sólo se trata de una serpiente amaestrada. Y que, al
sacar la serpiente del saco, espantan a los violadores. Estas argucias
defensivas les vienen muy bien durante los días nefastos.
Días estos poco propicios para los ejercicios amorosos.
El vestido de las muchachas libias lleva unos
adornos en forma de tiras innumerables, o correas de piel, que cuelgan
libremente. Todo lo cual presta a la túnica un gran decoro. Esto
hizo pensar a muchos que Atenea llevaba su túnica orlada con
colgantes serpientes venenosas. Y así es como se la representa
en las estatuas modernas.
Herodonte dice que los
prolongados gritos de triunfo, olu, lu,
lu, lu..., que las sacerdotisas y sus sirvientas lanzan durante las
ceremonias de Atenea, le recuerdan el grito ululante que las muchachas
libias emiten por su boca, como signo de júbilo, durante los
días festivos. Al igual que las sacerdotisas de Atenea, este
grito ululante lo hacen con un movimiento rápido de la lengua,
al tiempo que emiten una especie de aullido.
Eratóstenes,
tiene otra opinión. Este sabio
paleósofo dice que ha leído unos textos muy antiguos,
donde se comenta que Palas es una voz muy antigua que significa 'joven
guerrero'. Y que, en algún momento, este joven conquistó
el templo de la diosa primigenia, Atenea. El impulsivo joven
debía ser un dios cuya identidad se ha perdido en el descuido de
los tiempos. Y con un potente impulso, penetró en el cuerpo de
la diosa. El encuentro fue tan violento que los espíritus y los
cuerpos se fundieron en una sola divinidad. Esto generó una luz
cegadora que fue observada durante la noche, no sólo en el
Ática, sino por todas las islas del Helesponto, en Sicilia y
hasta en las costas mismas de Libia. Los pastores testificaron que, por
esas fechas, una luz muy blanca iluminó todo el cielo. Y dicen
que vieron una inmensa bola de fuego que subía y subía. Y
que fue creciendo y creciendo y se hizo tan grande como todo el
Peloponeso.
Eratóstenes cree
que las divinidades de sexo contrario,
al fundirse en una sola, pierden sus caracteres sexuales. Dice que en
la fusión copulativa, las fuerzas contrarias quedan anuladas. Y
está reputado que estas fusiones producen deidades
andróginas.
Esto es similar a lo observado en los seres
humanos. Las fusiones innumerables de la copulación, transforman
a los feroces guerreros en padres dulces que juegan con los
niños. Y aunque las núbiles doncellas llegan por primera
vez al lecho nupcial tímidas y temblorosas, con el paso de los
años se transforman en hembras guerreras. Y se dice que terminan
aborreciendo la copulación y los placeres amorosos. Es por eso
que algunos esposos toman como concubina a una esclava joven; pues la
juventud se muestra mucho más dispuesta para los ejercicios
copulativos. Con esto, el esposo consigue aliviar los ardores que aun
le restan de su pasada juventud. Pero, yo le advierto que más
vale que mantenga a esa concubina lejos de su casa y que sea muy
discreto y no haga alardes, pues la esposa guerrera podría
matarlo con el cuchillo de la cocina.
Resumiendo,
Eratóstenes cree que el amor humano, por
ser imperfecto, no destruye los caracteres sexuales totalmente;
sólo los atenúa y los atrofia. Pero los amores divinos,
si son equivalentes, se fusionan. Esto explica que ahora veamos una
imagen andrógina de la diosa Atenea. Y por eso la vemos equipada
como si fuera un joven guerrero, algo imberbe y afeminado. Y eso
explica que lleve un nombre compuesto, Palas Atenea. Es decir,
efebo-diosa.
Termino esta parte con
un consejo. No discutas nunca estos
detalles de teosofía con los atenienses. Podrían acusarte
de impiedad y condenarte a muerte. Pues le tienen más afecto y
más temor a su diosa que al mismo y temible Zeus. Por eso puedes
ver, por toda la Acrópolis, veinte estatuas de Atenea por una
sola de Zeus.
Autor: Leopoldo Perdomo
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