Afrodisia

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De los ejercicios para disolver la frialdad virginal

Los físicos, que han estudiado el asunto de la frialdad virginal, no han encontrado una causa que la explique. Pero ocurre que, en Atenas, los misterios de la mujer son sólo conocidos por las comadronas. En algunas ciudades de la Jonia, algunos físicos han estudiado este problema. Para ello examinan a la doncella palpando para estimar la contextura grasa, miran como se presenta la vellosidad del monte afrodisio y olfatean en la puerta virginal. Y luego de observar dan su dictamen. Se sabe que las vírgenes frígidas suelen ser muy delgadas, tienen escaso apetito, no les crece el vello afrodisio y sus pechos no se manifiestan. Además, carecen de efluvios lascivos. Estos efluvios, los determina el físico con su fino olfato. Las doncellas con falta de madurez presentan un dulce olor lácteo, mientras que las doncellas que están en sazón para las copulaciones emiten leves efluvios de marisco.
    Algunos físicos estiman que, en ausencia de vello afrodisio, no se puede hablar propiamente de frigidez. Antes bien, debemos pensar que la causa del problema es debida a la impaciencia del esposo novicio y la familia de la novia; que no supieron esperar el tiempo necesario para que la doncella estuviera en sazón. Pues es sabido que unas se adelantan y otras se atrasan en su desarrollo.
     Si consultamos a una sacerdotisa para un caso de frigidez, nos va a explicar que tal vez la doncella, o quizá la madre, hayan ofendido a alguna diosa. Como remedio a este mal nos aconsejan hacer ciertos sacrificios, ofrecer candelas y donativos al templo. De ese modo, la maldición se extingue al cabo de un tiempo.
     Herodonte cree que también es posible que la doncella haya sido educada en una piedad excesiva por la diosa Atenea. Por eso recomienda a las madres que eduquen a las niñas en un amor más compartido con las diosas propensas al amor. También nos advierte para que el aya no tenga una fusta muy laboriosa; y aconseja que no esté todo el día dando fustazos.
     Según Herodonte, los golpes de fusta deben darse con mucha mesura y discreción. Y sólo para controlar, de cuando en cuando, la impudicia de las doncellas más atrevidas.
     Existe un remedio menos conocido contra la frigidez. Según Herodonte, se trata de calibrar el retraso contando los vellos del monte afrodisio. ¿Cuantos hay? Desgraciadamente, el sabio Herodonte, que en paz descanse en el Hades, se olvidó de darnos instrucciones sobre lo que debemos hacer con el número obtenido de la cuenta. He comentado el asunto con gentes doctas, y se supone que se cuentan los vellos del monte afrodisio hasta llegar al millar. De este modo, con está ocupación va pasando el tiempo y se cultiva la paciencia del novio. Se supone que la novia, con estas atenciones, tiene tiempo de madurar para los placeres copulativos.
     Se sabe que algunas jóvenes, en esto del vello son más tardías. Por lo tanto, se trata de esperar un tiempo. Una vez aceptado este destino, te armas de paciencia y empiezas los ejercicios que aquí se describen para disolver la frigidez.
     Para ello, el esposo debe dedicarse a masajear diariamente con mucha dulzura el cuerpo de la virgen. Existen unos ungüentos perfumados que llegan de Egipto y tienen la consistencia y color como de crema lechosa. Estos ungüentos no están al alcance de cualquiera, de modo que algunos usan la lanolina; esta es una grasa que se extrae de la lana. Pero, esta tiene el inconveniente de volverse un poco maloliente cuando pasa un tiempo. Así que un sustituto razonable puede ser el sencillo aceite de oliva.
     El uso del aceite de oliva tiene un inconveniente. Hará que la doncella huela como un efebo bien dispuesto para la lucha en la palestra. Para muchos esposos, éste no será ningún aroma novedoso en su lecho. Porque, casi todos han tenido algún efebo en su cama, con el fin de aliviar los insoportables deseos germinales. Otros muchos, se han visto impelidos por esas lúbricas pasiones, corriendo tras dellos por el ágora, más allá de las murallas, por entre los hornos del barrio cerámico y hasta por el mismo cementerio. Muchos han llegado a suplicarles, postrados ante sus pies, y tratan de convencerlos con halagos, caricias, palabras amorosas y algunas monedas de bronce. Pero, más de uno perdió la poca plata que tenía por andarse en estas divagaciones lujuriosas.
    Así que, volviendo a la virginal doncella, se masajea ésta, con o sin ungüento, delicadamente por todo el cuerpo. Concentrándose más en la parte de los pechos y en la púdica entrepierna. Pero, si no tenemos afecto por los untes, podemos usar los labios y la lengua como fuente lubricante. Yo creo que esto tiene un poder afrodisio mucho mayor que los ungüentos. Y deste modo, tiene la ventaja de que al besarla en los labios afrodisios, sólo notaremos un delicioso sabor lácteo. Esto es mucho más agradable y tonificante que el sabor del aceite de oliva. Recuerdo de mis viajes que, entre los pueblos tátaros, al paladeo de la puerta de Afrodita le llaman comerse un yogur.
     Pero puede ocurrir que, por más que demos masajes, la doncella parezca abandonada del espíritu afrodisio. No debemos desesperar. Con la llegada de los calores primaverales, la cosa mejora mucho. Y mientras tanto, se pone una imagen de Afrodita en la cámara nupcial, con alguna lámpara en su honor. Es preferible para este intento, una figura que muestre los encantos de la diosa, retozando por la excitación amorosa. Pero, esas imágenes no se venden en el pórtico del templo de Afrodita; debido al pudor fingido de las decentes sacerdotisas. Por lo tanto, debes buscarlas en el callejón de los tallistas; allí tienen escondido, por la trastienda, un surtido de figuras afrodisias en excitantes posturas y otros artilugios. También es aconsejable comprar algún falo bien tallado de suave marfil. Pero no todo el mundo tiene plata para este gasto; así que bien puede servir igual uno hecho con madera de acebuche; pues ésta es dura, tiene un buen pulimento y es más asequible para la gente sin plata.
    El falo estará bien pulimentado y no será muy grueso. Se recomienda un grosor menor o igual que el natural del casto esposo. Así, la púdica doncella en sus horas de asueto, si lo desea, puede probar el artilugio, bien untado de manteca, en la intimidad de su retiro. Así se concentra en el propósito nupcial sin distraerse con las cosas mundanas.
    Después de los masajes de cada día, el esposo facilitará con su mano, o frotando suavemente por la ranura, una emisión de fluído germinal y untará, con ese fluído susodicho, los labios de la puerta de Afrodita y el estuche que guarda la sensible "faba". Y por si no lo sabes, te diré que el mentado estuche se halla en la parte superior de la preciosa abertura. Con este unte de fluídos germinales, la doncella comienza a sentir unos leves ardores de placer en el entorno divinizable.
     Mientras la novia manifieste un deseo débil y un espíritu medroso, no es aconsejable penetrarla. Pero, se le puede acariciar y masajear con suavidad. También se la debe besar diariamente como se describe en la parte decimocuarta de este rollo. Sólo es aconsejable masajearla suavemente, con la cabeza del testigo viril, en los labios de Afrodita; pero sin hacer el menor esfuerzo por penetrarla. Si acaso, se permite presionar levemente, con la bien torneada y sensible bellota. Es necesario repetir este tratamiento, cuanto menos, dos veces al día, durante un mes. Y los ardores afrodisios se irán instalando en la divina puerta de la doncella; aunque todavía sea escaso el vello del monte afrodisio.
    En llegando al final de estos ejercicios, se puede probar la penetración de la doncella tal como se describe en la parte decimoquinta de este rollo. La doncella se coloca sobre el cuerpo del esposo en postura sedente sobre las rodillas. Quedando una de cada lado. En esta posición se invita a la doncella para que pruebe de acercar los labios de Afrodita a la flecha erótica que se halla impaciente y bien dispuesta. Se deja en libertad a la doncella para que juegue por sí misma; acercando y alejando una cosa de la otra según sea su capricho. Y para darle ánimos, cuando haga bien las cosas, el casto esposo se pondrá a dar gemidos y exhalaciones placenteras. Desta guisa, la doncella siente acrecentado su entusiasmo y placer por estos ejercicios.
    Si el esposo emite sus humores afrodisios sin llegar a penetrar a la doncella, no debe sentirse fracasado. Ya es sólo cosa de días para que la virginal doncella acceda a penetrarse a sí misma de su propia y libre decisión.
    Pero, la frigidez es distinta según los países. Me viene a la mente una historia que aprendí en tierras de Libia, cuando me vi atrapado en el puerto de Tauquira, por un tiempo, a causa por una avería de mi nave.
    Así me pude enterar de una rara costumbre de los pueblos libios. Esta te puede resultar una historia repugnante y te ruego que no la leas si tienes el estómago delicado. Si éste fuera el caso salta esta parte de la historia y vete hasta el punto decimoséptimo. Pero, si no lo haces así, no me acuses de escribir sobre las costumbres aborrecibles de estos pueblos africanos. Algunos varones nómadas de Libia tienen la costumbre de tomar por esposa a una niña, cuando aun le faltan algunos años para crecerle el vello. Así que pude enterarme de esta rara historia que sé que es cierta y digna de crédito. Pues vi una parte de las pruebas con mis ojos. Estaban en una tienda, acampados cerca de Cirene, un joven varón, de entre veinte y treinta años, junto con su padre, ya mayor, y una niña de unos siete u ocho años. En algún momento de las presentaciones y saludos, me dijeron que la niña era la esposa del joven. Al pronto, no entendí lo que decían porque me pareció inverosímil lo que oía. Traté de aclarar el malentendido y me dijeron que no había tal. El joven se apartó los pliegues de la túnica para enseñarme los arañazos que la niña le hacía en el pecho, en la espalda y en los muslos. Había también señales de mordidas en diversas partes del cuerpo. Es todavía muy juguetona, me dijo. Yo no terminaba de asombrarme. Y como está gente nómada no tiene sentido del pudor, allí estaban sonriendo la niña y el joven; y confirmaban con la cabeza todo lo que me contaban. Ocurrió que la niña se acostaba cada noche en el lecho del esposo y sólo jugaban un poco por aquí y por allá. Cosa que me avergüenza comentar. Y la niña le arañaba con fuerza en el pecho y en los muslos y le mordía como ya dije. Pero, el esposo, respetaba su corta edad y no la penetraba. Y resulta que la niña se sentía insatisfecha con esta situación. Así que, de cuando en cuando, le preguntaba al esposo por que no la penetraba según hacen los hombres con sus mujeres. El casto esposo le respondía: Eres todavía muy pequeña. Así que la niña vino a imaginar una treta para conseguir sus deseos. Cierta noche cogió un excremento seco de gato y lo metió en el lecho. Al llegar la noche, el esposo empezó a sentir un olor apestoso y preguntó: ¿De donde viene este olor apestoso? Y la niña inocente le dijo: No es más que una pequeña cagada de gato. Tira esto fuera de aquí, dijo el esposo. Y la niña respondió: Ya ves como una pequeña cagada de gato te hace enfadar con el olor, lo mismo que si fuera una cagada grande. Así que una niña pequeña te puede dar el mismo placer que una mujer crecida. Movido por estas razones, el esposo trató de probar estas palabras. Para ello, se sirvió en partes iguales de un poco de paciencia y otro poco de manteca, para tratar de ver si aquello era posible. Y cuenta el esposo que había razón en lo que la niña decía. Por eso, dijo el esposo, ahora la niña me araña y muerde con menos frecuencia. Pero, éstas son historias barbáricas de la Libia y no se pueden contar en Atenas. Pues los pueblos civilizados ven muy mal estas costumbres y sienten un gran horror al oírlas.


Autor: Leopoldo Perdomo





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Espero que haya sido placentera la lectura

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