Afrodisia

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De los conocimientos para hacer bien el amor

Cuando una virgen es acordada en matrimonio, llega al lecho de su nuevo esposo bajo el frígido control de la diosa virgen. Estas doncellas núbiles, apenas tienen media docena de insignificantes vellos, cuando ya las conducen al himeneo. De modo que llegan al lecho nupcial completamente dominadas por las ataduras virginales y por eso se muestran temerosas; pues la virtud atenea no predice ni canta los placeres sensitivos de Afrodita, sino dolores, desgarros e incómodas preñeces.
     La mayoría de los novios son unos ignorantes que no pasan por los cursillos que se dan en el templo de Afrodita. Así que llegan al lecho nupcial como soldados violadores en tiempos de guerra. Y no digo nada más; porque las cosas que hacen son un gran anatema para la diosa. Pero, a pesar de todo, las doncellas núbiles están prestas a entregarse en sacrificio ante la ruda virilidad de sus esposos. Y lo hacen, por el bien de la Patria, siguiendo los consejos de Atenea. Para que Atenas tenga soldados valientes que la defiendan de sus enemigos. Amén.

Los griegos nos creemos cultos y civilizados porque somos buenos navegantes y comerciamos con todos los puertos del mundo. Pero, el temor a los excesos natalicios hace que encerremos a las mujeres en los gineceos donde hilan y tejen eternamente. Al mismo tiempo, tenemos unas leyes muy severas contra el adulterio para proteger la casta virtud de las esposas, tan proclives al devaneo. Estas mismas leyes protegen también a las doncellas y las esclavas de la casa. Así cualquiera sabe el peligro al que se expone, máxime, si considera que por un par de óbolos, puede saciar sus ardores con una puta.
    Además, si no encuentras una doncella rica, no tendrás una dote decente y se hace difícil ahorrar de la paga para comprar o alquilar una vivienda. Al tener estas dificultades para casarse, la gente acaba criticando a las mujeres groseramente. Así sucede que siguiendo las costumbres aristocráticas, en lugar de ir de putas, muchos prefieren cortejar y persuadir a algún efebo para aliviar con ellos el ardor erótico que los enloquece. Por eso muchos dicen: "es preferible el amor de un efebo al de una mujer". Pero, en estos tiempos, tan materialistas, los efebos están muy consentidos. Y ya no se conforman con algún regalo simbólico, sino que quieren que se les pague en decenas de dracmas y que los inviten a las fiestas y los banquetes.
    De modo que sólo los ciudadanos pudientes pueden darse el gusto de perseguir a los efebos. La gente modesta se tiene que conformar con las putas de bajo costo. Porque las putas más finas y filosóficas, llamadas heteras, sólo están disponibles para la gente adinerada.

En las charlas del gimnasio, nuestros jóvenes aprenden las ideas autorizadas por el concilio de los arcontes. Allí se enteran que el hombre puede caer bajo las artes amorosas de la mujer y quedar convertido en su esclavo. Y que un hombre libre se debe acercar a la mujer con mucha cautela para no perder su libertad. Con tal fin, el hombre casado debe limitarse a aliviar el fuego del deseo de un modo rápido. Debe hacerlo sin quitarse la túnica de lana y echarse luego a dormir. Asimismo, se dice que el amor, solo debe hacerse en la oscuridad de la noche. Pero, al recién casado le está permitido copular en las horas diurnas de su primer día de casado. Porque si el casado estuviera todo el día copulando, ¿cómo podría ocuparse de sus asuntos económicos y las asambleas políticas? Además, los filósofos y los entrenadores, saben que la mucha copulación reblandece la médula espinal que sostiene la estructura ósea. Pues, los humores, eyaculados en la copulación, provienen de la médula espinal del guerrero. Es por eso que se debilita y reblandece. Pero, los físicos jonios, influidos por las ideas persas, dicen que la eyaculación procede del hígado mismo; el cual se debilita con estos excesos. Los persas lo achacan todo al hígado.
     Algunos efebos que han tenido la suerte de casarse jóvenes, faltan con frecuencia a los servicios de guardia en las puertas y murallas de la ciudad. Y tienen tanto apego por el lecho nupcial que hay que ir a su casa a buscarlos con una guardia. Y luego, por su bien, se les castiga, dejándolos una semana sin volver a casa. Los oficiales dicen que estos jóvenes se vuelven afeminados con tanta copulación. Y que son muy jóvenes para estos excesos que debilitan la fibra guerrera y la osamenta.
     Los libertinos, por el contrario, hacen alarde de despreciar todas las ideas oficiales. Pero, esto lo hacen en la discreción de las tabernas, protegidos tras unas copas de vino. Estas cosas no se atreven a decirlas en el ágora o delante de los filósofos o los pedotribas . Estos libertinos, para escandalizar a las personas decentes, dicen que gustan de meter la mano en la entrepierna de la mujer. Esto hace que cualquier novicio se quede asombrado. Porque en ese escondido orificio sólo se mete el miembro autorizado. ¿Cómo es que lo haces? ¿No tienes miedo a contraer una enfermedad? Pero, el libertino es hombre de mundo y explica que no pasa nada, a condición de que uses sólo la mano izquierda. Jamás se te ocurra hacerlo con la derecha. Este libertino alardea también de copular en pleno día. Dice que la hora mejor es por la tarde o a media mañana. Y ante estas afirmaciones, todo el mundo se queda mudo de asombro y nadie es capaz de decir una palabra. El libertino añade que sólo le gusta copular con la mujer completamente desnuda. Y que copular con una mujer vestida, según ordena el canon de la decencia, es igual que copular con una oveja. Y los clientes de la taberna se ríen nerviosos al oír un lenguaje tan atrevido. Cuando aparece alguna puta por la taberna, le pregunta el precio del servicio y ésta responde, cinco óbolos más la cama. Y el libertino se burla diciendo, por ese precio te tienes que quitar hasta el sostén. ¡Desvergonzado!, responde la puta. ¿Cómo te atreves a decir estas cosas en público? Ésta es una taberna decente. ¡A donde iremos a parar con este libertinaje!

Así son las ideas y las supersticiones de mis compatriotas que tienen dura la mollera. Cuando viajan por el extranjero tampoco se enteran de nada. Pues salen de las tabernas del puerto para meterse en los burdeles. Su poco gusto por el estudio les impide aprender lenguas extranjeras. Y tampoco lo desean. Y es que todas las familias no pueden pagar un buen gramático para sus hijos. Y los gramáticos mal pagados usan mucho de la fusta con los estudiantes pobres. De esta manera, se ven faltos de ambición por aumentar sus conocimientos. Y así no pueden hablar con las personas educadas de otros países y no aprenden nada nuevo.

Los cursillos del buen amor se imparten por las sacerdotisas de Afrodita en su escondido templo. Este es un lugar poco frecuentado por [los turistas] extranjeros que ya sólo visitan el Partenón: el templo de la diosa virgen. El templo de Afrodita es poco conocido en estos tiempos. Y es que la ciudad está [abarrotada] de gente, de esclavos y de metecos . Son tantos ya que no hay arroyos suficientes en toda el Ática para beber y lavarse tanta gente. Por eso, nadie quiere propagar la erosofía; la doctrina del buen amor. Somos ya demasiados. Así que, en estos tiempos, no se le habla a la gente, ni [a los turistas siquiera], del discreto templo de Afrodita. De esto se desprende que estos escritos me comprometen. Pues los arcontes no desean que se propague la erosofía.


Autor: Leopoldo Perdomo




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