Afrodisia

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Sobre la liturgia del Rey del Año Nuevo

Y otros misterios afrodisios

En los tiempos actuales, el santuario de Afrodita en Chipre está regido por una sacerdotisa muy bella. Y todos los años, en el equinoccio de primavera, se organiza un baño sagrado para regenerar su virginidad. Esto es necesario porque, al cabo de un año, esta virtud se queda muy desgastada por las numerosas obligaciones del oficio.
    De este modo milagroso, la sacerdotisa puede empezar el año ofreciendo su virginidad reconstituida al Rey del Año Nuevo que comienza su reinado en ese día. El Rey Viejo aparece con una máscara portadora de enormes cuernos bovinos. Estos cuernos simbolizan el desgaste de su atractivo erótico; pues su miembro viril ha perdido ya gran parte de su fuerza primigenia. Deste modo enmascarado, el Rey del Año Viejo comienza la Danza de la Muerte. Y está danzando durante horas hasta que llegan unas mujeres enfurecidas y dando gritos que agitan en sus manos puñales de pedernal. Entre todas rodean al Viejo Rey y lo apuñalan. Luego, éste yace como muerto en el suelo, las mujeres hacen gestos de descuartizarlo y van echando los pedazos simbólicos a la hoguera. El sabio Herodonte dice que esta es una antigua danza anual que simboliza el sacrificio ritual del Viejo Rey, cuyo reinado duraba solo un año en tiempos remotos. Al cumplir su tiempo lo mataban y lo asaban en una hoguera.

    Mientras echan los trozos simbólicos del Rey Viejo a la hoguera, se van cociendo en unos peroles de barro toda clase de mariscos, centollas y langostas. Pero, los calamares y las jibias se fríen en aceite de oliva. Todos estos alimentos están bendecidos por la diosa Afrodita y tienen el poder de hinchar y levantar el hímeros del varón y ponerlo recio. Y también generan un calor íntimo y una inquietud ingobernable en la casta entrepierna de las esposas, las doncellas y las esclavas. Muchos ancianos, ya débiles por la edad, vienen a esta fiesta para disfrutar deste milagro primaveral. Pues tiene fama esta fiesta de endurecer las carnes más flácidas que te puedas imaginar.
    Con motivo de la fiesta, empieza la mañana con grandes expectativas y muy buen humor de todos. En este día no se castiga ni se azota a nadie, ni se dicen ásperas palabras. Y se toleran con una sonrisa las insolencias de los criados y los esclavos que en otros días del año les hubieran costado un buen disgusto.
    Cuando las familias llegan al santuario de Afrodita para la fiesta, todas juntas van comiendo de lo que traen y lo intercambian con la comida que traen otras. Pero, sobre todo, comen de los manjares afrodisios marinos que se cuecen en las perolas. Que esto se consume como regalo de la diosa. Y los hombres libres comen junto con los esclavos de la casa; las mujeres se juntan con las vecinas, las esclavas y los niños. Y hasta los mendigos alcanzan algo en competencia con los perros en esta fiesta. Porque es un día de amor y en él se olvidan las ataduras, los rencores y los azotes.
    En un día tan señalado, los esposos le echan un ojo lujurioso a la esposa de algún vecino, las esposas coquetean con otros varones y hasta puede que miren con deseos desenfrenados a algún esclavo nubio si estuviera disponible en la fiesta. Los niños mismos, inspirados por la diosa, van por ahí y se meten entre las piernas de las doncellas virginales. Porque este es un día feliz, donde se aceptan todas las infracciones a los buenos modales y las castas costumbres. Es una fiesta familiar, llena de sincera alegría. Los niños que nacen con motivo de estas copulaciones no son hijos legítimos, pero suelen ser muy bien queridos por todos. De ellos se dice, "éste fue engendrado en la fiesta de Afrodita" y se afirma rotundamente: "este niño tendrá mucha suerte en la vida".
    El Rey del Año Nuevo, se presenta con guirnaldas en la cabeza. Y aparece desnudo, en lo alto del altar de piedra, para mostrar su belleza juvenil. Y nos va enseñando, sucesivamente, sus fuertes brazos, sus muslos poderosos, sus potentes pectorales y sus abultados atributos, que han quedado enardecidos por los masajes de las ninfas. Luego, el joven se da unas vueltas para que podamos admirar sus potentes dorsales y su piel bien tostada que brilla con los rayos del sol.

Este brillo de su piel le viene de los aceites con que han ungido al muchacho para la fiesta. Esto lo han hecho, de un modo placentero y meticuloso, las tres Ninfas de las Estaciones. Éstas frotaron con entusiasmo y con deleite los abultados músculos del joven que se ponía duro como el acero. Y habrían seguido frotando gozosas, durante días y días, si no fuera porque las normas festivas obligan a las ninfas a terminar de una vez con estos masajes.

La apoteosis de la fiesta ocurre cuando ya todos han comido y bebido bastante y aparece la sacerdotisa. Ésta llega con su virginidad reconstituida totalmente por la virtud milagrosa de la liturgia. Y aparece, digo, fulgurante en sus níveos velos. Asciende majestuosa, por una escalera, hasta lo alto del altar como si fuera una diosa. Y es que, en este momento, es una transfiguración de la diosa misma. Pues Afrodita, vive en el cuerpo mismo de la sacerdotisa. Allí la recibe el Nuevo Rey que se postra ante ella de rodillas y mete su cabeza por entre los velos virginales. Y allí permanece unos minutos, con el rostro sumergido entre los velos, adorando el santo misterio. Mientras así medita, la diosa le acaricia con sus dulces manos los rizos de su cabeza. Luego, separando discretamente los velos, acerca la cabeza del joven hacia el atrio afrodisio que emite poderosos efluvios. Luego, se acomodan sobre un mullido lecho. Y allí, delante de todos, el Nuevo Rey, con su lengua bien entrenada, halaga con virtud pericial el misterio de Afrodita. Y las pruebas de su pericia se certifican por los gemidos de la diosa. Ella manifiesta de este modo su satisfacción por un trabajo hecho con gran esmero y mucha devoción.

Termina la ceremonia con un acto copulativo magistral entre la diosa del Amor y el Rey del Año Nuevo. Y el tempo se acelera por momentos y se llena con gemidos intensos y jadeos amorosos. Pero, luego, todo se ralentiza durante unos minutos y se inmoviliza el tiempo y se paran los latidos del corazón. Y el sol se detiene en su caída hacía el poniente. Pero, lentamente, vuelven las aceleraciones, los gemidos y los jadeos a hendir el aire. Y así una y otra vez, hasta que concluye la ceremonia en una exhibición de emociones incontrolables que los mortales no conseguimos igualar. Y esto ocurre justo en el momento en que se pone el sol tras la línea remota del mar. Y todos quedamos conmovidos por la emoción religiosa. Y no es de extrañar que la muchedumbre se quede en este lugar sagrado para pasar la noche.

     Un gran misterio se apodera de las almas bajo la luz de la luna y una inquietud inmensa se agita en la púdica entrepierna de los mortales. Éstos sienten la presencia de los espíritus eróticos y lascivos que revolotean por el aire. Por eso, vagan inquietos en la oscuridad de un lugar para otro. Buscan un consuelo para las inquietudes que habitan en su entrepierna. Los varones buscan alguna doncella, o una ninfa selvática. Y lo mismo aceptarían a una ninfa riberina, o fontanal, o cualquier otro ser ranurado, para derramar, en su cálido nido, los fluídos afrodisios inagotables, una y otra vez. Las doncellas también esperan encontrar un alivio, con buenas proporciones, para suavizar el ardor equinoccial. Y esta inquietud se acrecienta con los abundantes gemidos de amor que hienden el aire. Y por el olfateo excitante de los efluvios que se transportan en la brisa. Y hasta las palpitaciones del corazón parecen dejarle a uno sordo; pues éste se desboca locamente con la magia de esta noche milagrosa.

Se recomienda, en esta noche, llevar algún amuleto protector de ese orificio que sea por siempre salvo.  Esto puede protegernos del asalto de algún sátiro incontinente, cuando nos hallamos en una postura vulnerable.
     Se dice de alguno que, distraído en las faenas amorosas, se vio asaltado por detrás. De modo que algún desesperado, o algún sátiro insaciable y poderoso, le penetró bruscamente por ese lugar inmencionable. Y esto le deja para siempre un escozor y un ardor de muy difícil curación. Hay un dicho que afirma: Si un sátiro te penetra por ese lugar nefando, te deja dentro unos espíritus lascivos insaciables. Como consecuencia de esta mala ventura, te pasarás toda la vida buscando, inútilmente, un alivio para esos deseos inagotables con nuevas y frecuentes penetraciones. Ya no desearás otra cosa con más ardor en la vida.

A la mañana siguiente, el frío de la madrugada ya los ha mandado a todos a sus casas, agotados por los excesos. Y se pueden observar los restos de la fiesta esparcidos por el entorno. Los perros van dando cuenta de lo que aún queda, los cuervos también picotean esto y lo otro, y las gaviotas aprovechan la ocasión de picar algo. Y se pueden vislumbrar algunos paños íntimos extraviados. Un taparrabos perdido por aquí y otro por allá. Unas bragas por este lado o por el otro. Algunas ánforas rotas y los restos de marisco esparcidos por todo el prado.


Autor: Leopoldo Perdomo





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Espero que haya sido placentera la lectura

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