Afrodisia

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De la princesa Europa y el Divino Toro

Otras metamorfosis sufrió Zeus Poderoso movido por el Eros, mensajero de Afrodita. Pero, ninguna fue más comentada que la seducción de la princesa Europa. Para esta aventura, se transformó en un hermoso toro de bella musculatura y ojos enamorados. El divino animal tenía un pelo blanco como la nieve, unos cuernos rutilantes, que lucían como el oro. También tenía una raya obscura en medio de la frente. Todos estos son signos inequívocos que delatan la presencia de un toro divino. Pero había más cosas que, por pudor, no comentan los poetas. Tenía, este animal portentoso, unos excitantes atributos genitales que exhalaban efluvios embriagadores. Y al contemplar arrobada aquellos atributos, tan bien puestos y tan bien medidos, y al llenarse el pecho de la princesa con la dulzura de aquellas emanaciones sutiles, se volvió loca de pasión. Aquella noche no podía conciliar el sueño y no hacía más que dar vueltas en su lecho. Estaba obsesionada con aquella divinidad de taurina apariencia. Y sin pensárselo más, se descolgó por una atadura, hecha con finísimos lienzos, desde una ventana del palacio. Una vez en el suelo, se fue rauda hasta los prados donde pastaba el toro que la tenía desvelada. Y bajo la luz de la luna, los enamorados se reconocieron en el silencio de la noche. Sólo las estrellas y el resto del ganado tuvieron la fortuna de presenciar el misterio copulativo. Es por eso que nadie sabe como se llevó a buen fin esta hazaña amorosa entre el dios y la princesa.
    El mismo Hesíodo, en sus escritos, guarda un púdico silencio sobre las cosas que pasaron en esa noche memorable. Pero, las personas piadosas pueden meditar sobre este misterio tan instructivo.

Dicen los glosadores que Europa era una princesa de mucho carácter. Es por eso que no se lo pensó demasiado. Aquella misma noche abandonó todas sus riquezas, dejó a su padre y a sus hermanos, y se fue del palacio para fugarse a Creta con el toro. En aquellas tierras liberales, pudo disfrutar en paz con las virtudes y los prodigios de aquel toro divino. Era tal el portento que inspiraba el magnífico animal que nadie hizo el menor comentario malicioso. Fueron muy felices y tuvieron tres hijos semi-divinos: Minos, Rodamantus y Sarpedon. Y éstos fueron muy alabados por los poetas que no se perdían la ocasión de asistir a todos los banquetes para comer y cantar.
    Los glosadores están de acuerdo. Europa era una princesa muy fina que no se enfangaba con las cosas mundanas y vulgares. Y es por esa virtud austera de su carácter que sólo se encaprichaba con los productos más nobles y virtuosos del mercado. Su educación esmerada y el prodigio inmenso de su fe le permitieron reconocer, a primera vista, los signos de la divinidad en un toro portentoso.
    Y al sentir la llamada del dios, lo dejó todo y acudió prestamente para entregarle su corazón enamorado.
    Por eso se considera desde antiguo una meditación muy apropiada para los fieles creyentes.


Autor: Leopoldo Perdomo




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