Afrodisia
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De los conocimientos para hacer bien el amor
Modo accedente
Por los conocimientos de
la erosofía, conseguimos que
la diosa Afrodita instale el dulce hímeros en el cuerpo de la
joven esposa; a la cual suponemos virgen. Para que pueda entrar, en ese
cuerpo, el espíritu de Afrodita, es preciso cierto conocimiento
del ritual. Con la ayuda de éste se pueden deshacer las ataduras
virginales y desmontar el cerrojo que bloquea la puerta del amor. De
eso es de lo que vamos a tratar.
De entrada, hay que tener en cuenta que "la
Divina Guerrera" tiene controlados todos los puntos sensibles, o
cálidos, de la
doncella. Esto es un problema. Ya que su espíritu es
antagónico al de Afrodita. El joven novio debe tratar de
verificar la fuerza de las ataduras virginales. Pues éstas
pueden ser más o menos severas. Una vez que entra la novia, en
la cámara nupcial, la sitúa sobre el lecho. En esta
postura, verás que la novia está rígida y
fría. Los diferentes pueblos han tratado de encontrar soluciones
a este problema con escaso resultado. Los tracios suelen emborrachar a
la novia en el día de la boda. De este modo, su cuerpo y sus
miembros se ablandan por la borrachera y esto las hace perder el miedo.
Pero, los físicos desaconsejan esa práctica porque las
novias quedan como adormiladas y desmadejadas. Además, es
frecuente que vomiten la borrachera o el exceso de comida en el mismo
lecho nupcial. Y esto parece un mal auspicio.
La mayoría de las bodas se celebran en
el mes más frío del año y esto tampoco facilita la
calefacción amorosa. Así que según sea el
frío y la rigidez de la novia así será el trabajo
que te espera. Lo primero que necesitas es una buena manta, ligera y
cálida, para aumentar el calor de la novia. Otra buena
precaución consiste en caldear con un buen fuego la
cámara nupcial o ayudarse con un buen brasero. Algunos
filósofos aconsejan aplazar la copulación hasta que
lleguen los calores de la primavera. Pero este consejo tiene escasa
aceptación entre los novios que suelen padecer de impaciencia
insobornable.
El hímeros afrodisio se debe transmitir
por los apéndices fríos del cuerpo. Estos están
poco vigilados por los conjuros de la diosa Atenea. De modo que si
besas a la virgen en los dedos, verás que lo acepta gustosa.
Ella siente el agradable calor de Afrodita que se penetra y asciende
por sus gráciles brazos. Esto agita momentáneamente su
corazón refrigerado por la magia de la diosa virgen. Igual
ocurre cuando le chupas el lóbulo auricular (de la oreja, en
palabras naturales). Este calorcillo penetra y le da una nueva
agitación al corazón helado por el conjuro.
A medida que se besan
los dedos de la doncella, se puede
seguir por el dorso de la mano. Y al besar el lóbulo auricular
se pueden poner los labios sobre el delgado cuello. Estos son senderos
distintos que confluyen y excitan un instante el corazón que se
va despertando de su letargo frigoral.
Para introducir el espíritu de la diosa
en el cuerpo virginal se precisa acelerar y caldear un tanto el
corazón. Esta aceleración cardiaca incrementa la
temperatura del cuerpo de la novia. Esto está verificado por los
físicos.
Decía que los
labios chupetean hábilmente el
lobulillo auricular. Algunos imprudentes suelen iniciar los chupeteos
en otro lobulillo, mucho más escondido, que raramente se
menciona en los tratados de física. Esto es una imprudencia que
puede tener consecuencias alarmantes; pues este sensible lobulillo
está severamente guardado por los sortilegios virginales de
Atenea, cuyo nombre sea por siempre bendito y alabado.
Para llegar hasta esa zona hipersensible, es
preciso construir antes una especie de Caballo de Troya. Esto nos
permitirá entrar al interior de la ciudad que está
protegida con los potentes hechizos.
A medida que los labios ascienden, besuqueando
la tersa y delicada piel de los brazos, el poder de la diosa Afrodita
se incrementa y esto acelera el corazón de la novia. Y
allí, en su sede central, el hímeros divino se va
lentamente creciendo. Esto caldea el cuerpo de un modo perceptible.
Cuando hemos actuado con
nuestros labios periciales sobre el
brazo izquierdo, debemos pasarnos al derecho. Y luego del lóbulo
izquierdo al lóbulo derecho. Y con la confluencia de estas
fuerzas cálidas, nos acercamos al leve pecho. Pues, al tratarse
de una virginal doncella, está poco hecho y es muy sensible. En
esta fase se deben besar los pechos bajo el filtro protector de la
túnica de lana. Y a través de este filtro, emitimos por
nuestra boca una serie de espíritus eróticos caldeados y
laboriosos. Estos irán acelerando y calentando el corazón
de la novia. Pero, más abajo del abdomen, todo sigue en estado
frigoral.
Es de su natural que esté el esposo al
lado de la novia. Y éste tiende a acariciar con sus manos
callosas por el lado proximal de la doncella. Y éste será
el izquierdo o el derecho según se dé la circunstancia.
Con estas caricias, persistentes por un lado solo, se puede crear un
desequilibrio térmico. Hay esposos que, por causa de esta
ignorancia, han provocado en la novia una [hemiplejia afrodisial].
Piense en los inconvenientes de tener una esposa caliente por el lado
derecho y fría por el izquierdo. Pues al fin y al cabo, el
hímeros divino tiene su sede en la púdica entrepierna. Y,
como todos saben, ésta queda equidistante de ambos lados;
según se deduce por el estudio de las leyes naturales. Por eso
se recomienda mantener la divina [isostasia], acariciando y besando,
ora por el lado derecho, ora por el izquierdo, para guardar el sentido
de la armonía.
Cuando se tienen
controlados ambos lados, en la parte
superior, es hora de avanzar con las manos hacia el centro del cuerpo y
la cintura. Para ello, el novio se sitúa a hojarcadas sobre el
cuerpo de la novia, pero sin abrumarla con el peso. Luego se masajea
con ambas manos, al estilo de los lidios; maestros en el arte del
manoseo erótico. Esto calienta el tronco virginal de un modo
simétrico. Cosa muy recomendable, según hemos comentado.
Pero, hasta ahora, sólo tenemos caldeada la parte superior del
cuerpo. La central afrodisia y los miembros inferiores siguen
fríos y controlados por el sortilegio de Atenea.
Se debe empezar por los
dedos de ambos pies, que
estarán helados, chupeteando un rato por el izquierdo, y luego
por el derecho. Y en sentido ascendente se debe ir pasando por ambas
pantorrillas. Las vibraciones cálidas, que esta
excitación genera, van ascendiendo por ambas extremidades y
envían noticias del evento al corazón. Esto incrementa su
pulso y se acelera, aumentando la temperatura del cuerpo virginal.
Situado el novio en el punto del chupeteo de
los pies, es recomendable apartarlos con discreción, quedando el
novio entre ambas piernas. En esta posición está bien
colocado para ascender, en el dulce besuqueo, hacia la sede central.
Estas tareas se deben hacer bajo la cúpula protectora de la
manta de lana. Pero existe un momento en qué el calor se puede
volver insoportable. Esta es justa la ocasión para quitarle a la
novia la túnica nupcial. Se vuelve a colocar por encima la
manta, no vaya a ocurrir que baje la temperatura y se eche a perder
todo el trabajo.
Se sigue con el besuqueo de ambos muslos,
alternando entre uno y otro, y ascendiendo lentamente en
dirección a la dulce puerta de Afrodita. Pero, el novio debe ir
acompañando los besos con jadeos amorosos y dulces gemidos. De
este modo, la novia va aprendiendo algo sobre la orquestación
sonora del amor.
A estas alturas del proceso, la doncella
virginal debe haber entreabierto las piernas, de modo tal que forme un
[triángulo isósceles]; preciso y suficiente. Es decir,
que el ángulo no será menor de un tercio de cuadrante, ni
muy superior a dos. Si la doncella no se entreabriera según el
ángulo previsto, a medida que se avanza besando entre ambos
muslos, estos se van separando discretamente.
La temperatura creada
por las virtudes de la manta y el halago
pericial de los labios y la lengua, nos van a permitir el olfateo
placentero de los efluvios que ya surgen del cuerpo virginal. Y esto ya
es una señal de que Afrodita nos gratifica con este dulce
mensaje.
A medida que se llega
con los besos a la zona frontera con la
puerta de Afrodita, se salta discretamente más arriba y se
besuquea la zona del ombligo y se avanza luego hasta el monte
afrodisio. Se va besuqueando con pasión la piel de la novia
virginal para elevar la temperatura del hímeros genital. Luego,
se da un nuevo salto hacia la medianía de los muslos, besando
cada uno por su cara interior. Y de nuevo se avanza en dirección
al templo de Afrodita. Pero, al llegar a la zona frontera, donde yace
la puerta afrodisial, el varón bien educado se desvía
pudoroso, ora por un lado, ora por el otro; sin osar tamaño
atrevimiento. No se debe adorar a la diosa en su divina puerta sin
recibir la señal propicia. Ésta llegará cuando el
esposo sienta la mano de la novia empujando suavemente la cabeza
dubitativa. Esa es la señal, que nos envía Afrodita,
indicando su permiso para halagarla con la máxima dulzura en el
atrio de su divino templo.
Pero el novio, que
conoce la etiqueta social y los buenos
modales, sabe que nadie habla de estas cosas que aquí se
comentan. Pues son parte del secreto de las artes afrodisias. Y que
estas delicadezas están vedadas a la plebe, inculta por
naturaleza, y a las personas impías.
Las personas dominadas
por las doctrinas de la castidad, la
filosofía pedante, el exceso de gramática, la
retórica, la geometría, la astrología, el comercio
o el atletismo, tienen embotada la sensibilidad afrodisia y sus
placeres copulativos son rápidos, superficiales y de escasa
frecuencia.
Todo lo escrito en esta
parte, parece pensado para las novias
de reciente matrimonio. Debo decir que en poco tiempo, cualquier novia
se convierte pronto en una experta en las artes del amor. Y cuando esto
ocurre, está ansiosa deseando que llegue su esposo a casa,
dejando atrás las interminables discusiones en el foro. Tanta
pasión y deseo pueden poner en esto que algunos maridos se
sienten agobiados ante la esposa insaciable.
La cosa cambia a medida que la mujer se ve
agobiada de trabajo y por los repetidos partos y preñeces. Se
dice que muchas esposas, pierden su ardor juvenil y se cansan de tanta
copulación. Suele ocurrir que llega el esposo, excitado con la
contemplación de los orondos traseros de las bailarinas, y se
acerca por el gineceo y llama a su mujer. Ésta llega
refunfuñando algo sobre maridos insaciables que no piensan en
otra cosa. Y aquí es donde se define la diferencia entre el
esposo inspirado por Afrodita y el hombre vulgar. El hombre vulgar va
directo a la cópula como si fuera un impaciente soldado. De este
modo, Afrodita se siente rechazada y utilizada con fines
egoístas. Es por eso que la esposa pierde la inspiración
de Afrodita y en su lugar se ve dominada por el espíritu de
Atenea que abomina de las copulaciones. De modo que mi consejo a los
esposos es que nunca dejen de adorar a la diosa del amor en el cuerpo
de sus mujeres. Que nunca vayan directo a la cópula sin
más, si no que acaricien a la esposa con dulzura y con calma,
durante mucho tiempo. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero,
nunca empiecen por las partes más sensibles. Los conjuros de
Atenea siempre están guardando esos santos lugares. Cuando el
esposo siente la excitación de su mujer, no se lance de
inmediato a copular. Afrodita ya está cerca de su cuerpo pero
los conjuros de Atenea no se han soltado del todo. En este punto es
hora de besar a la novia con mucho ardor, para que penetre totalmente
el espíritu de Afrodita y la caliente en todas sus partes. Y,
como ya indiqué en otro lugar, los besos se deben acercar
lentamente desde las partes más frías en dirección
a las más calientes. Y con estos ejercicios piadosos, el
espíritu de Afrodita se va centrando más en el templo del
amor y del deseo. Y llega un momento que la excitación y los
temblores de la diosa te anuncian que ha llegado la hora. Y que Atenea
ha salido huyendo de este lugar sagrado, fuente de placeres inagotables.
Autor: Leopoldo Perdomo
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