LEOPOLDO PERDOMO

AFRODISIA

TRATADO DE EROSOFÍA


-- o O o --


(MANUSCRITO APÓCRIFO)

DONDE SE TRATA DEL CONOCIMIENTO
DE LAS DELICIAS DE AFRODITA
LA DIOSA DEL AMOR Y DEL DESEO




Este librito está registrado en la Oficina de Reg.
de la Propiedad Intelectual. con el núm. 1997/35/36858


AFRODISIA

Prólogo
1  De como nos gobierna Palas Atenea
2  Sobre los Hechos de la virgen Atenea
3  De las ayas, servidoras de Atenea
4  Las vírgenes controladas por Atenea
5  De los sátiros masturbadores
6  Del poder germinativo de las doncellas
7  Los Hechos relativos a la dulce Afrodita.
8  Sobre los santos burdeles de Corinto
9  De la princesa Leda y el cisne divino
10  De la princesa Europa y el divino toro
11  Sobre la liturgia del Rey del Año Nuevo
12  Sobre la Escuela del Amor en Pafos
13  De los conocimientos para hacer bien el amor
14  De los ejercicios para disolver la frialdad virginal
15  De las propiedades físicas de los miembros viriles
16  Donde se trata de la impotencia del varón
19  Sobre el ósculo de Afrodita
20  Del prodigio acaecido a una diaconisa
21  Donde se tratan locuras del amor
22  Amores de Peleo y la nereida Tetis
23  Sobre las bromas y prodigios del Eros
24  Donde se habla de cosas inmencionables
25  Sobre las torturas de los eremitas
26  Glosario de palabras indómitas


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Espero que pase un rato agradable leyendo

AFRODISIA


NOTA:
LO QUE SIGUE ES LA TRADUCCIÓN QUE ME FUE
INSPIRADA POR LA DIOSA AFRODITA 
SOBRE UN MANUSCRITO DE GRAN VALOR
DESCUBIERTO EN UNA CAVERNA DE LA JONIA.

PRO CAUTELA

Este manuscrito contiene conocimientos que los jueces y sacerdotes de Atenas mantienen ocultos. Si difundes el contenido de este manuscrito, te puedes ver metido en líos y hasta podrían acusarte de impiedad o libertinaje. Si estás satisfecho con lo que sabes, deja dormir este manuscrito en la tinaja y olvídalo. Pero, si te lo llevas, has de tomar ciertas cautelas: No dejes este rollo al alcance de los niños, ni de las castas doncellas. No lo prestes a los indiscretos, pues podrían meterte en algún lío. Debes leerlo en el retiro de tu cuarto. Si fueras a prestarlo, que sea solo a los amigos de toda confianza cuando tengan mucho interés por los asuntos amorosos.



EL AUTOR SE DISCULPA

Quien esto escribe estuvo poco tiempo en clase con el gramático y la musa de la poesía iba muy deprisa cuando pasó por delante de su casa. Tuvo que salir muy joven a la mar para ejercitarse con los remos y las cuerdas. Estuvo viajando muchos años en trato frecuente con los extranjeros y los griegos de otras tierras. Por este trato continuo, su lengua se fue contaminando con los dialectos jónico, corintio y siracusano. Pero no presume de sus errores, ni de las palabras extranjeras adheridas a su lengua. Aunque algunas sean de la Tracia, otras de Siria, de Egipto, o de Roma. De modo que si encuentras alguna palabra extraña, o mal escrita, te ruego, amable lector, que perdones a este marinero; pues pasó errante muchos años por los mares del mundo y estuvo poco tiempo en la casa del gramático.

EL MARINERO ERRANTE




<<PRÓLOGO>>

En este segundo año de la Olimpiada octogésimo séptima, siendo Pericles demagogo de Atenas, me puse a escribir el primer papiro en un día delicioso y soleado de primavera.
Me siento cansando de andar de un lado para otro por los mares y puertos de este mundo. Así que vendí algunos barcos y me compré una casa pequeña en la isla de Lesbos con buenas vistas a la preciosa bahía Mitilene. Está situada la casita sobre un acantilado a unos veinte estadios del puerto de Pirra. Pensé que era preferible esto a instalarme en Atenas, esa ciudad ciudad poderosa, porque soplan allí malos vientos que me huelen a guerra. Y aunque soy ateniense de nacimiento, he vivido demasiado tiempo en los mares y tierras de este mundo. Esto hace que me sienta más allegado a los seres humanos de este mundo que a los atenienses. Olfateo en el aire los malos presagios. Los espíritus de la muerte y la destrucción acechan a Atenas.
Es ahora, por fin, libre de las ataduras y preocupaciones que me daban los negocios, que me pongo a escribir sobre los asuntos del amor. De ese modo, la gente joven y estudiosa que lea este tratado podrá aprovechar mejor las oportunidades que le vengan a la mano y evitará caer en los errores propios de la ignorancia. Esta nos viene con la juventud. Edad bien querida a mi memoria, edad a la que deseo volver a pesar de los trabajos que dio. Y aunque se la tache con frecuencia de inexperta, envidio su bravura y su fe inquebrantable en el futuro; también admiro la dureza inagotable y la sensibilidad acusada de ese apéndice afortunado sin el cual no conoceríamos los placeres más intensos de esta vida. Y que diré de las muchachas, sino interminables halagos. Su tierno y dulce cuerpo se presta fácilmente para las dulces tareas sin sentirlas jamás como una pesada carga. Y aunque uno esté algo gordo y oprima su pecho con su excesivo peso, siempre tienen una sonrisa en los labios y el cuerpo dispuesto para toda clase de juegos. ¡Que dulces son los recuerdos de la juventud!
Este libro vio las primeras luces en la isla de Lesbos, famosa por sus mujeres liberales y poetisas. Desde aquí agradezco a todas esas bellas mujeres, la belleza de sus cuerpos, así como la amistad y la música con la que siempre me obsequiaron. En esta hoja, donde escribo, pongo un beso para ellas por medio de estas humildes letras.



--1--

De como nos gobierna Palas Atenea

Hay una lucha continua, entre Atenea y Afrodita, que gobierna nuestras vidas. Es algo así como la lucha entre el frío y el calor. Es una lucha entre la castidad, inculcada por la virtud de la fusta, y la fuerza indómita de la entrepierna que nos asalta de pronto en el calor de la noche.
    Nuestra vida está gobernada por la severa influencia de Palas Atenea; la diosa virgen por los siglos de los siglos. Y esto nos hace cerebrales, guerreros, y bastante frígidos. Atenea promueve las artes y es la diosa de la tecnología. Entre los amigos de la diosa está Hefestos, el divino herrero, que le regaló una milagrosa lechuza voladora, hecha de puro bronce. Constaba esta máquina divina de piezas innumerables y era una maravilla de la herrería olímpica.
    Sabemos que el espíritu de la diosa se penetra en sigilo por la mente matemática de los hombres, generando el casto regocijo de las cuentas bancarias y los saldos positivos. Ella nos protege de los riesgos en la mar. Para eso, llevada de su astucia, mantiene entretenido al viejo Poseidon en unas partidas interminables de damas. Entretenido en estos juegos inocentes, el viejo se olvida de agitar con su tridente las embravecidas y temibles olas. De ese modo, nuestros barcos llegan felizmente a los puertos donde descargan sus mercancías y se vuelven a cargar de trigo y de cebada en las tierras ricas en grano del mundo.
    Atenea es una divinidad poderosa y una Virgen Recia, por demás. Y, a pesar de los milenios transcurridos, todavía no se le conoce ni un desliz que ponga en duda su virginidad. Es, por eso, la protectora de las doncellas estrechas y de las viudas virtuosas; todas ellas castas por decreto divino. También se la conoce como la Virgen Vengadora de las doncellas ultrajadas y como castradora de violadores.
    En un libro sobre el amor, parece fuera de lugar que se traten las cosas de Atenea y las ataduras con que nos gobierna. Pero, en verdad que la diosa misma, y toda su legión de servidores, nos gobierna mucho antes de haber nacido. Lo gobiernan todo. Desde las castas costumbres, pasando por la milicia, el comercio, y hasta los chismorreos mismos de la gente.
    Todo lo que hace a Atenas fuerte y poderosa, gravita en torno a la castidad; virtud obligada de toda civilización. Y esta castidad está inspirada y controlada por Atenea, la Virgen Guerrera, por los siglos de los siglos.
    Así que siendo esta diosa tan importante para la civilización de Atenas, me veo obligado a empezar este libro cantando sus hazañas y sus virtudes innumerables.


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leopoldo.perdomo@gmail.com


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--2--

Sobre los Hechos de la virgen Atenea

Atenea, la Diosa Virgen, es conocida también por el nombre de Palas Atenea. Vio las primeras luces esta diosa en las tierras de Libia; en los verdes prados que bordean el lago Tritonis. Eso ocurrió en tiempos fabulosos; cuando nacían, por inspiración del cosmos, los dioses y las diosas.
    Se cuenta que paseaban, por la orilla del lago, las tres ninfas de las estaciones. Éstas iban vestidas con pieles de cabra y tenían el encargo de controlar las estaciones del año que tiempos antiguos eran tres, a saber: germinal, cosechal y frigoral.
    Estas ninfas vieron en el lago a la diosa recién nacida. Algunos autores dicen que estaba chapoteando, y otros dicen que nadaba, sobre las aguas. Y al verla tan feliz y sonriente se percataron del poder de la recién nacida. Y por eso, con prudente sabiduría se dijeron: "Esta criatura tan poderosa es una divinidad". Y, fortalecidas en su fe por el prodigio que habían visto, la recogieron con amor y la criaron con mucho esmero.
    Con el cuidado de las ninfas, fue la diosa creciendo en sabiduría y en vigor. Pues no dejaba un día sin entrenarse en todos los deportes de competición. Y entre todos sus esfuerzos vigorosos, su deporte preferido era la lucha noble y amistosa con la aguda lanza y el escudo potente. En uno de estos entrenamientos, mató por accidente de la impulsiva lanza a su amiga Palas; la doncella más amada. Esto la dejó muy triste, pues Palas era su virgen preferida, y la más dulce, entre todas las doncellas de su corte. Éstas eran muchas y muy bellas y tenían a la diosa entretenida en los juegos deleitosos de un amor inagotable.
    He de advertir que estas actividades juguetonas eran sólo un merecido descanso para la diosa después de su duro entrenamiento.
    Estas cosas ocurrían en los tiempos mozos de la diosa; cuando un espíritu muy potente, llamado Eros , agitaba su corazón indómito. En esos tiempos, la diosa era tan atractiva que todas las doncellas de Libia perdieron, por ella, la cabeza. Y se dormían pensando en los placeres del lecho de la diosa. Soñaban que la diosa las abrazaba con sus brazos poderosos. Y que las sujetaba y enlazaba con el poder de sus piernas divinas. Tenían un gran gozo al sentir su pecho oprimido por el peso de la diosa. Esto les desbocaba el corazón que daba saltos de amor y no les cabía dentro del pecho. Luego, se deleitaban al sentirse invadidas por la ardiente dulzura y la dureza penetrante de la diosa que las inundaba de gozo. Y los corazones quedaban sosegados y satisfechos después de estas fantasías y las doncellas se dormían sonriendo. Otras se admiraban de la facilidad de la diosa para dominarlas, una y otra vez, tras su inútil resistencia. Y se asombraban también al ver que su resistencia tenaz se transformaba, por la magia divina, en la sumisa entrega de sus cuerpos; pues aceptaban gustosas y se sometían a los caprichos más insospechados.
    Algunas doncellas eran menos ambiciosas, y sólo imaginaban que la diosa las tocara levemente con su mano. Y al imaginar ese toque fugaz, algún punto sensible de su cuerpo sentía las divinas vibraciones. Luego las asaltaba una sensación dulce de sobresalto, acompañada de jadeos. Y con esto ya se dormían felices.
    Así que siendo esta diosa tan importante para la civilización de Atenas, me veo obligado a empezar este libro cantando sus hazañas y sus virtudes innumerables.
    El Eros de la diosa era tan potente que todas las miradas se fijaban en ella. Las doncellas se sentían atraídas dulcemente, pero, los efebos y los hombres más viriles se veían cohibidos ante el resplandor de su belleza. Por esto, al ver a la diosa, quedaban inmóviles y bajaban púdicamente los ojos hacia el suelo.
Desde el trágico accidente con su amiga Palas, la diosa perdió la sonrisa que a todos deleitaba. Entonces abandonó su corte de Libia y se marchó a las tierras del Ática. Allí estableció su nueva corte, en Atenas. Y llegó con las doncellas que mejor sabían alegrar su corazón.
    En las tierras de Libia se quedaron las otras doncellas, solas y locas de amor. Éstas lloraron tanto, por la marcha de la diosa, que murieron de tristeza. Desde entonces, en ciertas épocas del año, los espíritus de las doncellas vienen hasta el lago Tritonis. Y allí lloran copiosamente, durante días, recordando la marcha de Atenea. Y todos los años, como consecuencia de este llanto prodigioso, el lago se desborda, inundando las praderas circundantes.
    Desde el nefasto accidente, vemos a la diosa con el ceño fruncido. Así lo atestiguan las antiguas estatuas. Y dicen que la diosa se llama Palas Atenea en recuerdo de la doncella bien amada; la que feneció en amistoso combate por la virtud impulsiva de una lanza.

    Sin embargo, otros relatos, de mucho prestigio y gran certeza, hacen a la diosa nacida de la cabeza de Zeus. Esto lo explican los glosadores  porque los dioses y las diosas tienen el privilegio de nacer en varios lugares diferentes; esto está de acuerdo con su naturaleza caprichosa y sobrenatural.
   Cuentan estas historias que el dios del trueno, Zeus Poderoso, estuvo por un momento absorto. Y por causa de esta debilidad pasajera, concibió a la diosa Atenea dentro de su propia cabeza. Así que la cabeza de Zeus, por motivo de la divina concepción, fue creciendo de un modo monstruoso. Y crecía más y más a medida que pasaban los meses. Esto se acuerda con la norma establecida por el Cosmos para las divinas concepciones. De tal modo creció la cabeza que el dolor se hacía insoportable. Y, según se expandía al infinito el dolor divino, los rugidos potentes del dios atronaban por todo el monte. Esto hacía que se removieran en su lecho las inmensas rocas de aquellos parajes sagrados. Como consecuencia de tal estruendo, el resto de los dioses y las diosas se escondían cautelosos por las zonas boscosas del monte.
    A eso de los nueve meses, los potentes alaridos eran ya tan fuertes que llegaron a oírse en las ruidosas fraguas del divino Hefestos; el Herrero de las Manos Habilidosas. Éste llegó presuroso, como siempre, y cojeando de ambos pies. Venía en ayuda de su padre putativo, Zeus el Potente. Así que, compadecido del divino sufrimiento, le abrió la cabeza de un golpe certero con el hacha sagrada. Entonces ocurrió el prodigio. Salió por la herida divina, Atenea, la Virgen Guerrera. Y un perfume de rosas se expandió por el aire puro del Olimpo. Y salió la diosa radiante y muy desarrollada con excepción de su breve pecho. Y venía ya toda equipada con su zurrón milagroso en la mano izquierda y su certera y temida lanza en la derecha.
    Otras historias añaden un detalle. Al salir la diosa de la cabeza de Zeus dio un inmenso salto, divino en su perfección, y pareció en las tierras de Libia, junto a las aguas de lago Tritonis. Desde allí viajó la diosa por barco hasta las tierras del Ática, donde protege a la ciudad de Atenas.
    Y aunque las palabras anteriores son muy ciertas, no contradicen para nada el hecho de que Atenea siguiera en el Olimpo según se relata en esta historia. Ambos hechos son ciertos, porque los dioses y las diosas pueden estar en diversos lugares del mundo al mismo tiempo.
    Pasadas unas horas del parto divino, la cabeza de Zeus volvió a sus normales dimensiones y desapareció por completo el augusto dolor. Dejaron de oírse los rugidos de Zeus y el Olimpo quedó silencioso. Así que, con este silencio, volvieron a oírse los trinos de las aves y el rumor de la brisa. Los dioses se fueron acercando cautelosos para visitar a la diosa recién nacida y felicitaron a Zeus por el fausto natalicio. El dios del trueno, afectado todavía por el supremo esfuerzo de este parto cerebral, aceptó con mucha modestia las felicitaciones y trató de quitarle importancia a un hecho tan prodigioso.
  Poco tiempo después, Hefestos, que se sentía padrino de la nueva diosa, le regaló un casco de guerra; construido con sus manos habilidosas. Este casco tiene la rara virtud de que, al ponerse sobre la cabeza divina, hace a la diosa invisible a las miradas. Y le fue muy útil a la diosa en diversas ocasiones. Pues, con este casco conseguía escaparse de los dioses lujuriosos que la perseguían. Estos corrían tras ella con ardor creciente, por todos los rincones del Olimpo. Y venían a por ella con hinchadas pasiones, lúbricas e inmensas, que emitían unos efluvios irresistibles. Era tal la potencia de estas emanaciones incorpóreas que persistieron durante mucho tiempo en el aire puro y fresco del Olimpo. Y aunque Atenea era inmune a estos aromas lascivos, las otras diosas quedaban excitadas y confusas y agitadas. Y se iban de un lado para otro, desorientadas y ofuscadas, buscando con quien aliviar los intensos ardores que se provocaban por los efluvios dispersos en el aire.
Herodonte, paleósofo de fama, dice que el casco de Atenea es el símbolo de las jaquecas que sufren, con frecuencia, las esposas. Es decir, se ponen el casco milagroso de la jaqueca cuando están hartas del furor copulativo de sus lúbricos e insaciables maridos. Y con ese casco puesto, los maridos no tienen otra opción que irse a otra parte con su inmensa lujuria insatisfecha.
    Por otra parte, Herodonte comenta que la égida; que se atribuye con frecuencia a Zeus, es un atributo primigenio de Atenea. Consiste esta égida en un zurrón mágico, hecho con la piel fabulosa de la cabra Amaltea. Este zurrón contiene una serpiente venenosa, según unos. Pero, otros dicen que sólo contiene una máscara horripilante, hecha según la imagen de la espantosa Gorgona.
   En los tiempos modernos se producen grandes cambios. Y vemos que, en lugar del zurrón, las estatuas de Atenea llevan un bruñido escudo de bronce. Y es que hoy día nos impresiona más el poder de los metales que la magia de las pieles de cabra. El rostro de la diosa ha perdido su ceño severo y las estatuas de hoy nos presentan a una diosa de pechos rotundos y una leve sonrisa. Y esto no se cuadra bien con su fama de Virgen Guerrera.
  Herodonte, cree que Palas es una palabra libia que significa "doncella" y que el porte de Atenea, con su túnica, su égida y su lanza, es igual a la vestimenta usada por las muchachas libias. Estas van vestidas con una túnica hecha de pieles de cabra, llevan un zurrón con provisiones, y una vara aguzada, a modo de lanza, para defenderse de los leones del desierto. Pero, otros dicen que, dentro del zurrón, las muchachas libias llevan una apestosa cabeza disecada de varón. Y que la muestran, colgando de los pelos, para espantar a los extraños. Otros afirman que sólo se trata de una serpiente amaestrada. Y que, al sacar la serpiente del saco, espantan a los violadores. Estas argucias defensivas les vienen muy bien durante los días nefastos. Días estos poco propicios para los ejercicios amorosos.
    El vestido de las muchachas libias lleva unos adornos en forma de tiras innumerables, o correas de piel, que cuelgan libremente. Todo lo cual presta a la túnica un gran decoro. Esto hizo pensar a muchos que Atenea llevaba su túnica orlada con colgantes serpientes venenosas. Y así es como se la representa en las estatuas modernas.
Herodonte dice que los prolongados gritos de triunfo, olu, lu, lu, lu..., que las sacerdotisas y sus sirvientas lanzan durante las ceremonias de Atenea, le recuerdan el grito ululante que las muchachas libias emiten por su boca, como signo de júbilo, durante los días festivos. Al igual que las sacerdotisas de Atenea, este grito ululante lo hacen con un movimiento rápido de la lengua, al tiempo que emiten una especie de aullido.
  Eratóstenes, tiene otra opinión. Este sabio paleósofo dice que ha leído unos textos muy antiguos, donde se comenta que Palas es una voz muy antigua que significa 'joven guerrero'. Y que, en algún momento, este joven conquistó el templo de la diosa primigenia, Atenea. El impulsivo joven debía ser un dios cuya identidad se ha perdido en el descuido de los tiempos. Y con un potente impulso, penetró en el cuerpo de la diosa. El encuentro fue tan violento que los espíritus y los cuerpos se fundieron en una sola divinidad. Esto generó una luz cegadora que fue observada durante la noche, no sólo en el Ática, sino por todas las islas del Helesponto, en Sicilia y hasta en las costas mismas de Libia. Los pastores testificaron que, por esas fechas, una luz muy blanca iluminó todo el cielo. Y dicen que vieron una inmensa bola de fuego que subía y subía. Y que fue creciendo y creciendo y se hizo tan grande como todo el Peloponeso.
  Eratóstenes cree que las divinidades de sexo contrario, al fundirse en una sola, pierden sus caracteres sexuales. Dice que en la fusión copulativa, las fuerzas contrarias quedan anuladas. Y está reputado que estas fusiones producen deidades andróginas.
  Esto es similar a lo observado en los seres humanos. Las fusiones innumerables de la copulación, transforman a los feroces guerreros en padres dulces que juegan con los niños. Y aunque las núbiles doncellas llegan por primera vez al lecho nupcial tímidas y temblorosas, con el paso de los años se transforman en hembras guerreras. Y se dice que terminan aborreciendo la copulación y los placeres amorosos. Es por eso que algunos esposos toman como concubina a una esclava joven; pues la juventud se muestra mucho más dispuesta para los ejercicios copulativos. Con esto, el esposo consigue aliviar los ardores que aun le restan de su pasada juventud. Pero, yo le advierto que más vale que mantenga a esa concubina lejos de su casa y que sea muy discreto y no haga alardes, pues la esposa guerrera podría matarlo con el cuchillo de la cocina.
  Resumiendo, Eratóstenes cree que el amor humano, por ser imperfecto, no destruye los caracteres sexuales totalmente; sólo los atenúa y los atrofia. Pero los amores divinos, si son equivalentes, se fusionan. Esto explica que ahora veamos una imagen andrógina de la diosa Atenea. Y por eso la vemos equipada como si fuera un joven guerrero, algo imberbe y afeminado. Y eso explica que lleve un nombre compuesto, Palas Atenea. Es decir, efebo-diosa.
  Termino esta parte con un consejo. No discutas nunca estos detalles de teosofía con los atenienses. Podrían acusarte de impiedad y condenarte a muerte. Pues le tienen más afecto y más temor a su diosa que al mismo y temible Zeus. Por eso puedes ver, por toda la Acrópolis, veinte estatuas de Atenea por una sola de Zeus.


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--3--

De las ayas, servidoras de Atenea

Las severas y flacas ayas, que controlan la disciplina de la infancia, también suelen ser vírgenes como la diosa. Pero, a veces, al ver su cara constricta y su gesto hosco, diríase que son mártires. Yo, de niño, no sabía muy bien por que sufrían tanto. Cierto día, un rudo esclavo, que trabajaba en las murallas, emitió en voz alta un extraño razonamiento: "Ésta está sufriendo tanto por lo duro que tiene el virgo".
  Obviamente, las ayas están bajo la protección de la lanza de Atenea. La virtud de la diosa las protege de los lascivos y los libertinos. Pero, incluso, el severo rostro de las ayas lleva la marca de la deidad virginal; y esto, por sí solo, ya las protege. Esa señal es suficiente para alejar a los criminales de su vista. Al ver al aya, los pecadores huyen despavoridos. Como si hubiesen visto a la horripilante Gorgona, la imagen pavorosa que va pintada en la égida, el escudo prodigioso de Atenea.
  Debo reconocer que las ayas resultan a todos un poco antipáticas. Especialmente, en su papel de guardianas de la castidad y de los buenos modales. Por eso, vigilan para que los tocamientos dactilares no se recreen en los puntos lúbricos ni en el placer. Y en su papel de guardianas de la castidad y las buenas costumbres, estas esclavas tienen el permiso de la santa madre para azotarnos con su alígera fusta. Que no, por ser alígera, escuece menos.
  Cuando las doncellas de la casa se dirigen a ensayar los piadosos cantos corales, el aya las lleva por la calle con severo rostro. Y con su fusta, siempre vigilante, consigue que vayan en fila una tras de otra, y que recojan graciosamente sus túnicas para que no manchen la pureza inmaculada del lino con el lodo putrefacto de la calle. Y al andar se mueven con un dulce y leve contoneo. Y aunque no despiertan a los espíritus lujuriosos que habitan en la entrepierna, al menos nos dejan con la mirada prisionera de sus túnicas inmaculadas.
  Las personas educadas en los buenos modales disfrutamos en silencio de una visión tan dulce. Pero a las gentes incultas, a las que no conocen el amor de Afrodita, les da lo mismo penetrar a una oveja en celo que a la novia en la noche del himeneo. Y si hallaran el cerrojo virginal difícil de saltar, no tienen el menor reparo de penetrar a la novia por la algún lugar inmencionable. Y aunque las personas civilizadas manifestamos admiración y respeto al ver pasar a las doncellas, pero las personas ignorantes y los esclavos emiten potentes silbidos y dicen palabras groseras.


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--4--

Las vírgenes controladas por Atenea

Bajo la férrea vigilancia del aya, las jóvenes virginales se mantienen aisladas en los gineceos . Allí están, eternamente, hilando la lana y tejiendo en los telares. Y no se dejan ver nunca de los jóvenes lascivos, ni del sol siquiera. Y es que el divino y bello Apolo, al pasar en su carro por el alto cielo, mira hacia abajo para deleitarse en los muslos virginales de las doncellas y en la protuberancia de su monte afrodisio, cubierto de fino vello.
  Pero, las ayas saben de la lascivia con que las mira el divino auriga. Y también conocen su debilidad por las doncellas que yacen tendidas al sol en los patios. Y es que, con el calor flamígero que desprende su carro dorado, les funde los hielos de sus entrañas virginales. Y luego, por la penetración incorpórea de su lubricante fuerza divina, las deja empreñadas sin tocarlas. Es por eso que la fusta del aya está siempre alerta. Para evitar que las doncellas se tiendan con los muslos desnudos al sol en el patio recatado.
  La pureza de las doncellas corre un gran peligro cuando acuden, acompañadas de las sirvientas, para los ensayos corales de la divina Atenea. Los lúbricos ociosos las miran sin recato, ni circunspección alguna. Y algunos hasta tienen el descaro de proferir comentarios obscenos. Los rudos esclavos, que trabajan en las murallas, emiten silbidos lujuriosos e incontenibles. Y los capataces no consiguen amedrentar sus groseros y bajos instintos ni con el estallido de sus temibles látigos.
  Las noches estivales son otra fuente de peligros para la entereza virginal de las doncellas. En esas noches, a causa del agobio estival, se dejan abiertos los portillos y los ventanillos y esto es un gran peligro. Pues por esas aberturas ventanales entran los espíritus lascivos de los sátiros y otros seres lubricantes. Y hasta existen familias tolerantes que permiten a las doncellas dormir al fresco nocturno de los patios. Y en lo mejor de la noche, se dice que ciertos espíritus lascivos se deslizan hasta el patio con los rayos de la luna. Y que merodean por el lugar; olfateando a las doncellas dormidas. Y se acercan y meten su fino hocico, con mucha cautela, en la púdica entrepierna de las castas doncellas; aunque se sabe que éstas solo emiten discretos efluvios.
  Sin embargo, las doncellas devotas de la Virgen Atenea no corren peligro alguno; pues están bajo la protección de la diosa. Y por esa virtud divina, sus miembros están rígidos y frígidos, y sus cuerpos no desprenden efluvios, ni olor lascivo alguno. Algunos impíos dicen que sólo huelen a pura estrechez virginal. Otros afirman rotundamente que ese olor no existe y han verificado, por sí mismos, que la entrepierna virginal tiene un dulce olor a yogur fresco. Yo no puedo terciar en esta disputa por mi falta de conocimientos en este asunto. En cualquier caso, está reputado que los espíritus lascivos sienten repelencia por los aromas de la santidad atenea. Amén.


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De los sátiros masturbadores

Ciertos placeres visuales le son concedidos a los sátiros. Es por eso que merodean en los alrededores boscosos de los jardines de la diosa Artemisa. Esta diosa es una virgen recalcitrante desde hace milenios. Pero, su piedad femenina es muy grande. Es por eso que tiene instituido un rito milagroso, para reparar los virgos accidentados.
  Decía algo de los sátiros. Estos, escondidos tras el follaje arbustivo, acechan el baño ritual de las doncellas en el arroyo sagrado. Estas vienen en secreto, de madrugada, a este lugar sagrado para restaurar su virginidad. Accidentada ésta en algún percance con un dios insolvente o con algún espíritu voluble. A veces, se habla de un sátiro que las asalta en el agobio de las noches estivales. Estas doncellas sacramentadas, al surgir del agua gélida, salen temblando como ninfas acuáticas en la estación de los fríos. Y con sus finas túnicas, pegadas al cuerpo, se ven como sílfides traslúcidas y etéreas. Tal es el prodigio de este sacramento.
  Se sabe que los sátiros, con orejas y penes de asnales dimensiones, acechan, como ya dije, el baño de las doncellas. Y que, inspirados por los deseos de su lujuria sobrenatural, agitan con sus ágiles manos los largos y erectos apéndices. Y en el aire se nota una impregnación de los efluvios satíricos que trastornan el decoro del sacramento. Esto es inevitable, dado el poder de estas criaturas de lujuria insaciable. Pero, la sacerdotisa, al ver la turbación causada entre los fieles, emite unos conjuros con gestos rituales de amenaza y los sátiros se alejan de la vista y de los predios sagrados. Pero, en el aire, todavía persisten sus efluvios fornicales durante toda la mañana. Y estos aromas inesperados nos irritan las fosas nasales y alteran el pulso cardiaco de las señoras y las doncellas.
  Se dice que los sátiros no se atreven a saltar sobre las doncellas, ni sobre los asistentes, porque se hayan en los jardines de la diosa. Se cuenta que algún sátiro fue incapaz de controlarse y perdió su longuiforme atributo viril ante la maldición sagrada. Y es que los diáconos, patrullan armados por los predios sagrados. Estos vienen reforzados con el poder de la diosa y pueden extirpar con sus agudas navajas, de un solo tajo, el testimonio viril de los sátiros más incontinentes.
  Estas criaturas sobrenaturales siempre andan ofendiendo el espíritu de la decencia y los buenos modales. Aparecen cuando menos te lo esperas, en un recodo del camino o al vadear un río. Mas, hay de ti, si te sorprenden defecando en medio del sotobosque. Estos tienen un gran olfato y se ven atraídos por los olores frescos del excremento. Los sátiros tienen una fuerza sobrehumana y, si te cogen con la retaguardia desprotegida, te podrían hacer una penetración nefanda. El daño provocado, por su miembro monstruoso, provoca una irritación muy persistente y molesta de la que no te podrás quejar. Pues ¿quién se atrevería a confesar una vergüenza tan grande?
   En las zonas rurales, los sátiros aparecen de improviso. Y se dice que igual los ves copulando con alguna bestia salvaje que con algún animal del rebaño. También aparecen masturbándose en las fuentes cuando vienen las doncellas a por agua. Y he oído hablar de doncellas y efebos que, cogidos por sorpresa, se vieron penetrados de un modo nefando por los mentados. Esto les deja muy escocida y rubicunda esa parte que la buena educación jamás menciona por su nombre natural.
  Se dice que más de una esclava, y más de una doncella, quedáronse preñadas por los sátiros. Y todo esto, en verdad, es un desdoro para la reputación de la familia; la cual queda en boca de las maledicencias durante siete generaciones. Sin contar los gastos de purificación y penitencia.
  Nunca he visto a estos seres maliciosos y no sabría por mí mismo informar de su apariencia. Se dice de ellos que tienen largas y peludas orejas y un apéndice viril de asnales dimensiones. Y se cuenta que su apéndice no es de oscura color, como corresponde a su naturaleza asnal, sino de rubicunda color. De la misma color que el apéndice viril de los monos que nos traen de Egipto los marineros.
  Herodonte cree que las visiones de sátiros son sólo fantasías calenturientas; y que éstas vienen provocadas por la castidad obligada de nuestra civilización. En otros países, donde se copula con más liberalismo, no existen los sátiros. Y dice: ocurre siempre que solo tienen experiencia con los sátiros aquellos que, por norma, no pueden copular.
  ¿Y qué hay de esas doncellas que se dice fueron asaltadas y violadas por un sátiro? Herodonte cree que esta gente fue seducida y preñada, en la discreción de la noche, por algún pariente imprudente, o por algún esclavo de la casa, y que para ocultar esa falta se acusa a los sátiros por la fama que tienen desde antiguo.
  De todos modos, en estos tiempos no hay en Atenas ni una sola joven preñada que se atreva a mentar a los sátiros como agente causante de su preñez. Sería la irrisión de toda la ciudad. Así que prefieren jugarse la vida provocando discretamente un aborto.
  También dice el sabio que los sátiros son solo un pretexto, autorizado por la decencia, para hablar libremente de cosas procaces.


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Del poder germinativo de las doncellas

El poder germinativo de las doncellas es muy grande. Es por eso que sólo una de cada cinco tiene la fortuna de casarse para acceder a los placeres del himeneo. Las demás se quedan encerradas en los gineceos hilando y tejiendo lana por toda la eternidad. Si no fuera así, pronto se llenaría todo de niños. Y, en cosa de pocos años, tendríamos un ejercito tan grande, y tan caro de alimentar, que se haría urgente una guerra con Esparta para mermar el excedente.
   Algunos hablan ya de ir a la guerra con Corinto para defender a la ciudad aliada de Argos. Y Corinto está aliada con Esparta que no puede soportar a los atenienses. A mí, todo esto me parece un disparate. Pero, mis amigos dicen que mi cabeza quedó muy afectada por el sol de Libia y que no distingo mi mano derecha de la izquierda.
    Pero, entiendo la preocupación de los arcontes.  Sobre todo, cuando se retrasan los barcos que vienen cargados de trigo y de cebada; los cuales arriban desde todos los puertos del mundo.
Por eso digo que el poder germinativo de las doncellas está encarcelado para siempre en los gineceos. Sólo, otra guerra, puede liberarlas de su encierro. Será, entonces, cuando Atenas, debilitada por la guerra, precise de casi todo su poder reproductivo. Ese será el momento en que las puertas de los gineceos se averíen en sus goznes y ya no se cierren durante la noche. Y el sol de Apolo calentará los mullidos muslos de las doncellas; muchas verán henchidas sus caderas y sentirán que su abdomen se engruesa y se pone opulento. La frutilla de Afrodita se agitará, emitiendo perceptibles vibraciones y se mostrará henchida en toda su gloria esplendorosa. Algo nunca visto por los ojos mortales. Estas agitaciones y estos portentos afrodisios se generan por el efecto de los dardos que dispara Eros; el mensajero de Afrodita. Y las copulaciones se vuelven innumerables y todo es jolgorio lubricante; aunque algo contenido por la escasez de comida. Pero, las expectativas deleitosas, tras las penurias de la guerra, harán a todos barruntar una Era Dorada y plena de placeres afrodisios.
  Los vientres virginales empezarán a henchirse por la virtud de los placeres innumerables. Y empezarán a nacer niños como las setas del bosque con las lluvias de primavera. Y los gritos de las parturientas se mezclan con los llantos nocturnos de los bebés y todo vuelve a la normalidad. Pues la Era de Afrodita no puede durar mucho.
  Asíque pronto vuelven las astringencias a dominar la vida diaria de los atenienses. Y se invocarán de nuevo las jaculatorias de Atenea para pedir protección por la castidad y la virginidad de las niñas, las doncellas y las esclavas. Pues ya no cabe un alma más en casa y no sabemos como colmar de comida a tanta boca.


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De los Hechos relativos a la dulce Afrodita

Está reputado que la divina Afrodita nació del caos entre la espuma agitada del mar. Y que su belleza surgió desnuda entre las olas.
    Unas historias dicen que navegó montada en el lomo de un calamar gigante. Éste cefalópodo se prestó gozoso para el transporte divino. Muchos fieles han deseado la suerte de esa sepia para así disfrutar del calor íntimo de la diosa aposentada sobre sus cuerpos hechos de carne mortal.
  Otras historias cuentan que la diosa navegó, sobre una concha gigante de venera, impulsada por el viento. Y que una brisa suave hinchó la bella túnica como una vela, dejando al aire los muslos excitantes de la diosa. Y se dice que los peces sacaban la cabeza fuera del agua para así disfrutar de esa vista singular: la bella diosa totalmente desnuda.
    La brisa llevó a la diosa Afrodita hasta la isla de Citera, al sur del Peloponeso. Pero, le pareció una isla muy pequeña y siguió navegando sobre las olas hasta Chipre. Y es en esta isla, en Pafos, junto al mar, donde tiene la diosa su santuario más venerado.
  Hay gentes que creen a la diosa una deidad marina porque en sus fiestas se consumen mariscos y calamares. Estos frutos del mar, gambas, centollas, percebes, langostas, sepias, ostras, mejillones, nécoras, bogavantes y otros, son bendecidos por la diosa y tienen la virtud de excitar el Eros. Pero, esto, por sabido, no merece mayores comentarios.
  Llegó la diosa a la playa de Pafos cuando paseaban por allí las tres ninfas de las estaciones. Estas vieron a la diosa andando por la playa y notaron que movía las caderas con divina cadencia. Al verla ya de cerca, notaron embelesadas que su cuerpo y sus ojos resplandecían por el deseo.
    Sin dudarlo un momento, las ninfas invitaron a la diosa a cobijarse en su palacio. Allí se pusieron piadosamente a frotar a la diosa con sus manos amorosas y se embriagaron enseguida con el olor de su piel. Luego la untaron bien por todas partes; incluyendo los pliegues de máxima dulzura. Y usaron suaves aceites egipcios, cargados de exótica fragancia.
    Al sentir la fuerza que emanaba de su potente divinidad, quisieron apropiarse de la ocasión y divinizarse también a sí mismas. Para ello, las ninfas fueron frotando la juventud dorada de sus cuerpos con la divina piel de la dulce Afrodita. Así se traspasaba el fuego divino de la diosa a los cuerpos de las jóvenes ninfas. Ella se dejó hacer con mucha dulzura, pues es una diosa muy benigna que acepta el amor de todos los creyentes.
    Así que, con estas facilidades, las ninfas se recrearon en esta gozosa tarea con lentitud y persistencia. Y se pasaron treinta días con sus treinta noches, sin ingerir otra cosa que la fragancia que emanaba de aquel cuerpo divino. Y así fue como quedaron bien impregnadas con la virtud de un deseo inagotable.
    Y las ninfas se pusieron a decorar el cuerpo glorioso de la diosa con finísimos velos, traídos de los confines remotos del oriente. Y la bañaban con cascadas de pétalos de rosa. Y la fragancia exhalada por el ambiente era tan potente que levantaba y endurecía las carnes más flácidas y desahuciadas de este mundo.
  Otras historias afirman, con igual seguridad, que Afrodita nació de la espuma formada en torno a los genitales de Urano; los cuales flotaban sobre las olas. Hesíodo nos cuenta la historia de Crono. Éste, incitado por su madre Gea, se rebeló contra su padre Urano. Crono y sus hermanos son conocidos como los siete titanes. Cada uno de ellos gobierna el movimiento de algún cuerpo celestial de mayor entidad. El sol, la luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno están bajo el control de los titanes. Así que inducidos a conspirar, Crono y sus hermanos pillaron al padre dormido y le sujetaron entre todos con gran esfuerzo. El líder rebelde, Crono, asiendo los genitales con su mano izquierda, cogió la hoz sagrada con la diestra para castrar a su padre. Luego, arrojó la hoz y los genitales al mar, desde los acantilados del cabo Drépano. Esta hoz ritual no puede ser de broce, ni de acero; está hecha con barro cocido y dientes de pedernal. Desde entonces, la mano izquierda se conoce como la mano siniestra. Es por eso que, cuando vemos a un zurdo, sentimos un escalofrío y apartamos la mirada con mucha discreción; para no ofenderle. La gente hace esto sin saber por qué. Pero, estas precauciones se toman porque estos seres singulares pueden ser portadores de temibles designios.
  Herodonte no duda de la merecida castración de Urano, pero niega que Afrodita haya nacido de esos genitales. El espíritu de Afrodita, aunque potente, es amoroso y dulce y se cuadra mal con el talante de Urano. Éste era un dios cruel que arrojó a sus hijos, los cíclopes, al Tártaro y fue padre de los titanes. Unos seres bastante pendencieros que salieron según su carácter. Mientras que Afrodita es una diosa de amor y dulzura.
  Otras historias, igual de ciertas, dicen que Afrodita fue engendrada por Zeus en el cuerpo de una ninfa marina. Muchas otras criaturas se dicen engendradas por Zeus. Pero, Herodonte se siente poseído por la musa a la tercera copa de vino. Y con palabras inspiradas nos hace unas señas y nos cuenta en voz baja lo siguiente: Afrodita es la única inductora del Eros. Es la diosa la que provoca este potente deseo copulativo en los animales, los humanos y hasta en los mismos dioses; y así es como los vuelve frenéticos a todos. Esa es la razón por la que sabemos que el espíritu de Afrodita es anterior a los dioses del Olimpo. Y si aceptamos que la diosa habita en el monte sagrado es porque instala su espíritu en el corazón de los dioses y las diosas que allí habitan. Y es así como las divinidades copulan de continuo sin cansarse. A excepción de las diosas virginales. Así que no tiene el menor sentido decir que Hefestos, el herrero divino, sea el esposo de Afrodita. Porque Afrodita es un espíritu puro, una exhalación del cosmos. Afrodita es un aliento que trastorna la razón de los dioses y de los hombres y los fuerza a copular sin medida. Y ocurre así hasta que se agota ese aliento divino y se extingue el deseo. Es por ese impulso que los dioses y los hombres hacen locuras que son impensables en otros momentos más lúcidos.
  Todos escuchamos conmovidos este sensato discurso y quedamos en silencio. Teníamos el temor natural que pudiera habernos oído algún dios chismoso. O tal vez algún agente escuchador que hubiera apostado su fino oído para captar las palabras de nuestro modesto simposio.
  Volviendo a los hechos de Afrodita, parece fuera de toda duda que la diosa es la primera armonía germinante del universo. Y que en Pafos, en la isla de Chipre, tiene su santuario más antiguo; todo de color blanco. Tiene tapizado el suelo y las paredes con conchas marinas que resplandecen bajo el sol. Y allí está, en los jardines soleados del templo, la imagen blanca de la diosa; a la cual llaman Cipres y que se distingue claramente porque no tiene forma humana. Dicen antiguas leyendas que esta piedra cayó justo del cielo y el oráculo dijo que era la imagen milagrosa de la diosa. Y esto se contradice con las costumbres de otros pueblos que hacen estatuas de los dioses y diosas con sus manos. Por eso algunos dicen que la imagen de la diosa tiene forma anicónica. Ante esta figura, los fieles sienten el tremendo poder que emana de esa piedra gigante que un día cayó del cielo como un regalo de la diosa a los mortales.
  Cuando los peregrinos llegan a este lugar, ponen la mano sobre la piedra afrodisia y sienten la influencia de la diosa que se pasa de la piedra al cuerpo. He visto como los fieles sienten un calor deleitoso por sus miembros y dicen que se concentra y se acumula, mayormente, en la púdica entrepierna. Y en verdad que es cierto, pues se puede ver en los feligreses la inmensa hinchazón que se provoca. Esto hace que muchos permanezcan con la mano sobre la piedra durante largo rato. Y deste modo sienten que se van excitando más y más. Algunos se ponen a jadear y a gemir y sienten una flojera y un temblor en las piernas. Y no se quitan de la piedra hasta que la diaconisa les apremia con insistencia. Y estos apremios se hacen para dejar sitio a los otros peregrinos que arriban continuamente al santuario. Pues todos tienen derecho a poner su mano sobre la piedra para sentir el efecto benéfico de Afrodita sobre sus partes deleitosas.
    He visto a damas respetables y de mucha alcurnia, abundantes en joyas, en años, y en arrugas que llegan a hasta este lugar prodigioso. Y recuerdo a una anciana que apartaba ásperamente a las jóvenes esclavas que la asistían en su viaje, temiendo, tal vez, que la piedra afrodisia pudiera incrementar la natural lascivia de las jóvenes doncellas.
  Allí pude ver algunas ancianas que desfallecían de placer y jadeaban. Y otras entraban en un potente éxtasis afrodisio por el solo contacto de su mano sobre la piedra milagrosa. Algunas de las personas, hasta aquí llegadas, no habían tenido la dicha de sentir el éxtasis afrodisio en muchos años. Y por eso vienen a esta isla desde lejos. Y sufren los peligros del mar y los horribles mareos en unos barcos pequeños, con el agua a dos palmos de la borda, y atiborrados de gente. Y no se hunden estas naves en el fondo marino por la piedad que siente por ellos la diosa. Pues se toma la molestia de visitar y entretener con juegos placenteros al imprevisible Poseidón, el que agita las olas marinas, para que se torne relajado y paciente y no le dé por armar una tormenta.


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Sobre los santos burdeles de Corinto

Si Atenas ha sido bendecida y protegida por la diosa Atenea, la vecina ciudad de Corinto, a pocas leguas de distancia, ha sido colmada de riquezas por el pacto de amistad que le une con la diosa Afrodita.
  El templo de Afrodita en Corinto tiene numerosas casas por toda la ciudad. Pero el mayor de estos templos tiene añadidas numerosas estancias de modo que ocupa una gran extensión. Y aunque se habla de un solo templo, existen tantos cubículos y tantas capillas, que el conjunto se conoce con el nombre de los santos burdeles.
  Se dice que hay en ellos más de mil servidoras de la diosa y en verdad que es difícil de creerlo. Aunque, debe ser igual de difícil, verificar la exactitud de la cuenta; pues en ellos hay un continuo trasiego de clientes y de servidoras de la diosa que van y vienen de un sitio para otro.
  De modo que hay servidoras de todas las formas y tamaños. Unas son mujeres recias o gráciles, altas o pequeñas de talla. Algunas son casi niñas y otras muy veteranas. Las hay de piel muy negra y otras de piel muy blanca. Incluso he visto una con la piel de color blanco asalmonado.
   Para aquellos fieles con necesidades especiales, también existen efebos importados de la Tracia, aunque otros son allegados de las regiones hiperbóreas y tienen la piel blanca como la nieve. También existen algunos efebos nubios y otros traídos de Etiopía. Los nubios y los etíopes tienen el miembro muy alargado y hace tiempo dejaron la edad de ser efebos. Pero estos servicios se despachan en una zona apartada del templo para no distraer el fervor de los fieles con gustos sexuales más ortodoxos.
  Pero, a pesar de las continuas labores de las servidoras del santuario, ninguna pierde la virtud de ser doncella. Y esto es así, gracias al poder que les transmite la Áurea Afrodita. Y en verdad que le viene bien a la diosa el título de Áurea porque en este templo entra el oro a raudales. Arriban a Corinto muchos viajeros y peregrinos de toda la Grecia; así como marineros de todos los países. Los marineros se gastan en este lugar toda su paga. Y se dice que algunos armadores y ricos comerciantes, obsesionados por el excelente servicio de este templo, han perdido toda su fortuna en él. Por eso se dice con sorna: "Ocurren más naufragios en el puerto de Corinto que en todos los mares de este mundo". Cuando alguien se arruina, por el amor de una hetera , dicen de él: "Éste naufragó en Corinto". Otros burdeles sagrados de mucho prestigio existen también en Chipre y en otros lugares del mundo; pero ninguno se compara en extensión a los de Corinto. Y aunque soy ateniense, tengo allí algunos hoteles y posadas que acomodan a los peregrinos de Afrodita. Pero, no digas nada de esto en Atenas; podría traerme problemas.
  A Corinto acuden también los fieles que han perdido la fuerza del hímeros y lo tienen decaído. Allí piden a la diosa una curación para su mal. Y es que las bellas y habilidosas servidoras de Afrodita tienen el poder de levantar, hinchar y darle una fuerza renovada al dulce deseo de la entrepierna.
    También acuden a ese templo algunas recién casadas que padecen astringencias virginales. En este templo, las diaconisas consiguen romper las ataduras que dan rigidez a los muslos y los brazos de las doncellas. También desmontan el potente cerrojo que alguna diosa les puso en la ranura del amor. Una vez deshechas esas mágicas ataduras, se va penetrando el cuerpo de las virginales doncellas con el dulce y ardiente deseo. Esta virtud afrodisia las abre totalmente a la fuerza del hímeros, relajando la musculatura virginal que se ablanda totalmente y se lubrica.
   Estas ataduras, o astringencias, vienen dadas por la virtud de algunas divinidades frías y cerebrales como Atenea, Artemisa y Hestia que abominan de las copulaciones y los ardores amorosos. Y es que estas diosas son vírgenes recalcitrantes desde hace milenios. En algunas familias, por el temor a los desordenes que genera la pasión del Eros, se invocan con insistencia los poderes de estas diosas virginales. Con esas invocaciones, y una severa fusta, se consigue mantener a las hembras de la familia, encerradas en los gineceos, hilando y tejiendo por toda la eternidad.
   Así ocurre a muchos jóvenes en su boda que se encuentran a la novia con la ventana amorosa completamente bloqueada por el mágico cerrojo. Algunos se han atrevido a romperlo, invocando la fuerza de Ares, el joven dios de la guerra. Esta penetración violenta produce un estropicio que es anatema para la dulce Afrodita que abomina de estos abusos. Y no se ha repuesto todavía la virginal doncella de este maltrato, cuando ya viene el novio con nuevas e impacientes penetraciones. Esto genera un resentimiento en la novia que nunca se olvida.
  Aquellos que no puedan ir a Corinto, por falta de plata, pueden remediar su mal aquí en Atenas. Basta con acudir al templo de Afrodita. Este se encuentra en un lugar apartado y lejos de la ciudad; en la ladera norte de la Acrópolis.
  Para aquellos que no sepan el camino, les indico que según salen del barrio cerámico con sus hornos, dejen a la izquierda el templo y teatro de Dionisios. O sea, que sigan por el camino que se dirige al norte. Al poco encontrarán un desvío por la izquierda y una ladera discretamente arbolada. Al final de ese camino verás el templo de la diosa. De modo que no hay manera de perderse.
   Allí te espera la diosa para favorecerte con sus dones. No desprecies esa oportunidad. Ocurre que mucha gente viene, a este lugar discreto, sin decir nada a nadie. Mejor es que vengas en horas muy tempranas o tardías. Con la discreción de la oscuridad. No sea que la gente vaya a pensar que tienes problemas con las erecciones. O si llevas a la esposa, podrían enterarse que ésta ya no tiene interés por las copulaciones y harán chistes a tu costa. Así que algunos se dan un buen rodeo para fingir que van a otra parte y guardarse de las burlas. 


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De la princesa Leda y el cisne divino

Cuenta Herodonte que las únicas dulzuras que se le conocen a Zeus Poderoso son los momentos en que queda dominado por el espíritu de Afrodita. Y ahora mismo empiezo con la historia que es muy poética e instructiva.
  Había una princesa muy bella llamada Leda que gustaba de tumbarse en un prado de fina yerba, escuchando el canto de las cigarras. Yacía con frecuencia así, con los muslos desnudos al sol y expuestos a las miradas indiscretas de los dioses. Una corneja parlanchina, que volaba por aquellos parajes, empezó a dar escandalosos graznidos al ver a la princesa semidesnuda. De todos es sabido que las cornejas son muy sensibles a la belleza desnuda de las princesas. Atraído por esta algarabía, el divino Zeus, que iba camino de Troya, se acercó para ver lo que pasaba.
  Y al contemplar la belleza sin par de la princesa quedó prendado de ella en un instante. Pues ya sabéis que las pasiones de los dioses se desatan en cualquier momento impredecible. Así que, temiendo asustar a la princesa, con su figura gloriosa y resplandeciente, tomó la forma de un cisne de gran tamaño y orgullosos ademanes. Pues los dioses saben que las princesas siempre se chiflan por las cosas bien medidas. Y añade la historia que las plumas deste cisne eran blancas como la nieve.
  Con este disfraz, el dios se acercó para cortejar a la princesa. Ésta a la vista de este bello cisne levantó su cuerpo y quedó sentada sobre la yerba para ver mejor el prodigio.
  De modo que el cisne divino empezó a pavonearse, con gran excitación, pasando por delante de la princesa, una y otra vez. Y de cuando en cuando, agitaba con fuerza sus alas blancas, provocando con este gesto un huracán de lujuria concupiscente. En otros momentos, el cisne movía con lascivo vaivén su dulce y sensible cola enamorada. Y la alzaba y se giraba para enseñarle su rosácea protuberancia amorosa; aunque esta solo era una leve muestra de la inmensa promesa de amor que aún seguía dentro.
  Comentan los filósofos que los cisnes tienen un apéndice de notorias proporciones. Y por eso especulan sobre las dimensiones que habría de tener un cisne de naturaleza divina. Todo lo que sabemos sobre este tema está inspirado solo en la fe.
  Y en estas andaba el cisne cuando, de pronto, estiraba su largo cuello y hacía sonar la dulce trompeta de su voz enardecida por los deseos amorosos. Estos pavoneos y este trompeteo fueron encendiendo una llama de pasión en el corazón loco de la princesa. Su corazón se aceleraba y Leda sentía unas punzadas placenteras y un calor sensible en... ese punto íntimo y casto del que nunca hablamos. La temperatura de la princesa fue subiendo y una vez que la pasión se puso incandescente, ya no dudó en echarse sobre la dulce yerba y separó sus níveos muslos para aceptar sobre su cuerpo al enorme cisne enamorado. Éste colocó sus palmeadas y cálidas patas sobre el vientre mullido de la princesa que notó un gran placer al sentir el peso de aquella divinidad. Y luego, con pasmosa habilidad, el cisne acercó su parte sensible a la cálida ranura. Y enseguida el dios encontró, en ese lugar sagrado, la cosa más dulce que allí se esconde. Y con su grueso apéndice sonrosado y cálido, le fue acariciando con insistencia en ese lugar al que algunos llaman "la faba de Afrodita". El punto se excitó mucho con la divina cortesía; por lo que se puso rubicundo y acalorado. Por eso salió de su estuche protector y se puso vibrante y tenso. Y dicen que se dejó acariciar longamente por el dulce y cálido apéndice divino. Tenían mucho que decirse y pasaron mucho tiempo conversando.
  Estos intercambios de dulzura pusieron a la princesa en situación de dar alaridos incontrolados de placer. Y mientras andaba en estos delirios, el divino cisne la penetró lentamente con su enorme apéndice rosado y sensible. Ella notó el volumen penetrante y sintió que el fuego del dios la invadía, se expandía por todo su cuerpo y le llegaba hasta el corazón. Así que vivió aquellos momentos con un gran deleite. Eso le dejo la respiración y todos sus músculos en constantes agitaciones. Y cuando el ardor y el placer parecían agotados, de pronto sentía la princesa que el miembro divino penetraba otra vez en toda su gloria. Y la llenaba totalmente y le hacía sentirse henchida como si nada más cupiera dentro de su cuerpo. Y deste modo, las sensaciones se iban y se venían. Y los fuegos, ora, se incrementaban y crecían, ora, menguaban para volver a crecer, todo con ritmo lento. Y esto ocurría una y otra vez. Y se generaba en su cuerpo un gozo inmenso que la princesa jamás había conocido.
  En estas andaba la pareja cuando el cisne enamorado alongó su cuello buscando la boca de la princesa. Ésta abrió sus labios para aceptar el pico divino. Entonces, el cisne enamorado abrió su pico aplanado y surgió de allí, como en un milagro, una lengua gruesa y alargada que penetró en la boca de la princesa. Ésta acogió con amor la lengua del cisne que la penetró profundamente. Sentía la bella Leda en su boca las palpitaciones, toda la plenitud y el fuego húmedo del dios. Y con todas estas sensaciones, la princesa gemía y jadeaba de placer. Y éste era tan inmenso que su corazón galopaba como un caballo salvaje.
  En algún momento, las emociones se hicieron tan intensas que se oyeron unos tremendos alaridos de la princesa y le vinieron unas fuertes agitaciones. Fue en ese instante cuando la divinidad batió con fuerza sus poderosas alas. Y se dice el divino cisne lanzó un potente sonido por su cuello trompetero. Tanta debió ser la fuerza del sonido que vino a oírse en toda la tierra del Peloponeso.
  En respuesta a este orgasmo divino, las nubes lanzaron un increíble aguacero de lluvia caliente sobre ellos y enseguida se oyó un trueno que estremeció la tierra. Y dicen que el aire se llenó de excitantes aromas que invitaban al amor. Y estos efluvios penetrantes y placenteros se esparcieron por toda la región durante años.
    En esos tiempos todos los guerreros, y hasta los mismos esclavos, iban con el apéndice carnal siempre erecto. Y las damas, y las inocentes doncellas, sentían constantemente un calor en su casta ranura y unas urgencias muy difíciles de contener.
  En esas siguieron los enamorados, durante días y días. Y lo hacían ahora y otra vez minutos más tarde. Estos justificados motivos no les dejaban hacer ni pensar en otra cosa que tuviera mayor interés.
  A los treinta días, y como consecuencia de estas dulces copulaciones, la princesa puso un huevo semi-divino de notorias dimensiones. Y deste huevo sin igual nacieron tres seres maravillosos: Helena, Castor y Pollux. Estos seres encantadores dieron origen a muy bellas historias para que pudieran comer con ellas los poetas que cantan en los banquetes.
  Algunos dicen que, como premio a los dulces servicios, la princesa Leda fue convertida en diosa. Pero, la divina Hera, esposa y hermana de Zeus, llevaba muy mal los cuernos. Así que tuvo un justificado ataque de celos. Hacía cuatro semanas que no veía a su marido por el lecho nupcial. Enterada de todo lo ocurrido por una corneja de lengua muy suelta, puso guardias armados a las puertas de bronce del Olimpo y jamás permitió que la princesa pisara los predios sagrados del monte.
    En consecuencia, Zeus compensó a la princesa con un espacio vacante en el cielo. Y la colocó como una nueva estrella, que brilla con amoroso parpadeo, en la constelación llamada del Cisne.
  En las noches de verano nos tumbamos perezosamente sobre la dulce yerba y miramos las estrellas del cielo. Al ver el parpadeo de las estrellas del cisne, recordamos la aventura maravillosa de la princesa Leda y el divino cisne enamorado. Y con estos dulces pensamientos reforzamos los fundamentos de nuestra fe sincera.


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De la princesa Europa y el Divino Toro

Otras metamorfosis sufrió Zeus Poderoso movido por el Eros, mensajero de Afrodita. Pero, ninguna fue más comentada que la seducción de la princesa Europa. Para esta aventura, se transformó en un hermoso toro de bella musculatura y ojos enamorados. El divino animal tenía un pelo blanco como la nieve, unos cuernos rutilantes, que lucían como el oro. También tenía una raya obscura en medio de la frente. Todos estos son signos inequívocos que delatan la presencia de un toro divino. Pero había más cosas que, por pudor, no comentan los poetas. Tenía, este animal portentoso, unos excitantes atributos genitales que exhalaban efluvios embriagadores. Y al contemplar arrobada aquellos atributos, tan bien puestos y tan bien medidos, y al llenarse el pecho de la princesa con la dulzura de aquellas emanaciones sutiles, se volvió loca de pasión. Aquella noche no podía conciliar el sueño y no hacía más que dar vueltas en su lecho. Estaba obsesionada con aquella divinidad de taurina apariencia. Y sin pensárselo más, se descolgó por una atadura, hecha con finísimos lienzos, desde una ventana del palacio. Una vez en el suelo, se fue rauda hasta los prados donde pastaba el toro que la tenía desvelada. Y bajo la luz de la luna, los enamorados se reconocieron en el silencio de la noche. Sólo las estrellas y el resto del ganado tuvieron la fortuna de presenciar el misterio copulativo. Es por eso que nadie sabe como se llevó a buen fin esta hazaña amorosa entre el dios y la princesa.
  El mismo Hesíodo, en sus escritos, guarda un púdico silencio sobre las cosas que pasaron en esa noche memorable. Pero, las personas piadosas pueden meditar sobre este misterio tan instructivo.
Dicen los glosadores que Europa era una princesa de mucho carácter. Es por eso que no se lo pensó demasiado. Aquella misma noche abandonó todas sus riquezas, dejó a su padre y a sus hermanos, y se fue del palacio para fugarse a Creta con el toro. En aquellas tierras liberales, pudo disfrutar en paz con las virtudes y los prodigios de aquel toro divino. Era tal el portento que inspiraba el magnífico animal que nadie hizo el menor comentario malicioso. Fueron muy felices y tuvieron tres hijos semi-divinos: Minos, Rodamantus y Sarpedon. Y éstos fueron muy alabados por los poetas que no se perdían la ocasión de asistir a todos los banquetes para comer y cantar.
  Los glosadores están de acuerdo. Europa era una princesa muy fina que no se enfangaba con las cosas mundanas y vulgares. Y es por esa virtud austera de su carácter que sólo se encaprichaba con los productos más nobles y virtuosos del mercado. Su educación esmerada y el prodigio inmenso de su fe le permitieron reconocer, a primera vista, los signos de la divinidad en un toro portentoso.
  Y al sentir la llamada del dios, lo dejó todo y acudió prestamente para entregarle su corazón enamorado.
  Por eso se considera desde antiguo una meditación muy apropiada para los fieles creyentes.


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Sobre la liturgia del Rey del Año Nuevo

Y otros misterios afrodisios

En los tiempos actuales, el santuario de Afrodita en Chipre está regido por una sacerdotisa muy bella. Y todos los años, en el equinoccio de primavera, se organiza un baño sagrado para regenerar su virginidad. Esto es necesario porque, al cabo de un año, esta virtud se queda muy desgastada por las numerosas obligaciones del oficio.
  De este modo milagroso, la sacerdotisa puede empezar el año ofreciendo su virginidad reconstituida al Rey del Año Nuevo que comienza su reinado en ese día. El Rey Viejo aparece con una máscara portadora de enormes cuernos bovinos. Estos cuernos simbolizan el desgaste de su atractivo erótico; pues su miembro viril ha perdido ya gran parte de su fuerza primigenia. Deste modo enmascarado, el Rey del Año Viejo comienza la Danza de la Muerte. Y está danzando durante horas hasta que llegan unas mujeres enfurecidas y dando gritos que agitan en sus manos puñales de pedernal. Entre todas rodean al Viejo Rey y lo apuñalan. Luego, éste yace como muerto en el suelo, las mujeres hacen gestos de descuartizarlo y van echando los pedazos simbólicos a la hoguera. El sabio Herodonte dice que esta es una antigua danza anual que simboliza el sacrificio ritual del Viejo Rey, cuyo reinado duraba solo un año en tiempos remotos. Al cumplir su tiempo lo mataban y lo asaban en una hoguera.
  Mientras echan los trozos simbólicos del Rey Viejo a la hoguera, se van cociendo en unos peroles de barro toda clase de mariscos, centollas y langostas. Pero, los calamares y las jibias se fríen en aceite de oliva. Todos estos alimentos están bendecidos por la diosa Afrodita y tienen el poder de hinchar y levantar el hímeros del varón y ponerlo recio. Y también generan un calor íntimo y una inquietud ingobernable en la casta entrepierna de las esposas, las doncellas y las esclavas. Muchos ancianos, ya débiles por la edad, vienen a esta fiesta para disfrutar deste milagro primaveral. Pues tiene fama esta fiesta de endurecer las carnes más flácidas que te puedas imaginar.
  Con motivo de la fiesta, empieza la mañana con grandes expectativas y muy buen humor de todos. En este día no se castiga ni se azota a nadie, ni se dicen ásperas palabras. Y se toleran con una sonrisa las insolencias de los criados y los esclavos que en otros días del año les hubieran costado un buen disgusto.
  Cuando las familias llegan al santuario de Afrodita para la fiesta, todas juntas van comiendo de lo que traen y lo intercambian con la comida que traen otras. Pero, sobre todo, comen de los manjares afrodisios marinos que se cuecen en las perolas. Que esto se consume como regalo de la diosa. Y los hombres libres comen junto con los esclavos de la casa; las mujeres se juntan con las vecinas, las esclavas y los niños. Y hasta los mendigos alcanzan algo en competencia con los perros en esta fiesta. Porque es un día de amor y en él se olvidan las ataduras, los rencores y los azotes.
  En un día tan señalado, los esposos le echan un ojo lujurioso a la esposa de algún vecino, las esposas coquetean con otros varones y hasta puede que miren con deseos desenfrenados a algún esclavo nubio si estuviera disponible en la fiesta. Los niños mismos, inspirados por la diosa, van por ahí y se meten entre las piernas de las doncellas virginales. Porque este es un día feliz, donde se aceptan todas las infracciones a los buenos modales y las castas costumbres. Es una fiesta familiar, llena de sincera alegría. Los niños que nacen con motivo de estas copulaciones no son hijos legítimos, pero suelen ser muy bien queridos por todos. De ellos se dice, "éste fue engendrado en la fiesta de Afrodita" y se afirma rotundamente: "este niño tendrá mucha suerte en la vida".
  El Rey del Año Nuevo, se presenta con guirnaldas en la cabeza. Y aparece desnudo, en lo alto del altar de piedra, para mostrar su belleza juvenil. Y nos va enseñando, sucesivamente, sus fuertes brazos, sus muslos poderosos, sus potentes pectorales y sus abultados atributos, que han quedado enardecidos por los masajes de las ninfas. Luego, el joven se da unas vueltas para que podamos admirar sus potentes dorsales y su piel bien tostada que brilla con los rayos del sol.
  Este brillo de su piel le viene de los aceites con que han ungido al muchacho para la fiesta. Esto lo han hecho, de un modo placentero y meticuloso, las tres Ninfas de las Estaciones. Éstas frotaron con entusiasmo y con deleite los abultados músculos del joven que se ponía duro como el acero. Y habrían seguido frotando gozosas, durante días y días, si no fuera porque las normas festivas obligan a las ninfas a terminar de una vez con estos masajes.
  La apoteosis de la fiesta ocurre cuando ya todos han comido y bebido bastante y aparece la sacerdotisa. Ésta llega con su virginidad reconstituida totalmente por la virtud milagrosa de la liturgia. Y aparece, digo, fulgurante en sus níveos velos. Asciende majestuosa, por una escalera, hasta lo alto del altar como si fuera una diosa. Y es que, en este momento, es una transfiguración de la diosa misma. Pues Afrodita, vive en el cuerpo mismo de la sacerdotisa. Allí la recibe el Nuevo Rey que se postra ante ella de rodillas y mete su cabeza por entre los velos virginales. Y allí permanece unos minutos, con el rostro sumergido entre los velos, adorando el santo misterio. Mientras así medita, la diosa le acaricia con sus dulces manos los rizos de su cabeza. Luego, separando discretamente los velos, acerca la cabeza del joven hacia el atrio afrodisio que emite poderosos efluvios. Luego, se acomodan sobre un mullido lecho. Y allí, delante de todos, el Nuevo Rey, con su lengua bien entrenada, halaga con virtud pericial el misterio de Afrodita. Y las pruebas de su pericia se certifican por los gemidos de la diosa. Ella manifiesta de este modo su satisfacción por un trabajo hecho con gran esmero y mucha devoción.
  Termina la ceremonia con un acto copulativo magistral entre la diosa del Amor y el Rey del Año Nuevo. Y el tempo se acelera por momentos y se llena con gemidos intensos y jadeos amorosos. Pero, luego, todo se ralentiza durante unos minutos y se inmoviliza el tiempo y se paran los latidos del corazón. Y el sol se detiene en su caída hacía el poniente. Pero, lentamente, vuelven las aceleraciones, los gemidos y los jadeos a hendir el aire. Y así una y otra vez, hasta que concluye la ceremonia en una exhibición de emociones incontrolables que los mortales no conseguimos igualar. Y esto ocurre justo en el momento en que se pone el sol tras la línea remota del mar. Y todos quedamos conmovidos por la emoción religiosa. Y no es de extrañar que la muchedumbre se quede en este lugar sagrado para pasar la noche.

  Un gran misterio se apodera de las almas bajo la luz de la luna y una inquietud inmensa se agita en la púdica entrepierna de los mortales. Éstos sienten la presencia de los espíritus eróticos y lascivos que revolotean por el aire. Por eso, vagan inquietos en la oscuridad de un lugar para otro. Buscan un consuelo para las inquietudes que habitan en su entrepierna. Los varones buscan alguna doncella, o una ninfa selvática. Y lo mismo aceptarían a una ninfa riberina, o fontanal, o cualquier otro ser ranurado, para derramar, en su cálido nido, los fluídos afrodisios inagotables, una y otra vez. Las doncellas también esperan encontrar un alivio, con buenas proporciones, para suavizar el ardor equinoccial. Y esta inquietud se acrecienta con los abundantes gemidos de amor que hienden el aire. Y por el olfateo excitante de los efluvios que se transportan en la brisa. Y hasta las palpitaciones del corazón parecen dejarle a uno sordo; pues éste se desboca locamente con la magia de esta noche milagrosa.
   Se recomienda, en esta noche, llevar algún amuleto protector de ese orificio que sea por siempre salvo.  Esto puede protegernos del asalto de algún sátiro incontinente, cuando nos hallamos en una postura vulnerable.
     Se dice de alguno que, distraído en las faenas amorosas, se vio asaltado por detrás. De modo que algún desesperado, o algún sátiro insaciable y poderoso, le penetró bruscamente por ese lugar inmencionable. Y esto le deja para siempre un escozor y un ardor de muy difícil curación. Hay un dicho que afirma: Si un sátiro te penetra por ese lugar nefando, te deja dentro unos espíritus lascivos insaciables. Como consecuencia de esta mala ventura, te pasarás toda la vida buscando, inútilmente, un alivio para esos deseos inagotables con nuevas y frecuentes penetraciones. Ya no desearás otra cosa con más ardor en la vida.
A la mañana siguiente, el frío de la madrugada ya los ha mandado a todos a sus casas, agotados por los excesos. Y se pueden observar los restos de la fiesta esparcidos por el entorno. Los perros van dando cuenta de lo que aún queda, los cuervos también picotean esto y lo otro, y las gaviotas aprovechan la ocasión de picar algo. Y se pueden vislumbrar algunos paños íntimos extraviados. Un taparrabos perdido por aquí y otro por allá. Unas bragas por este lado o por el otro. Algunas ánforas rotas y los restos de marisco esparcidos por todo el prado.


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Sobre la Escuela del Amor en Pafos.

Si algún viajero viene a la ciudad de Pafos, en época distinta al equinoccio de primavera, le vendrá bien visitar el templo de Afrodita Porné. En este templo existe una Escuela del Amor donde las doncellas de todas las clases sociales aprenden los secretos más sofisticados de la diosa. Este templo tiene un gran atractivo, pues las clases no son sólo teóricas. Las doncellas deben demostrar prácticamente que han asimilado todas las artes que les enseñan las doctas sacerdotisas. Y a estos efectos se llegan muchos fieles a verificar, previo pago, la ciencia de estas doncellas.
   Y se dice que estas jóvenes servidoras del templo no pierden la virginidad a pesar de las muchas copulaciones. Este extremo no he querido verificarlo por mí mismo. Porque algunas cosas hacen más ilusión al creerlas ciegamente que después de comprobadas. Aunque sobre este punto se han generado enconadas controversias y diversas escuelas filosóficas.
  Alguna gente, con poca fe y rudos modales, niega que estas dulces servidoras de Afrodita puedan ser doncellas después de realizar infinitas copulaciones. Y dicen de ellas que "no les queda ni el menor rastro de virginidad en ninguno de sus santos orificios".
  Los expertos en teología contraponen que no hay ningún prodigio imposible para la diosa. Y refuerzan su tesis diciendo que existen médicos muy sabios y parteras famosas que llegan de todas partes del mundo a estudiar este hecho milagroso. Y que, convencidos por las pruebas, han certificado la intacta virginidad de las diaconisas. Y allí están los documentos a disposición de los incrédulos que se resisten a creer en los prodigios de la dorada Afrodita.
  Un físico amigo, llamado Eufronio y poco dado a supersticiones, me explicó un teoría muy sensata. Dice que estas doncellas nunca son penetradas en frío como ocurre con las novias en su primera noche de bodas. Si no que, con los sabios y pacientes ejercicios afrodisios, los sonrosados labios y el atrio divino de las doncellas adquieren una ductilidad y una flexibilidad extremas. Esto permite el prodigio de obtener penetraciones muy lúbricas que no producen desgarros, ni dolor alguno. Y así es como se obtienen placeres inmensos y prolongados. Eufronio cree que las doncellas son iniciadas en sus primeras penetraciones por jóvenes efebos que tienen miembros de dimensiones discretas. Y que, sucesivamente, las virginales diaconisas van siendo entrenadas con instrumentos de mayores dimensiones. Según Eufronio, ésta sería una explicación razonable para este singular prodigio.
   En cualquier caso, por natural que pueda parecer la teoría de Eufronio, este hecho no deja de ser un prodigio. Y las personas sensatas no van a considerarlo por eso como una cosa normal y rutinaria.


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De los conocimientos para hacer el amor

   Cuando una virgen es acordada en matrimonio, llega al lecho de su nuevo esposo bajo el frígido control de la diosa virgen. Estas doncellas núbiles, apenas tienen media docena de insignificantes vellos, cuando ya las conducen al himeneo. De modo que llegan al lecho nupcial completamente dominadas por las ataduras virginales y por eso se muestran temerosas; pues la virtud atenea no predice ni canta los placeres sensitivos de Afrodita, sino dolores, desgarros e incómodas preñeces.
   La mayoría de los novios son unos ignorantes que no pasan por los cursillos que se dan en el templo de Afrodita. Así que llegan al lecho nupcial como soldados violadores en tiempos de guerra. Y no digo nada más; porque las cosas que hacen son un gran anatema para la diosa. Pero, a pesar de todo, las doncellas núbiles están prestas a entregarse en sacrificio ante la ruda virilidad de sus esposos. Y lo hacen, por el bien de la Patria, siguiendo los consejos de Atenea. Para que Atenas tenga soldados valientes que la defiendan de sus enemigos. Amén.
  Los griegos nos creemos cultos y civilizados porque somos buenos navegantes y comerciamos con todos los puertos del mundo. Pero, el temor a los excesos natalicios hace que encerremos a las mujeres en los gineceos donde hilan y tejen eternamente. Al mismo tiempo, tenemos unas leyes muy severas contra el adulterio para proteger la casta virtud de las esposas, tan proclives al devaneo. Estas mismas leyes protegen también a las doncellas y las esclavas de la casa. Así cualquiera sabe el peligro al que se expone, máxime, si considera que por un par de óbolos, puede saciar sus ardores con una puta.
  Además, si no encuentras una doncella rica, no tendrás una dote decente y se hace difícil ahorrar de la paga para comprar o alquilar una vivienda. Al tener estas dificultades para casarse, la gente acaba criticando a las mujeres groseramente. Así sucede que siguiendo las costumbres aristocráticas, en lugar de ir de putas, muchos prefieren cortejar y persuadir a algún efebo para aliviar con ellos el ardor erótico que los enloquece. Por eso muchos dicen: "es preferible el amor de un efebo al de una mujer". Pero, en estos tiempos, tan materialistas, los efebos están muy consentidos. Y ya no se conforman con algún regalo simbólico, sino que quieren que se les pague en decenas de dracmas y que los inviten a las fiestas y los banquetes.
  De modo que sólo los ciudadanos pudientes pueden darse el gusto de perseguir a los efebos. La gente modesta se tiene que conformar con las putas de bajo costo. Porque las putas más finas y filosóficas, llamadas heteras, sólo están disponibles para la gente adinerada.
  En las charlas del gimnasio, nuestros jóvenes aprenden las ideas autorizadas por el concilio de los arcontes. Allí se enteran que el hombre puede caer bajo las artes amorosas de la mujer y quedar convertido en su esclavo. Y que un hombre libre se debe acercar a la mujer con mucha cautela para no perder su libertad. Con tal fin, el hombre casado debe limitarse a aliviar el fuego del deseo de un modo rápido. Debe hacerlo sin quitarse la túnica de lana y echarse luego a dormir. Asimismo, se dice que el amor, solo debe hacerse en la oscuridad de la noche. Pero, al recién casado le está permitido copular en las horas diurnas de su primer día de casado. Porque si el casado estuviera todo el día copulando, ¿cómo podría ocuparse de sus asuntos económicos y las asambleas políticas? Además, los filósofos y los entrenadores, saben que la mucha copulación reblandece la médula espinal que sostiene la estructura ósea. Pues, los humores, eyaculados en la copulación, provienen de la médula espinal del guerrero. Es por eso que se debilita y reblandece. Pero, los físicos jonios, influidos por las ideas persas, dicen que la eyaculación procede del hígado mismo; el cual se debilita con estos excesos. Los persas lo achacan todo al hígado.
  Algunos efebos que han tenido la suerte de casarse jóvenes, faltan con frecuencia a los servicios de guardia en las puertas y murallas de la ciudad. Y tienen tanto apego por el lecho nupcial que hay que ir a su casa a buscarlos con una guardia. Y luego, por su bien, se les castiga, dejándolos una semana sin volver a casa. Los oficiales dicen que estos jóvenes se vuelven afeminados con tanta copulación. Y que son muy jóvenes para estos excesos que debilitan la fibra guerrera y la osamenta.
  Los libertinos, por el contrario, hacen alarde de despreciar todas las ideas oficiales. Pero, esto lo hacen en la discreción de las tabernas, protegidos tras unas copas de vino. Estas cosas no se atreven a decirlas en el ágora o delante de los filósofos o los pedotribas . Estos libertinos, para escandalizar a las personas decentes, dicen que gustan de meter la mano en la entrepierna de la mujer. Esto hace que cualquier novicio se quede asombrado. Porque en ese escondido orificio sólo se mete el miembro autorizado. ¿Cómo es que lo haces? ¿No tienes miedo a contraer una enfermedad? Pero, el libertino es hombre de mundo y explica que no pasa nada, a condición de que uses sólo la mano izquierda. Jamás se te ocurra hacerlo con la derecha. Este libertino alardea también de copular en pleno día. Dice que la hora mejor es por la tarde o a media mañana. Y ante estas afirmaciones, todo el mundo se queda mudo de asombro y nadie es capaz de decir una palabra. El libertino añade que sólo le gusta copular con la mujer completamente desnuda. Y que copular con una mujer vestida, según ordena el canon de la decencia, es igual que copular con una oveja. Y los clientes de la taberna se ríen nerviosos al oír un lenguaje tan atrevido. Cuando aparece alguna puta por la taberna, le pregunta el precio del servicio y ésta responde, cinco óbolos más la cama. Y el libertino se burla diciendo, por ese precio te tienes que quitar hasta el sostén. ¡Desvergonzado!, responde la puta. ¿Cómo te atreves a decir estas cosas en público? Ésta es una taberna decente. ¡A donde iremos a parar con este libertinaje!
   Así son las ideas y las supersticiones de mis compatriotas que tienen dura la mollera. Cuando viajan por el extranjero tampoco se enteran de nada. Pues salen de las tabernas del puerto para meterse en los burdeles. Su poco gusto por el estudio les impide aprender lenguas extranjeras. Y tampoco lo desean. Y es que todas las familias no pueden pagar un buen gramático para sus hijos. Y los gramáticos mal pagados usan mucho de la fusta con los estudiantes pobres. De esta manera, se ven faltos de ambición por aumentar sus conocimientos. Y así no pueden hablar con las personas educadas de otros países y no aprenden nada nuevo.
   Los cursillos del buen amor se imparten por las sacerdotisas de Afrodita en su escondido templo. Este es un lugar poco frecuentado por [los turistas] extranjeros que ya sólo visitan el Partenón: el templo de la diosa virgen. El templo de Afrodita es poco conocido en estos tiempos. Y es que la ciudad está [abarrotada] de gente, de esclavos y de metecos . Son tantos ya que no hay arroyos suficientes en toda el Ática para beber y lavarse tanta gente. Por eso, nadie quiere propagar la erosofía; la doctrina del buen amor. Somos ya demasiados. Así que, en estos tiempos, no se le habla a la gente, ni [a los turistas siquiera], del discreto templo de Afrodita. De esto se desprende que estos escritos me comprometen. Pues los arcontes no desean que se propague la erosofía.
   Por los conocimientos de la erosofía, conseguimos que la diosa Afrodita instale el dulce hímeros en el cuerpo de la joven esposa; a la cual suponemos virgen. Para que pueda entrar, en ese cuerpo, el espíritu de Afrodita, es preciso cierto conocimiento del ritual. Con la ayuda de éste se pueden deshacer las ataduras virginales y desmontar el cerrojo que bloquea la puerta del amor. De eso es de lo que vamos a tratar.
  De entrada, hay que tener en cuenta que "la Divina Guerrera" tiene controlados todos los puntos sensibles, o cálidos, de la doncella. Esto es un problema. Ya que su espíritu es antagónico al de Afrodita. El joven novio debe tratar de verificar la fuerza de las ataduras virginales. Pues éstas pueden ser más o menos severas. Una vez que entra la novia, en la cámara nupcial, la sitúa sobre el lecho. En esta postura, verás que la novia está rígida y fría. Los diferentes pueblos han tratado de encontrar soluciones a este problema con escaso resultado. Los tracios suelen emborrachar a la novia en el día de la boda. De este modo, su cuerpo y sus miembros se ablandan por la borrachera y esto las hace perder el miedo. Pero, los físicos desaconsejan esa práctica porque las novias quedan como adormiladas y desmadejadas. Además, es frecuente que vomiten la borrachera o el exceso de comida en el mismo lecho nupcial. Y esto parece un mal auspicio.
  La mayoría de las bodas se celebran en el mes más frío del año y esto tampoco facilita la calefacción amorosa. Así que según sea el frío y la rigidez de la novia así será el trabajo que te espera. Lo primero que necesitas es una buena manta, ligera y cálida, para aumentar el calor de la novia. Otra buena precaución consiste en caldear con un buen fuego la cámara nupcial o ayudarse con un buen brasero. Algunos filósofos aconsejan aplazar la copulación hasta que lleguen los calores de la primavera. Pero este consejo tiene escasa aceptación entre los novios que suelen padecer de impaciencia insobornable.
  El hímeros afrodisio se debe transmitir por los apéndices fríos del cuerpo. Estos están poco vigilados por los conjuros de la diosa Atenea. De modo que si besas a la virgen en los dedos, verás que lo acepta gustosa. Ella siente el agradable calor de Afrodita que se penetra y asciende por sus gráciles brazos. Esto agita momentáneamente su corazón refrigerado por la magia de la diosa virgen. Igual ocurre cuando le chupas el lóbulo auricular (de la oreja, en palabras naturales). Este calorcillo penetra y le da una nueva agitación al corazón helado por el conjuro.
   A medida que se besan los dedos de la doncella, se puede seguir por el dorso de la mano. Y al besar el lóbulo auricular se pueden poner los labios sobre el delgado cuello. Estos son senderos distintos que confluyen y excitan un instante el corazón que se va despertando de su letargo frigoral.
  Para introducir el espíritu de la diosa en el cuerpo virginal se precisa acelerar y caldear un tanto el corazón. Esta aceleración cardiaca incrementa la temperatura del cuerpo de la novia. Esto está verificado por los físicos.
  Decía que los labios chupetean hábilmente el lobulillo auricular. Algunos imprudentes suelen iniciar los chupeteos en otro lobulillo, mucho más escondido, que raramente se menciona en los tratados de física. Esto es una imprudencia que puede tener consecuencias alarmantes; pues este sensible lobulillo está severamente guardado por los sortilegios virginales de Atenea, cuyo nombre sea por siempre bendito y alabado.
  Para llegar hasta esa zona hipersensible, es preciso construir antes una especie de Caballo de Troya. Esto nos permitirá entrar al interior de la ciudad que está protegida con los potentes hechizos.
  A medida que los labios ascienden, besuqueando la tersa y delicada piel de los brazos, el poder de la diosa Afrodita se incrementa y esto acelera el corazón de la novia. Y allí, en su sede central, el hímeros divino se va lentamente creciendo. Esto caldea el cuerpo de un modo perceptible.
  Cuando hemos actuado con nuestros labios periciales sobre el brazo izquierdo, debemos pasarnos al derecho. Y luego del lóbulo izquierdo al lóbulo derecho. Y con la confluencia de estas fuerzas cálidas, nos acercamos al leve pecho. Pues, al tratarse de una virginal doncella, está poco hecho y es muy sensible. En esta fase se deben besar los pechos bajo el filtro protector de la túnica de lana. Y a través de este filtro, emitimos por nuestra boca una serie de espíritus eróticos caldeados y laboriosos. Estos irán acelerando y calentando el corazón de la novia. Pero, más abajo del abdomen, todo sigue en estado frigoral.
  Es de su natural que esté el esposo al lado de la novia. Y éste tiende a acariciar con sus manos callosas por el lado proximal de la doncella. Y éste será el izquierdo o el derecho según se dé la circunstancia. Con estas caricias, persistentes por un lado solo, se puede crear un desequilibrio térmico. Hay esposos que, por causa de esta ignorancia, han provocado en la novia una [hemiplejia afrodisial]. Piense en los inconvenientes de tener una esposa caliente por el lado derecho y fría por el izquierdo. Pues al fin y al cabo, el hímeros divino tiene su sede en la púdica entrepierna. Y, como todos saben, ésta queda equidistante de ambos lados; según se deduce por el estudio de las leyes naturales. Por eso se recomienda mantener la divina [isostasia], acariciando y besando, ora por el lado derecho, ora por el izquierdo, para guardar el sentido de la armonía.
   Cuando se tienen controlados ambos lados, en la parte superior, es hora de avanzar con las manos hacia el centro del cuerpo y la cintura. Para ello, el novio se sitúa a hojarcadas sobre el cuerpo de la novia, pero sin abrumarla con el peso. Luego se masajea con ambas manos, al estilo de los lidios; maestros en el arte del manoseo erótico. Esto calienta el tronco virginal de un modo simétrico. Cosa muy recomendable, según hemos comentado. Pero, hasta ahora, sólo tenemos caldeada la parte superior del cuerpo. La central afrodisia y los miembros inferiores siguen fríos y controlados por el sortilegio de Atenea.
  Se debe empezar por los dedos de ambos pies, que estarán helados, chupeteando un rato por el izquierdo, y luego por el derecho. Y en sentido ascendente se debe ir pasando por ambas pantorrillas. Las vibraciones cálidas, que esta excitación genera, van ascendiendo por ambas extremidades y envían noticias del evento al corazón. Esto incrementa su pulso y se acelera, aumentando la temperatura del cuerpo virginal.
    Situado el novio en el punto del chupeteo de los pies, es recomendable apartarlos con discreción, quedando el novio entre ambas piernas. En esta posición está bien colocado para ascender, en el dulce besuqueo, hacia la sede central. Estas tareas se deben hacer bajo la cúpula protectora de la manta de lana. Pero existe un momento en qué el calor se puede volver insoportable. Esta es justa la ocasión para quitarle a la novia la túnica nupcial. Se vuelve a colocar por encima la manta, no vaya a ocurrir que baje la temperatura y se eche a perder todo el trabajo.
  Se sigue con el besuqueo de ambos muslos, alternando entre uno y otro, y ascendiendo lentamente en dirección a la dulce puerta de Afrodita. Pero, el novio debe ir acompañando los besos con jadeos amorosos y dulces gemidos. De este modo, la novia va aprendiendo algo sobre la orquestación sonora del amor.
  A estas alturas del proceso, la doncella virginal debe haber entreabierto las piernas, de modo tal que forme un [triángulo isósceles]; preciso y suficiente. Es decir, que el ángulo no será menor de un tercio de cuadrante, ni muy superior a dos. Si la doncella no se entreabriera según el ángulo previsto, a medida que se avanza besando entre ambos muslos, estos se van separando discretamente.
  La temperatura creada por las virtudes de la manta y el halago pericial de los labios y la lengua, nos van a permitir el olfateo placentero de los efluvios que ya surgen del cuerpo virginal. Y esto ya es una señal de que Afrodita nos gratifica con este dulce mensaje.
  A medida que se llega con los besos a la zona frontera con la puerta de Afrodita, se salta discretamente más arriba y se besuquea la zona del ombligo y se avanza luego hasta el monte afrodisio. Se va besuqueando con pasión la piel de la novia virginal para elevar la temperatura del hímeros genital. Luego, se da un nuevo salto hacia la medianía de los muslos, besando cada uno por su cara interior. Y de nuevo se avanza en dirección al templo de Afrodita. Pero, al llegar a la zona frontera, donde yace la puerta afrodisial, el varón bien educado se desvía pudoroso, ora por un lado, ora por el otro; sin osar tamaño atrevimiento. No se debe adorar a la diosa en su divina puerta sin recibir la señal propicia. Ésta llegará cuando el esposo sienta la mano de la novia empujando suavemente la cabeza dubitativa. Esa es la señal, que nos envía Afrodita, indicando su permiso para halagarla con la máxima dulzura en el atrio de su divino templo.
  Pero el novio, que conoce la etiqueta social y los buenos modales, sabe que nadie habla de estas cosas que aquí se comentan. Pues son parte del secreto de las artes afrodisias. Y que estas delicadezas están vedadas a la plebe, inculta por naturaleza, y a las personas impías.
  Las personas dominadas por las doctrinas de la castidad, la filosofía pedante, el exceso de gramática, la retórica, la geometría, la astrología, el comercio o el atletismo, tienen embotada la sensibilidad afrodisia y sus placeres copulativos son rápidos, superficiales y de escasa frecuencia.
  Todo lo escrito en esta parte, parece pensado para las novias de reciente matrimonio. Debo decir que en poco tiempo, cualquier novia se convierte pronto en una experta en las artes del amor. Y cuando esto ocurre, está ansiosa deseando que llegue su esposo a casa, dejando atrás las interminables discusiones en el foro. Tanta pasión y deseo pueden poner en esto que algunos maridos se sienten agobiados ante la esposa insaciable.
  La cosa cambia a medida que la mujer se ve agobiada de trabajo y por los repetidos partos y preñeces. Se dice que muchas esposas, pierden su ardor juvenil y se cansan de tanta copulación. Suele ocurrir que llega el esposo, excitado con la contemplación de los orondos traseros de las bailarinas, y se acerca por el gineceo y llama a su mujer. Ésta llega refunfuñando algo sobre maridos insaciables que no piensan en otra cosa. Y aquí es donde se define la diferencia entre el esposo inspirado por Afrodita y el hombre vulgar. El hombre vulgar va directo a la cópula como si fuera un impaciente soldado. De este modo, Afrodita se siente rechazada y utilizada con fines egoístas. Es por eso que la esposa pierde la inspiración de Afrodita y en su lugar se ve dominada por el espíritu de Atenea que abomina de las copulaciones. De modo que mi consejo a los esposos es que nunca dejen de adorar a la diosa del amor en el cuerpo de sus mujeres. Que nunca vayan directo a la cópula sin más, si no que acaricien a la esposa con dulzura y con calma, durante mucho tiempo. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero, nunca empiecen por las partes más sensibles. Los conjuros de Atenea siempre están guardando esos santos lugares. Cuando el esposo siente la excitación de su mujer, no se lance de inmediato a copular. Afrodita ya está cerca de su cuerpo pero los conjuros de Atenea no se han soltado del todo. En este punto es hora de besar a la novia con mucho ardor, para que penetre totalmente el espíritu de Afrodita y la caliente en todas sus partes. Y, como ya indiqué en otro lugar, los besos se deben acercar lentamente desde las partes más frías en dirección a las más calientes. Y con estos ejercicios piadosos, el espíritu de Afrodita se va centrando más en el templo del amor y del deseo. Y llega un momento que la excitación y los temblores de la diosa te anuncian que ha llegado la hora. Y que Atenea ha salido huyendo de este lugar sagrado, fuente de placeres inagotables.


Modo penetrante


  A las personas que no conocen el amor de Afrodita les da lo mismo penetrar a una oveja en celo que a la novia en la noche del himeneo. Y si hallaran el cerrojo virginal difícil de saltar, no tienen el menor reparo de penetrar a la novia por otra parte inmencionable. Pero, la persona civilizada, antes de llegar a penetrar a la virginal doncella, debe realizar, un par de veces cada día, los ejercicios de calentamiento que se describen en la parte decimocuarta de este tratado. Y así durante varios días, pues las doncellas núbiles no suelen tener bastante madurez para ser penetradas en el primer día de la boda.
  Cuando los labios del novio han besado en la divina puerta de Afrodita, se debe aprovechar esa intimidad con la diosa, manifestándole el afecto y devoción que le tenemos. La lengua debe cumplir con sus deberes devotamente. De este modo, la diosa agradecida mantiene los labios encendidos durante horas y la fruta madura mucho antes.
   Al terminar cada una de las sesiones que se recomiendan, puede el novio añadir otro ejercicio colocando la cabeza del miembro en la puerta afrodisial. Una vez situada en su lugar, puede frotar en la ranura; pero, sin forzar la entrada. A lo sumo se permite una ligera presión. Con este jugueteo y estas frotaciones, en algún momento, puede ocurrir una emisión incontenible de fluídos afrodisios. Este produce un unte oportuno de la divina puerta. Este néctar tiene el poder de reblandecer los labios de la puerta y calentarlos. Con ello se refuerza el dulce hímeros de Afrodita y se van deshaciendo las ataduras internas dejadas por Atenea, la diosa virgen. En algún momento, vamos a decidir que está próximo el día de la penetración. Después de ejecutar fielmente los ejercicios de calentamiento, se coloca yacente el novio, recostando la espalda varonil sobre un rollo de manta. Queda, de este modo, el novio con la erecta flecha preparada. Se instruye a la núbil doncella, ya bien caldeada con los ejercicios anteriores, para que se coloque en posición semisedente sobre el cuerpo del esposo, con sus rodillas separadas; una por cada lado de la cintura. Deste modo, la doncella puede ir haciendo las debidas aproximaciones. Éstas tienen por fin unir la ruborosa puerta de Afrodita con la flecha tensa del Eros impaciente. Apoyándose en los hombros del varón, la novia tratará de poner ambas divinidades en contacto, y moverá su cuerpo de tal manera que se froten ambas sensibilidades, la una contra la otra, en una lenta caricia.
  Si nos invade el espíritu de la impaciencia, debemos ralentizarlo todo. Y si fuera preciso, se detiene por un tiempo el movimiento. Una vez ahuyentado ese espíritu maligno, se prosigue con los ejercicios anteriores. Éstos son unos ejercicios muy poderosos. Con ellos, la doncella se haya relajada y en recepción continua de emociones placenteras. El temor que podía padecer, por daños imaginados, emigra lejos de su mente. Es por eso que, en algún momento, la novia misma, con ayuda de su propio deseo, presionará sobre la tensa flecha, una y otra vez, con creciente confianza. Esto le permite sentir como penetra, lentamente, la dulce flecha y como expande su calor afrodisio, por entre los labios de Afrodita. No debe apresurarse la novia en este gozosa ventura, antes bien, debe tratar de llevarla con dulce lentitud. Deste modo, se prolonga esta sensación divina que nos envía Afrodita, en este devaneo penetrante. Así que la novia, unas veces eleva el cuerpo y otras desciende, con lento y pausado ritmo. Al elevarse se produce una suave extracción y al descender se sigue una lenta penetración. Estos movimientos se deben ser muy suaves para paladear mejor las sensaciones placenteras. Y se deben acompañar de discretos suspiros y gemidos que exaltan los placeres de este dulce vaivén. Sin ellos, la copulación estaría falta de los efectos sonoros que halagan el oído del hombre civilizado.
  Las personas poco cultivadas tienden a resolver la penetración con gran prisa. Parece como si hubieran dado la alarma de incendio en la ciudad y tuvieran que salir huyendo. Este es un error propio de espartanos y novicios y no tiene disculpa en el hombre culto de nuestros días.
   Si la doncella, debido a su natural inexperiencia, se moviera con más rapidez de la precisa, el avezado novio avisará a la novia para que se mueva lentamente. Y con sus manos poderosas, controlará el movimiento de la núbil esposa haciéndolo tan lento como sea posible. De este modo, se prolonga el placer afrodisio durante largo tiempo. Pero, es de sabios aceptar que estos ejercicios no se podrán prolongar mucho más allá de las tres marcas de una clepsidra . Pues existe un momento en que nos vemos invadidos por un espíritu, impaciente en extremo, al que ya no podemos domeñar.
  Esto quiere decir que, en cualquier momento, se producirá la emisión de los fluídos incontenibles. En ese momento, Afrodita nos envía como unos temblores placenteros que nos hacen estremecer los músculos y los sentidos. Y se sabe de novios devotos que han tenido una visión de la diosa sobre el techo de la cámara nupcial. Y la han visto desnuda retorciéndose de placer, y emitiendo jadeos y gemidos incontrolables. Por eso, si se llevan bien estos virtuosos ejercicios, tendremos cuando menos el placer de ver en este paroxismo a la dulce y núbil esposa. Y daremos por bien empleada la paciencia que hemos gastando en su educación afrodisia. Y aunque la esposa no se pueda nunca igualar a una diosa, no hay duda de que en muchas ocasiones se comporta como la diosa misma. Y no es para extrañarse, pues ha sido reblandecida por el arte de nuestros masajes, la ternura de nuestros besos y el halago virtuoso de nuestra lengua pericial en su divina puerta.


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De los ejercicios para disolver la frialdad virginal

Los físicos, que han estudiado el asunto de la frialdad virginal, no han encontrado una causa que la explique. Pero ocurre que, en Atenas, los misterios de la mujer son sólo conocidos por las comadronas. En algunas ciudades de la Jonia, algunos físicos han estudiado este problema. Para ello examinan a la doncella palpando para estimar la contextura grasa, miran como se presenta la vellosidad del monte afrodisio y olfatean en la puerta virginal. Y luego de observar dan su dictamen. Se sabe que las vírgenes frígidas suelen ser muy delgadas, tienen escaso apetito, no les crece el vello afrodisio y sus pechos no se manifiestan. Además, carecen de efluvios lascivos. Estos efluvios, los determina el físico con su fino olfato. Las doncellas con falta de madurez presentan un dulce olor lácteo, mientras que las doncellas que están en sazón para las copulaciones emiten leves efluvios de marisco.
  Algunos físicos estiman que, en ausencia de vello afrodisio, no se puede hablar propiamente de frigidez. Antes bien, debemos pensar que la causa del problema es debida a la impaciencia del esposo novicio y la familia de la novia; que no supieron esperar el tiempo necesario para que la doncella estuviera en sazón. Pues es sabido que unas se adelantan y otras se atrasan en su desarrollo.
   Si consultamos a una sacerdotisa para un caso de frigidez, nos va a explicar que tal vez la doncella, o quizá la madre, hayan ofendido a alguna diosa. Como remedio a este mal nos aconsejan hacer ciertos sacrificios, ofrecer candelas y donativos al templo. De ese modo, la maldición se extingue al cabo de un tiempo.
     Herodonte cree que también es posible que la doncella haya sido educada en una piedad excesiva por la diosa Atenea. Por eso recomienda a las madres que eduquen a las niñas en un amor más compartido con las diosas propensas al amor. También nos advierte para que el aya no tenga una fusta muy laboriosa; y aconseja que no esté todo el día dando fustazos.
   Según Herodonte, los golpes de fusta deben darse con mucha mesura y discreción. Y sólo para controlar, de cuando en cuando, la impudicia de las doncellas más atrevidas.
   Existe un remedio menos conocido contra la frigidez. Según Herodonte, se trata de calibrar el retraso contando los vellos del monte afrodisio. ¿Cuantos hay? Desgraciadamente, el sabio Herodonte, que en paz descanse en el Hades, se olvidó de darnos instrucciones sobre lo que debemos hacer con el número obtenido de la cuenta. He comentado el asunto con gentes doctas, y se supone que se cuentan los vellos del monte afrodisio hasta llegar al millar. De este modo, con está ocupación va pasando el tiempo y se cultiva la paciencia del novio. Se supone que la novia, con estas atenciones, tiene tiempo de madurar para los placeres copulativos.
   Se sabe que algunas jóvenes, en esto del vello son más tardías. Por lo tanto, se trata de esperar un tiempo. Una vez aceptado este destino, te armas de paciencia y empiezas los ejercicios que aquí se describen para disolver la frigidez.
   Para ello, el esposo debe dedicarse a masajear diariamente con mucha dulzura el cuerpo de la virgen. Existen unos ungüentos perfumados que llegan de Egipto y tienen la consistencia y color como de crema lechosa. Estos ungüentos no están al alcance de cualquiera, de modo que algunos usan la lanolina; esta es una grasa que se extrae de la lana. Pero, esta tiene el inconveniente de volverse un poco maloliente cuando pasa un tiempo. Así que un sustituto razonable puede ser el sencillo aceite de oliva.
   El uso del aceite de oliva tiene un inconveniente. Hará que la doncella huela como un efebo bien dispuesto para la lucha en la palestra. Para muchos esposos, éste no será ningún aroma novedoso en su lecho. Porque, casi todos han tenido algún efebo en su cama, con el fin de aliviar los insoportables deseos germinales. Otros muchos, se han visto impelidos por esas lúbricas pasiones, corriendo tras dellos por el ágora, más allá de las murallas, por entre los hornos del barrio cerámico y hasta por el mismo cementerio. Muchos han llegado a suplicarles, postrados ante sus pies, y tratan de convencerlos con halagos, caricias, palabras amorosas y algunas monedas de bronce. Pero, más de uno perdió la poca plata que tenía por andarse en estas divagaciones lujuriosas.
  Así que, volviendo a la virginal doncella, se masajea ésta, con o sin ungüento, delicadamente por todo el cuerpo. Concentrándose más en la parte de los pechos y en la púdica entrepierna. Pero, si no tenemos afecto por los untes, podemos usar los labios y la lengua como fuente lubricante. Yo creo que esto tiene un poder afrodisio mucho mayor que los ungüentos. Y deste modo, tiene la ventaja de que al besarla en los labios afrodisios, sólo notaremos un delicioso sabor lácteo. Esto es mucho más agradable y tonificante que el sabor del aceite de oliva. Recuerdo de mis viajes que, entre los pueblos tátaros, al paladeo de la puerta de Afrodita le llaman comerse un yogur.
   Pero puede ocurrir que, por más que demos masajes, la doncella parezca abandonada del espíritu afrodisio. No debemos desesperar. Con la llegada de los calores primaverales, la cosa mejora mucho. Y mientras tanto, se pone una imagen de Afrodita en la cámara nupcial, con alguna lámpara en su honor. Es preferible para este intento, una figura que muestre los encantos de la diosa, retozando por la excitación amorosa. Pero, esas imágenes no se venden en el pórtico del templo de Afrodita; debido al pudor fingido de las decentes sacerdotisas. Por lo tanto, debes buscarlas en el callejón de los tallistas; allí tienen escondido, por la trastienda, un surtido de figuras afrodisias en excitantes posturas y otros artilugios. También es aconsejable comprar algún falo bien tallado de suave marfil. Pero no todo el mundo tiene plata para este gasto; así que bien puede servir igual uno hecho con madera de acebuche; pues ésta es dura, tiene un buen pulimento y es más asequible para la gente sin plata.
   El falo estará bien pulimentado y no será muy grueso. Se recomienda un grosor menor o igual que el natural del casto esposo. Así, la púdica doncella en sus horas de asueto, si lo desea, puede probar el artilugio, bien untado de manteca, en la intimidad de su retiro. Así se concentra en el propósito nupcial sin distraerse con las cosas mundanas.
    Después de los masajes de cada día, el esposo facilitará con su mano, o frotando suavemente por la ranura, una emisión de fluído germinal y untará, con ese fluído susodicho, los labios de la puerta de Afrodita y el estuche que guarda la sensible "faba". Y por si no lo sabes, te diré que el mentado estuche se halla en la parte superior de la preciosa abertura. Con este unte de fluídos germinales, la doncella comienza a sentir unos leves ardores de placer en el entorno divinizable.
   Mientras la novia manifieste un deseo débil y un espíritu medroso, no es aconsejable penetrarla. Pero, se le puede acariciar y masajear con suavidad. También se la debe besar diariamente como se describe en la parte decimocuarta de este rollo. Sólo es aconsejable masajearla suavemente, con la cabeza del testigo viril, en los labios de Afrodita; pero sin hacer el menor esfuerzo por penetrarla. Si acaso, se permite presionar levemente, con la bien torneada y sensible bellota. Es necesario repetir este tratamiento, cuanto menos, dos veces al día, durante un mes. Y los ardores afrodisios se irán instalando en la divina puerta de la doncella; aunque todavía sea escaso el vello del monte afrodisio.
  En llegando al final de estos ejercicios, se puede probar la penetración de la doncella tal como se describe en la parte decimoquinta de este rollo. La doncella se coloca sobre el cuerpo del esposo en postura sedente sobre las rodillas. Quedando una de cada lado. En esta posición se invita a la doncella para que pruebe de acercar los labios de Afrodita a la flecha erótica que se halla impaciente y bien dispuesta. Se deja en libertad a la doncella para que juegue por sí misma; acercando y alejando una cosa de la otra según sea su capricho. Y para darle ánimos, cuando haga bien las cosas, el casto esposo se pondrá a dar gemidos y exhalaciones placenteras. Desta guisa, la doncella siente acrecentado su entusiasmo y placer por estos ejercicios.
   Si el esposo emite sus humores afrodisios sin llegar a penetrar a la doncella, no debe sentirse fracasado. Ya es sólo cosa de días para que la virginal doncella acceda a penetrarse a sí misma de su propia y libre decisión.
  Pero, la frigidez es distinta según los países. Me viene a la mente una historia que aprendí en tierras de Libia, cuando me vi atrapado en el puerto de Tauquira, por un tiempo, a causa por una avería de mi nave.
    Así me pude enterar de una rara costumbre de los pueblos libios. Esta te puede resultar una historia repugnante y te ruego que no la leas si tienes el estómago delicado. Si éste fuera el caso salta esta parte de la historia y vete hasta el punto decimoséptimo. Pero, si no lo haces así, no me acuses de escribir sobre las costumbres aborrecibles de estos pueblos africanos. Algunos varones nómadas de Libia tienen la costumbre de tomar por esposa a una niña, cuando aun le faltan algunos años para crecerle el vello. Así que pude enterarme de esta rara historia que sé que es cierta y digna de crédito. Pues vi una parte de las pruebas con mis ojos. Estaban en una tienda, acampados cerca de Cirene, un joven varón, de entre veinte y treinta años, junto con su padre, ya mayor, y una niña de unos siete u ocho años. En algún momento de las presentaciones y saludos, me dijeron que la niña era la esposa del joven. Al pronto, no entendí lo que decían porque me pareció inverosímil lo que oía. Traté de aclarar el malentendido y me dijeron que no había tal. El joven se apartó los pliegues de la túnica para enseñarme los arañazos que la niña le hacía en el pecho, en la espalda y en los muslos. Había también señales de mordidas en diversas partes del cuerpo. Es todavía muy juguetona, me dijo. Yo no terminaba de asombrarme. Y como está gente nómada no tiene sentido del pudor, allí estaban sonriendo la niña y el joven; y confirmaban con la cabeza todo lo que me contaban. Ocurrió que la niña se acostaba cada noche en el lecho del esposo y sólo jugaban un poco por aquí y por allá. Cosa que me avergüenza comentar. Y la niña le arañaba con fuerza en el pecho y en los muslos y le mordía como ya dije. Pero, el esposo, respetaba su corta edad y no la penetraba. Y resulta que la niña se sentía insatisfecha con esta situación. Así que, de cuando en cuando, le preguntaba al esposo por que no la penetraba según hacen los hombres con sus mujeres. El casto esposo le respondía: Eres todavía muy pequeña. Así que la niña vino a imaginar una treta para conseguir sus deseos. Cierta noche cogió un excremento seco de gato y lo metió en el lecho. Al llegar la noche, el esposo empezó a sentir un olor apestoso y preguntó: ¿De donde viene este olor apestoso? Y la niña inocente le dijo: No es más que una pequeña cagada de gato. Tira esto fuera de aquí, dijo el esposo. Y la niña respondió: Ya ves como una pequeña cagada de gato te hace enfadar con el olor, lo mismo que si fuera una cagada grande. Así que una niña pequeña te puede dar el mismo placer que una mujer crecida. Movido por estas razones, el esposo trató de probar estas palabras. Para ello, se sirvió en partes iguales de un poco de paciencia y otro poco de manteca, para tratar de ver si aquello era posible. Y cuenta el esposo que había razón en lo que la niña decía. Por eso, dijo el esposo, ahora la niña me araña y muerde con menos frecuencia. Pero, éstas son historias barbáricas de la Libia y no se pueden contar en Atenas. Pues los pueblos civilizados ven muy mal estas costumbres y sienten un gran horror al oírlas.



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De las propiedades físicas de los miembros viriles

Los griegos tenemos un testimonio viril de unas dimensiones que están en armonía con el introito de nuestras virginales doncellas; que se consideran como algo estrechas y poco profundas.
   Cuando vamos por las costas del oriente y Egipto podemos advertir como algunos varones exhiben alongados y colgantes penes. Tan largos son que nos deja llenos de asombro a los hombres civilizados.
   A este respecto, recuerdo una taberna, en el puerto egipcio de Naucratis, donde unas hetairas finas daban un espectáculo variado. Pasaron una a una, las bellas bailarinas, moviendo incansables sus caderas en afrodisias agitaciones. En estos bailes, las muchachas hace ya mucho que dejaron atrás sus años virginales. Y no sé si tuvieron alguna vez algún recato. Estas muchachas exhiben sus cuerpos contoneando sus caderas en simulaciones copulativas incansables. Y en verdad que es excitante esta visión afrodisia. También se pasan la mano por la púdica entrepierna con delectación y suspiros. Luego, inclinando su cuerpo hacia delante se dan la vuelta para enseñarnos sus hemisferios traseros, plenos de sugerencias copulativas. Y así nos enseñan ese oscuro orificio, lleno de insinuaciones prohibidas, que el decoro no permite mencionar. Y con una extraña contorsión de su cintura, conseguía enseñarnos, desde atrás, los gruesos labios de la puerta de Afrodita. Esto asombraba a la concurrencia.
   Luego aparecía un individuo con un falo muy largo y hacía simulaciones copulativas, y otros juegos, con una doncella rolliza en extrañas y variadas posturas. En verdad era algo agradable de ver a pesar del pudor que nos inculcó la severa fusta de Atenas.
   Pero, la ensoñación del recuerdo me desvía del propósito de la historia. Estaba yo con mucha cerveza; pues en estas tierras resulta muy caro el vino y de muy mala calidad. Estaba un poco ebrio, digo, y no podía creer a mis ojos al ver a un hombre copulando con su propia boca. Tenía, este insólito varón, una verga de tales dimensiones que había de sostenerla con ambas manos para mantenerla erecta. Desta guisa, con un leve arqueo de su espalda, acceder podía con sus labios a la bellota de su inmenso falo. Y, con sus hábiles manos, le daba a su virilidad un movimiento masturbatorio hasta eyacular los humores genéticos en su propia boca. Pero, mi natural pudibundez se veía adormecida por la mucha cerveza ingerida; de modo, que no podría jurar la certeza del recuerdo.
   A lo largo de mis viajes, he sentido siempre un vivo interés por los secretos de la física. Con tal motivo, siempre que recalo en algún puerto, traigo una ánfora de buen vino del Ática para algún amigo médico. Agradecido por el obsequio, aprovechamos para beber unas cuantas copas de vino, mientras le tiro de la lengua. Así puede enterarme de algunas cosas que se guardan bien secretas.
    Según el testimonio de los físicos, las propiedades de los miembros viriles guardan relación con su dimensión perimetral y su largura. De modo que la física los divide en dos categorías, a saber: "hipertónicos" e "hipotónicos".
   Es de su propio y natural que el apéndice viril venga animado por un espíritu o fuerza erótica. Pero, ésta, siendo variable, tiene también sus limitaciones. De esto se concluye, y está verificado, que las vergas de grandes dimensiones pueden tener problemas para mantener su erección. Se cree que el espíritu erótico que las anima, cae rendido ante el peso de la física. Por eso pierden fuerza y, de pronto, decae su hinchazón. La explicación racional es que los espíritus eróticos no tienen todos la misma fuerza. Por eso, algunos pueden, y otros no, sostener firmemente a los miembros desmesurados.
   A este tipo de miembros se les llama y con razón penes hipotónicos. Lo que dicho en palabras ordinarias quiere decir penes débiles. Los que tienen estos penes suelen servirse de las manos para mantenerlo erecto. Y pueden tener dificultades copulativas; pues a la menor distracción, el espíritu se evade del pene excesivo, dejándolo sin vida. Debe, el varón en este trance, invocar a los espíritus satíricos para que vengan en su ayuda. Y a veces esto también falla. Las doncellas pudorosas, suelen verse obligadas a insuflar vida en ese miembro por medio del halago de su boca. Pero, sólo si la doncella goza de los favores de Afrodita, puede inspirarle una nueva erección.
   Saben los físicos que los miembros muy pesados adolecen de fuerza y plenitud para llevar a cabo un buen acoplamiento. Por ello, los coitos son de larga duración y sufren frecuentes interrupciones en su progreso natural; eso retarda mucho la llegada de su culminación. No es extraño que, algunos, ni siquiera consigan llegar al final que se persigue con estos ejercicios copulativos.
     Pero, estos conocimientos de la física son ignorados por el vulgo, el cual cree que es mejor un asno grande que otro más pequeño. Y por eso se envidian de los individuos que se dicen bien dotados. Tanto es así, que en tiempos de paz, un varón, sin otros medios de fortuna que un apéndice muy largo, puede ganarse bien la vida exhibiéndose en las tabernas con fantasías eróticas y otras obscenidades.
   De los miembros viriles con menor substancia física, se dice que son discretos; y el espíritu que les insufla vida y los llena no tiene dificultades para mantenerse despierto. Antes bien, parece este espíritu muy activo e impaciente. Y puede llegar a serlo tanto que alguno llega a emitir los fluídos germinales antes de que se haya penetrado a la doncella. Como compensación, este espíritu juguetón suele ser insaciable. Y se sabe que, tras un corto descanso, puede volver a manifestar su vitalidad de nuevo; pues en estos penes habitan unos genios muy activos. Por todo esto, los físicos dicen de estos penes que son hipertónicos. O sea, fuertes en exceso. También son impacientes y suelen dispararse en un instante. Para evitar esto, es aconsejable el uso de algún unte como la manteca sobre todo el largo del miembro. Deste modo, el espíritu pierde buena parte de su prisa. Pues este pene es muy sensible a la estrechez del templo afrodisio. Y con este unte, parece sentirse más holgado y lúbrico. Esto le permite prolongar la estancia en el gozoso templo de Afrodita, por el tiempo de tres marcas de una clepsidra o incluso más.


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Donde se trata de la impotencia del varón

El caso de los penes hipertónicos

   Se pueden considerar dos clases de impotencia en el varón. Una es por causa de la potencia hipersensible y otra por causa de la potencia asténica.
   De la potencia hipersensible ya he dicho algo en la parte precedente. Se trata de los penes hipertónicos. En los casos más serios, estos penes parece que copulan con los espíritus del aire. O para decirlo de otro modo, parece que con el mero calor que desprende la doncella o, tal vez, con los potentes efluvios que ésta emite, se dispara imparable la emisión de los fluídos germinativos ya desde el aire mismo; o con una simple aproximación a la puerta del deseo.
   Muchas esposas se quejan con razón de estos varones muy rápidos; ya que las mujeres necesitan llevar estas cosas lentamente. Por causa deste desajuste, cuando la casta esposa empieza a enterarse de que su marido penetra por tal sitio, éste ya dice: "¡ay! ¡ay! Y todo se ha terminado. Y, en menos de un minuto, tiene al marido dormido. Esto las deja malhumoradas y no se extrañen si algunas se preguntan: ¿Esto es todo? Y es que muchos esposos no saben que mucho antes de la boda deben acudir al templo de Afrodita y prepararse allí discretamente en los ejercicios amorosos. Algunos tienen el pene hipersensible por falta de los ejercicios apropiados de endureci-miento. Es el mismo caso el joven que no se ha entrenado en los ejercicios de atletismo. Ya desde los primeras zancadas, jadea y se axfisia. Y en el caso del amor, eyacula ante los puros efluvios que emanan de la mujer.
  Algunos físicos de la Jonia, creen que esto le viene al hombre por causa de llevar una vida muy casta. Y que para curarse de ese mal se debe entrenar y endurecer el miembro con los ejercicios de la dulce Afrodita. Esto funciona de la misma manera que el joven flojo se va entrenando en las artes de la guerra y al cabo de un tiempo podemos ver que se pone duro y resistente por la virtud del ejercicio.
   Sobre las prácticas que se hacen en el templo de Afrodita nada puedo decir, porque he jurado el secreto de estos misterios. Pero puedo hablar, al modo que lo hace el físico, aunque no lo soy de profesión, porque soy marino y comerciante. Siempre he tenido en gran estima a los físicos. En cada ciudad siempre visito al mejor, y le colmo de regalos, y le llevo a los marineros enfermos. Y alrededor de una buena ánfora de vino del Ática, las lenguas que guardan los secretos se desatan y uno va cumulando conocimientos muy valiosos. Por eso mis palabras en este asunto tienen algún valor. Y por eso digo que el pene "hipertónico" precisa entrenarse para prolongar su erección tanto tiempo como sea posible sin disparar la emisión de los fluídos. Es un proceso de corre y para, con equilibrio muy delicado que solo se consigue con la práctica.
  De todo esto se deduce que se debe prolongar la excitación por medios manuales y se va contando hasta llegar a ese punto que nos dice que pronto todo se viene. Se afloja en ese punto y se descansa, dejándolo ablandarse un poco. Se vuelve de nuevo a empezar, procurando ralentizar la excitación.
   Cuando conseguimos con medios manuales mantener la excitación durante largos periodos, así sea con alguna intermitencia, se puede pasar a la fase de entrenarse con algún modelo real que haya disponible. Esto es algo diferente, porque mientras la mano es un medio frío, la cavidad amorosa es cálida y ferviente. Es una experiencia muy diferente. Por eso si la piel del miembro aún es muy sensible, se debe embadurnar bien de grasa de cordero, o mantequilla. Esto por sí solo es parecido a un guante, esta es pieza de abrigo de abrigo para las manos que muy pocos conocen si no han pasado el invierno en las tierras hiperbóreas.
   Si no pudiera el miembro aún, soportar el calor del atrio afrodisio, lo entrenará a soportar el calor de la puerta divina aplicando paños calientes cuando está totalmente tenso.
   En general, con el unte de mantequilla o grasa se alivia la fricción del miembro, lo cual suaviza la excitación de los genios que habitan y dan vida al pene. Con el entranamiento apropiado se consigue llegar hasta la cuenta de sesenta sin problemas, y con ejercicios frecuentes podemos bien pasar de esa cuenta con creces.
   Y así seguiremos con tres, cuatro, y hasta diez veces sesenta, si fuera posible y tuivieramos paciencia y perseverancia. Se pueden ir haciendo marcas con piedrecitas, o habas, para ayudarnos en la cuenta y tener memoria dello. Y deste modo, cada día debemos tratar de aguantar con el miembro enardecido tanto tiempo como sea posible. Desta manera disciplinamos a los espíritus impacientes del miembro viril y los sometemos a la virtud de la paciencia.
   En cualquier caso, casi siempre es recomendable usar el remedio para los penes hipersensibles. Usar un unte graso abundante de alguna clase, para cegar la sensibilidad excesiva de los espíritus del pene. De ese modo, pierden una parte de su vista y olfato y se puede prolongar el acto tanto como sea deseable. Y esto es bueno para las mujeres que están en exceso dominadas por el casto espíritu de la virgen Atenea, cuyo nombre sea por siempre bendito.

El caso de los penes atónicos

  El problema que sigue es más difícil: se trata de los penes atónicos. O sea, carentes de fuerza. Lamento decir que estos han sido estudiados por los físicos con escaso resultado.
   Se dice que estos penes carecen de espíritus eróticos. Esto suele ocurrir, de su natural, al varón en la ancianidad. Los físicos no pueden dar ningún remedio, ni para los muy ancianos, ni los otros.
   Quien tenga este problema es probable que no sufra de angustias lujuriosas. Lo peor que le puede ocurrir es que presionado por su padre y por la familia para que se case, termine por hacerlo. Si esto hace, habrá de buscar alguna solución que sea aceptable por la esposa. Ésta puede rechazar cualquier arreglo de sustitución con algún amigo o conocido. Y si la esposa tiene voluntad de maltratar de palabra al marido, cosa poco frecuente pero posible, el marido meterá el rabo entre las piernas y será gobernado por su mujer de por vida. Aunque esto suele ocurrir al varón al hacerse viejo, pues las esposas suelen ser quince o veinte años más jóvenes que sus maridos. Pero, dejemos esto de lado porque es un caso perdido. Y ni con todos los sacrificios, ni todas las candelas que se puedan pagar con cien talentos, se va a encontrar una solución a este problema.
   Otro problema le viene a los hombres con pene muy largo, que quieren copular del modo que lo hace todo el mundo. Como consecuencia de esto la frecuencia del fracaso en llegar a la emisión de los fluidos germinantes es alta. Esto hace al varón temer por el fracaso y pierde con ello el interés por ejercitarse en estas necesidades.
   Otra razón para perder el interés por los ardores afrodisios, es el excesivo celo en el estudio, la métrica, el comercio, el deporte, o la guerra. Todos estos excesos llenan el cuerpo del varón con los espíritus y las musas de la diosa Atenea. Que sea por siempre bendita y alabada. Y tenemos por bien sabido que estos espíritus son como atados o y frígidos. He oído contar que algunos grandes atletas de la pista y la palestra, tienen escasas facultades en el lecho amoroso. Y, hasta que no dejan el ejercicio extenuante, no se convierten en modestos copuladores.
   Y es que la copulación frecuente y la laboriosidad excesiva se llevan mal de la mano. Todos hemos vivido durante los días de holganza las mayores fantasías afrodisias. Durante mis travesías marineras, tuve las más fuertes fantasías de Afrodita en los días de calma. Cuando no soplaba el viento sobre las velas, ni se podía remar por causa del calor extremado, me llegaban los recuerdos de los muslos de las doncellas virginales. Estos se atisbaban a través de las finas túnicas veraniegas, al tiempo que se oían los cantos de alabanza en honor de la virgen Atenea.

Los penes hipotónicos

Otro caso sería, el relativo a los penes "hipotónicos" que ya hemos mencionado. Ya dijimos en el punto precedente que estos penes son muy gruesos o muy largos, o ambas cosas a la vez. Y en palabras de los físicos, se dice que son muy grávidos. Lo que dicho en lengua natural significa que son muy pesados. De esto resulta como si los espíritus que lo habitan fueran ciegos y sin olfato. Y es que, con tanta substancia física, están agobiados por el peso y no pueden ver, ni oler. Estos cuerpos grávidos se dividen a su vez en longuiformes y grosiformes. Y esta división no es un mero capricho de los estudiosos, pues ambas situaciones precisan terapias diferentes.
   Ante el caso de los penes longuiformes se puede preguntar si este órgano tiene emisiones de fluídos afrodisios con procesos masturbatorios. La respuesta suele ser afirmativa, pero se admite que estas emisiones tardan en llegar. Estos órganos longuiformes suelen ser dolorosos para la mujer si el pene es firme. Pues el sujeto hace mucha presión por ver si viene la emisión afrodisia. La terapia en estos casos, consiste en ejecutar el coito desde atrás. Para ello, la doncella se pone sobre sus rodillas con el trasero en alto y pene se introduce por la puerta afrodisia, en esa postura. Luego tratará de ejecutar el coito sirviéndose de su mano masturbante al mismo tiempo. De modo que hará fuerza hacia atrás con su mano sobre el pene para no presionar en exceso a la doncella. De este modo, puede hacer con la mano tanta fuerza como quiera sobre su largo pene, sin dañar por ello a la doncella, ni fatigarla en exceso. De este modo, consigue llegar mucho antes al fin propuesto y natural de toda cópula: la emisión de fluídos y el éxtasis afrodisio.
   En el caso de los penes largos, pero débiles, sirve la misma terapia y se copula del mismo modo desde atrás. Pero, se ayuda de una mano que presiona con constancia rítmica sobre el miembro débil para darle fuerza. Pero, debido a la mayor debilidad del miembro, esta cópula puede llevar más tiempo para su culminación.
   Estas ayudas manuales son conocidas por los propietarios de ese apéndice tan largo. Pero al situarse en la postura normal de copular, con el hombre encima de la doncella, se hace difícil usar la mano milagrosa.
   Sobre el caso de los penes "grosiformes" se puede decir que estos penes no tienen grandes problemas con la erección; pero, carecen de firmeza. Y cuando se trata de penetrar a una virgen, tienen una tarea muy difícil por delante.
   Si la doncella es púber muy reciente, debe ser bastante estrecha todavía. Y el casto esposo debe esperar a que la virgen tenga un año más o dos. Por eso, los físicos dicen que la doncella necesita madurez; lo que se dice "estar bien en sazón". Una vez se dan estas condiciones el varón debe quedar yacente sobre su espalda, con el apéndice erecto con ayuda de la mano que le rodea y presiona hacia abajo. En esa pose la doncella, se postura en cuclillas y trata de penetrarse ella misma de su propia decisión. Para conseguir este propósito con más facilidad le debe dar un unte de manteca o de aceite en la cabeza de su miembro viril. Pero sólo en la bellota, pues es necesario que el tronco no se unte para ayudarse presionando con la mano; ésta debe tener cierta firmeza y no ser resbaladiza. Si la doncella es joven y el miembro muy grueso, es probable que no se pueda penetrar otra cosa que la bellota y no el pene completo. En tal caso, el varón debe ayudarse de su mano masturbatoria para conseguir la emisión afrodisia. A pesar de eso, la doncella puede quedar embarazada.
   Finalmente, tengo la opinión de un físico egipcio que me dijo: Existe respecto a los penes algo parecido a lo que ocurre con los conejos y los elefantes. Que la gente con penes pequeños es como los conejos que copulan de un modo incesante. Y la gente con penes grandes, o muy grandes, está en el mismo caso de los elefantes; que es muy raro verles copular; pues copulan cada nueve o diez años. Con esto quería decir que los varones con penes grandes no están preparados para hacer proezas en cuanto al número de copulaciones.
   No quedé conforme con la teoría del egipcio. Los físicos griegos creen que la gente con penes exagerados copula con alguna frecuencia, pero tienen dificultades para mantener firmes a los espíritus de la erección. Como resultado de esto, los genios del pene son muy irresponsables y se van y se vienen con frecuencia; dejando en ridículo al portador de estos testimonios viriles, tan vistosos y envidiados por las gentes normales.
   Mi afán de adquirir conocimiento me llevó hasta los burdeles. Pero, las putas ordinarias son bastantes ignorantes y no pude conseguir de ellas una respuesta sensata. Así que tuve que acudir a la consulta de algunas hetairas. Éstas son de tanta categoría que debes pedir hora con meses de adelanto. Con una dellas me pude enterar de datos que confirman mis teorías sobre las virtudes y los defectos de los penes según su tamaño. Me informó que las putas baratas, en los días de mucha clientela, no pierden el tiempo con los clientes que tienen el miembro muy largo, pues éstos son muy lentos. De modo que los rechazan fingiendo que esas medidas les causan mucho dolor. Así aprovechan para estar con cuatro o cinco clientes normales, en lugar de uno sólo. Algunos clientes quieren jugar alargando el tiempo de placer para retrasar la emisión afrodisia. A estos se les presiona el miembro con la mano y les aprietan bien fuerte con las paredes del atrio afrodisio. De ese modo, incrementan la sensibilidad y así eyaculan prestamente. Luego se lavan y quedan libres para otro servicio. Pero eso son trucos de putas baratas que quieren servir a muchos clientes en un día para tener más ingresos.
  Pregunté por el hombre espectáculo que hace proezas con su pene longuiforme, ¿cómo es posible que este pene tan largo no se desplome durante la función? Esto tiene un secreto, me dijeron. Se trata de una cinta sagrada que se ata, dando varias vueltas, con cierta presión en la base del pene. Así consiguen evitar que los espíritus de la erección abandonen al actor en su función. Pues, tal cosa les dejaría en ridículo delante del público.


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Sobre el ósculo de Afrodita

  ¿Cómo se debe besar la puerta de la diosa? Este es todo un arte desarrollado plenamente por unos pueblos bárbaros, llamados gaulos, o galos; pues en esto de los nombres gentilicios no suele haber acuerdo. Estos gaulos habitan en regiones hiperbóreas. Se llega a esas regiones, tras muchas leguas de viaje, marchando siempre en dirección al artos . Yo salí para este viaje desde el precioso puerto de Massilia; el cual me trae gratos recuerdos de amigos y amigas inolvidables.
  Los griegos somos un pueblo civilizado, pero con poco refinamiento erótico. Así pude asombrarme de estos bárbaros gaulos o galos que dominan el arte del paladeo y el halago de los rúbeos labios de Afrodita. Dicen estos gaulos que no hay manjar mejor, ni de más dulce paladeo, que los labios de la diosa. Debido a mi juventud, yo no tenía ni idea de que esto pudiera ser una delicia; y no tuve más remedio que probar el dicho paladeo ante la insistencia de los expertos. Y en verdad que es una delicia exquisita. El paladeo atrajo a mi memoria el sabor del yogur; esa delicia láctea que confeccionan los pueblos tátaros. Los cuales habitan, con sus ganados, en los confines montañosos del Cáucaso; más allá del Ponto Euxino.
  Pero, otros afirman, con idéntica seguridad, que los divinos labios saben más bien a deliciosa trufa. Y no pude terciar en estas discusiones, no tanto, por mi escasa experiencia, sino por causa de no conocer el sabor de las mentadas trufas. No pude remediar mi ignorancia; pues las trufas sólo están en sazón con los primeros fríos del otoño.
     Sin embargo, aproveché bien la ocasión verificando las afirmaciones, que en aquellas tertulias se hacían, respecto a la técnicas más apropiadas para el divino paladeo.
   Esta técnica sofisticada, consta de varias fases. Unas son sencillas o primarias, y la otra que se estima principal. En su fase más primaria, está el proceso de acercamiento proximal. Consiste éste en ir besando los suaves muslos por su cara interior en dirección a la puerta de Afrodita. Esto se hace con cautela para no alarmar a los espíritus del pudor virginal. También se pueden aproximar los labios ardientes por el mullido y sedoso vientre. Así que con el calor que se genera en la puerta afrodisial, los espíritus del recato se ahuyentan; pues, como dicen los gaulos, éstos son del frío y no soportan los calores amorosos. Deste modo, cada vez te vas aproximando más; y el fuego afrodisio se incrementa. En algún momento, la inocente doncella pone su mano sobre tu cabeza. Esta es la señal para entrar en la fase principal. Así que nos ponemos en contacto con la puerta afrodisia usando toda la pericia de los labios y la lengua. Entonces, es cuando podemos acercarnos a la faba de Afrodita. Ésta se halla bien guardada en su cálido estuche protector y con el deseo la llamamos. Es cosa normal que no se vea, aunque se pueden sentir en la lengua sus jadeos y palpitaciones. Pero, si somos afortunados, el haba divina puede aparecer toda ella henchida y triunfante; aunque tenga modestas dimensiones. Se dice que las doncellas tratadas con estas cortesías son muy fieles y obedientes con los caprichos de sus amantes.
   Se aconseja que no comentes estos misterios refinados con los atenienses. Como todos los misterios sagrados, éstos se deben guardar en secreto. Piensa que los atenienses están bajo el influjo de las ataduras de Atenea, que sea por siempre bendita y alabada. Y que están, por tanto, bajo el imperio de la castidad obligada. Esta castidad les obliga a vivir en la ignorancia de las artes afrodisias. Y lo que no se conoce, por bueno que sea, tampoco hay razones para desearlo.


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Del prodigio acaecido a una diaconisa de Afrodita

En mis numerosos viajes, he visitado Éfeso varias veces. Y desde este puerto se puede llegar a cierta población interior, ya en tierras de Lidia, llamada Tirilene. Existe en ese lugar, un templo de la diosa Afrodita, en un valle recogido, y es mucho más grande que el de Atenas. Me agrada visitar este templo porque, en los días de gran afluencia de fieles, se pueden ver toda clase de varones, jóvenes y mayores, que acuden allí por la calidad de las doncellas que, en este lugar sagrado, ofertan sus encantos y sus dones milagrosos. Es una costumbre, sin igual, de la que carecemos en Atenas. Aunque debo reconocer que en Corinto existe un negocio de estos a gran escala que es un gran atractivo para los viajeros y los marinos y una envidia para los atenienses.
   En las tierras de Lidia se tiene en gran aprecio a la diosa del amor. Son muy numerosos sus templos, aunque de tamaño discreto. Allí a la diosa la llaman Ishtar, en unos lugares y Sithar en otros. Pero, no me hagas mucho caso sobre los nombres de las diosas, ya que estos cambian de un lugar para otro y con los años me falla la memoria.
   En una de mis visitas a Éfeso, salí de viaje por los pueblos de Lidia para aprender de sus costumbres. En uno de esos pueblos, cuyo nombre ya no recuerdo, tuve el asombro de contemplar los resultados de un hecho prodigioso que os voy a contar. Pude ver en un templo de Afrodita que oficiaba de sacerdotisa, un hombre bien barbado. Iba la sacerdotisa vestida con la túnica sagrada, colgaban de su cabeza bellos y largos rizos y llevaba gruesos pendientes de oro en sus orejas, varias ajorcas de plata en los pies y diversas pulseras de oro y plata en sus muñecas. Esto contrastaba con su voz grave y varonil; y con su porte de varón fornido, aunque algo entrado en años. Sin embargo, a pesar de su poblada barba negra, adornada de algunas canas, tenía unos chocantes modales femeninos. Quedeme extrañado, con tan rara liturgia, al oír la voz varonil de la sacerdotisa. Al observar mi asombro, el guía me informó de una historia prodigiosa, comenzando desta manera:
   A todos los viajeros y turistas les traemos a este modesto templo, porque sabemos del asombro que les causa ver una sacerdotisa barbuda. Pero, más te has de asombrar, si te cuento su historia milagrosa. Y aunque te cueste creerlo, te diré que era una virgen que le había prometido su ranura al servicio exclusivo de la diosa Afrodita. Pues es así como le llamáis los griegos a la diosa del amor.
  En general, como tu bien sabes, las servidoras del templo satisfacen a la diosa. Esto lo llevan a cabo confortando las urgencias de la púdica entrepierna a los devotos habituales de la diosa y a las personas piadosas que arriban desde muy lejos.
   Tú sabes que esto no se hace por vicio. Ya que los fieles deben pagar un estipendio razonable y justo. Deste modo, las jóvenes vírgenes consiguen allegar la dote para casarse y la diosa obtiene un servicio decoroso.
   Todo ocurrió en el templo de la diosa muy lejos de estos parajes. Una doncella se presentó en el templo para ofrecerse. Pero, extrañamente y contra toda costumbre, declaró que no había venido al templo para servir a los devotos de la diosa. Estas palabras resultaban incomprensibles. Nadie entendía al principio sus palabras, pero dejó muy claro que no aceptaría quedarse al servicio del templo como las demás diaconisas. Le explicaron que la diosa no paga el estipendio por los servicios prestados; que sólo los fieles lo pagan.
   La joven juró y perjuró que no amaría a nadie más que a la diosa; y que sólo a ella ofrecería los dones de su cuerpo. Tanta era su piedad que no tuvieron más remedio que aceptarla. Especialmente, considerando que procedía de una familia generosa en sus dones al templo. Así le dieron el cargo de diaconisa especial para el servicio exclusivo de la diosa. Este cargo llevaba vacante desde los tiempos de la reina Iphis, a la que ya nadie recuerda. La joven pasaba infinitas horas ungiendo con su mano amorosa la divina estatua y besando sus lindos brazos de marfil.
   Todo iba bien hasta que llegó al lugar un joven lujurioso, llamado Amiclas. Éste hacía honor a su nombre que significa gran copulador. El joven era de rica familia, pero tenía ideas disolutas. Se hizo famoso por sus acoplamientos incansables con toda clase de criaturas. Y le daba lo mismo que fueran inmaduras, humanas o animales. Y no le importaba el sexo que tuvieran.
   Se acercó Amiclas al templo y, viendo a la virginal diaconisa, quedó al instante henchido de lúbricos deseos fornicales. Fue tras ella, pensando que era una servidora ordinaria del templo, y se armó un gran revuelo. Porque la joven virginal comenzó a correr dando grandes chillidos de alarma.
   Todos los coitos quedaron interrumpidos en aquel momento. Piensa que, además, era un día de mucha concurrencia. Intentaron detener inútilmente a aquel joven desesperado; pero no pudieron con la fuerza de todos los esclavos del templo. Tal era el poder sobrehumano que le poseía.
     Entretanto, la doncella huyó de los predios del templo a lomos de un caballo veloz que por allí cerca estaba. Y el libertino la vio escapar al galope.
   Nadie pensó que una virgen pudiera montar a caballo con tanta destreza; cosa en extremo insólita y sorprendente. Pero, el joven fornical consiguió al poco otro caballo para perseguir a la singular doncella por el desierto.
   Corrieron por los caminos polvorientos durante varios días; y él la seguía en la distancia. De modo que la joven, desesperada, trató de esconderse en una cueva que hay cerca de aquí. Allí suplicó a la divina Afrodita que la librara de aquel lujurioso criminal. La diosa compadecida de las angustias de la virgen y halagada por amor exclusivo de la doncella, realizó el milagro de transformarla en ese varón de pelo en pecho y bien fornido que aquí has visto.
   Cuando el libertino llegó a la caverna se encontró con el hombre que ya sabes. El recién llegado preguntó por la doncella y este le respondió que no había visto ninguna en ese lugar. El libertino buscó y rebuscó inútilmente por la cueva, y perdida, de pronto, su fogosidad se fue por el mismo camino que le había traído.
   Estos parajes estaban en la ruta de las caravanas. De modo que la doncella, transmutada por milagro en recio varón, se dedicó a buscarse la vida cazando con la jabalina y poniendo trampas por este valle entonces desierto. Y en agradecimiento a la diosa, fue poco a poco construyendo este templo de piedra que aquí ves.
   Con el paso del tiempo, el lugar empezó a llenarse casas y de gente. Este es el templo de la historia y ese hombre barbudo es la virginal sacerdotisa, transmutada en recio varón por el poder de la diosa.

Al ver el asombro que me causó la historia, el guía fue muy amable y siguió contando más:
   Hay una parte de esta historia que no se cuenta a los fieles para no ofenderlas en su inocente sentido del pudor. Así que no la comentes. Yo mismo no sabría decir si esta parte de la historia es cierta; pues aun no se ha puesto por escrito. Pero, a mí me parece digna de crédito.
   Cuando el joven lúbrico llegó a la cueva, no vio nada debido a la terrible oscuridad del sitio. El libertino quedó por un momento ciego y, de pronto, sintió que una fuerza infinita le torcía un brazo. Y de resultas, cayó sobre sus rodillas en el suelo de la cueva. Notó que una mano le quitaban el calzón taparrabo con el cual protegía el trasero y sus partes lúbricas. Llevaba el libertino una clámide, que en estos parajes llaman capa, y notó que le envolvían con ella la cabeza sin dejar de torcerle el brazo. De pronto, notó una presión sobre esa parte que ya saben y que ¡sea por siempre salva! El libertino sintió que algo duro le penetraba con fuerza por ese lugar nefando y que se agitaba con cierto ritmo. Algo después, sintió que un fluído ardiente que le inundaba las entrañas. En su cabeza se vieron unas estrellas y perdió el sentido. Cuando volvió en si, no vio a nadie en el lugar. Pero se sintió escocido en esa parte inmencionable. Luego se marchó por el mismo camino que le había traído.
   Ahora se rumorea, aunque son palabras indignas de crédito, que a la sacerdotisa barbuda le ha quedado una cierta predilección por los traseros de los efebos y otras criaturas. Creo que tampoco dudaría en penetrar a cualquiera que se ponga al alcance de sus pasiones. Pero, no comentes estas cosas; pues las paredes tienen oídos y pudieras tener algún problema con las personas piadosas. Esta historia te la cuento a ti porque sé que eres un hombre de mundo y porque siendo un marinero griego no te escandalizas con estos historias pueblerinas.
  Yo me quedé asombrado al escuchar estos prodigios. Los lidios siempre me asombran con alguna cosa. A pesar de ser pueblos de tierras montañosas.



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Donde se trata sobre las locuras del amor

Estabamos en casa de Aristóbulo que está muy cerca al puerto de Pirra. Desde allí se contempla la preciosa bahía bien guardada de todos los vientos; pues está rodeada de altas montañas. Ni aún después de muerto podré olvidar esta cariñosa isla de Lesbos, ni la linda bahía de Mitilene.
  Decía que estaba en casa de Aristóbulo y que le traje una ánfora grande con el mejor vino del ática. Y aunque la gente de aquí está muy orgullosa de su vino lesbiano, aceptaron de buen grado mi obsequio. Estaba en la ciudad, de paso, el sabio Herodonte y pedí a mi amigo que le invitara al simposio pues hacía años que no lo saludaba. Al día siguiente por la tarde estaba la pandilla de amigos dispuestos a beberse todo el vino en una tarde, cuando por fin llegó el sabio. Algunos solo le conocían de oídas y estaban ansiosos por escuchar sus palabras.
   Iba el sabio por la tercera copa de vino aligerado discretamente con el agua fresca de una fuente que nace en una cueva cercana. Tomó un sorbo de su tercera copa y las musas le llenaron la cabeza de palabras. De modo que nos quedamos todos pendientes de su voz. Y así fue que se arrancó diciendo:
   Muchas son las locuras con que nos aflige el amor a los mortales. Pero, ni los mismos dioses se libran de estas fiebres que les hacen perder, con cierta frecuencia, la perenne y divina compostura. Cuan lejos quedan esas aventuras alocadas de la sagrada inmovilidad con que nos miran desde la altura de sus estatuas en los templos silenciosos.
   Me viene a la memoria unas historias de Eos, la diosa de la aurora. No más, al término cabal de la noche, se monta la diosa de los rosados dedos en su dorado carro. Y dando una sacudida fuerte a las riendas de sus caballos, Lampo y Faetonte, sale rauda por el espacio del aire y deja flotar por el éter los pliegues de su túnica. A toda prisa se dirige hasta el Olimpo para despertar presto a los dioses que aún yacen dormidos en sus lechos. Y esto causa una gran conmoción entre los aquellos que son proclives al pendoneo nocturno y las francachelas. Pues la aurora con voz chillona e insoportable les conmina: ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Gandules! ¡Levantaos! ¡Que ya llega pronto mi hermano Helios, presuroso en su carro de fuego! ¡No queda más tiempo! ¡Arriba! ¡Arriba!
  Y al oír estas palabras contundentes, todos los dioses empiezan a estirar sus divinos brazos y a frotarse los ojos con sus dedos suaves para liberarlos de las pesadas cadenas del sueño. Y es que comienza un nuevo día.
  Todos quedamos poseídos por la fuerza con que hablaba la musa de Herodonte y prestamente ponía en su lengua una palabra tras otra en secuencia dulce y armoniosa. Hizo una pausa, se tomó un leve trago del dulce vino y siguió narrando.
   Y todo esto viene a cuento porque quiero contaros unas cosas que se dicen de esta diosa. En la mañana madrugadora, ella nos muestra sus sonrosados dedos y nos llaman para el trabajo. Es, quizá, por esta perenne molestia, una diosa un tanto discutida. De modo, que todo el mundo no acepta su divinidad. Y algunos llegan incluso a considerarla un simple fenómeno de la física. Yo he viajado por todo el mundo y jamás he visto un templo dedicado a la diosa Eos.
   Pero, a pesar de estas dudas y estas reticencias, se dice que es ella la que provoca cierta querencia en los jóvenes. Pues, ya saben que éstos se trastornan y extravían en la oscuridad de la noche. Y no se vuelven a casa porque se dice que esperan al alba. Salen los jóvenes de noche por la ventana para no hacer ruido con la pesada puerta. Y se pierden de un lado para otro por los callejones y los caminos inciertos; lugares de temor en esas horas de la noche; pues los ladrones y los bandidos acechan en cualquier esquina.
  Tiene la diosa de la aurora fama de raptar en la madrugada a los jóvenes descarriados para llevárselos a su lecho amoroso. Se justifican estas afirmaciones porque algunas veces le ha ocurrido a algún joven noctámbulo que se pierde al salir de alguna taberna y ya nadie sabe jamás de él. También abunda este razonamiento porque los jóvenes plenos de vigor, e incluso muchos adultos, se despiertan al tiempo que llega la aurora con el miembro erecto y lleno de vitalidad. Y se dice que el poder de la aurora está llamando a los seres viriles para que se alleguen al refocile de su lecho amoroso. Es por eso que, al filo del alba, muchos maridos despiertan a sus esposas. Y lo hacen para aprovechar la inspiración divina que nos trae la diosa madrugadora.
  Todos estábamos admirados de la fácil palabra del sabio Herodonte y de cómo sus relatos nos llenan la cabeza de bellos conocimiento. Hubo una breve pausa para llenar de nuevo las copas pues nadie quería perderse una sola palabra. Hasta los sirvientes se quedaban parados presos de la magia de las lindas palabras.
  Hay otra historia, siguió diciendo, de sobra conocida. Se sabe que Afrodita siente gran pasión amorosa por Ares, el imberbe dios de la guerra. Y esta atracción se ve reforzada por su forma perversa de hacer el amor; modalidad que el pudor aconseja no mencionar en público, ni ante las damas.
   Cierto día, reparó Afrodita en unos musculosos glúteos que se agitaban con los vaivenes del frenesí copulativo. La diosa reconoció de inmediato ese trasero prodigioso. Estaba acostumbrada a verlo en un gran espejo de plata que había sobre su lecho. Este increíble artilugio fue un regalo de Hefestos, el herrero divino, en recuerdo de sus mejores noches.
   Digo que Afrodita reconoció de inmediato las prominentes nalgas de Ares, su amante favorito. Lo tenía ante su vista, en el lecho amoroso de la divina Eos y agitaba con vigor su prominentes y atractivos glúteos sin darse cuenta de la presencia de la diosa que les miraba con ojos llenos de ira. Se dice que la diosa irritada echó tremenda maldición a Eos por esta faena. "A partir de ahora, sentirás un deseo irrefrenable por los jóvenes mortales. Y este deseo será insaciable y para siempre." Estas se cree que fueron las palabras de Afrodita.
    Esta sólida teoría explica la querencia de los jóvenes que deambulan de un lado para otro en la oscuridad de la noche hasta que sale el sol. Para entonces ya se habrán ido todos a dormir.
  Un sostenido murmullo de aprobaciones cerraron el discurso de Herodonte que sonrió satisfecho y pidió otra copa. Luego, insistieron todos para que nos contara otra historia. Este se resistió por cortedad, seguimos insistiendo y el sabio se echó un buen trago antes de seguir.
   Otras locuras ocurrieron también al mismo Zeus, cuyo temperamento es tan imprevisible como el rayo mismo que sale de sus manos. Debió ocurrir cierto día, deambulando por las llanuras de Troya, que el dios del trueno contempló la belleza desnuda de un joven guerrero de nombre Ganímedes. Nombre este que significa "el que disfruta con la virilidad". Y no me hagáis preguntas sobre el significado de este dicho. Era este joven un hijo del rey Tros. De quien se dice que fue el fundador de Troya. Inflamado por una repentina pasión, se acercó Zeus al joven, disfrazándose previamente con plumas de águila para ocultar con ellas su cuerpo resplandeciente. El joven quedó pasmado por aquella visión insólita y se quedó inmóvil y relajado ante la presencia de aquel dios desconocido. Zeus se acercó a él y lo tomó en sus brazos. Y viajando por los espacios del éter se lo llevó hasta una caverna secreta que tenía en el Olimpo. Al llegar a ese lugar, dejó al joven tendido en el lecho y apareció de pronto todo esplendoroso con todos sus músculos desnudos. El joven ya estaba muy reblandecido por el largo viaje y por el ardor que le provocaba la presencia del dios.
   ¿Qué pasó luego en esa caverna? Ni el mismo Hesíodo se atrevió a contar en sus versos detalle alguno sobre los juegos del dios con el joven efebo. Baste a mis amigos saber que Zeus quedó admirado con los prodigios placenteros de tales juegos y se quedó prendado para siempre del joven. En consecuencia, le volvió inmortal para mantenerlo siempre en su forma juvenil; y para que no le creciera jamás la barba. De ese modo, no había de pasar por los estadios de la madurez, la vejez, el dolor y la muerte. Y, como no pareciera conveniente a la virtud de la decencia tenerle desocupado, le dieron el cargo de copero escanciador de vinos. De ese modo, se evita tener que pintarlo en posturas que no placen al decoro sobre las copas y los platos de fina cerámica. Todos habréis visto esos dibujos donde aparece Ganímedes escanciando vino en la copa de Zeus. Esa es la forma más común de ver al joven en las cerámicas atenienses.
   Como el padre del joven se sentía muy afligido por la pérdida de su hijo, Zeus se sintió afectado por este dolor. Así que le envió un mensaje por medio de Ares, que se presta muy bien para el corre ve y dile. De modo que le presentó como regalo una preciosa vid cargada de racimos y hojas innumerables. Y estaban hechas las hojas con láminas de oro; pero, los sarmientos y los racimos eran de oro macizo. Era este un trabajo sumamente elaborado; hecho por el mismo Hefestos a petición de Zeus. Pareciole poco al dios del trueno y añadió dos preciosos y altivos caballos que no se estaban quietos jamás y daban saltos continuamente; eran estos animales del más raro pelaje; pues no tenían la menor tacha y eran blancos como la nieve.
   El divino mensajero informó al rey que su hijo era feliz e inmortal, que era muy admirado por su belleza y añadió que, en ese sentido, era comparable a las diosas. También le dijo que su hijo tenía en el Olimpo el cargo de copero. Le explicó que escanciaba el vino en las copas de los dioses. Copas que, como ya sabéis, están hechas con el oro más puro que pueda encontrarse en parte alguna.
  Al terminar estas palabras, llenas de conocimiento, entraron las bailarinas y las flautistas y todos nos dispusimos disfrutar de la música.


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Los amores de Peleo y la nereida Tetis

 En casa de mi amigo Aristóbulo el ánfora de vino ático seguía aún mediada. En parte por acabarla y en parte por discutir sobre si el vino lesbiano era mejor que el ático, decidimos hacer otro simposio a los cuatro días. Para entonces los cuerpos se habrían recuperado de la resaca.
    Estabamos todos impacientes al ver llegar al sabio Herodonte y ya se le veía subiendo calmoso por el retorcido camino hasta la casa de mi amigo Aristóbulo. Ésta estaba situada en lo alto de una loma que se asoma al mar. Era este un lugar muy agradable en los días de verano, cuando echas en falta un poco de brisa. Tan pronto llegó le recibió mi amigo con un abrazo y dejamos que se refrescara los pies en un recipiente grande con agua fría. Luego todos empezamos a saludarle y a intercambiar cortesías y nos dispusimos a beber. Ibamos probando ora el vino lesbiano, ora el vino ático y discutíamos las virtudes de cada vino. Pronto se agotaron los argumentos y le pedimos a Herodonte que nos ilustrara con sus palabras llenas de claridad. Y sin hacerse rogar mucho se arrancó con estas palabras.
   No podría terciar en esta disputa del vino que os traéis; pues creo que el vino que mejor nos sabe, suele ser aquel con el que rompemos una cuarentena de abstinencia. Y el vino peor es aquel que se bebe en exceso o con una frecuencia excesiva.
    Todos nos quedamos impresionados con sus agudas palabras y le pedimos entre todos que nos contara alguna bella historia. Se tomó un sorbo pequeño de vino y arrancó diciendo:
   Os voy a contar una historia muy poco conocida; las luchas de amor entre Tetis y Peleo.
  Dicen de Tetis, diosa del mar un tanto venida a menos, que su hermosura eclipsaba la belleza de otras divinidades. Y otros dicen que el mismo Zeus quiso hacerla esposa suya. Pero que se echó atrás al oír la profecía de las Parcas. "Cualquier hijo nacido de Tetis será mucho más poderoso que su padre". Esta predicción es tan severa que hasta el mismo dios supremo se piensa con mucha cautela un casorio semejante.
   Habiendo renunciado a la vida marital con la diosa Tetis, Zeus no se avenía a llevar una vida de abstinencia carnal. Pues, todos sabemos que Zeus concentra un temperamento inmensurable en su poderosa entrepierna. Es por eso que, para tener alguna divina satisfacción en sus deseos, se le ocurrió la idea de engendrar en uno de sus fornidos muslos a una deidad femenina, una diosa de su misma carne y hermana por tanto suya, sangre de sí mismo, deidad clónica de sexo transmutado, la divina y dulce Hera.
   Esta concepción insólita dejó pasmadas a numerosas generaciones de teólogos que todavía hoy están discutiendo este evento desde los lejanos tiempos.
   ¿Cómo era la divina matriz? ¿Qué volumen presentaba el fornido muslo? ¿Se provocaba alguna cojera al andar en el príncipe de los dioses? Estas y otras elucubraciones profundas han enriquecido los cerebros más brillantes de Grecia desde antiguo en muchos simposios.
   Otros dicen que fue Zeus mismo quien eligió a la nereida Tetis para casarla con Peleo. Y por otra parte, aunque resulta incomprensible en nuestros días que un centauro tenga por hija a una deidad marina, la historia cuenta que Tetis era hija del centauro Quirón. Y que éste, siguiendo los consejos de Zeus, deseaba casarla con Peleo. Temía el padre que su hija, díscola y de fuerte temperamento, rechazara esta boda de compromiso. Pues, Peleo era un simple mortal; autor de grandes hazañas, pero, mortal. Anticipándose a los hechos, Quirón le dio instrucciones detalladas a Peleo sobre la forma mejor de dominar a la díscola nereida.
   Siguiendo las instrucciones, Peleo tuvo que hacerse solo a la mar en una barca de remos y allegarse hasta un islote que se encuentra en las costas de Tesalia. Hubo de esconder con cuidado el bote para no delatar su presencia y apostarse luego a la entrada de una caverna. Allí mismo se escondió tras un tupido mirto cargado de bayas multicolores.
   Se trataba de esperar la llegada de la nereida Tetis que iba casi a diario para dormir la siesta en esa caverna. Llegó la nereida, con su cuerpo precioso, cabalgando sobre las aguas marinas a lomos de un delfín. Este bello animal marino tenía una silla de montar bellamente decorada con cintas rojas y amarillas y campanillas de plata. Dejó a la nereida en la orilla y se vio a la diosa andando sobre las blancas arenas de la playa. Iba esta vestida con un velo muy fino que al estar mojado se adhería a los relieves de sus carnes y le daba mucha transparencia. Avanzó la diosa descalza en dirección a la cueva y movía sus muslos con armoniosa cadencia; y esto provocaba un dulce contoneo de sus opulentas caderas. Peleo no podía creerse que fuera cierta semejante visión y casi delata su presencia movido por la emoción.
   No más hubo entrado la nereida en la caverna al rato se quedó dormida en un sueño profundo. En esas entró Peleo que la agarró con mucha fuerza por las muñecas para no dejarla escapar. Pero, este contacto inicial se transformó en una lucha muy dura. Pues no era la diosa Tetis una mujer cualquiera de esas de "aquí llegué y aquí mismo te cojo". De modo que Tetis se resistió muy bravamente con todas sus artes que eran muchas. De entrada se transformó en una combustión espontánea y empezó a echar inmensas llamaradas en dirección a Peleo dejándolo todo chamuscado. Sintió Peleo un calor horrible y su corazón se llenó de temor ante la tremenda metamorfosis ocurrida. Pero, este bravo guerrero había peleado en mil batallas y sabía dominar el miedo que mordía como una tenaza su corazón. De modo que siguió las instrucciones del centauro Quirón con fidelidad. "No la sueltes ni aunque te mate. Porque si dejas de asirla firmemente con ambas manos se te escapa y se vuelve al mar. Si eso haces, no volverás a verla jamás."
   La diosa, en vista de que no podía librase del intruso por medio del fuego se transformó en una ola que inundó la caverna y trataba de ahogarle de este modo. Pero, Peleo a pesar del ahogo sintió que ya no tenía el ardor del fuego sobre sus carnes. De modo que aguanto la asfixia del agua dispuesto a morir sin soltar a la diosa. De pronto el agua desapareció y Tetis se transformó en un enorme león que dio un terrible rugido; pero, esto no impresionó demasiado a Peleo que estaba preso del temor y ya no podía asustarse más. Así que el león abrió sus fauces inmensas y aplicó toda la fuerza de sus mandíbulas sobre la cabeza de Peleo y le clavó sobre su cráneo los cuatro inmensos colmillos. Luego, agitó a diestra y siniestra la presa de sus mandíbulas para arrancarle la cabeza del cuerpo. Pero Peleo no soltaba sus manos que seguían agarradas a los brazos de la nereida. En vista de las dificultades, la diosa Tetis se transformó en una espantosa serpiente que le escupió un ardiente chorro de veneno sobre sus ojos. Peleo sintió que le ardían los ojos y la cara. Pero, a pesar de hallarse ciego por la ponzoña, seguía sin soltar los brazos de la nereida.
   Esto hizo a la diosa probar con otra estrategia y se transformó en una jibia gigante que le echó un chorro de tinta pringoso y maloliente. Peleo se encontraba muy chamuscado, tenía los pulmones llenos de agua, cuatro colmillos se habían clavado sobre su cabeza, sus ojos estaban ciegos por la ponzoña y estaba cubierto con tinta pegajosa y maloliente. Pero, a pesar de todos estos males no soltaba los brazos de la nereida.
   Entonces, la diosa Tetis, agotados sus principales recursos defensivos, retornó a su forma genuina y natural. Así que se puso en una postura seductora, sus labios carnosos hicieron una mueca de dulce ternura, y sus ojos divinos echaron dulces vibraciones que mecieron el chamuscado cuerpo de Peleo. Éste sintió que se llenaba de una fuerza irresistible y se abalanzó sobre la deidad marina. Ella se recostó sobre el suelo de la caverna y terminaron abrazados. Luego, la diosa dejó que el joven Peleo penetrara por la puerta de sus dulces deseos. Puerta por la que no había entrado nadie previamente, pues Tetis era una nereida muy casta.
    De este modo permitió la deidad que Peleo la llenara plenamente con todo el volumen de su deseo. Y ocurrió que el héroe la inundaba de gozos inefables que se repetían una y otra vez.
   A medida que pasaban las horas con aquellas sensaciones placenteras, Peleo se fue aliviando de los males sufridos en aquella batalla de amor con la diosa. Es por eso que se pasó varios días con sus noches, hora tras hora, curándose de las heridas y las quemaduras y no salía para nada de la caverna.
   A eso de los quince días llegaron unos mensajeros del centauro Quirón y encontraron a la pareja enamorada retozando al sol sobre la arena de la playa. Los enamorados recibieron a los mensajeros con alegría y todos se fueron hasta la caverna de su padre al pie del monte Pelión.
   Nada más llegar, todos se sintieron felices y empezaron a hacer los planes para la boda. Enviaron mensajeros al Olimpo para invitar a los doce dioses; dieron el recado a las manadas de centauros, y sobre todo no olvidaron de invitar a las Parcas y a las Musas que nunca pueden faltar en estas festividades. También avisaron, eso no podía faltar, a las cincuenta nereidas.
   La boda fue muy comentada en sus detalles más insignificantes. Y hablaron della todos los tiempos y en todas las tierras de Grecia; así como en las islas innumerables y remotas de la mar. Asistieron a la ceremonia los dioses olímpicos, que se sentaron en sus doce tronos. Y no faltaba el bello efebo Ganímedes que se afanaba diligente para llenar de ambrosía la copa de los dioses. La diosa Hera se sintió muy ilusionada con esta boda y ella misma portó la antorcha nupcial. Y hasta el mismo Zeus, príncipe del Olimpo, se notaba un tanto celoso. Y sintió un cierto temblor al llevar a la novia cogida del brazo para dejarla al lado de Peleo.
   El lugar de la ceremonia estaba cercano a la caverna de Quirón. Había en ese lugar una inmensa llanura arenosa que llegaba hasta la misma playa. El padre de la novia entregó al novio como regalo una lanza. pero no era una lanza cualquiera: Pues fue cortada por el centauro de un fresno en el monte Pelión. Y aunque hoy día no sea más que un monte donde pastan las cabras, fue famoso en otros tiempos por tener un frondoso bosque de fresnos. La misma diosa Atenea se tomó el trabajo de bruñir el hasta de fresno por sus propias manos. El divino Hefestos, el herrero de las manos habilidosas, hizo una hoja de bronce para esa lanza. La cual llegó a convertirse en el símbolo de la fuerza y el poder de Peleo. Los dioses olímpicos le hicieron el regalo de una bellísima armadura, toda ella dorada con el oro más fino. Pero, Posidón quiso distinguirse de los demás dioses y añadió a estos regalos dos caballos inmortales, llamados Balio y Janto, que fueron muy alabados. Estos maravillosos animales fueron engendrados en el cuerpo de la famosa harpía Podarge. Para conseguirlo, esta harpía se pasó toda una noche fría de invierno exponiendo su desnudo y sensible trasero ante el benéfico y fértil Viento del Oeste. Como ven por este ejemplo, no se consigue nada valioso sin sacrificio.
   Y volviendo a la boda, llegaron miles de centauros con las cabezas cubiertas de guirnaldas y flores. Y en sus manos agitaban manojos de flechas de abeto, al tiempo que gritaban augurios de buena suerte para los novios y todos los asistentes. Estaban muy alegres los centauros y aceptaban de buena gana todas las copas de vino que los sirvientes de Quirón les ofrecían. De modo que no era nada extraño ver que algunos ya se tambaleaban al bailar sobre sus cuatro patas. Esto causaba grandes risas entre los concurrentes que lo estaban pasando muy bien. Y hasta los mismos dioses se reían a carcajadas con las gracias que hacían los centauros borrachos. Y es que hasta las divinidades estaban un poco descontroladas. Se habían pasado de copas y estaban algo achispados de tanto beber ambrosía.
  Luego, aparecieron las Parcas y las Musas que cantaban dulces melodías. Y los asistentes lloraban por la emoción que les provocaban aquellas viejas canciones de boda. Y llegaron de alguna parte las cincuenta nereidas y venían todas en fila danzando. Y en sus graciosos movimientos fueron trazando una linda curva espiral sobre las blancas arenas que se fue cerrando y quedaron todas reunidas en un círculo perfecto. Luego, se fueron dando un beso las unas a las otras a partir del mismo centro; y las que estaban en el borde del círculo devolvieron los besos recibidos con un gesto de su mano para lanzarlos en dirección de los novios y los invitados.
   Esta historia os la cuento porque la diosa Tetis fue la madre del famoso Aquiles. Sí, ese mismo. Aquiles, el hijo de Peleo que inspiró gran valor a los aqueos en la guerra de Troya. El mismo que estuvo a punto de hundir toda esa guerra en el fracaso por una disputa con su jefe, el Rey Agamenón, hijo de Atreo. Al negarse Aquiles a combatir, los aqueos se desanimaron y sintieron ganas de volver con sus mujeres. Pero, esa historia la dejaremos para otro simposio. Pues se está haciendo muy tarde para volver a casa.


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Sobre las bromas y prodigios del Eros

El cuerpo de las doncellas y los efebos está controlado por Atenea, la Virgen Fuerte. Pero, el mensajero de Afrodita, el divino Eros, tiene el poder de disparar sus dardos invisibles sobre los efebos y las doncellas. Se dice que el divino arquero anda bastante mal de la vista. Aunque sus dardos aciertan en esos puntos precisos que se ocultan bajo los púdicos velos.
  El punto femenino, donde acierta la alígera flecha, es llamado por algunos el haba de Afrodita. Pero, siendo esta criatura tímida en extremo, pocos son los que pueden presumir de haberla visto. Pero las punzadas del dulce Eros es aquí donde mejor se manifiestan. De modo que producen un exquisito ardor, unas pulsaciones y una cierta hinchazón. Y esto trastorna el decoro de las doncellas. Por lo que se dice que tratan de aliviarse como pueden de las divinas vibraciones. Para esto suele usarse la punta delicada del dedo medio. Es por eso que se llama, desde antiguo, el dedo del corazón. Pero estos alivios no hacen más que incrementar la sensibilidad de ese lobulillo juguetón; el cual, hace ya mucho tiempo, fue divinizado por Afrodita. Esta hinchazón aumenta la turbación de las doncellas; las cuales pierden su aire circunspecto y recatado. Y debido a estos efectos, llegan a tener visiones de cuerpos efébicos desnudos, o de sátiros de carnosa y erecta flecha; los cuales, desde las pilosidades de su impúdica entrepierna, emiten efluvios excitantes que las embriagan y las trastornan.
   Cuando ocurren estas alteraciones físicas, los ágiles dedos se paralizan y se detiene el giro incesante del huso. Con esto el hilo deja de crecer eternamente. Y las lanzaderas de los telares interrumpen su carrera por entre la trama de los hilos innumerables. Entonces, el tiempo se para y deja de oírse el sonido perpetuo de la clepsidra. Y hasta el carro del Sol parece que se detiene por el sofoco estival. Las moscas también dejan de zumbar y el aya se queda adormilada, con la fusta caída junto a sus pies. Estos prodigios se operan en los gineceos por las flechas intoxicantes de Eros, el mensajero afrodisio. Y algunos dicen que dispara sus flechas con los ojos vendados; por causa de las cosas disparatadas que ocurren.
   Los jóvenes efebos también sufren con las flechas del afrodito arquero. Pues, están muchas horas al día desnudos en el gimnasio o en la palestra. Aquí, el divino Eros afina mejor su puntería, pues los jóvenes están desnudos en el gimnasio. De modo, que las flechas invisibles aciertan en toda la bellota del valioso apéndice viril. Y el flechazo genera vibraciones y sensaciones insospechadas de placer en el efebo, mientras contempla el trasero desnudo de algún joven luchando en la palestra. Por ese motivo, el efebo, afectado por el Eros, oculta púdicamente la hinchazón indiscreta con sus torpes manos; para no ser blanco de las burlas y las chanzas. En lo sucesivo, estas visiones, de los rotundos traseros, pueden llegar a ser muy turbadoras. De tal modo ocurre a muchos que, con sólo ver un trasero en el gimnasio, sienten un crecimiento indiscreto del testimonio viril.
   Si el joven es modesto, viendo que su apéndice se engruesa de un modo indecoroso, pide licencia al pedotriba para ir a las letrinas. Esto lo hace para apartar de su mente la visión que le conturba. Trata de desviar esas visiones indecentes, recordando los muslos virginales de las doncellas en las santas procesiones de Atenea. Y recuerda como se atisban los torneados muslos tras las finas túnicas veraniegas, al trasluz del indiscreto Apolo.
  En los días de procesión, el sabio entrenador conocía los mejores lugares del camino para situarse con sus efebos a favor del contraluz; y así se contemplaban las torneadas bellezas, furtivamente. Algunas doncellas parecían darse cuenta de la penetración de nuestra vista y sentían un dulce sobresalto en su pecho. Tanta era la potencia que poníamos en la mirada.
   No todos los efebos se ven trastornados por las mismas visiones turbadoras. Algunos han tenido la suerte de palpar el cuerpo desnudo de alguna joven esclava, durante el calor nocturno del verano. Gracias a los favores de la diosa, algunos jóvenes pueden conocer los placeres carnales y el exquisito frote de los cuerpos desnudos en la oscuridad. Es un momento para contener los gemidos que se escapan del pecho y las agitaciones de la respiración. Sólo es gracias a la divina Afrodita que las moscas zumban ruidosamente en las cálidas noches y los durmientes roncan como el trueno. Y así se disimulan los gemidos placenteros que no caben dentro del pecho. Algunos muchachos, maliciosos y precavidos, penetran a las doncellas en el secreto de la noche por esa parte indecorosa que la vergüenza impide confesar. De ese modo, disfrutan durante más tiempo de los placeres prohibidos sin provocar preñeces alarmantes.
   Esas son las cosas que pasan durante las noches locas de la ardiente juventud. Esa es la fuerza que corre por las venas de los secretos impulsos y desafía a las fustas de la disciplina. Por eso, cuanto estás bajo los ardores eróticos, no te importan los rituales penitenciales. No te asusta el silbido de las flexibles varas golpeando en tu trasero, pues esto se hace para obtener el perdón de tus pecados. Es diferente si te pillan penetrando a algún joven esclavo. Cuando ocurren estas cosas, se mira púdicamente en otra dirección; pues nadie quiere ser testigo de estas debilidades juveniles. Y mucho menos desea nadie testificar sobre algo tan vergonzoso como un pecado nefando. Pues, hasta el nombre del testigo quedaría contaminado para siempre. Gracias a esta discreción, no se precisa pasar por los castigos del sacramento penitencial.
   Todas estas cosas son verdades pertenecientes a la teosofía de nuestros tiempos. Según Herodonte, la idea del deseo se presenta con nombres diferentes según los tiempos y los lugares. Así pues, de antiguo, el Hímeros es un sentimiento de dulce deseo transmitido por Afrodita a los dioses, los humanos, y los animales. Y en estos tiempos, el deseo amoroso se conoce como el Eros. Y es considerado como un espíritu divino que se apodera de nuestros cuerpos y nos vuelve locos. Hoy día, los poetas consideran al Eros como un mensaje de Afrodita; o como el flechazo intoxicante lanzado por el mensajero afrodisio.
  Herodonte dice que estos espíritus son sólo metáforas de las alteraciones que ocurren en nuestra sangre, por causa de las cosas que vemos y olfateamos. Los efluvios que emanan de la entrepierna son muy poderosos, pero también lo son las visiones de los cuerpos desnudos y los hemisferios traseros. Es por eso que, en los pueblos civilizados, los arcontes insisten para que todo el mundo vaya vestido. Para que así se oculten las partes excitantes a la vista y se atenúe la percepción de esos aromas que generan la locura del deseo. Y por eso mismo se encierran a las mujeres en los gineceos. Así se evitan las tentaciones que nos llegan por la vista y por los efluvios de la cálida y tan deseada ranura.


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Donde se habla de cosas inmencionables


  A ti, lector, te advierto que las cosas que se siguen no son recomendables para espíritus delicados y sensibles. Si tienes un gran temor de las cosas sagradas o de las cosas que se estiman inconvenientes, salta de esta parte y vete al punto siguiente.
   Muchos de los prodigios que les ocurren a los hombres se atribuyen a las flechas de Eros, el arquero errático. Pero, esto de lo que voy a hablar es cosa inmencionable y recóndita. De modo que no deje este escrito por ahí al alcance de los niños y ni de las doncellas virginales, pues algunas saben leer y las cosas que se dicen podrían herir su sensibilidad. También existen otras razones; pues los niños todo lo comentan y las mujeres cuchichean las unas con las otras. Y de este modo, no hay manera de mantener, sin mancha, la imagen pública de la decencia.
   Todo el mundo sabe que el arquero errático anda por ahí, con su caja de flechas y su arco, disparando un poco al azar. Tanto es así que algunos artistas lo presentan con los ojos vendados. Esto lo sabe todo el mundo; hasta los niños lo saben y lo saben las virginales doncellas.
  Pero, esta situación tiene algunas consecuencias sobre las que raramente se habla. Se sabe, en los rincones secretos de la memoria, que los esclavos más lascivos y lubricantes se consuelan en el silencio de la noche con los adolescentes de la casa. Y los tienen tan perfectamente controlados que consiguen, con ellos, casi todos los placeres que les puede proporcionar una buena hetaira. Cuando falta en casa un esclavo adolescente, ya están pidiendo que compres uno. Y son en verdad caros estos esclavos juveniles, pero uno los compra para tener la casa en paz y en condiciones adecuadas de productividad. A veces, existen jóvenes que se resisten a estas demandas amorosas, pero esto no hace más que incrementar la emoción de los adultos enamorados. Estos los halagan y los masajean y los besan, y hasta les chupetean en sus partes más pudorosas; deste modo consiguen rendirlos y someterlos a sus propósitos lascivos. Cuando el joven está bastante tierno, le dan con discreción la vuelta y le introducen la flecha erótica en ese orificio que tanto han deseado. Naturalmente, estas son cosas sin importancia porque ocurren entre esclavos de la casa, en el secreto de la noche oscura. Y son cosas que no se saben porque se ignoran. Y no voy a dar más explicaciones porque se ruboriza mi sentido del pudor.
   En la parte de la casa donde habitan las mujeres, las esclavas mayores, que suelen trabajar en los telares, tienen cierta querencia por las doncellas adolescentes. Durante el día se intercambian miradas discretas y suspiros. Y durante la noche, no sabemos las cosas que ocurren, porque nadie puede entrar a esas horas en los gineceos. Ese es un mundo de mujeres y, como tal, le está vedado al hombre.
   Se sabe de los esclavos que guardan las ovejas en los montes desiertos; allí, estos pastores solitarios también son víctimas del arquero ciego. En la estación de celo del ganado, todo el aire se llena de efluvios amorosos y de los cantos de amor de las ovejas en celo. Y los carneros, llevados por la pasión estacional, se golpean a cabezazos los unos con los otros. Y hasta allí llega Eros con su gusto por las bromas. Con sus ojos vendados, lanza una flecha contra el solitario pastor. Y pronto vienen las pulsaciones inflamadas de la erótica flecha a turbar su bucólica existencia. En este momento, puede estar mirando para alguna oveja en celo y se lanza tras ella, sin pensarlo más, y la penetra sin contemplaciones. Puede ocurrir, que el carnero celoso se lance contra él y le dé un tremendo topetazo, echándolo a rodar con su amante lanuda por las laderas del monte. Por eso, los cuentos de la gente rústica hablan de extrañas quimeras, mitad hombre y mitad oveja; o de los centauros mitad hombre y mitad caballo, y otras fantasías imaginativas. En cualquier caso, se sabe que los pastores tienen su oveja predilecta a la que suelen llamar Lucera. Y se dice que la tienen siempre a su vera, y que no dejan que se la monte el carnero; al cual mantienen a distancia con su aguzada vara. De ese modo, a la oveja le dura mucho tiempo el celo; pues no queda preñada por el macho. Estos conocimientos los recibí por boca de los pastores anatolios, en mis viajes por el reino de Lidia. Después, preguntando con discreción entre la gente rústica del Ática, me han confirmado que rigen estas mismas costumbres por los montes griegos.
  Al parecer, nadie se libra de las bromas pesadas de Eros. En los templos, las sacerdotisas virginales tienen vedado el trato sexual con los varones. Esto es de sobra sabido. Pero, lo que no se puede comentar es que estas sacerdotisas sacian sus angustias amorosas, en secreto, con el frote, de sus delicadas pieles desnudas, con el cuerpo de algunas doncellas piadosas que frecuentan el lugar.
   También he oído, en algún discreto simposio, sobre alguna sacerdotisa que ofrecía sus halagos orales en la bellota de un bello efebo; de esos que acuden al templo con pretextos piadosos. Otras historias indiscretas dicen que las vírgenes del templo ofrecen el orificio alternativo en lugar de la ranura virginal. Pero estas cosas no las hacen por dinero, ya que la plata les cuelga abundante de las orejas y llevan collares y pulseras de gran valor.
   Los diáconos también son virginales y no se les conoce ningún lío. Pero, se oye y se comenta, cuando el vino afloja las lenguas, que estos tienen cierto regusto por el orificio discreto de los efebos jóvenes. Pero, en esto no se diferencian gran cosa de los comunes mortales que pasan muchos apuros con la lujuria en los años de su juventud.
   Todo en los templos se lleva con el máximo recato y discreción. De modo, que destas cosas no se sabe nada y más le vale a uno no saber; esta ignorancia es muy saludable, porque la gente que alardea de saber ciertas cosas suele tener misteriosos accidentes de origen divino en algún callejón obscuro. Y suelen aparecer apuñalados y apaleados por los ladrones que le asaltan durante la noche.
   Bien es sabido, por todas las personas decentes, que en los templos todo exuda santidad y virginidad. Y el resto, sólo son habladurías blasfemas. Amén.


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Sobre las torturas de los eremitas

Los eremitas viven en las zonas erémicas o desiertas. En ellas no habitan los seres humanos; solo los insectos, los lagartos y las aves habitan esos lugares. Los eremitas sufren de unas extrañas teorías que les llevan a las tierras desiertas. Así que, según se manifiestan, huyen del ruido, de los malos olores de la ciudad, y hasta de los pecados mismos de la lujuria. Así de extraña es la manía que les llena la cabeza. Dicen que todos los males del mundo están concentrados en los placeres de la vida civilizada. Y existen filósofos que justifican estas teorías, pero estos sabios viven una vida cómoda y tranquila hospedándose, sucesivamente, en las casas de todos los ricos de la ciudad. Y mientras entretienen a los aristócratas, con sus cultos discursos, van comiendo de los mejores manjares y bebiendo de los vinos más finos.
  Los aristócratas gustan de ver, con sus propios ojos, a estos sabios que desprecian los placeres del mundo. Es un placer verlos como se atiborran de viandas asadas y se deleitan con los mejores vinos del Ática. Luego, les traen unas hetairas de fina clase que bailan, tocan la flauta y hacen cabriolas. También ejecutan juegos de mucha procacidad y grosería. Y así vemos a estos filósofos refinados que disfrutan sin recato de los placeres que tanto abominan.
   Pero poca gente oye hablar de los eremitas; pues se van de la ciudad. Y se dice que están convencidos que entre todos los placeres mundanos el peor de todos es la fornicación. Así que se van a vivir a una cueva en los montes. Y no comen otra cosa que hierbas y bellotas, y dicen que con eso tienen de sobra. Nadie hila lana para un eremita, ni le hace vestidos para protegerse de los fríos invernales. De modo que vive en esos "eremos " con sólo una piel de cabra para taparse el rabo indómito. En esto son muy pudorosos los eremitas pues alegan: "Todos los males del mundo nos vienen por la lujuria". Esto es algo que la gente no comprende. Pues todo el mundo está insatisfecho con lo poco que copula. Y nadie come, ni bebe, ni fornica lo suficiente para saciarse. Sólo los ricos podrían hacerlo; si no fuera porque la herencia les llega cuando son viejos y el cuerpo ya no les tolera estas licencias.
   Así que el eremita huye a las montañas desiertas para tener una vida saludable, con aires sanos y quedar libre de las tentaciones pecadoras. Cuando llega al lugar erémico debe aprender a buscar una fuentecilla para saciar su sed, una caverna para protegerse del frío y un lugar cercano a algún encinar para recoger las bellotas durante el verano.
   Nadie sabría una palabra de la vida, ni de las teorías del eremita, si no fuera porque su guarida suele quedar en el camino hacia alguna parte. Por eso, el caminante, que lo ve por estos desiertos, aprovecha para descansar y charlar un rato con un ser humano. De modo que puede resultar una conversación así:
  
   -La paz sea contigo, eremita.
  -Sea también contigo, caminante.
   -Que Zeus, Hera, Atenea, Hermes y Afrodita, te protejan por estos eremos.
   -Más protección necesitas tu, por esos caminos.
   -Así sea.
   Y deste modo, se establece una relación amistosa y charlatana entre el caminante y el eremita. Por estos contactos, nos hemos podido enterar de ciertas cosas.
   En cierta época del año, acude el eremita puntual para su cita con la estación de la bellota. Allí llega con su báculo sagrado que nunca le abandona y es fuente de prodigios innumerables. Uno de estos prodigios, y no es el menor, consiste en defender sus derechos al territorio sobre los indómitos jabalíes. Estos animales, llevados de su torpeza natural, no saben que se enfrentan a un hombre santo. Así que el eremita les mete unos puntazos con su santo báculo. Estos argumentos hacen razonar, incluso, a la fiera más torpe que te puedas encontrar. Y ya sentadas las premisas del entendimiento, hace varios viajes de la caverna al encinar y va recogiendo, y metiendo en su zurrón, provisiones para el invierno. Y las fieras, que pasan delante de su guarida, perciben un fuerte olor a santidad que impregna la caverna y se van prestos del sitio. Y es que los animales salvajes tienen el olfato muy fino y no pueden soportar ciertos aromas.
   Otro prodigio ocurre al eremita. Y es que, cuanto menos come, menos apetito tiene. Pero, a veces, a pesar de su notario falta de apetito, este santo varón sufre accesos febriles y le asaltan visiones de patos asados, rellenos de manzanas y castañas, o perniles asados a la brasa que le llenan los dedos de grasa escurridiza. Y sufre tanto con estas visiones que siente retortijones en los intestinos y una sudoración fría.
   Otras torturas padece también por causa de la lujuria. Cuando empiezan los calores de primavera, le sobrevienen accesos lujuriosos. Porque el eremita, aunque hace mucho que no ve una doncella sufre de horribles pasiones lujuriosas. Así puede ocurrirle que, en un acceso de lujuria, se ponga erecto y muy duro su miembro viril y dese modo se lance desnudo a copular con un arbusto espinoso. Y es que, según Herodonte, las flores de algunos arbustos emiten efluvios eróticos que te pueden llenar la cabeza de visiones fornicales. Todos hemos notado, al oler ciertos aromas florales, como nos viene a la mente el recuerdo de alguna princesa perfumada o, más comúnmente, el recuerdo de alguna hetaira de finos modales que nos invita a su lecho por cuatro dracmas.
   Otras veces, con el calor lascivo del verano, el eremita padece visiones copulativas con doncellas desnudas de rollizos muslos; las cuales le excitan sobremanera y le dicen con dulce voz: "Ven a copular conmigo, tío macizo." Y deste modo, no le dejan reposo a su espíritu debilitado por el ayuno y la soledad que sólo desea meditar sobre las castas verdades eternas.
En fin, este desventurado huyó de los males de este mundo hacia las tierras del eremo y ahora, sufre de más angustias fornicales que aquellos que acuden cada día a las casas de lujuria. Allí acude el ciudadano ordinario a contemplar las danzas lúbricas de las rollizas hetairas y sus simulacros copulativos. Y cuando vuelve a su casa, tiene una cópula con su esposa y ya está. Y los que no tienen esposa se van a los burdeles a desfogarse, o se buscan algún efebo complaciente para aliviar sus tensiones reproductivas; y los menos afortunados se masturban. Pero, esta gente no sufre unos delirios de lujuria tan fuertes como los que sufre el eremita.
   Según Herodonte, para controlar la lujuria, y que ésta no se vuelva obsesiva, no es bueno irse a los lugares desiertos. Basta con tener una cópula diaria, o mejor dos, para quedar en armonía con el Universo. Y, deste modo prevenido, nadie padece accesos de lujuria.

AQUÍ SE ACABA EL MANUSCRITO


Autor: Leopoldo Perdomo

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Afrodisia

GLOSARIO DE PALABRAS INDÓMITAS

Se trata de vocablos propios de la Grecia Clásica y algunos neologismos para crear ambiente. Otros son ligeros arcaísmos para dar un tono de cosa antigua. Las definiciones se limitan a su sentido en este libro.

A

     Acrópolis. Ciudad Alta. Lugar de Atenas, lleno de templos.
    Afrodisia/o. Neologismo. Adj. Relativo a la diosa Afrodita.
    Afrodita. Diosa griega del amor.
    Alígera/o. Objetos físicos provistos de alas virtuales; como la lanza, la flecha, la fusta, los raudos mensajeros, etc.
    Andrógina/o. Seres que aparentan una sexualidad dudosa.
    Atenea. Diosa griega de la sabiduría, la milicia y el comercio.
    Atenaica/o. Neologismo. Adj. Relativo a la diosa Atenea.
    Apócrifo. Adj. Escrito escondido o enterrado. Asimismo, falsificación o imitación de un documento antiguo.
    Arconte/s. Juez o jueces en la Atenas del periodo clásico.
    Artos. Lugar del cielo donde encuentran las estrellas de la Osa. El norte.
    Asténico. Adj. Que padece debilidad.
    Atónico. Neologismo Adj. Que no tiene fuerza.
    Auriga. Conductor del carro en las carreras de caballos.
    Aya. Sirvienta encargada de cuidar a los niños.

B

    Báculo Palo o cayado para apoyarse al andar.
    Bóreas. En la Grecia clásica, viento del norte.

C

     Clámide. Capa, ligera y corta, usada para montar a caballo.
    Clepsidra. En la Grecia clásica, reloj de agua.
    Copulación. Acto mismo de copular.
    Copulador. Sujeto obsesionado con las copulaciones.
    Copular. Unirse sexualmente.
    Copulativo. Adj. Relativo a la copulación.
    Cosechal. Neologismo. Estación de la cosecha.

D

     Deificar. Convertir a alguien en dios o diosa.
    Diaconisa/Diácono. Servidora o servidor del templo.
    Doncella. Hembra joven que aún no ha conocido varón.

E

     Efluvios. Emisión aérea de partículas sutilísimas.
    Efebo. Joven varón entre doce y diecisiete años.
    Égida. Zurrón mágico, o más moderno escudo de Atenea.
    Entrepierna. Lugar donde se oculta el órgano sexual.
    Eremita. Persona que vive en los lugares deshabitados.
    Eremos. Neologismo. Lugares deshabitados.
    Eros. Espíritu del deseo amoroso. Amor.
    Erosofía. Neologismo. Conocimiento del amor (Eros + sofía).
    Esmirna. Ciudad de la costa jónica. (En la costa de Turquía).
    Europa. Princesa seducida por Zeus, disfrazado de toro.

F

     Físicos. En la Grecia Clásica, médicos.
    Fornical. Neologismo. Adj. Relativo a la fornicación.
    Fornicar. Ayuntamiento carnal fuera del matrimonio.
    Frigoral. Neologismo. Estación de los fríos.
    Funesto. Adj. Que causa tristeza o la ruina de alguien.

G

     Germinal. Neologismo. Estación de la germinación, primavera.
    Gineceo. Lugar de la casa donde trabajan y pernoctan las mujeres.
    Glosador. Comentarista. Del griego, glosa = lengua.

H

    Hefaistos o Hefestos. Dios herrero e inventor de artilugios y armas.
   Helesponto. Estrecho entre el mar Negro y el mar Jónico.
   Hetaira o Hetera. En la Grecia clásica, mujer pública que ofrece sus servicios refinados por mucho dinero.
   Himeneo. En la Grecia Clásica, fiesta de la boda. Lecho nupcial.
   Hímeros. Sinónimo de Eros. Deseo amoroso.
   Hiperbóreos. Lugares, o pueblos, situados muy al Norte.
   Hipertónico. Adj. Que tiene excesiva fuerza.
   Hipotónico. Adj. Que tiene poca fuerza.

I

   Icono. Imagen pintada, o estatua, de alguna divinidad o santo.

L

    Lascivia. En desuso. Propensión a los deleites carnales.
   Lascivo. Adj. Persona dada a los deleites carnales.
   Leda. Princesa seducida por Zeus, disfrazado de cisne.
   Lúbrico. Adj. en desuso. Resbaloso. Propenso al vicio y la lujuria.
   Lujuria. De poco uso. Vicio de los deleites carnales.

M

    Mancar. Antiguo. Hacer daño a alguien o tener falta de alguna de sus partes naturales.
   Metecos. En la Grecia Clásica: Hombres libres, pero sin categoría de ciudadano ni plenos derechos políticos.
   Monte afrodisio. Lugar llamado "monte de Venus" por los latinos.

N

    Nefasto. Adj. Día triste, funesto, o que causa un temor irracional.
   Ninfa. Deidades míticas de las aguas, bosques, ríos, etc.
   Núbil. Adj. Niño o niña que comienza su desarrollo sexual.

O

    Olimpo. Monte donde habitan los dioses griegos.
   Ósculo. Anticuado. Beso de afecto.

P

    Paleósofos. Neologismo. Dícese del sabio en las cosas antiguas.
   Partenón. Lugar de la virgen. Del griego, parthenos, virgen.
   Pedotriba. En la Grecia Clásica. Entrenador deportivo.
   Púdica/o. Adj. Casta o recatada. Persona que oculta sus deseos o sus atributos sexuales para no excitar a otros.

R

  Refocilar. Antiguo. Disfrutar o recrearse en algo grosero.
  Rubicundo. Anticuado. Que tiene color rojizo

S

   Sátiro. En la mitología grecorromana, divinidad campestre y lasciva, con figura de hombre barbado, patas y orejas cabrunas, con pene y cola como de burro o chivo.

T

    Tálamo. En desuso. Lugar donde los novios celebraban sus bodas y eran felicitados. Cámara de los desposados y lecho nupcial.
   Tátaros. Gentilicio original de los pueblos tártaros.

X

    Xenótico. Neologismo. Adj. Algo que resulta extraño.

Z

    Zeus. El dios del trueno y el rayo. El más poderoso del Olimpo.



Autor: Leopoldo Perdomo

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