Afrodisia

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De los conocimientos para hacer bien el amor

Modo penetrante

A las personas que no conocen el amor de Afrodita les da lo mismo penetrar a una oveja en celo que a la novia en la noche del himeneo. Y si hallaran el cerrojo virginal difícil de saltar, no tienen el menor reparo de penetrar a la novia por otra parte inmencionable. Pero, la persona civilizada, antes de llegar a penetrar a la virginal doncella, debe realizar, un par de veces cada día, los ejercicios de calentamiento que se describen en la parte decimocuarta de este tratado. Y así durante varios días, pues las doncellas núbiles no suelen tener bastante madurez para ser penetradas en el primer día de la boda.

Cuando los labios del novio han besado en la divina puerta de Afrodita, se debe aprovechar esa intimidad con la diosa, manifestándole el afecto y devoción que le tenemos. La lengua debe cumplir con sus deberes devotamente. De este modo, la diosa agradecida mantiene los labios encendidos durante horas y la fruta madura mucho antes.
    Al terminar cada una de las sesiones que se recomiendan, puede el novio añadir otro ejercicio colocando la cabeza del miembro en la puerta afrodisial. Una vez situada en su lugar, puede frotar en la ranura; pero, sin forzar la entrada. A lo sumo se permite una ligera presión. Con este jugueteo y estas frotaciones, en algún momento, puede ocurrir una emisión incontenible de fluídos afrodisios. Este produce un unte oportuno de la divina puerta. Este néctar tiene el poder de reblandecer los labios de la puerta y calentarlos. Con ello se refuerza el dulce hímeros de Afrodita y se van deshaciendo las ataduras internas dejadas por Atenea, la diosa virgen. En algún momento, vamos a decidir que está próximo el día de la penetración. Después de ejecutar fielmente los ejercicios de calentamiento, se coloca yacente el novio, recostando la espalda varonil sobre un rollo de manta. Queda, de este modo, el novio con la erecta flecha preparada. Se instruye a la núbil doncella, ya bien caldeada con los ejercicios anteriores, para que se coloque en posición semisedente sobre el cuerpo del esposo, con sus rodillas separadas; una por cada lado de la cintura. Deste modo, la doncella puede ir haciendo las debidas aproximaciones. Éstas tienen por fin unir la ruborosa puerta de Afrodita con la flecha tensa del Eros impaciente. Apoyándose en los hombros del varón, la novia tratará de poner ambas divinidades en contacto, y moverá su cuerpo de tal manera que se froten ambas sensibilidades, la una contra la otra, en una lenta caricia.
    Si nos invade el espíritu de la impaciencia, debemos ralentizarlo todo. Y si fuera preciso, se detiene por un tiempo el movimiento. Una vez ahuyentado ese espíritu maligno, se prosigue con los ejercicios anteriores. Éstos son unos ejercicios muy poderosos. Con ellos, la doncella se haya relajada y en recepción continua de emociones placenteras. El temor que podía padecer, por daños imaginados, emigra lejos de su mente. Es por eso que, en algún momento, la novia misma, con ayuda de su propio deseo, presionará sobre la tensa flecha, una y otra vez, con creciente confianza. Esto le permite sentir como penetra, lentamente, la dulce flecha y como expande su calor afrodisio, por entre los labios de Afrodita. No debe apresurarse la novia en este gozosa ventura, antes bien, debe tratar de llevarla con dulce lentitud. Deste modo, se prolonga esta sensación divina que nos envía Afrodita, en este devaneo penetrante. Así que la novia, unas veces eleva el cuerpo y otras desciende, con lento y pausado ritmo. Al elevarse se produce una suave extracción y al descender se sigue una lenta penetración. Estos movimientos se deben ser muy suaves para paladear mejor las sensaciones placenteras. Y se deben acompañar de discretos suspiros y gemidos que exaltan los placeres de este dulce vaivén. Sin ellos, la copulación estaría falta de los efectos sonoros que halagan el oído del hombre civilizado.

Las personas poco cultivadas tienden a resolver la penetración con gran prisa. Parece como si hubieran dado la alarma de incendio en la ciudad y tuvieran que salir huyendo. Este es un error propio de espartanos y novicios y no tiene disculpa en el hombre culto de nuestros días.

Si la doncella, debido a su natural inexperiencia, se moviera con más rapidez de la precisa, el avezado novio avisará a la novia para que se mueva lentamente. Y con sus manos poderosas, controlará el movimiento de la núbil esposa haciéndolo tan lento como sea posible. De este modo, se prolonga el placer afrodisio durante largo tiempo. Pero, es de sabios aceptar que estos ejercicios no se podrán prolongar mucho más allá de las tres marcas de una clepsidra . Pues existe un momento en que nos vemos invadidos por un espíritu, impaciente en extremo, al que ya no podemos domeñar.
    Esto quiere decir que, en cualquier momento, se producirá la emisión de los fluídos incontenibles. En ese momento, Afrodita nos envía como unos temblores placenteros que nos hacen estremecer los músculos y los sentidos. Y se sabe de novios devotos que han tenido una visión de la diosa sobre el techo de la cámara nupcial. Y la han visto desnuda retorciéndose de placer, y emitiendo jadeos y gemidos incontrolables. Por eso, si se llevan bien estos virtuosos ejercicios, tendremos cuando menos el placer de ver en este paroxismo a la dulce y núbil esposa. Y daremos por bien empleada la paciencia que hemos gastando en su educación afrodisia. Y aunque la esposa no se pueda nunca igualar a una diosa, no hay duda de que en muchas ocasiones se comporta como la diosa misma. Y no es para extrañarse, pues ha sido reblandecida por el arte de nuestros masajes, la ternura de nuestros besos y el halago virtuoso de nuestra lengua pericial en su divina puerta.


Autor: Leopoldo Perdomo




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