Afrodisia
--11--
Sobre la liturgia del Rey del Año Nuevo
Y otros misterios afrodisios
En los tiempos actuales,
el santuario de Afrodita en Chipre
está regido por una sacerdotisa muy bella. Y todos los
años, en el equinoccio de primavera, se organiza un baño
sagrado para regenerar su virginidad. Esto es necesario porque, al cabo
de un año, esta virtud se queda muy desgastada por las numerosas
obligaciones del oficio.
De este modo milagroso, la sacerdotisa puede
empezar el año ofreciendo su virginidad reconstituida al Rey del
Año Nuevo que comienza su reinado en ese día. El Rey
Viejo aparece con una máscara portadora de enormes cuernos
bovinos. Estos cuernos simbolizan el desgaste de su atractivo
erótico; pues su miembro viril ha perdido ya gran parte de su
fuerza primigenia. Deste modo enmascarado, el Rey del Año Viejo
comienza la Danza de la Muerte. Y está danzando durante horas
hasta que llegan unas mujeres enfurecidas y dando gritos que agitan en
sus manos puñales de pedernal. Entre todas rodean al Viejo Rey y
lo apuñalan. Luego, éste yace como muerto en el suelo,
las mujeres hacen gestos de descuartizarlo y van echando los pedazos
simbólicos a la hoguera. El sabio Herodonte dice que esta es una
antigua danza anual que simboliza el sacrificio ritual del Viejo Rey,
cuyo reinado duraba solo un año en tiempos remotos. Al cumplir
su tiempo lo mataban y lo asaban en una hoguera.
Mientras echan los trozos
simbólicos del
Rey Viejo a la hoguera, se van cociendo en unos peroles de barro toda
clase de mariscos, centollas y langostas. Pero, los calamares y las
jibias se fríen en aceite de oliva. Todos estos alimentos
están bendecidos por la diosa Afrodita y tienen el poder de
hinchar y levantar el hímeros del varón y ponerlo recio.
Y también generan un calor íntimo y una inquietud
ingobernable en la casta entrepierna de las esposas, las doncellas y
las esclavas. Muchos ancianos, ya débiles por la edad, vienen a
esta fiesta para disfrutar deste milagro primaveral. Pues tiene fama
esta fiesta de endurecer las carnes más flácidas que te
puedas imaginar.
Con motivo de la fiesta, empieza la
mañana con grandes expectativas y muy buen humor de todos. En
este día no se castiga ni se azota a nadie, ni se dicen
ásperas palabras. Y se toleran con una sonrisa las insolencias
de los criados y los esclavos que en otros días del año
les hubieran costado un buen disgusto.
Cuando las familias llegan al santuario de
Afrodita para la fiesta, todas juntas van comiendo de lo que traen y lo
intercambian con la comida que traen otras. Pero, sobre todo, comen de
los manjares afrodisios marinos que se cuecen en las perolas. Que esto
se consume como regalo de la diosa. Y los hombres libres comen junto
con los esclavos de la casa; las mujeres se juntan con las vecinas, las
esclavas y los niños. Y hasta los mendigos alcanzan algo en
competencia con los perros en esta fiesta. Porque es un día de
amor y en él se olvidan las ataduras, los rencores y los azotes.
En un día tan señalado, los
esposos le echan un ojo lujurioso a la esposa de algún vecino,
las esposas coquetean con otros varones y hasta puede que miren con
deseos desenfrenados a algún esclavo nubio si estuviera
disponible en la fiesta. Los niños mismos, inspirados por la
diosa, van por ahí y se meten entre las piernas de las doncellas
virginales. Porque este es un día feliz, donde se aceptan todas
las infracciones a los buenos modales y las castas costumbres. Es una
fiesta familiar, llena de sincera alegría. Los niños que
nacen con motivo de estas copulaciones no son hijos legítimos,
pero suelen ser muy bien queridos por todos. De ellos se dice,
"éste fue engendrado en la fiesta de Afrodita" y se afirma
rotundamente: "este niño tendrá mucha suerte en la vida".
El Rey del Año Nuevo, se presenta con
guirnaldas en la cabeza. Y aparece desnudo, en lo alto del altar de
piedra, para mostrar su belleza juvenil. Y nos va enseñando,
sucesivamente, sus fuertes brazos, sus muslos poderosos, sus potentes
pectorales y sus abultados atributos, que han quedado enardecidos por
los masajes de las ninfas. Luego, el joven se da unas vueltas para que
podamos admirar sus potentes dorsales y su piel bien tostada que brilla
con los rayos del sol.
Este brillo de su piel
le viene de los aceites con que han
ungido al muchacho para la fiesta. Esto lo han hecho, de un modo
placentero y meticuloso, las tres Ninfas de las Estaciones.
Éstas frotaron con entusiasmo y con deleite los abultados
músculos del joven que se ponía duro como el acero. Y
habrían seguido frotando gozosas, durante días y
días, si no fuera porque las normas festivas obligan a las
ninfas a terminar de una vez con estos masajes.
La apoteosis de la
fiesta ocurre cuando ya todos han comido y
bebido bastante y aparece la sacerdotisa. Ésta llega con su
virginidad reconstituida totalmente por la virtud milagrosa de la
liturgia. Y aparece, digo, fulgurante en sus níveos velos.
Asciende majestuosa, por una escalera, hasta lo alto del altar como si
fuera una diosa. Y es que, en este momento, es una
transfiguración de la diosa misma. Pues Afrodita, vive en el
cuerpo mismo de la sacerdotisa. Allí la recibe el Nuevo Rey que
se postra ante ella de rodillas y mete su cabeza por entre los velos
virginales. Y allí permanece unos minutos, con el rostro
sumergido entre los velos, adorando el santo misterio. Mientras
así medita, la diosa le acaricia con sus dulces manos los rizos
de su cabeza. Luego, separando discretamente los velos, acerca la
cabeza del joven hacia el atrio afrodisio que emite poderosos efluvios.
Luego, se acomodan sobre un mullido lecho. Y allí, delante de
todos, el Nuevo Rey, con su lengua bien entrenada, halaga con virtud
pericial el misterio de Afrodita. Y las pruebas de su pericia se
certifican por los gemidos de la diosa. Ella manifiesta de este modo su
satisfacción por un trabajo hecho con gran esmero y mucha
devoción.
Termina la ceremonia con
un acto copulativo magistral entre la
diosa del Amor y el Rey del Año Nuevo. Y el tempo se acelera por
momentos y se llena con gemidos intensos y jadeos amorosos. Pero,
luego, todo se ralentiza durante unos minutos y se inmoviliza el tiempo
y se paran los latidos del corazón. Y el sol se detiene en su
caída hacía el poniente. Pero, lentamente, vuelven las
aceleraciones, los gemidos y los jadeos a hendir el aire. Y así
una y otra vez, hasta que concluye la ceremonia en una
exhibición de emociones incontrolables que los mortales no
conseguimos igualar. Y esto ocurre justo en el momento en que se pone
el sol tras la línea remota del mar. Y todos quedamos conmovidos
por la emoción religiosa. Y no es de extrañar que la
muchedumbre se quede en este lugar sagrado para pasar la noche.
Un gran misterio se apodera de las almas bajo
la luz de la luna y una inquietud inmensa se agita en la púdica
entrepierna de los mortales. Éstos sienten la presencia de los
espíritus eróticos y lascivos que revolotean por el aire.
Por eso, vagan inquietos en la oscuridad de un lugar para otro. Buscan
un consuelo para las inquietudes que habitan en su entrepierna. Los
varones buscan alguna doncella, o una ninfa selvática. Y lo
mismo aceptarían a una ninfa riberina, o fontanal, o cualquier
otro ser ranurado, para derramar, en su cálido nido, los
fluídos afrodisios inagotables, una y otra vez. Las doncellas
también esperan encontrar un alivio, con buenas proporciones,
para suavizar el ardor equinoccial. Y esta inquietud se acrecienta con
los abundantes gemidos de amor que hienden el aire. Y por el olfateo
excitante de los efluvios que se transportan en la brisa. Y hasta las
palpitaciones del corazón parecen dejarle a uno sordo; pues
éste se desboca locamente con la magia de esta noche milagrosa.
Se recomienda, en esta
noche, llevar algún amuleto
protector de ese orificio que sea por siempre salvo. Esto puede
protegernos del asalto de algún sátiro incontinente,
cuando nos hallamos en una postura vulnerable.
Se dice de alguno que, distraído en las
faenas amorosas, se vio asaltado por detrás. De modo que
algún desesperado, o algún sátiro insaciable y
poderoso, le penetró bruscamente por ese lugar inmencionable. Y
esto le deja para siempre un escozor y un ardor de muy difícil
curación. Hay un dicho que afirma: Si un sátiro te
penetra por ese lugar nefando, te deja dentro unos espíritus
lascivos insaciables. Como consecuencia de esta mala ventura, te
pasarás toda la vida buscando, inútilmente, un alivio
para esos deseos inagotables con nuevas y frecuentes penetraciones. Ya
no desearás otra cosa con más ardor en la vida.
A la mañana
siguiente, el frío de la madrugada
ya los ha mandado a todos a sus casas, agotados por los excesos. Y se
pueden observar los restos de la fiesta esparcidos por el entorno. Los
perros van dando cuenta de lo que aún queda, los cuervos
también picotean esto y lo otro, y las gaviotas aprovechan la
ocasión de picar algo. Y se pueden vislumbrar algunos
paños íntimos extraviados. Un taparrabos perdido por
aquí y otro por allá. Unas bragas por este lado o por el
otro. Algunas ánforas rotas y los restos de marisco esparcidos
por todo el prado.
Autor: Leopoldo
Perdomo
|