Afrodisia--10--De la princesa Europa y el Divino ToroOtras metamorfosis
sufrió Zeus Poderoso movido por el
Eros, mensajero de Afrodita. Pero, ninguna fue más comentada que
la seducción de la princesa Europa. Para esta aventura, se
transformó en un hermoso toro de bella musculatura y ojos
enamorados. El divino animal tenía un pelo blanco como la nieve,
unos cuernos rutilantes, que lucían como el oro. También
tenía una raya obscura en medio de la frente. Todos estos son
signos inequívocos que delatan la presencia de un toro divino.
Pero había más cosas que, por pudor, no comentan los
poetas. Tenía, este animal portentoso, unos excitantes atributos
genitales que exhalaban efluvios embriagadores. Y al contemplar
arrobada aquellos atributos, tan bien puestos y tan bien medidos, y al
llenarse el pecho de la princesa con la dulzura de aquellas emanaciones
sutiles, se volvió loca de pasión. Aquella noche no
podía conciliar el sueño y no hacía más que
dar vueltas en su lecho. Estaba obsesionada con aquella divinidad de
taurina apariencia. Y sin pensárselo más, se
descolgó por una atadura, hecha con finísimos lienzos,
desde una ventana del palacio. Una vez en el suelo, se fue rauda hasta
los prados donde pastaba el toro que la tenía desvelada. Y bajo
la luz de la luna, los enamorados se reconocieron en el silencio de la
noche. Sólo las estrellas y el resto del ganado tuvieron la
fortuna de presenciar el misterio copulativo. Es por eso que nadie sabe
como se llevó a buen fin esta hazaña amorosa entre el
dios y la princesa. Dicen los glosadores
que Europa era una princesa de mucho
carácter. Es por eso que no se lo pensó demasiado.
Aquella misma noche abandonó todas sus riquezas, dejó a
su padre y a sus hermanos, y se fue del palacio para fugarse a Creta
con el toro. En aquellas tierras liberales, pudo disfrutar en paz con
las virtudes y los prodigios de aquel toro divino. Era tal el portento
que inspiraba el magnífico animal que nadie hizo el menor
comentario malicioso. Fueron muy felices y tuvieron tres hijos
semi-divinos: Minos, Rodamantus y Sarpedon. Y éstos fueron muy
alabados por los poetas que no se perdían la ocasión de
asistir a todos los banquetes para comer y cantar. Autor: Leopoldo Perdomo |